16 Corte nuevo, vida nueva
Corte nuevo, vida nueva
Noviembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Sobrevivo a un fin de semana entero de terrorismo telefónico que, por suerte, nunca llega a materializarse en el mundo físico.
La verdad, dada la intensidad y el dramatismo de sus mensajes, llegué a imaginarme a Ivan plantándose en mi piso con su mirada atormentada y uno de sus discursos sobre lo mucho que me ama.
Pero no. Parece que tenía mejores cosas que hacer mientras me bombardeaba con esos textos horribles, convenientemente configurados para autodestruirse a las veinticuatro horas.
Por suerte, la paranoia me agudiza el ingenio y he fotografiado cada uno de ellos con el teléfono de Patri. Por si acaso. Por si algún día necesito pruebas. Este es el nivel de confianza que flota en el ambiente.
De todos modos, Ivan no me habría encontrado en casa. El viernes me instalé en la habitación de invitados de David y Patri y allí he permanecido hasta hoy lunes, vestido con un chándal de David que me queda grande y un paquete de calzoncillos sin glamour que compré en el supermercado más cercano.
Cada vez que mi teléfono vibraba con un nuevo escupitajo digital del psicópata de Ivan —porque ya no encuentro una palabra más suave para definirlo—, nadie decía nada.
Vimos la tele. Cocinamos. Paseamos por el parque de Battersea.
Nos atiborramos a palomitas y me ayudaron a preparar la reunión de hoy con nuestra nueva clienta, una escritora de romántica con la que ya he trabajado antes, y a la que Patri está enganchadita desde que decidió adentrarse en el mundo de la lectura solo para tacharlo de su lista.
Pero hasta el mejor refugio tiene fecha de caducidad.
En cuanto pongo un pie en la oficina, siento una congoja que nunca antes había asociado a este sitio.
Sé que no voy a librarme del cara a cara con Ivan, pero también sé que el trabajo es el único cable a tierra que me queda, y no pienso inmolar mi carrera por un tipo que no sabe gestionar sus emociones.
Además, me siento mucho más seguro después del fin de semana arreglando el mundo con mis amigos.
Debería hablar con Karen, pero no creo que hacer que le despidan fuera a mejorar en nada las cosas…
Me pongo a Bruno Mars y Lady Gaga a todo volumen para silenciar el mundo y me encierro en una sala de conferencias con mi laptop púrpura. Activo el modo no molestar en Teams y no salgo hasta que el reloj me avisa de que tenemos un meeting.
Atravieso la oficina con paso firme, ignorando el campo magnético que parece tirar de mí hacia la mesa de Ivan. Cuando paso por su lado, él hace un amago de levantarse y me señala la pantalla con urgencia.
Le ignoro. La tasa de conversión de la campaña de chocolates Placer Adulto es la menor de mis preocupaciones. Le dedico un gesto rápido indicando que voy tarde, devolviéndole cada segundo de indiferencia que él me ha regalado estas semanas.
No sé qué voy a hacer, pero las reglas han cambiado. Tengo que empezar a priorizarme, aunque no tenga claro cómo se hace eso sin que la culpa me muerda. Quizá tenga que dar varios pasos atrás antes de seguir adelante.
Lo único que sé es que tengo una crisis monumental que ya no puedo atribuir a mis amigos, ni al algoritmo, ni al Espíritu Santo.
Es mía. Solo mía. Y voy a salir de esta como que me llamo Fabio Vitale, porque no he llegado hasta aquí para desaparecer en la historia de nadie.
Solo yo soy dueño de mi destino. Y me niego a seguir agarrándome a emociones tóxicas solo para sentirme vivo.
Prefiero estar solo.
Me recoloco la americana. Enderezo los hombros.
Preparo mi actitud más profesional y mi mejor sonrisa y entro en la sala de reuniones.
Karen ya está esperándome con Deborah P.
Gómez, la escritora de romántica que está preparando la campaña de su última novela, Psicópata azul busca cómplice perfecta.
La reunión fluye con facilidad y me ayuda a recordar por qué soy el mejor en lo que hago, ya sea vendiendo unos calcetines que transforman el sudor en energía, o un libro de romance.
Además, Deborah y yo nos conocemos de antes y siempre nos hemos llevado bien.
Adoro que siempre diga que sí a mis ideas más extravagantes, que se arriesgue, una cualidad que valoro mucho en mis cliente.
Además, es amiga de Sofía y Elena, creo que Elena y ella estudiaron juntas en la universidad o algo así, y, como dice una vieja canción de Objetivo Birmania, «los amigos de mis amigos… ». Pues eso.
—Jugaremos con la ambigüedad —digo, pasando la diapositiva—. No es solo un thriller con tintes de comedia romántica; es también un drama, una historia que coquetea con el peligro, con el deseo mal entendido y con ese punto de humor negro que te hace reír justo cuando no deberías.
Deborah asiente, tomando notas.
—Dante Ricci es el cebo —continúo—. Seductor, moralmente gris, explosivo.
No vamos a venderlo como el héroe perfecto, ni como un villano de manual.
Queremos que sea ese tipo de personaje que genera atracción y alarma a partes iguales.
Que el lector piense: «Sé que no debería gustarme… pero me tiene de rodillas».
«Como Ivan», pienso con cinismo.
—¡Eso es justo lo que quería! —exclama ella—. Y quiero que Italia también se sienta como un personaje más en la campaña.
—Hecho —respondo—. Jugaremos con los contrastes. Capri, plagada de misterios, el lugar donde se concentran los demonios de esta historia. Una Venecia gótica y decadente. Y Positano, dorado y azul, como un eterno verano al que huir cuando todo lo demás falla.
—Eres el mejor, Fabio. Sabía que podía confiar en Petrichor.
—Vale, lo reconozco: este libro me entusiasma especialmente porque ocurre en mi país. Italia siempre sube el listón.
Reímos.
Karen sonríe al ver la reacción de la clienta.
Lo hemos vuelto a hacer: Petrichor se anota otro tanto y yo me siento, por unos minutos, invencible.
Si estuviera aquí Sofía, planearíamos una cenita en el local más estrafalario de Londres para quemar la tarjeta de empresa, pero me conformaré con tomarme un Aperol Spritz en la soledad de mi apartamento.
Durante toda la reunión, mi reloj no ha dejado de parpadear ni un segundo. El bombardeo ha sido constante, una ráfaga de ansiedad digital que me ha costado ignorar mientras exponía.
Ivan Petrov: Tenemos que hablar. Esto no puede quedarse así.
Ivan Petrov: Sé que has leído mi último mensaje. No me ignores.
Ivan Petrov: Te has liado con otro. Es eso, ¿verdad? Eres tan puta que no eres capaz de decírmelo a la cara.
Ivan Petrov: ¡Joder, Fabs! Perdóname. No te haces idea de lo mucho que me importas. Me tienes obsesionado y me obligas a actuar como un gilipollas. ¿Por qué no hablamos después de la reunión?
Mi profesionalidad, por suerte, sigue intacta. Ignoro cada vibración mientras muestro los posts para redes y el storyboard del tráiler.
Cuando salgo de la sala con Deborah, noto la mirada de Ivan clavada en nosotros.
Temo por la integridad física de mi clienta; conociendo su nivel de paranoia, seguro que ahora se está imaginando que me he pasado a las pelirrojas.
Es agotador. Y lo peor es que es culpa mía por no saber ponerle fin.
No sé en qué momento me convertí en una víctima de manual de algo que está tan claro.
Me disculpo con Deborah alegando una reunión urgente y dejo que Karen se encargue de la parte aburrida.
El momento del impacto llega cuando la ansiedad me gana por KO y el cuerpo me pide a gritos una bolsa de patatas fritas de la máquina, de esas que tienen el superpoder de calmar el alma durante… tres minutos exactos.
No sé qué percibo antes: si el aroma denso de su perfume, el reflejo de su mandíbula tensa en el cristal de la máquina expendedora o el tacto de su mano en mi cintura. Esta vez no me valen sus pretextos.
—Te he estado escribiendo, Fabio. Y no me has contestado.
Me repito que estamos en la oficina. En la cantina. Un espacio con cámaras, testigos y normas de conducta. Que no va a pasar nada. Que no puede hacerme nada aquí. Pero una parte de mí espera que cumpla cualquiera de sus amenazas.
—Fabio…
—Lo sé —respondo, manteniendo la vista fija en la ranura de la máquina—. Tengo ojos. Y, afortunadamente, también una power bank de gran capacidad, porque el sábado casi me dejas sin batería en el móvil con tu festival de mensajes.
—¿Estuviste con David?
No sé qué fijación clínica le ha entrado con el pobre David. El chaval es muy dado al afecto físico, sí, pero no me lo imagino con nadie que no sea Patri. Lleva enamorado de ella desde que sus caminos se cruzaron hace casi una década.
—No voy a responder a eso —replico calmado, pasando la tarjeta para pagar el artículo treinta y siete.
La máquina me escupe una bolsa de palomitas con un golpe seco. Se la entrego de mala gana.
—Toma. Para las películas que te montas en la cabeza.
Intento irme, pero Ivan me agarra del brazo con una fuerza que ya no me produce ni rastro de morbo. Es la primera vez que me toca en público. La primera vez que cruza esa línea roja que separa el trabajo de lo personal.
Levanto la mirada despacio y me topo con sus ojos de hielo, hoy más gélidos que de costumbre. Esta conversación ya no va de celos ni de dar explicaciones. Va de límites básicos de convivencia. Y podría pararle, pero no quiero montar una escena en público.
—¿Se puede saber qué demonios haces?
—Vamos al ático —ruega—. Necesitamos hablar.
—¿Al ático? ¿Tú estás loco? ¡Hace un frío de cojones ahí arriba! Paso.
—Pues por eso, no habrá nadie. Nos dará intimidad.
—No quiero intimidad contigo, Ivan. Si tienes algo que decir, escúpelo aquí. En el pasillo. Delante de todo el mundo.
—¿No te fías de mí o qué? —inquiere, entrecerrando los ojos. Yo me cruzo de brazos.
—¿Puedes culparme? ¿Te has leído últimamente?
Él aprieta la mandíbula, escaneando el entorno para asegurarse de que nadie nos observa… demasiado.