19 Final Feliz #2
En cuanto al tal Ashley Grey…, es mono, las cosas como son.
Rubio, pelo cortito y unos ojos de un azul tan intenso que parecen retocados.
Tengo una sensación extraña, como un déjà vu que no termina de cargar.
Juraría que lo he visto antes, pero en Londres te cruzas con diez mil caras al día y la mitad parecen sacadas del mismo catálogo.
—¿Ves? —insiste David—. Profesional. Neutro. Aquí no dice nada de su orientación sexual.
—¿Y tú qué opinas, Fabs? —interviene Colin.
—Un poco quinqui para mi gusto —añado, analizando la pose y los anillos de sus manos.
—Quinqui… y gay —resuelve Patri.
—Cariño —David suspira, al borde de la rendición—, no siempre lo sabes todo, ¿vale?
Estamos enfrascados en una conversación absurda sobre si existe un radar gay universal y la supuesta orientación sexual de ese pobre Ashley —a quien acabamos de asignar tres relaciones distintas y un trauma infantil inventado—, cuando la puerta del restaurante se abre y todo mi mundo se viene abajo.
Algo en mi interior —no sé si el corazón, el orgullo o esa parte de mí que todavía cree en los finales felices— se contrae con tanta violencia que mi cuerpo se declara en huelga.
Me olvido de respirar.
De sentir.
De latir.
El tiempo se estira y todo pasa a cámara lenta.
Ivan.
Y no, no está solo.
El chico que lo acompaña es lo contrario a él: color, espontaneidad y ruido. Es la luz que complementa sus sombras. Es algo más bajito, y no tiene esa masculinidad ruda y compacta que a mí me dispara el pulso. Tiene un rollo dulce, casi femenino, insultantemente natural.
Sus rasgos andróginos le hacen muy atractivo y exótico, eso no voy a negárselo. No estoy ciego, solo soy idiota.
Y hay algo en su forma de interactuar juntos que me da a entender que él no es uno más.
Es el único.
Lo que de verdad me perfora el esternón no es el chico, sino el escenario. Ivan se deja querer a plena luz del día, en un restaurante familiar de Southwark donde jamás me habría traído a mí.
Yo pertenecía a la franja horaria clandestina, al capítulo editado de su biografía, a las sábanas de madrugada y los mensajes que se borran solos.
Desde mi mesa distingo un brillo metálico que me corta la digestión: anillos. Tres aros dorados entrelazados en su mano derecha.
Alianzas rusas.
Sonrío con amargura, entendiendo de golpe todas las incógnitas que me han tenido en vela estas semanas. ¿Cómo no me di cuenta antes?
«Porque no las llevaba puestas», me dice mi armadillo imaginario.
Y es cierto, rememorando cada gesto, me doy cuenta de que nunca ha llevado la alianza en la oficina, ni en nuestras citas, ni en esas madrugadas donde yo creía que estábamos construyendo algo y, en realidad, yo solo estaba cubriendo un turno.
Me siento imbécil, ingenuo y ridículo. ¿Cuántas trolas me ha contado y yo he creído sin reservas?
Ivan no es un juguete roto y atormentado con el que hay que tener paciencia.
Ivan está casado.
Casado con el hombre al que ahora besa en la sien con esa ternura que a mí me negó sistemáticamente.
No me molesto en esconderme; no tiene sentido. Están tan absortos en su burbuja de felicidad que el mundo podría estallar y ellos seguirían mirándose el uno al otro embelesados.
Quien sí lo ha visto todo, con los ojos como platos, es Patri. Mi amiga se muerde el puño con rabia, como si estuviera conteniendo una revolución entera tras los dientes, y me busca con la mirada.
No dice nada al principio; se limita a ponerme la mano en la pierna para indicarme sin palabras que está aquí. Pero claro, es Patri. No sabe estar callada más de tres segundos sin que le dé algo.
—Tú eres mejor que esa mierda, ¿me oyes? —susurra—. Y, aunque ahora mismo no seas capaz de verlo, esto es lo mejor que podría pasarte.
Me limito a asentir con la cabeza, porque abrir la boca implicaría admitir que algo dentro de mí acaba de romperse del todo.
No voy a montar un drama. No estoy enamorado de él, no es el amor de mi vida y he sabido leer la toxicidad de nuestro romance desde el primer café.
Pero es… todo lo demás.
Es esa sensación de quedarme atrás, de ser siempre demasiado o insuficiente para todo el mundo. De no ser el adecuado para nadie. De llegar siempre demasiado pronto o demasiado tarde a la vida de otra persona.
Grito hacia dentro. Son esos gritos silenciosos que se ahogan en la garganta porque aquí hay demasiada gente, y ellos quieren ver al Fabio desenfrenado, al que nada le afecta, al bufón de la corte. Nadie quiere lidiar con la versión de mí que se obsesiona de madrugada.
—Estás en tu derecho de gritar, de enfadarte o de… no sé —sigue Patri, leyéndome de nuevo los pensamientos—. Si yo fuera tú, creo que le estamparía el refresco en la camisa. Lo he visto en las películas y siempre me ha parecido un final de acto muy digno.
La miro. Tiene razón.
Este no he sido yo. No lo he sido desde hace mucho tiempo. He sido una versión rebajada, clandestina, convenientemente discreta.
Y sé qué pieza me toca mover en este tablero de ajedrez.
En esta cadena hay una máquina para rellenar tu refresco siempre que quieras. Aprovecho que Ivan se levanta a rellenar su vaso y el de su flamante esposo, para acercarme.
No necesito decir nada, tan solo me sitúo a su lado para rellenar mi bebida en silencio.
Estoy lo suficientemente cerca como para que mi presencia le resulte un calvario, pero no tanto como param acusarme de nada.
Tan solo estamos usando la misma máquina, el mismo botón.
El mismo siseo del gas llenando el vaso de cola sin azúcar.
Él levanta la vista y, en cuanto nuestras miradas chocan, veo el pánico dibujándose en sus ojos. No sé si teme que abra la boca y dinamite su frágil realidad o si le aterra comprobar que me ha perdido para siempre. Me limito a sostenerle la mirada mientras mi vaso rebosa de burbujas.
Regreso a la mesa dejándolo atrás con la duda impresa en la cara.
No sé explicarlo, pero pese al dolor, la decepción, y todas las emociones que me golpean el pecho, también me siento… libre.
A partir de ese momento, regresa mi antiguo yo. Ruidoso, extravagante, disfrutando de un rato agradable con mis amigos como en los viejos tiempos, mucho antes de que la madurez nos arrasara a todos, obligándonos a cambiar para adaptarlos a los cambios que trae la vida.
Hacerse adulto es una mierda. Una estafa piramidal, como bien dijo David.
Después de un café rápido en Borough Market, salimos a ver las luces de Navidad.
Regent Street parece una pasarela celestial con sus ángeles gigantes sobre nuestras cabezas.
Acabamos en Winter Wonderland, ese parque temático navideño en Hyde Park donde todo huele a perritos calientes, vino especiado y nostalgia prefabricada.
Me quedo mirando un carrusel iluminado. Los renos dorados suben y bajan en una vuelta eterna, y supongo que me pierdo en algún punto intermedio entre el pasado que dolió y una fantasía que nunca existió.
—¿Qué piensas cuando pones esa cara? —me pregunta Patri, ladeando la cabeza.
Sonrío sin ganas.
—Nada, solo que… yo también quiero mi final feliz.
Me sorprende lo jodidamente sencillo que suena. Ella me mira en silencio, sabiendo que mi reflexión no ha terminado de aterrizar.
—Quiero lo que tenéis vosotros. No me parece que esté pidiendo la Luna en bandeja de plata.
Mi amiga se queda mirando la pista de hielo, donde parejas torpes se aferran las unas a las otras para no besar el suelo de forma humillante. Luego me aprieta la mano con una fuerza que casi me corta la circulación.
—Fabs, tú eres demasiado especial para que la vida te ponga las cosas fáciles. Tu chico ideal está por ahí, en alguna parte, esperando a que vuestros caminos se crucen. Tú solo… asegúrate de tener los ojos bien abiertos.
Niego con la cabeza y mi amiga me interroga con la mirada.
—No, ¿qué?
—Pues que estoy harto de equivocarme, Patri. El amor es una mentira. No necesito a nadie para ser feliz, y cuanto antes se me meta en la cabeza, antes aprenderé a sentirme completo yo solo.
—El amor es una montaña rusa, mi rey.
—Anda, que tú también… ¿No tenías otra metáfora?
—Me parece la metáfora perfecta para describir algo que nos llena de adrenalina, nos hace sufrir, reír, sentir al máximo… El viaje puede ser increíble si te subes con alguien que no intente soltarte el cinturón en mitad de un looping.
La miro, incapaz de creer que esta mujer sea la misma que hace meses creía que los hombres eran solo un accesorio a juego con sus bolsos.
—¿Y sabes qué? Creo que estás viendo esto desde el ángulo equivocado, Fabs. Tú hoy has tenido tu final feliz.
—¿Bromeas? Casi me detiene la policía, he descubierto que mi ligue tiene un marido de catálogo y aún tengo el culo mojado. Tenemos conceptos de felicidad muy distintos, amore.
—A veces, el final feliz consiste precisamente en dejar ir lo que te está envenenando. Solo acabar algo puede traer consigo un nuevo comienzo.
—No, si el discursito de manual de autoayuda me lo sé de memoria, Patri… Me lo aplico cada mañana frente al espejo.
—Escúchame bien, mi rey. Ivan no te quería, te poseía. Y en el proceso, te cortaba las alas. Tú no necesitas una jaula, por muy de oro que sea; tú necesitas a alguien que te enseñe a volar de verdad.
—Yo ya sé volar.