20 Cobardes al amar
Cobardes al amar
Noviembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Lo bueno de tocar fondo es que la gravedad deja de ser un problema. Ya no puedes seguir cayendo. Lo siguiente, en teoría, es levantarse, sacudirse el polvo y fingir que el golpe no ha dolido.
Con esa filosofía barata —que suena mucho mejor en una taza de Mr. Wonderful que en una mañana de lunes— me presento en la oficina. Ivan ya no tiene el poder de hacerme daño. Ya está todo dicho. La venda no solo se ha caído, es que se ha desintegrado.
Me planto frente al ordenador, me encajo los auriculares y decido que hoy mi mejor versión será silenciosa. Tengo que rematar la presentación de la última campaña de ropa interior sin costuras Happy Tits.
Tetas Felices.
El que eligió el nombre estaba sembrado aquel día…
No tengo ganas de hablar con nadie, aunque el concepto de espacio personal es algo que en esta empresa se respeta menos que el código de vestimenta. Con lo feliz que era yo durante la pandemia, siendo un busto parlante en Zoom.
Pero la tormenta no tarda en estallar. ¿Qué otra cosa podría esperar de una agencia cuyo nombre evoca el olor de la lluvia? El drama atmosférico viene incluido en el contrato, como el seguro médico y las cenas de empresa.
En realidad, las nubes empezaron a cargarse mucho antes, cuando Ivan intentó coserme a mensajes por Google Meet —la única plataforma que los informáticos de esta empresa aún no monitorean— y yo decidí bloquear su contacto.
Que si no es lo que parece.
Que si está atrapado en una relación que le hace infeliz —pobrecito, que alguien le compre un peluche—.
Que si tengo que escucharle.
Que si bla, bla, bla y más bla.
Lo veo acercarse por el rabillo del ojo. Se planta frente a mi mesa. Mueve los labios. Yo sigo con la música a toda pastilla, así que puedo imaginar que está recitando poesía épica al revés o pidiendo perdón en latín antiguo. El resultado es el mismo: me la suda soberanamente.
Al notar que el diseñador gráfico empieza a mirarnos con esa curiosidad morbosa del que huele sangre, decido quitarme un auricular. Solo uno. No merece más.
—Perdona, Ivan, ¿querías algo?
Su mandíbula se tensa. Casi puedo oír el crujir de sus dientes. Me encantaría que perdiera los papeles aquí mismo, delante de todos, y que ese monstruo que solía sacar en la intimidad hiciera un cameo en horario de oficina.
—¿Podemos salir a tomar algo al café de enfrente? —propone, intentando mantener un tono neutro que no le sale ni por asomo.
El café de enfrente es el santuario de las conversaciones que empiezan con un «esto no es lo que parece» y terminan con alguien llorando sobre una cookie vegana.
Tiene fama en redes de ser el lugar perfecto para dejar a alguien, razón por la cual jamás aceptaría una cita allí.
Por desgracia, también es la cafetería más cercana a la oficina.
—Estoy liado —digo, cortante, y vuelvo a ponerme la música.
—Tenemos que hablar —leo de sus labios.
Me quito el auricular otra vez, soltando un suspiro.
—Tienes razón, hablemos. ¿Has revisado ya la presentación de Happy Tits? Tenemos la reunión a las doce.
Ivan parpadea, descolocado por mi repentino interés en la felicidad de los pechos ajenos.
—¿Que si he revisado la presentación que hicimos juntos, quieres decir?
—Oh, no, cariño. Esa no. —Sonrisita condescendiente—. Me refiero a la que he rehecho este fin de semana por mi cuenta. Siento no haberte consultado, pero me pareció que estarías… ocupado. Así que he decidido trabajar solo.
La palabra flota entre nosotros con más capas que una cebolla, e igual de puñetera. Ivan resopla.
—No hagas de esto algo personal, ¿quieres? No seas crío.
—Léela. Y si tienes alguna duda técnica, estaré encantado de resolverla. Es lo que hacemos los buenos compañeros, ¿no?
Ivan me mira y, en un arranque de desesperación, hace un gesto rápido para impedir que vuelva a colocarme los audífonos.
—¿Estás de coña? La reunión es en quince minutos.
—Pues espero que leas a velocidad de vértigo y que seas un excelente improvisador, compi, o me vas a tener que dejar a mí la voz cantante mientras tú te limitas a asentir y parecer inteligente.
Aunque… —hago una pausa para fastidiarlo aún más—, tranquilo, no he tocado las diapositivas de resultados de la campaña anterior.
Esas te las sabes de memoria, ¿verdad? Puedes ocuparte tú de los números.
Le veo coger aire. Está preparando una confesión, un reproche o alguna excusa reciclada de su catálogo de «Lo siento, soy un capullo atormentado». Pero en ese momento aparece Karen, y sus quejas de mierda se evaporan antes de salir de su garganta.
—Chicos, los de Happy Tits ya están aquí. Os quiero en la sala en diez minutos. Y nada de movidas raras, ¿entendido?
—¿Qué movidas? —pregunta Ivan haciéndose el loco—. Solo estábamos ajustando detalles.
Karen no se molesta en responder. Hace ese gesto universal con dos dedos, de sus ojos hacia nosotros que significa que nos tiene fichados.
Ivan me lanza una mirada de puro odio. Yo ya tengo los dos auriculares puestos otra vez, con Love me better de Corbyn Besson, como un guiño a nuestro funeral. Me fascina sacarlo de sus casillas usando solo la indiferencia. Patri tenía razón al decir que era un superpoder.
Lucifer ha vuelto y aún no hemos empezado la fiesta de disfraces.
Owen y Priscilla Strafford son los hermanos que fundaron Happy Tits hace una década. Su misión en la vida, crear ropa interior que se sienta como una segunda piel. Han expandido el portfolio, pero su fetiche publicitario siguen siendo los sujetadores sin costuras.
A mí, personalmente, lo que me fascina es su dinámica. Para ser hermanos, tienen una tensión tan turbia que apostaría mi mejor traje a que se resuelve entre las sábanas. No suelo equivocarme con estas cosas, huelo la pasión a kilómetros.
Priscilla lleva un bob francés perfecto, labios rojo cereza, traje blanco impecable y esa energía de mujer poderosa que intimida un poco.
Deja su bolso Hermès sobre la mesa con delicadeza. Diría que dejó de cumplir años al llegar a los cincuenta. Es la versión británica y más peligrosa de la Meryl Streep de El diablo viste de Prada. Divina.
Owen es… diferente. De esas personas que intentan ser modernas con tanto empeño que han terminado creando un estilo atemporal difícil de clasificar.
Se sientan frente a nosotros, cruzan las piernas en un movimiento simétrico y nos sonríen a la vez. En serio, su complicidad resulta de lo más creepy.
Karen les devuelve la sonrisa. Mi compañero, en cambio, está repasando las diapositivas con sudor frío. Sabe que se la he liado y solo tiene dos opciones: o me sigue el juego y reza para que no le deje en evidencia, o montamos un circo y acabamos los dos en la oficina de desempleo.
Y ambos sabemos qué va a elegir… Ya resolveremos nuestra crisis más tarde, en privado. No va a quejarse de mí sabiendo lo que yo podría contarle a su maridito.
Me levanto e Ivan decide quedarse en un prudente segundo plano. Chico listo. Señalo la pantalla, donde se muestra un pequeño metraje que he preparado para mostrar mi idea.
Una mujer llega a casa tras un día eterno. Tira los tacones en la entrada con un movimiento liberador. Se suelta el pelo, suspira y, contra todo pronóstico, en lugar de desabrocharse el sujetador con un gesto de alivio, se acerca a un cajón y saca uno de Happy Tits para ponérselo.
Corte.
Siguiente diapositiva, la misma mujer cenando en el sofá con un pijama de seda desabotonado donde asoma el sujetador.
Después, baila sola en la cocina. Trabaja con el portátil en el regazo.
Duerme bocarriba, con una paz absoluta. Para concluir, aparece el eslogan: «Happy Tits. Tan cómodo que no querrás quitártelo».
Camino despacio frente a la pantalla, midiendo cada paso.
—Esto no va solo de vender sujetadores —comienzo con voz firme—. Va de vender cómo te sientes cuando te lo pones.
Priscilla esboza una sonrisa de satisfacción que me da el último empujón de confianza.
—Durante décadas, la publicidad ha vendido la fantasía de la liberación: llegar a casa y lanzar el sujetador como si fuera una cárcel textil. Nosotros proponemos lo contrario. El verdadero lujo no es quitártelo, es olvidarte de que lo llevas puesto. Es que no te deje marcas en la piel.
Cambio la diapositiva. Primer plano del tejido. Sin costuras. Sin estructuras rígidas. Confort total.
—Happy Tits no aprieta. No asfixia. Es la prenda que eliges porque te permite respirar…
y sigues sintiéndote sexy, pero sin estar encadenada.
Es una relación que no ata. —Le lanzo una mirada a Ivan que espero le perfore los pulmones—.
Basta de normalizar las relaciones tóxicas… con vuestra lencería.
Ivan pilla la indirecta y se niega a quedarse callado mientras destruyo su visión del mundo, aunque eso suponga echar por tierra nuestra campaña.
—¿Y no estamos romantizando demasiado una prenda… básica? —pregunta, intentando sonar profesional mientras sus ojos gritan otra cosa.
—Lo básico es lo que más usamos, Ivan. Y lo que más usamos define cómo nos sentimos la mayor parte del tiempo. Si algo te aprieta ocho horas al día, eso no es básico, es una agresión prolongada.
—Pero ¿no estamos desafiando un hábito cultural muy arraigado? —insiste él, inclinándose hacia delante—. El «por fin me lo quito» es casi un ritual femenino de libertad.
—Estamos cambiando las reglas, creando un nuevo ritual —respondo sin parpadear—: no tener que cambiar quién eres ni cómo vistes para sentirte bien.
No necesitar un sujetador para estar cómoda y otro para ir elegante.
Uno solo. Versátil. Porque no debería haber una doble vida.
Si UNO te lo da TODO, no necesitas buscar nada más.
Ivan tensa la mandíbula. Karen se remueve en su silla, oliendo la pólvora. No sabe qué demonios pasa, pero sí que esta conversación va mucho más allá de copas y aros.