La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 19 Final Feliz #3
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19 Final Feliz #3

—No, no sabes. Tú crees que volar es ir deprisa, vivir al máximo, quemar la noche y ser el centro de todas las miradas para no tener que mirar hacia dentro.

Y te entiendo, créeme que te entiendo, porque yo también era así antes de David.

Creía que la felicidad era un sprint constante, una huida hacia adelante.

Pero volar… volar de verdad no es huir, Fabs.

A veces, volar significa encontrar una rama segura donde posarte y darte cuenta de que, por fin, ya no necesitas escapar de nada.

—¿Qué demonios te ha hecho David para que te conformes con una vida anodina? —pregunto, incrédulo.

—Que la vida es más bonita a su lado. Incluso cuando llegan las facturas y no sabes cómo pagarlas. Le tengo a él. Y ya solo por eso, vale la pena.

—No sabes cuánto me alegra que os hayáis encontrado —suelto con nostalgia.

Mi amiga me sujeta las manos, mirándome con ternura.

—Y volviendo al ruso, lo mejor de todo es que ahora tienes un as en la manga —añade, captando mi atención de inmediato—. Ivan sabe que podrías dinamitar su estabilidad en cualquier momento. Sabe que has visto su mentira de cerca. Y eso significa que, por puro pánico, te va a dejar en paz.

—¡Guau! Mi poder consiste en destruir su matrimonio. Un sueño hecho realidad.

—Tu poder consiste en no necesitarle, mi rey —corrige ella.

Nos quedamos en silencio unos segundos, viendo cómo el vapor de nuestra respiración se mezcla con el humo del vino caliente, hasta que Patri vuelve a estallar:

—Sé que no es lo que quieres oír, pero siento lástima por ese otro chico… El marido. Parecía encantador y no tiene ni la más remota idea de que está casado con un cabronazo.

Algo se activa en mi interior, una chispa de esa arrogancia justiciera que siempre me acaba metiendo en problemas.

—Parte de mí siente que debería abrirle los ojos —admito—. Que es mi responsabilidad moral. Nadie debería amar a una persona así.

—¿Y lo harías por él o por puro despecho?

—No lo sé.

Ella suspira, acomodándose la bufanda.

—Fabs…, lo que yo he visto hoy no era miedo.

Ivan con él no parecía el maníaco posesivo que ha sido contigo.

No deberíamos ser nosotros los que le abramos los ojos.

Ese chico tendrá que descubrir su propia verdad.

—Hace una pausa, mirándome fijamente—. Contigo la dinámica era otra.

Era control. Era una obsesión nacida de lo prohibido.

Necesitaba marcar las reglas para que nada se saliera de su guion perfecto.

Me quedo mirando las luces navideñas reflejadas en un charco.

—Todo esto es culpa mía. Él nunca me dio nada, siempre me ofreció esta versión de él y yo… Supongo que estaba tan obsesionado con encontrar a alguien que ignoré todas las señales e inventé cómo quería que fuera.

—Repito que ese es el mejor final al que puedes aspirar ahora mismo. Tu gran historia todavía está por escribirse, Fabs. Y te aseguro que no será en cirílico.

—Ya no quiero grandes historias, Patri —aseguro tajante—. No quiero nada. No necesito a nadie. Estoy… quemado.

—Se te olvidará en dos semanas y volverás a ser el de siempre. Hemos pasado por esto antes, mi rey. En nada estarás buscando el próximo desastre que te haga sentir vivo.

Sonrío a medio gas por no llevarle la contraria, pero sé que esta vez es diferente. No es solo un corazón roto; eso se arregla con una buena playlist y un par de noches de excesos.

Lo que tengo es una fatiga crónica de ilusiones desgastadas. Estoy harto de abrirme en canal ante cualquier gilipollas que no sabe distinguir el caviar de la mortadela.

Y he decidido que voy a volver a ser el chico de antes: el de las distancias cortas e incapaz de comprometerse.

Piel contra piel. Un puñado de orgasmos sin subtítulos ni significados ocultos.

Y si eso me aleja un poco de la dinámica de parejas de mi grupo de amigos, que así sea.

Prefiero estar fuera del cuadro que ser el marco roto.

Pienso de nuevo en el carrusel girando en círculos infinitos. Es tan fácil repetir patrones solo porque nos da pánico la incertidumbre de las líneas rectas… Es tan cómodo aceptar migajas con tal de sentir que alguien nos mira, aunque sea con los ojos llenos de mentiras.

Patri me observa de reojo. Sabe que el silencio que guardo no es de paz, sino de guerra interna. Me conoce demasiado bien; sabe cuándo apretarme las tuercas para que reaccione y cuándo darme el espacio necesario para que me pierda en mis propios laberintos mentales.

—¿Te quieres quedar a dormir en casa? —ofrece. Niego con la cabeza y ella entorna los ojos, analizando mi resistencia—. ¿Quieres que me quede yo en la tuya? Como en los viejos tiempos. Pijama, vino barato, una buena peli y críticas despiadadas a todo lo que se mueva.

—Mmm… ¿Y David?

El susodicho, que está a escaso medio metro fingiendo sordera, se gira con esa sonrisa tranquila que tanto envidio.

—David está encantado de tener la cama para él solo. Además, creo que os vendrá bien una noche para arreglar el mundo.

—¡Decidido! Eres el mejor, arquitecto.

Patri le da un beso en los labios, breve y cálido, y luego vuelve a entrelazar sus dedos con los míos.

¿Por qué yo no puedo encontrar un amor así? Libre, apasionado y capaz de superar cualquier tormenta.

Quizá Patri tenga razón y mi final feliz no tenga un anillo entrelazado en una mano que no me pertenece.

Quizá mi final feliz empieza hoy con algo mucho más simple de lo que estaba buscando: volver a ser yo mismo.