20 Cobardes al amar #2
—Ya, pero… nadie quiere tener un único sujetador —desafía Ivan, con un tono peligrosamente personal—. En la variedad está la magia. A veces necesitas comodidad doméstica, y otras… fantasía. Riesgo. Emoción. Necesitas ese peligro hecho encaje, y necesitas las costuras.
—Me interesa el concepto emocional, pero quiero entender el impacto comercial —interviene Owen.
Ahí es donde me crezco. Cambio a la diapositiva de métricas con un golpe de mando.
—El mundo ha cambiado. Hemos detectado que el 68% de las consumidoras prioriza ahora la comodidad sobre la estética.
Happy Tits no compite con el push-up dramático y falso.
Compite con el bienestar. Nuestra audiencia son mujeres reales en situaciones cotidianas: trabajando, viajando, durmiendo… El mensaje no es sexy. Es poderoso.
Ivan inclina la cabeza hacia mí, lo justo para que el gesto sea privado aunque estemos a tres metros de distancia.
—Mi preocupación es que estamos vendiendo una experiencia demasiado idealizada —continúa, y noto el veneno en su voz—. Nada es perfecto desde el primer momento. A veces hay que tener paciencia, hacerse al producto…, saber esperar a que las costuras cedan.
En serio, el cinismo de este tío es alucinante.
—No he dicho que sea una prenda perfecta, Ivan, he dicho que es honesta.
No promete mejorar lo que no puede mejorar.
No promete cambiar lo que no está roto. —De nuevo, me disuelve con la mirada—.
Nadie en su sano juicio le daría una segunda, o tercera, oportunidad a una prenda que debería ser sencilla y termina destrozándote la piel.
Lo lógico es tirarla a la basura y seguir adelante, ¿no crees?
El subtexto cae en el centro de la mesa como una granada. Karen carraspea, el preámbulo a una bronca en su despacho.
—Chicos… —intenta frenarnos.
Pero Priscilla levanta una mano.
—No, no, Karen. Esto es fascinante. Continuad.
Ivan se levanta y da un paso hacia la pantalla, intentando boicotear mi discurso en su propio beneficio.
—¿De verdad crees que las mujeres se van a conformar con un solo modelo?
—Hay gente que solo necesita uno, Ivan. Si algo funciona de verdad, no necesitas buscar recambios en otros cajones.
—¿Y el factor deseo? —desafía él, acortando la distancia—. Al final hablamos de ropa interior. Algo íntimo. Algo que debería… provocar. Peligro, riesgo. Placer.
—El deseo más potente es el que se construye desde la seguridad, no desde la tensión constante de no saber cuándo te va a faltar el aire. —«Mierda, nos estamos desviando»—. Quiero decir que los… sujetadores tradicionales… aprietan. Asfixian.
Nos miramos. Sostenemos la mirada durante un tiempo que resulta indecente para cualquier observador externo. Lo que sí descifro es la cara de Karen, que está haciéndonos vudú mentalmente con los clips de su escritorio.
Priscilla, por su parte, se cruza de brazos, disfrutando del espectáculo.
—Me resulta inusual esta dialéctica —comenta—.
Uno presenta y el otro lo contradice todo el rato.
Os confieso que tenía mis dudas acerca de que dos hombres dirigieran una campaña de sujetadores; me sentía más cómoda trabajando con Sofía; pero reconozco que funciona.
Estáis planteando los dilemas y resolviéndolos en tiempo real. Es brillante.
—Sí, es… un nuevo método experimental que hemos decidido poner en práctica justo hoy —suelta Karen entre dientes, lanzándonos una mirada que promete sangre—. Todavía estamos puliendo el protocolo.
Silencio absoluto. Owen es quien rompe el hechizo:
—Si la campaña transmite la mitad de esta energía, será un éxito nacional.
—Genial. Pues si os parece bien, pasamos a mi despacho a concretar la parte aburrida: presupuestos, canales, duración… —propone Karen, levantándose con una celeridad sospechosa.
Antes de salir, se gira hacia nosotros:
—La próxima vez, avisadme si vais a convertir una presentación en Cumbres borrascosas. Traeré vino. Os quiero a los dos en mi despacho en media hora. Sin excusas.
Cuando la puerta se cierra y nos quedamos solos, el aire está cargado de electricidad no resuelta. Ivan es el primero en romper el hielo:
—Estoy hasta los cojones de que siempre lleves la voz cantante, Fabio.
—Estás hasta los cojones de no poder silenciarme —le corrijo con una sonrisa gélida—. Y me temo que vas a tener que ir acostumbrándote.
—Tenemos que encontrar el modo de trabajar juntos.
—Te propongo que te estés calladito mientras yo me llevo los aplausos. ¿Cómo te suena el plan, cariño?
No llega a contestar. Karen nos convoca y los dos movemos el culo rumbo a su despacho, sentándonos frente a su mesa a la espera de sentencia.
Ivan resopla. Yo cruzo los brazos y me muerdo el interior de la mejilla para no soltar una carcajada histérica.
Resulta de lo más irónico. Medimos más de metro ochenta cada uno, llevamos trajes caros y dirigimos cuentas millonarias.
Y aquí estamos, acoquinados en sillas ergonómicas, recibiendo una bronca monumental de una mujer a la que le sacamos veinte centímetros.
—Vuestras mierdas erótico-festivas las gestionáis en vuestro tiempo libre. En un motel de carretera, en un callejón o donde os dé la real gana, pero no delante de un cliente que nos paga seis cifras.
Ivan intenta intervenir. Gran error.
—No he terminado. —Cómo le gustan a esta mujer las pausas dramáticas, debería dedicarse al teatro japonés—. No sé qué demonios está pasando entre vosotros, ni me interesa lo más mínimo. Pero no pienso tolerar ni un drama más. ¿Estamos?
Silencio absoluto. Podría oírse el parpadeo de una mosca.
—Porque como vuelva a presenciar algo parecido, os vais los dos directos a la cola del paro.
Confirmo que ahora sí que he tocado fondo. Karen suspira, frotándose las sienes.
—Os voy a dejar cinco minutos a solas —dice, levantándose—. Voy a por un té. Cuando vuelva, quiero que hayáis encontrado la manera de trabajar juntos sin que esto parezca una telenovela. —Nos señala con el dedo índice antes de desaparecer—. Cinco. Minutos. Y estoy siendo generosa.
La puerta se cierra sumiéndonos en el silencio más incómodo de la historia de los silencios incómodos. Ivan se pasa la mano por el pelo, inquieto. Yo no descruzo los brazos, son mi escudo de armas.
—Lo siento —dice al fin.
Me río con sarcasmo.
—¿Por cuál de todas las cosas, Ivan? ¿Por la escenita de celos corporativos o por el matrimonio secreto?
Él suspira, apoyándose en la mesa e inclinando la cabeza hacia mí, buscando esa intimidad que yo ya no estoy dispuesto a regalarle.
—Por todo. —«¡Y dale con las pausas dramáticas!
»—. Me casé con Igor cuando era muy joven.
Crecimos juntos. Nuestras familias se conocen de toda la vida.
Vinimos a Londres como un equipo y… lo cierto es que no estoy enamorado de él, pero tampoco me imagino la vida sin su apoyo.
Después de tantos años, somos casi como… familia.
—Pero no estás enamorado.
—No —admite, sin rodeos—. No como debería estarlo.
Ahí está. La frase universal que justifica todas las infidelidades del mundo. Pobrecito hombre casado que necesita divertirse fuera porque no tiene los huevos de ser honesto con su pareja.
—¿Pretendes que me apiade de ti?
Ivan niega con la cabeza.
—Solo quiero que entiendas que no es tan simple.
Que es posible enamorarte de alguien nuevo sin querer romper la estabilidad conyugal.
Igor no me da la dinamita que me das tú, pero…
—Suspira. Canalla—. Él jamás lo entendería.
Y no puedo perderlo, Fabio. Es una parte indispensable de mi vida. Sería como perder a un hermano.
Me levanto de la silla, sintiendo que la náusea sube por mi garganta.
—Vayamos por partes. ¿Acabas de decir que estás… enamorado de mí? —Ivan asiente con la cabeza y yo suelto una carcajada amarga, porque no se me ocurre nada más patético—. No sabes la lástima que me da ese chico.
—La monogamia es una imposición social. Los animales no están diseñados para elegir a una sola pareja con la que procrear durante toda su existencia.
—Ya, pero si vas a recurrir a la biología para justificar tus cuernos, te recordaré que tú y yo tampoco podemos procrear, Ivan. Y yo soy como los lobos: busco a alguien que quiera formar conmigo una pareja de líderes, no una colección de amantes clandestinos.
Él respira hondo, herido en su orgullo de macho alfa de pacotilla.
—¿Y qué hay de tu historia triste? —pregunto—. De esa madre que murió cuando eras niño y ese padre que te pegaba palizas diarias. —Me basta con que Ivan baje la mirada para soltar otra risa nerviosa—. Por supuesto. Todo mentira. ¡Qué gilipollas he sido!
—No quería hacerte daño, Fabio.
—¿De verdad? Pues lo has hecho de maravilla.
—Podemos seguir como estábamos.
Parpadeo incrédulo cuando enmarca mi rostro con sus manos. Le aparto de un manotazo.
—No te atrevas a tocarme.
—Escúchame, Fabio… Podemos hacer las cosas bien. Podemos ser felices. Ahora sabes la verdad. No hay más mentiras. No hay secretos. Podemos… gestionar esto de otra manera.
Algo ruge en mi interior. Me niego a que su posesión barata suene ni remotamente romántica. Y estallo. Sin filtro. Tan libre como las tetas felices de las que hemos hablado hoy:
—¿Gestionar? ¿Hablas de mí como si fuera una campaña más?
—replico, ofendido hasta la médula. Esta vez soy yo quien lo arrincona contra la pared acristalada y tintada—.
¿De verdad crees que esto es sostenible?
¿Qué parte de «estoy casado pero quiero seguir follándote en los ratos libres» suena bien en tu cabeza de chorlito?
—¡La parte en la que no quiero perderte, Fabio! Me gustas demasiado. No soporto la idea de verte cada día sabiendo que estarás con otro. Me arde la sangre solo de pensarlo.