La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 17 La Ley del Pacman
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17 La Ley del Pacman

La Ley del Pacman

Noviembre, Londres, Inglaterra

Ashley

Siempre he creído que todo pasa por algo. No por una cuestión de espiritualidad barata ni porque lea el horóscopo cada mañana, sino porque la vida tiene la costumbre de ir soltando migas de pan sin avisar.

Cuando te quieres dar cuenta, te giras y estás en un sitio que no terminas de reconocer, pero que tampoco te resulta ajeno.

Es como esa película en la que un chaval indio sin estudios acaba ganando un concurso millonario porque, sin saberlo, llevaba toda la vida entrenando para responder a esas preguntas concretas.

Slumdog Millionaire, creo que se llamaba.

Pues eso. Que tengo la impresión de que todo lo que me ha pasado últimamente —el incendio, la conversación con Karl, La Playa, mi despido…— me ha empujado hasta este preciso momento.

Quizás tenía que estar detrás de esa barra, aguantando el tipo en bañador, solo para oír que alguien buscaba un secretario con urgencia.

O quizás no. Quizás solo sea uno más de los cientos de chismes que proceso cada noche y estoy a punto de darme una hostia monumental. Pero el que no arriesga no gana.

Los que venimos de abajo no tenemos demasiado margen para el pudor ni para la prudencia excesiva. Los pobres tenemos que echarle morro a la vida. Cuando no tienes nada que perder, tirarte al vacío deja de ser un acto heroico para convertirse en pura logística.

O comes o te comen, es así de simple.

Es la Ley del Pacman, y todos los muchachos de barrio la llevamos grabada a fuego en el alma junto con las ganas de salir de él.

Séptimo piso. Canary Wharf. Ante mí, una pared de cristal con una tipografía perfecta que representa un edificio: Estudio de Arquitectos CanArch.

He pasado la noche entera en vela, preparando un currículum impecable y una carta de presentación que es honesta hasta rozar la imprudencia.

No sé nada de arquitectura más allá de que los edificios no deberían caerse.

Aún no he terminado mi formación en Recursos Humanos.

Pero tengo actitud, gran capacidad de aprendizaje y una flexibilidad salarial notable, sobre todo porque no tengo que pagar alquiler mientras viva en el barco.

Solo pido una condición: los jueves necesito teletrabajar desde Coventry para ir al college. No es negociable. Todo lo demás es terreno de juego. Además, mi disponibilidad es tan inmediata que roza la desesperación. ¿Qué más podrían pedir en esta ciudad de gente ocupada?

Así que esta mañana, tras mandar un email a la dirección de correo que me escupió Google, un tipo me dijo que me pasara a las doce.

Y aquí estoy.

Cojo aire, ajusto mi ropa y entro. El recibidor está vacío.

Es un espacio demasiado limpio y silencioso, de esos que te hacen sentir que incluso tu respiración está desordenando el ambiente.

Da la sensación de que aquí no se improvisa nada y, sin embargo, buscan a alguien con urgencia. Me parece una contradicción fascinante.

El espacio se abre hacia una oficina inundada de luz, atravesada por paredes de cristal y mesas blancas impolutas donde reposan maquetas imposibles y planos extendidos como mapas de mundos que todavía no se han construido.

Desde este ventanal, Canary Wharf se despliega en vertical: una jungla de acero, reflejos azulados y gente diminuta moviéndose deprisa allá abajo, como hormigas con maletín.

Me detengo un segundo ante las fotografías de los edificios firmados por los socios del estudio: Tiago Quintana y David Schulz.

Me he documentado. Llevan diez años en el mercado, aunque David se unió hace solo unos meses para sustituir a una arquitecta inglesa cuyo nombre ha sido borrado de la web.

Tiago es, por lo visto, el rey del cristal y el acero; sus obras futuristas parecen estar a punto de echar a volar en cualquier momento. Ha ganado premios internacionales y, según he leído entre líneas en la prensa especializada, tiene un ego que no cabe en esta planta.

David, por el contrario, mantiene un perfil social más bajo, aunque lo señalan como uno de los mejores arquitectos de nuestra generación.

Su estilo combina la pasión española con una calma zen adquirida tras diez años trabajando en Japón.

Es el responsable de proyectos que alaban en revistas que yo nunca leo.

Su obra más conocida, la Torre Vida, es un despliegue de contrastes y riesgos.

Hay quien dice que es el nuevo Gaudí. A mí, sinceramente, lo que me interesa es que no hace edificios aburridos y que le pone color a la vida.

Sus diseños quedarían de fábula en mitad del gris de Coventry.

Un hombre moreno sale de una sala a mi derecha y se acerca para darme la mano. Sonrío, aunque noto la tensión en la mandíbula cuando un segundo hombre se une, con una cara de confusión.

A este último lo reconozco al instante. Es él. David. El hombre que estaba en la barra. El amigo de Aga y, por supuesto, de mi némesis personal: el Hombre Cucaracha. Ahora lo odio incluso un poquito más, después de haberme ignorado cuando flirteaba con él solo por provocarlo.

Rezo por que David no me reconozca. Prefiero que no me relacione con el camarero en paños menores del bar donde el otro día casi pierde el sentido tras dos cócteles aguados con más sirope que alcohol.

Con esta camisa de algodón impecable y los chinos recién comprados, parezco otra persona. O al menos, eso espero.

Pero, pese al esfuerzo que he hecho por parecer un profesional presentable, ellos me miran raro. Muy raro. Es ese tipo de silencio que se prolonga un segundo más de lo aceptable.

¿Qué está pasando?

¿Tengo una mancha de té?

¿Se me ve algún tatuaje por el cuello?

David es el primero en hablar. Tiene una mirada tranquila, franca.

—Perdona, no esperábamos a nadie a esta hora. ¿Tú eres…?

—Ashley —respondo, tratando de que mi voz suene segura—. Mandé un email esta mañana para pedir una entrevista y alguien me citó a las doce.

David mira a Tiago y este abre los ojos de golpe, como si acabara de entenderlo todo. Está claro que fue él quien respondió a mi email.

—¡Joder! ¿Tú eres Ashley? —pregunta Tiago—. Perdona, es que… esperaba a una mujer.

Ahí encaja todo. Uno me mira raro porque no sabía de mi existencia, y el otro porque tengo pene. Mentiría si dijera que es la primera vez que me pasa; que mis padres me pusieran un nombre tan ambiguo me ha traído tantas alegrías como penas, sobre todo en los formularios de inscripción.

—Ya sabes —añade Tiago, recuperando su tono de suficiencia—.

Puesto de secretaría… Y ese nombre… Me negarás que Ashley no suena a la típica rubia que siempre muere la primera en las películas de terror después de caerse en el bosque.

Todas se caen en el bosque. ¿Es que no aprenden nada viendo cómo mueren las demás en las otras películas?

David pone los brazos en jarras y resopla, tratando de mantener la compostura.

—¿Los hombres no podemos ser secretarios? —pregunto, arqueando una ceja.

Tiago se queda cortado. Por un momento, el Rey del Cristal se queda sin reflejos.

—Eh… sí, claro. Podemos hacer lo que queramos. Nosotros también estamos empoderados, tío —balbucea, en un intento patético por sonar políticamente correcto.

David se lleva dos dedos al puente de la nariz y suspira con una pesadez que casi puedo sentir. Parece que estoy viviendo mi propia sitcom en vivo y en directo.

—Como puedes ver, Ashley, también necesitamos a alguien de Recursos Humanos con urgencia. Alguien que ponga un poco de orden por aquí. —Me tiende la mano con una sonrisa—. Soy David, encantado. Será mejor que pasemos a la sala de reuniones… ¿Quieres tomar algo? ¿Té, agua, café…?

—Té con leche, por favor.

—Ahora mismo te lo traigo.

Me acompañan hasta una sala amplia y luminosa. Hay una mesa de juntas, varias sillas, cuadros de arquitectos ilustres y maquetas de edificios muy modernos. Lo único que desentona entre tanto futurismo es una maqueta de un templo asiático de madera, pequeña y sencilla.

Me acerco a mirarla con más detenimiento. Está hecha sin tornillos ni piezas visibles. Todo encaja de una forma que no entiendo, pero que parece funcionar.

Me quedo observándola más tiempo del debido, hipnotizado por la precisión de la madera, hasta que escucho pasos acercándose detrás de mí. David aparece a mi espalda con dos tazas de té, haciendo que pegue un salto poco elegante.

—Kiyomizu-dera —susurra.

—¿El qué?

—El templo japonés que estás mirando —añade, dejando las tazas sobre la mesa.

Me giro despacio, encontrándome con sus ojos.

—Es… fascinante —digo, lamentando al instante no tener un vocabulario más técnico con el que impresionarle—. No entiendo cómo… quiero decir, ¿cómo se sostiene sin nada que lo sujete?

Sonríe. Se le nota orgulloso, pero no engreído. Es la satisfacción del artista.

—La arquitectura tradicional japonesa usa técnicas milenarias —explica—. Kigumi, sashimono… Ensambles de madera. Nada de tornillos, ni clavos, ni pegamento. Todo encaja con precisión. Si una pieza falla, se sustituye. Si hay un terremoto, la estructura cede sin romperse.

—Como si estuviera ideada para equivocarse —suelto sin pensar.

Él asiente, haciendo que sus ojos color miel se vuelvan aún más cálidos.

—Exacto. La resiliencia de lo que se dobla sin quebrarse. ¿Te interesa la arquitectura, Ashley?

—No tengo formación —confieso de inmediato—. Ni idea técnica. Pero siempre me ha llamado la atención cómo se construyen las cosas. De pequeño me apasionaban los Lego.

«Y el premio a la mayor estupidez dicha en una entrevista de trabajo es para… ¡Ashley Grey! ¡Bravo! Solo me falta decir que también me gusta hacer castillos de arena».

—Supongo que siento cierta fascinación por entender cómo algo pasa de no existir a sostener peso, gente, vida… —me detengo, sintiendo que estoy diciendo demasiadas tonterías—. Perdón, no sé explicarlo muy bien.

—Lo has explicado perfectamente, Ashley.

Tiago aparece en la puerta con prisas y un café humeante como si se hubiera acordado de repente de que estamos en medio de una entrevista.