28 Encontrar mi camino #2
—Cierto, no es menor de edad, pero no puedo evitar verlo como a un crío. Me gustan los tíos mayores. Con experiencia —pienso en voz alta.
—Y está claro que te ha ido de maravilla con ellos —contraataca David con ironía—. ¿Qué más excusas de mierda tienes en el repertorio?
«¡Ostras! Pues sí que saca las uñas por su secretario».
—Es anglicano, y te recuerdo que yo conseguiría que me excomulgaran de cualquier religión en menos de un minuto.
—Un chico con valores —suelta mi amigo con una sonrisa venenosa—. Igual se te pega algo de decencia.
—Dios, desde que te juntas con esta eres igual de harpía que ella —protesto, señalando a Patri, que sonríe encantada—. No dudo de que el chaval sea un encanto, pero no me pone su rollo macarra y me parece muy joven. No me interesa en ese sentido, y no tengo por qué justificarme.
Miento. Y lo saben.
David aboga por nosotros porque… no entiendo muy bien por qué.
Y Patri quiere verme a siete metros de él porque quiere proteger a Ashley de mi caos. Es a él a quien defiende, lo cual ya me dice bastante de la situación.
Esta vez, yo soy la mala influencia. El tóxico.
Y Ashley es el hombre perfecto. El yerno que querría cualquier madre.
—Trabaja contigo —añado mirando a David— y no quiero saber nada de hombres en un tiempo. ¿Te vale esa excusa de mierda o tampoco?
David levanta las manos en señal de rendición.
—A mí no me metas en esto, sois los dos mayorcitos.
—Dave, déjalo —pide Patri—. Es mejor así. Bastante tiene ese pobre chico con todo lo que le ha pasado hasta ahora…
No sé si lo ha dicho adrede, pero no permito que alimenten mi curiosidad. Todos tenemos heridas, solo que algunos lucimos las cicatrices con orgullo y otros dejan que se les enquisten en el alma.
—¿Qué le ha pasado, si puede saberse? ¿También él tiene un portfolio repleto de relaciones tóxicas? —pregunto, incapaz de frenar mi curiosidad.
—No, no es eso… La vida, en general… No ha sido generosa con él y, aun así, tiene esa sonrisa dulce para todo el mundo —añade Patri—. Pero como no te interesa, te da igual, ¿no?
Bufo, incapaz de creer que estemos teniendo esta conversación.
—¿Sois conscientes de que solo me he tomado algo con él? No hemos firmado una hipoteca juntos.
—Cuando se trata de ti, veo el humo de lejos, cariño —suelta Patri.
—Pues revisa el detector, porque esta vez te equivocas.
Nos despedimos en la boca del metro de Clapham bajo esa luz fluorescente que hace que todo parezca más crudo.
Llego a casa casi a las dos de la mañana. Calígula me recibe con un maullido perezoso, pero dormir es un lujo que mi cerebro no me permite ahora mismo. Así que hago lo único productivo cuando el corazón late demasiado rápido: preparo la maleta para mi vuelta a casa por Navidad.
Doblo camisas, enrollo camisetas, pantalones y, mientras tanto, llamo a Sofía.
Hablar con ella es someter mis emociones a una auditoría financiera.
Patri es fuego y verdad sin anestesia, pero Sofía es la voz que calcula probabilidades de desastre mientras te recuerda con una sonrisa que el amor sigue existiendo aunque tú hayas decidido declararlo una especie en peligro de extinción.
Le hablo de la fiesta, de Ivan, de mi Caballero del Zodiaco.
De cómo me vaciló con ese dibujo infame.
De cómo consiguió que me riera cuando todavía sentía la rabia de Ivan marcándome el cuello.
Decido contarle lo de ese beso que no nos dimos.
Ella ríe al otro lado del mundo y, cuando cuelgo, la casa vuelve al silencio absoluto.
Me desvisto con lentitud, me pongo unos calzoncillos limpios y me meto en la cama. La oscuridad me envuelve como una segunda piel. Y en ese momento me descubro sonriendo solo.
Como un idiota.
No puedo creer que Ashley me tomara el pelo de esa manera para verme desnudo.
Recuerdo la tensión de su mirada, cómo bajaba la vista hacia mi cuerpo antes de volver al papel.
Recuerdo su respiración irregular, el leve cruce de piernas, el modo en que fingía concentración mientras el aire en la cabina se volvía sólido.
Recuerdo lo que sentí al ser observado por esos ojos tan azules como un cielo de agosto.
Me muevo bajo las sábanas. El cuerpo no entiende de ironías, ni de advertencias. Solo recuerda las llamas.
Me llevo la mano dentro de mis bóxers y libero mi erección, que late con una urgencia que me avergüenza. Me acaricio con suavidad al principio, cerrando los ojos para invocarlo en la oscuridad.
Traigo de vuelta su olor, oceánico y limpio.
Imagino cómo serán los tatuajes que aún no he visto.
El tacto de su piel bajo mis dedos.
Sentirse tocado por esas manos ásperas de deportista.
Deseo su boca buscándome de nuevo, pero, esta vez, sin miedos ni dudas.
Bombeo con más ritmo, con más hambre, dejando que su nombre de ceniza se convierta en el combustible que necesito para terminar de arder esta noche.
Mi respiración se vuelve más profunda. El recuerdo de sus ojos azules se hace más nítido y el pulso retumba tan violento que me golpea en las sienes. Sigo acariciándome, bombeando con desesperación.
Estoy a punto de…
El deseo sube, inevitable, como una ola que lleva toda la noche acumulándose en esa cabina del Soho hasta romper aquí, en mi cama vacía.
Me levanto y voy al baño cuando ya no puedo seguir fingiendo que el autocontrol sirve de algo. Descargo por el retrete, sintiendo un alivio físico que, paradójicamente, no hace nada por calmar mi angustia.
Apoyo la frente en el espejo frío, buscando que la temperatura me devuelva a la realidad.
Y es entonces cuando lo veo. En el reflejo, brillando bajo la luz halógena del baño, descubro que aún llevo la cruz de Ashley colgada del cuello.
Me gustaría llamarlo ahora mismo. Pedirle disculpas por lo del amigo gay, por mi cinismo de escaparate, y retomar lo que empezamos antes de que nos interrumpieran.
No. Malísima idea. Patri tiene razón; sus palabras resuenan en las baldosas blancas: estoy roto. Y no debería usar a nadie como pegamento.
Tengo que sanar primero, encontrar los trozos de mi propio rompecabezas antes de intentar encajar en el de otro.
Le daré la cruz a David en cuanto le vea. Es lo más sensato.
Pero esta noche…
Vuelvo a la cama sin quitarme la cadena. Me duermo con la cruz de Ashley en el cuello, apretándola entre mis manos como si fuera un amuleto contra mis propios demonios. Y pienso que, si realmente hay alguien ahí arriba escuchando entre tanto ruido, quiero que me ayude a encontrar mi camino.