17 La Ley del Pacman #2
Qué tipo más… peculiar. Si David es el templo japonés, Tiago es un rascacielos de Las Vegas: ruidoso y lleno de luces innecesarias.
¿Qué tipo de edificio será el Hombre Cucaracha?
—Vale, vale, ya estoy aquí. ¿Empezamos o qué?
Nos sentamos. Yo en un lado de la mesa, ellos dos enfrente. Se nota a la legua que no tenían nada preparado; la informalidad del ambiente es tal que casi espero que alguien saque una baraja de cartas y se ponga a repartir.
—A ver —empieza Tiago, repantingándose en la silla como si estuviera en el sofá de su casa—. Ashley, cuéntanos un poco de ti. Sorpréndenos.
—¿Por dónde empiezo?
—Por donde quieras —aclara con un gesto vago de la mano—. Esto no es la NASA, no vamos a lanzarte al espacio. Somos una empresa cool.
David le lanza una mirada rápida, una mezcla de cansancio y resignación. Estoy seguro de que está pensando lo mismo que yo, pero es demasiado educado para dejar en evidencia a su socio.
—Tenemos dos vacantes abiertas —explica, reconduciendo el barco—. Buscamos a alguien para Recursos Humanos y a alguien para Administración. Organización, comunicación, gestión interna… No hace falta que entiendas de arquitectura; el argot lo irás captando con el tiempo por pura ósmosis.
—Pues… suena perfecto porque tengo experiencia en administración y casualmente ahora estoy estudiando Recursos Humanos. Acabo en junio.
David asiente y toma nota en un cuaderno. No sé si es una buena señal o si está apuntando que soy un proyecto a medias.
—Genial. Necesitamos a alguien que se incorpore lo antes posible. Estamos bastante desorganizados y el volumen de trabajo nos está devorando.
—Tengo disponibilidad inmediata.
—Vale —dice Tiago, cruzándose de brazos—. Antes de nada, una pregunta crucial: ¿tienes pareja?
David cierra los ojos con fuerza, como si estuviera pidiendo paciencia a algún dios de la arquitectura.
—Tiago, ¿qué demonios tiene que ver eso con…?
—¿Qué? —se ofende él, abriendo mucho los ojos—. Es importante para la dinámica del grupo.
—No, no lo es. No puedes preguntar eso en una entrevista. Es ilegal, inapropiado y, además, ¿a ti qué más te da?
—Bueno, vale, si no puedo preguntar eso… —Tiago se encoge de hombros y vuelve a mirarme—. ¿Vives cerca de aquí?
—Sí —respondo con cautela. Estoy flipando en colores—. Vivo literalmente ahí abajo.
Señalo hacia el ventanal.
—¿En el agua? ¿Qué pasa, que tienes aletas o qué?
—¡Tiago! —le reprende David en un susurro harto.
—¿Qué cojones he dicho ahora? ¡Es una pregunta supernormal cuando alguien te dice que vive ahí abajo y señala el Támesis. —Él solito parece darse cuenta—. ¡Oh! El puerto. ¿Vives en… un barco?
—Vivo en un barco —confirmo, manteniendo la cara de póker—. Es una situación temporal.
—¿¡Un barco!? —Tiago se inclina hacia delante, intrigado—. Pero… ¿barco-barco de los de pasar frío y pescar tu propia cena, o barco hípster con wifi y cafetera de cápsulas?
—Tiene wifi y… cafetera de cápsulas, sí.
—¿Y no te da ansiedad vivir así, tío? ¿No sientes que el mundo se mueve todo el rato?
David levanta la cabeza de golpe, con una expresión de puro bochorno.
—Tiago, eso es… demasiado inapropiado. Déjalo ya.
—Solo estoy conociendo al chico antes de decidir si quiero verle la cara cada día de mi vida —se defiende él con su lógica aplastante—. Luego pasan cosas, la gente tiene traumas y nadie entiende nada. Nos estoy haciendo un favor a los dos, imagina que fuera un psicópata.
—¡Esto es una entrevista de trabajo, no una sesión de terapia! —David va a perder la paciencia de un momento a otro.
—Bueno, pero vamos a trabajar muchas horas juntos, ¿no? Yo necesito saber si eres estable.
—Defíneme estable —le reto.
—No sé. Que no te vayas a ir de repente. Que no montes un drama por cualquier chorrada. Que no… ¡yo qué sé! Que no arda el edificio, por ejemplo.
Teniendo en cuenta mi historial reciente con los incendios, esa es precisamente una promesa que no debería firmar ante notario. Me quedo callado, esperando el siguiente proyectil. No tarda en llegar:
—¿Consumes drogas?
Silencio. David me mira; su cara es un poema de vergüenza ajena en verso libre.
—No tienes que responder a eso, de verdad… Bueno, ni a nada de lo que te ha preguntado mi socio. Ashley, ¿sabes manejar Excel? ¿AutoCAD?
—Sí, manejo AutoCAD. Y, si sirve de algo para tu tranquilidad, no consumo drogas —respondo, mirando a Tiago—. Té en exceso, si eso cuenta como sustancia estupefaciente.
—¡Otro adicto al té! Sois una puta plaga —exclama Tiago, señalándonos a David y a mí como si acabara de descubrir una conspiración masónica. Yo estoy flipando… mucho—. ¿Y tu relación con el alcohol?
—Eh, pues… trabajo en un bar.
—Eso no responde a la pregunta —insiste él.
—Tiago —interviene David, con una voz que suena a ultimátum—, esto está rozando la denuncia formal.
—Estoy siendo transparente, David. Si vamos a contratar a un tío, quiero que se una a las cervezas de los jueves. Y nos tiene que caer bien. Es una actividad para crear equipo, team building, ¿sabes?
—Ah… Sí, claro. Podría unirme. Nunca digo que no a una cerveza.
—¿Nunca… nunca? ¿Eres alcohólico o qué?
—¡Tiago! —exclama David en tono de aviso.
Su socio suelta una carcajada informal, de esas que retumban en las paredes de cristal.
—¡Relax, chicos, relax! —pide con un gesto con las manos, justo antes de dirigirse a mí—. Me gustas, chaval. Llevamos media hora de entrevista y no te has ofendido, no te has levantado y no me has llamado imbécil.
«Todavía», pienso para mis adentros mientras mantengo una expresión neutra.
—Una cosa más, y esto es lo más importante de todo —continúa Tiago—: ¿eres gay, discapacitado o neurodivergente? Mujer, está claro que no eres… Aunque trans nos vendría muy bien.
—¿¡Perdona!?
Yo no doy crédito. David se lleva las manos a la cara y se pinza el puente de la nariz con una fuerza que me hace temer por su tabique nasal.
—¡Tiago! Se acabó. Sal de aquí ahora mismo. Ya sigo yo con la entrevista antes de que Ashley nos denuncie y me vea en la obligación moral de apoyarle.
—Pero ¿qué he dicho ahora? Tenemos que cubrir unos porcentajes para ser una empresa inclusiva. Nos lo pide Recursos Humanos.
—¡Pero si aún no tenemos departamento de Recursos Humanos!
—¡Pero lo tendremos, David, lo tendremos!
Y, cuando llegue, verá que somos una empresa terriblemente heteropatriarcal.
Necesitamos mujeres, integrantes del colectivo LGTB+ y personas con discapacidad o neurodivergentes.
La verdad es que tenemos pocas mujeres en el departamento, Ashley, por eso buscábamos una secretaria.
—Di más bien que no tenemos ninguna —le corrige David, harto—. Somos tú y yo, Tiago. Y, como sigas en ese plan, me temo que vamos a seguir siendo solo nosotros dos por mucho tiempo.
—De momento. CanArch está creciendo. Ahí está la clave: hay que tener visión de futuro y contratar con inteligencia para ir rellenando esas casillas.
Me cuesta parpadear. Este hombre es un espectáculo constante, un volcán de incorrección política que, curiosamente, parece no tener maldad, solo un filtro inexistente entre el cerebro y la lengua.
Es normal que haya montado su propia empresa; en cualquier otro sitio le habrían puesto de patitas en la calle el primer día.