La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 18 Plástico naranja y arrepentimientos
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18 Plástico naranja y arrepentimientos

Plástico naranja y arrepentimientos

Diciembre, Londres, Inglaterra

Fabio

El día que descubro quién es realmente Ivan Petrov no hay música esclarecedora de fondo ni un juego de luces inquietantes, como pasa en las películas de suspense.

Comienza con plástico. Plástico naranja fosforito. Y termina con olor a pollo frito pegado en la piel.

La vida es así de cabrona con el simbolismo algunas veces.

David, Colin y yo estamos flotando en la fuente de Hay’s Galleria sobre una barca hinchable de oferta de Decathlon, encajonados entre el borde y la escultura.

Si a eso le sumas que la barca tiene una capacidad de carga pensada para dos niños anémicos y no para tres tíos que superan el metro ochenta, el riesgo de pinchazo está asegurado.

Siempre me ha fascinado este lugar. Su techo de hierro y cristal tiene esa elegancia industrial de cuando los barcos atracaban en la zona cargados de té y especias.

Ahora, el aroma a comercio imperial ha sido sustituido por el olor a café de cadena y el estrés de los que trabajan en las oficinas colindantes.

En el centro domina Los Navegantes, una escultura de bronce de David Kemp con formas desproporcionadas, que parece el hijo ilegítimo de un sueño de Dalí y una resaca de Picasso. Una estructura tensa, firme, en perfecto equilibrio…

Todo lo contrario a nosotros. Vamos a hundirnos más rápido que mi última relación.

He atado la embarcación a la base de bronce con una cuerda que, con probabilidad, viola diecisiete normativas municipales y dos leyes de la física.

Colin, que es tan inglés que si le cortas sangra té Earl Grey, está calculando mentalmente el nivel exacto de humillación pública que puede soportar en mi nuevo vídeo.

Adoro hacer el payaso con mis amigos. Esto es justo lo que me pedía el cuerpo para olvidarme del ruido de fondo.

—Que me recuerde alguien otra vez por qué estamos en una fuente pública sobre un juguete de playa —pide Colin.

Lleva los pantalones arremangados a una altura que debería considerarse un crimen a la moda. Yo le metería en la cárcel por mucho menos…

¿Se lo digo o me muerdo la lengua a riesgo de explotar? «Venga, va, me lo callo. Otro pensamiento absurdo que me llevaré a la tumba».

—Porque Fabio tiene una lista interminable de experiencias vitales que parece el inventario de un psiquiátrico —responde David, acomodándose el micro en el pecho—. Y porque, al parecer, somos muy buenos amigos y no tenemos amor propio.

—Habla por ti —digo, ajustando la imagen—. Yo tengo amor propio. Lo que no tengo es filtro. Y tenía que cumplir el deseo cuarenta y seis por todo lo alto: Grabar un pódcast desde una barca hinchable en una fuente pública.

La gente se amontona. Algunos ríen, otros nos graban con el móvil. Una señora con cara de haber desayunado vinagre nos señala con el dedo mientras murmura que esto con la reina no pasaba.

—Ya sabéis cómo funciona esto —susurro a mis marineros—. El morbo y el ridículo son la moneda de cambio en internet. Soltad cualquier burrada que se os ocurra. Necesito tráfico.

—¡Entendido, mi capitán! —sueltan al unísono.

—Bien. Entramos en directo en tres, dos, uno…

Grabando —informo—. ¡Bienvenidos a La vida me pervierte!

El único pódcast grabado desde una barca hinchable en una fuente protegida.

—Los tres nos cruzamos de brazos—. Tema de hoy: decisiones de mierda.

Esas que parecen brillantes a medianoche y catastróficas a plena luz del día.

—Buena noticia: no estáis solos —sigue David—. Todos hemos mandado ese wasap a un ex o hemos dicho «tranquilos, yo controlo» antes de acabar bailando sobre una mesa.

—Hoy me acompañan Colin y David —los señalo—, los únicos amigos que no han bloqueado mi número todavía. Empecemos por Colin. Si te murieras ahora mismo, ¿de qué te arrepentirías?

—Me casé demasiado joven —suelta sin parpadear.

David pone los brazos en jarras, casi perdiendo el equilibrio.

—Colin, tío, que sigues casado… Y tu mujer tiene mucho tiempo libre ahora mismo. Seguro que nos está viendo.

—Exacto. Decisión permanente. Los que me estáis viendo: no lo hagáis. Vivid la vida. Disfrutad. Viajad. Y lo más importante: no seáis padres antes de los treinta. Ese es el mayor error de todos.

—Colin…, tienes treinta y tres —le recuerda David en ese tono tan serio que hace que me cueste no romper a reír—. Y tus hijos ni siquiera han nacido, ¡no te ha dado tiempo a arrepentirte!

—La edad es un estado mental, ¿vale? Mi espíritu tiene diecinueve y está pidiendo el divorcio de mis responsabilidades.

—Chloe te va a desollar vivo cuando escuche esto —le advierto mientras compruebo que el encuadre capte bien el fondo victoriano y mi perfil bueno—. ¿Seguro que no hay nada más que quieras confesar? ¿Nada de lo que te arrepientas?

—Sí. De ponerme estos pantalones. Son horribles. ¿Por qué no me habéis dicho nada?

—Porque somos unos amigos de mierda —suelta David.

—Y porque así no nos haces la competencia —bromeo yo.

Colin se levanta para hacernos un pase de modelos improvisado y la barca se inclina peligrosamente hacia la izquierda, desafiando las leyes de la flotabilidad.

David intenta compensar con el pie y casi acaba bautizado en agua pública con trazas de paloma y moho histórico. Un cuadro digno de la National Gallery.

—¡No os caigáis, que nos quedamos sin directo! —grito—. Además, la madre de Colin me ha amenazado con dejar de hablarme si hacíamos mucho el ridículo. Y me niego a vivir en un mundo donde no tenga acceso ilimitado a sus Welsh cakes.

—Mi madre tiene tantas razones para no hablarte, Fabs… Por suerte, no conoce ni la mitad de ellas. Por eso te adora.

—Acabas de abrir la caja de Pandora en directo. A ver lo que tarda en llamarme para someterme al tercer grado… —añado jocoso—. Bien, ya conocemos los grandes arrepentimientos de Colin. David, tu turno. Danos algo de sustancia.

—Yo me arrepiento… de no haber probado todos los sabores de mochi cuando vivía en Japón.

Colin suelta un bufido de desprecio que casi nos hace volcar.

—Eso no es un arrepentimiento, es un pecado venial. Es como arrepentirse de no haber visto todos los episodios de Dexter.

—¡Pues claro que es un arrepentimiento! —se indigna Dave—. Algunos sabores eran ediciones limitadas, Colin. ¡No vuelven! La vida es una sucesión de trenes que no pasan más que una vez, y yo dejé escapar el de té verde con cereza ácida.

—Yo me arrepiento de no haber probado todos los sabores de KitKat —añado con nostalgia—. Había uno de crema de sake con frambuesa que aún me persigue en sueños.

—Cuando vuelva a Japón voy a facturar tres maletas solo de comida.

—Cómo se nota que tú tienes ese metabolismo bendecido por los dioses del Olimpo.

—Oye, que soy un deportista nato —salta David, casi ofendido—. No me quites el mérito, que esas series de crossfit no se hacen solas.

Ladeo la cabeza. Eso ayuda, sí. David no concibe pasar un día sin salir a correr o ir al gimnasio mientras que mi relación con el deporte es de mera supervivencia: lo practico porque me gusta demasiado comer y tengo que mantenerme en forma.

Punto. Nadie me verá contando calorías y proteínas, ni apuntándome a un triatlón si no está en mi lista de deseos.

Si fuera un héroe, mi superpoder sería precisamente ese: estar para comerme sin tener que sudar una gota.

Colin se gira hacia mí y arquea una ceja, la que siempre utiliza para acusar.

—¿Y tú, Fabs? Mucho preguntar pero no te mojas.

—¿Que no me mojo? ¡Pero si estoy empapado!

Levanto una pierna para que se vean bien las manchas que decoran la pernera. La broma casi nos cuesta el naufragio.

—Déjate de rollos. ¿De qué te arrepientes?

—De qué me arrepiento, a ver…

Podría decir tantas cosas…

Podría hablar de aquel «hagámoslo» en Bali que debió ser un «ni de coña».

De lo que NO pasó en Buenos Aires por puro orgullo.

De ese billete abierto a Lima que caducó en un cajón porque alguien —que hoy ni siquiera me saluda— me pidió que me quedara.

Del trío con Aga y Sonia… No, de eso no me arrepiento. Fue una experiencia magnífica. Pero mejor no mencionarlo en el directo, no vaya a ser que Sofía lo use como arma arrojadiza.

Me aclaro la garganta.

—Pues mira, ya que lo preguntas, me arrepiento de no haber dado la vuelta al mundo cuando tuve oportunidad para hacerlo. Es una espinita clavada que siempre he tenido ahí. Ahora lo veo demasiado lejano, tengo demasiado trabajo y muy poco tiempo libre.

David me mira fijamente. No compra la mercancía.

—Eso no vale, parece una respuesta de entrevista de trabajo. Queremos algo más grave. Algo emocional. Algo… irreversible.

—¿Irreversible? ¿Como los pantalones de este? —bromeo, señalando a Colin, quien me devuelve una morisqueta—. No sé, supongo que me arrepiento de…

Me detengo. ¿Voy a decirlo? ¿Delante de mis seguidores?

Sí, voy a hacerlo… El drama humano vende. La humanidad vende. A la gente le gusta descubrir que la vida de las celebrities no es siempre un camino de rosas.

—Pues, ya que me habéis pedido carnaza… os confesaré que me arrepiento de haber reducido mi mundo (yo, que quería devorarlo entero) al tamaño exacto de la inseguridad de otro hombre.

Se hace el silencio. Un silencio incómodo, de esos que no puedes editar en posproducción sin que se note el corte.

David es el primero en reaccionar. Esto lo pasaría por tijera si no estuviéramos en directo, soy muy cuidadoso con lo que muestro en las redes, por mucho que la gente crea lo contrario.

—Uno no elige de quién se enamora, pero sí elige qué hacer cuando otro intenta hacerle sentir pequeño.

Pequeño. ¿Fue eso lo que intentó Ivan? ¿Hacerme sentir pequeño? A mí, que siempre he sido espectáculo, exceso y fuegos artificiales de fin de año. Y, sin embargo, me he convertido en un simple petardo.

—Pues eso, que me arrepiento de haber olvidado que mi lema es Carpe diem y no Carpe daño.

Mis amigos no saben qué más añadir. El ambiente se ha vuelto demasiado íntimo para un pódcast. Por suerte, Colin encuentra la distracción perfecta en la orilla:

—Nos está grabando todo el mundo.

—Sí, suele pasar —afirmo, mirando a la multitud—. En cinco minutos estaremos en TikTok con toda clase de teorías erróneas. No sabrán qué demonios está pasando hasta que vean el vídeo oficial colgado en mi canal.

—Del uno al diez, ¿qué probabilidad hay de que esto acabe mal? —pregunta David—. Esa señora de ahí nos está señalando con el dedo mientras habla por teléfono. Y no parece una fan, precisamente…

—Once —respondo sin dudar.

Como si David los hubiera invocado, dos agentes de la policía metropolitana aparecen minutos después, escoltando a la señora del teléfono.

Miran la barca naranja. Miran los micrófonos.

Nos miran a nosotros tres, encajonados entre el bronce de la escultura y el ridículo absoluto.

Se miran entre ellos con esa expresión de quien estudió Criminología para acabar deteniendo influencers flotando de forma ilegal en una fuente.

Es tan absurdo que tienen que hacer un esfuerzo titánico para que la placa no les tiemble de la risa.

No es la primera vez que me detienen por priorizar mi lista de deseos sobre el orden público, y sospecho que ellos ya tienen mi ficha en el apartado de Pesados pero Inofensivos.

—Señor Fabio Vitale, ¿de qué se trata esta vez? —interroga uno con aburrimiento.

—Estamos grabando un pódcast —explica David por mí.

—¿En una fuente?

—La acústica es excelente —añado con mi mejor sonrisa—. Me retaron a hacerlo en el episodio trescientos siete y, bueno, soy un hombre de palabra.

—Salgan del agua antes de que tengamos que entrar nosotros —pide el otro agente—. Ahora.

—¿Podemos terminar el episodio? —ruega Colin.

—No.

—¿Ustedes creen que esos pantalones que lleva mi amigo son un crimen contra la moda? —pregunto, señalando el desastre textil de Colin—. Podrían detenerlo por esto, ¿verdad?

—¡Son de Next! —se escuda él, ofendido.

Los dos policías revisan a mi amigo de arriba abajo, tomándose mi pregunta con una seriedad que hace que David y yo contengamos la risa. Colin pone los ojos en blanco.

—Sin duda alguna —responde el policía—, pero me temo que el Código Penal no cubre el mal gusto. Por esto, sin embargo… —señala nuestra balsa—, sí que puedo darles un paseo. Anda, salid del agua antes de que nos arrepintamos de ser amables.

—¿Estamos bajo arresto?

Siempre hago la misma pregunta esperanzado y nunca consigo salirme con la mía.

Yo quiero acabar en la cárcel; es el número diecisiete de la lista que elaboré con Patri.

Ella no lo tenía en la suya pero, irónicamente, fue la única que logró el propósito, pues David y ella pasaron unas horas en el calabozo de Osaka tras una pelea en un bar.

—No —niega el agente, ayudándome a salir con un tirón firme—. Pero no vuelvan a hacerlo, por si acaso.

No prometemos nada. Hay demasiadas fuentes en Londres y me quedan muchos episodios por grabar.

Los agentes nos ayudan a salir. La barca se desinfla con un sonido triste que marca el final de nuestra aventura y, contra todo pronóstico, todo el mundo aplaude por el espectáculo que les hemos dado.