La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 16 Corte nuevo, vida nueva #2
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16 Corte nuevo, vida nueva #2

—No entiendes nada, Fabio. Todo esto lo hago porque te amo con locura. No soporto que no me contestes. Me vuelve loco no saber dónde estás. No tienes ni idea de lo que se siente.

—¿Sabes lo que no soporto yo? No saber NUNCA dónde estás tú, Ivan.

Que desaparezcas como un truco de magia.

Que seas emocionalmente inaccesible. Que no me presentes a tus amigos.

No poder pedirte explicaciones sin que me trates como si estuviera paranoico.

Que me acoses, me amenaces, me atosigues, me…

—Necesito tiempo. Te dije que lo nuestro sería complicado.

Suelto una risa breve. Seca. Sin una gota de indulgencia.

—¿Tiempo para qué? Y ¿hasta cuándo, Ivan? ¿Qué tienes que solucionar? —Me acerco un paso—. ¿Eres un espía ruso disfrazado de publicista o solo un cobarde? Dame una puta razón convincente por la cual deba soportar este calvario al que me sometes a diario.

Él se queda mudo. Supongo que en público, sin poder recurrir a sus arrebatos de ira habituales, se siente desarmado. En privado, es posible que ya me hubiera estampado contra una estantería para después comerme la boca como si eso fuera un acto de amor supremo.

—Es increíble —añado, bajando la voz—. Hablo seis idiomas y no consigo comunicarme contigo.

Me agarra del brazo. Esta vez con más fuerza.

Demasiada. Siento cómo sus dedos se clavan y estoy seguro de que mañana luciré un recordatorio morado en la piel.

Es como si intentara equilibrar sus emociones sobre mi cuerpo.

Me aparto con un gesto brusco pero discreto.

A nuestro alrededor, la oficina se ha quedado suspendida en ese silencio incómodo donde todo el mundo finge no estar viendo lo que claramente está viendo.

—Mi brazo no es tu puto muñeco antiestrés, Ivan.

—Lo siento —dice, atropellado, soltándome de golpe—. Joder. Lo siento. No quería… Vamos a otro sitio, por favor.

—Ivan… —Bajo la mirada, me muerdo el labio y vuelvo a clavar mis ojos en los suyos—. No puedo seguir con esto.

Soy el primer sorprendido de que esa frase haya salido de mis labios. Pero, ¡joder! Qué bien me siento al haberla escupido.

—No, yo no… No voy a perderte, Fabio. Dame una oportunidad. Por favor —suplica. Niego con la cabeza—. Haré lo que sea. Seré menos controlador, seré más… Seré lo que tú quieras.

—Verás, cariño, esto funciona al revés —le explico con una sonrisa gélida—. Si de verdad sientes todo eso, si de verdad has cambiado… demuéstramelo. Y quizá, solo quizá, después de que lo vea, te dé la oportunidad que crees merecer. No antes.

Me doy la vuelta y camino hacia mi escritorio como el puto amo de la agencia, aunque por dentro me sienta como un jarrón de los chinos pegado con celo.

—Fabio —me llama Karen desde la puerta de su despacho—. ¿Puedes pasar un momento?

Asiento. Por la severidad de su mirada, sé que no quiere hablar de la campaña. Probablemente no se haya perdido ni un segundo de la función de la cantina. Es la desventaja de trabajar en un acuario de cristal: todo el mundo ve cuando el tiburón intenta morder al pez de colores.

Entro y ella cierra la puerta tras de mí, obligándome a sentarme en la butaca de cuero blanco. Me observa durante un tiempo que se me antoja eterno, pero creo que no quiere hablarme de trabajo…

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —Le devuelvo una de mis sonrisas de catálogo, la que reservo para los clientes que piden cambios absurdos a cinco minutos de la entrega cuando en realidad tengo ganas de ahogarlos.

No me cree. Tiene esa mirada analítica que tan bien conozco, la que usa para diseccionar la mente del cliente. Y odio que la esté usando conmigo.

—Voy a ser clara: no sé qué demonios hay entre vosotros, ni me importa lo más mínimo —dice, apoyando los codos en la mesa—. Lo que sí me importa es lo que sucede en esta oficina, y no me gusta el Fabio que veo últimamente. Te estás desdibujando.

Resoplo. Justo lo que necesitaba para completar mi lunes de mierda, que mi jefa se una al club de «Fabio, te vemos gris». Se ve que hoy todo el mundo se ha levantado con el título de psicólogo bajo el brazo.

—Lo gestionaré. No afectará a mi trabajo, lo juro.

—Bien. Hazlo antes de que tenga que tomar medidas drásticas.

Asiento con la cabeza, trago saliva y salgo del despacho con desgana. Respiro el aire viciado de la agencia, cojo mis cosas y me largo. Sin pensar, sin mirar atrás, me subo al metro y huyo hacia Ealing en busca de Aga.

Su peluquería está a rebosar, como siempre. Mi amiga tiene un don en esas manos, y no lo digo por decir: lo he comprobado en primera persona en otros… menesteres que no incluían el uso de herramientas de corte. Pero esa es otra historia…

Cuando me ve aparecer por la puerta, su mirada de preocupación es instantánea, pero guarda silencio.

Lo que decía, otra que se une al club. Por suerte, con ella no tengo esa clase de relación.

Nosotros nos divertimos juntos y de vez en cuando me canta las cuarenta, pero evitamos hablar de sentimientos si no procede.

Y hoy NO procede. Como escuche un solo sermón más, me tiro por un puente. Lo juro. Y mira que Londres tiene donde escoger.

—¿Me das permiso para hacer lo que quiera contigo? —pregunta, señalando un sillón con su peine.

—Una vez que me tengas en esa silla, soy todo tuyo, rubia. Haz tu magia.

Hay momentos en los que necesitas recuperar el control de tu vida y, por algún motivo absurdo, los seres humanos creemos que un cambio de look es la cura para un corazón hecho trizas.

Como cuando Sofía dejó que Aga le tiñera el pelo de rosa.

Quizá si cambio lo que el mundo ve por fuera, también logre engañar a lo que llevo por dentro.