17 La Ley del Pacman #3
Lo que no entiendo es cómo David puede trabajar con él sin empujarle sin querer ventana abajo desde un séptimo piso. Yo me lo he planteado ya un par de veces.
—Ashley, ¿podemos poner que eres gay? —insiste Tiago.
—Puedes poner que soy gay —respondo.
—Maravilloso. Ya estás metido en el papel. ¿Cisgénero? ¿Agénero? ¿Trans? No, no pareces trans… Lo siento, nos lo pide el formulario este que me bajé de internet, pero no tengo ni idea de lo que significa nada de esto.
—Eh, sí. Soy cisgénero.
Tiago asiente, satisfecho.
—Perfecto, hombre cisgénero, homosexual, blanco-británico. ¿Religión tienes?
—Anglicano.
—Bueno, nadie es perfecto. Nosotros somos ateos, pero la novia de este es cristiana. Supercristiana.
—¿Y eso qué le importa a nadie, Tiago? —se queja David, al borde del colapso—. ¡Jesús!
—¡Contratado! —dictamina Tiago de repente, dándole un golpe a la mesa—. Esta misma tarde te mandaremos el contrato por email.
—¿Cómo que contratado? —David parece haber llegado al límite de su resistencia con su socio—.
¿Podemos hablarlo antes? ¿En privado? No sé, estas son la clase de decisiones que se toman después de consensuar, revisar el currículo con calma, hacer algunas preguntas de situación para saber si el candidato encaja…
—Venga, va. Vamos a hablarlo fuera y fingimos que nos lo estamos pensando.
—No puedo contigo, te lo juro —protesta David de nuevo, dirigiendo una mirada de disculpa hacia mí—. Danos unos minutos, Ashley. Si no volvemos, llama a la policía y di que fue en defensa propia.
Me guiña un ojo y no puedo evitar reírme. Ahora entiendo la desesperación que tenía el otro día en la barra; lo que no alcanzo a comprender es cómo demonios puede trabajar cada día con este capullo integral. Pero supongo que los caminos de la arquitectura son inescrutables.
Me quedo sentado en la silla, con mi té ya frío en la mano, preguntándome si acabo de vivir la entrevista más ilegal de la historia reciente del empleo en el Reino Unido.
Intento afinar el oído, pero es inútil: han empezado a discutir en español y suena como una ametralladora de sílabas.
Sin embargo, soy un hombre de recursos. Saco el móvil con disimulo y abro una aplicación de inteligencia artificial que traduce voz en tiempo real.
La coloco cerca de la puerta y espero a que los algoritmos hagan su magia.
David: Has sido grosero, nada profesional, políticamente incorrecto… ¡Por el amor de Dios! ¡Ni siquiera me habías dicho que teníamos una entrevista! ¿Te has leído el currículo del chico, al menos?
Tiago: No, pero tú sí lo has hecho antes de entrar en la sala. Y estabas impresionado, ¿no?
David: Me ha gustado su carta de presentación. Y su curiosidad parece genuina, creo que sobrevivirá.
Tiago: Si es que tengo un ojo para estas cosas… Parece buen chico, ¿no?
David: Sin duda. Ha aguantado el tipo sin mandarte a la mierda. Eso ya dice mucho de él… Como mínimo, que tiene la educación de la que tú careces.
Tiago: Es inglés, son unos estirados por naturaleza.
David: ¿Ahora también te vas a poner racista? De verdad que lo tienes todo hoy.
Tiago: ¿Cómo voy a ser racista? ¡Si a mí me encantan las inglesas!
David: Sí, ¡en tu cama! En serio, Tiago, no tenías derecho a preguntarle por su vida privada.
Tiago: Lo que tú digas. ¿Lo contratamos? En esa sala había tufillo a desesperación por ambos lados, ¿eh?
David: Sí, pero solo porque necesito un aliado para soportarte. Y creo que Ash y yo podríamos llevarnos bien.
Cierro la aplicación justo cuando vuelven a entrar y finjo que no me han pillado espiándolos. Me levanto y simulo estar muy interesado en una maqueta. En realidad, me estoy preguntando en qué clase de manicomio de lujo me estoy metiendo, pero mi cuenta bancaria no está para ponerse exquisita.
Tiago se acerca y me observa con una sonrisilla que me inquieta. De verdad, este tipo tiene un cortocircuito serio en el lóbulo frontal.
—Perdón —digo, señalando la estructura para romper el silencio—, ¿esta también está inspirada en la arquitectura modular japonesa o es un diseño propio del estudio?
Tiago se detiene, un poco descolocado por el tecnicismo.
—Japonesa. A David le flipa todo lo que venga de allí. ¿Por?
—Por el sistema de ensamblaje —añado, sintiendo que David me observa con atención—. Tampoco parece depender de un núcleo central rígido. Supongo que eso permite redistribuir las tensiones y la hace más flexible ante cualquier impacto externo.
David sonríe, y en ese gesto entiendo que estoy diciendo lo correcto. He salido airoso.
—¿Cuándo podrías empezar, Ashley? —pregunta.
—¿Cuándo me necesitáis por aquí?
—Ayer. —Tiago se cruza de brazos, orgulloso de haberse salido con la suya.
David suspira, pero esta vez con alivio.
—En serio. Si te ves con la capacidad mental para aguantar a mi socio, el puesto es tuyo. Creo que te lo has ganado con creces solo por no haber huido todavía.
Aún no he acabado los estudios y ya he detectado al menos tres formas diferentes de infringir las leyes laborales del país. Y aun así, yo asiento, emocionado ante la nueva etapa que se abre ante mí. Aunque, por dentro, no sé si reír, llorar… o pedir asesoramiento legal.