La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 15 El camarero del crucifijo #3
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15 El camarero del crucifijo #3

—Colin y Chloe se han ido —me grita Patri al oído, compitiendo con los sintetizadores—. Y Aga está muy bien acompañada.

—¿El camarero macarra del crucifijo? —pregunto con una risita amarga.

—¿Quién? —Patri tuerce el gesto—. No, alguien que acaba de conocer. Llevan un rato hablando y se nota el feeling. Te digo yo que esta noche perdemos a otra soltera.

Asiento, sin saber muy bien qué hacer con esa información. Que Aga se enredara en una relación monógama sería ya el broche definitivo para este año.

—¿Qué te apetece hacer? —insiste Patri—. ¿Cambiamos de sitio? ¿Nos quedamos aquí hasta que nos echen? Tú mandas, Fabs. Estamos para lo que necesites.

Enarco una ceja, buscando el rastro de la arpía sarcástica que suele habitar en ella, pero no la encuentro.

Me lo está ofreciendo de corazón. Es su manera de pedirme perdón por no saber ser lo que necesito en este momento.

Lo cual es justo, porque ni yo mismo tengo ni la más remota idea de qué es lo que necesito.

«Reparar mis alas para echar a volar de nuevo, supongo».

¿Quiero quedarme a regodearme en mi propia miseria entre arena de playa y neones? ¿O quiero largarme a un lugar donde nadie sepa mi nombre?

No llego a responder. Mi muñeca vibra de nuevo, esta vez con la insistencia de una llamada.

Ivan.

Patri baja la mirada hacia mi reloj y luego me mira a mí con una mezcla de lástima y resignación.

—Si quieres, salimos y hablas con él tranquilo. Aquí hay demasiado ruido.

Está siendo demasiado comprensiva y eso me inquieta más que sus broncas habituales.

Sospecho que David le ha leído la cartilla en privado.

Esos dos son el yin y el yang, el incendio y el extintor; mi zona segura.

Una zona que estoy dinamitando con una mezcla letal de terquedad y decisiones de mierda.

Niego con la cabeza, mirando la pantalla del reloj con incertidumbre.

—No voy a responder —aseguro, más para convencerme a mí mismo que a ellos—. Ya hablaremos cuando el mundo deje de girar. Hoy hemos salido a divertirnos, ¿no?

Patri frunce el ceño.

—Pues yo diría que no te lo estás pasando demasiado bien, mi rey…

Negarlo a estas alturas sería un acto de ficción poco convincente incluso para mí.

No me estoy divirtiendo. En absoluto. Mi fantasía de traer a mis mejores amigos a un club queer para un desfase de purpurina y alcohol se ha estrellado contra la realidad: Chloe vomitando por las esquinas, Colin en modo guardaespaldas, David manteniendo la distancia de seguridad y Patri mirándome como si estuviera a punto de saltar desde un puente.

—¿Quieres ir a un sitio más tranquilo? —insiste ella—. Un café, una copa… lo que sea.

De nuevo, niego con la cabeza, sintiendo que el nudo de mi pecho cada vez me aprieta más. Mi reloj vibra de nuevo. Los mensajes son cada vez menos razonables y sé que solo yo puedo acabar con esta situación que me consume.

Solo yo puedo dar el paso.

¿Cuándo tendré el valor de hacerlo?

Ruso Sexy: ¿Dónde cojones estás? Me estoy volviendo loco sin ti.

«Bienvenido al club, amore. A todas las noches que yo me como la cabeza sin saber dónde estás tú».

Hay mil razones lógicas por las que podría no responder a sus mensajes: falta de cobertura, el cine, un accidente, que me haya abducido un alienígena buenorro y me haya llevado a Nemea… Y él ha decidido que ponerse en modo no-novio celoso controlador era aceptable.

David me observa y, por un instante, juraría que está haciendo una incursión telepática en mi cerebro. «Lo siento, cariño, eso solo funciona con Patri».

—No voy a preguntarte si estás bien, Fabs —susurra Patri—. Solo… ayúdanos a entenderlo. Danos el manual de instrucciones, por favor. Queremos ser lo que necesitas ahora mismo, pero todo esto se nos queda grande.

—No puedo… Estoy un poco perdido —confieso, y soltarlo al fin alivia un poco la presión—. Y sospecho que voy a estarlo un tiempo más. Solo necesito que… dejen de agobiarme.

Mi amiga abre la boca para ensayar una disculpa y yo levanto la mano, deteniéndola en el aire.

—No lo decía por vosotros —aclaro—. Sé que no os lo estoy poniendo nada fácil. Hablaba de Ivan. Que siga adelante con este desastre no significa que esté ciego.

—Eso quiere decir que aún hay esperanza. —David sonríe con ternura.

—Pues claro que sí, bobo. Solo necesitaba mi tiempo para terminar de quemarme, ¿vale? Tocar fondo para ver si el suelo era lo suficientemente firme como para impulsarme de nuevo hacia la superficie.

—Supongo que eso es un primer paso —suspira mi amiga, aliviada.

—¿Sabéis lo que me salvaría la vida ahora mismo? —suelto, cambiando de tercio—. Un McFlurry con patatas fritas.

—Hay un McDonald’s veinticuatro horas cerca de aquí… —responde David con una sonrisa tentadora—. Y confieso que yo no le haría ascos a un Cuarto de Libra. O a dos…

—¿De verdad tienes hambre? —Me río por primera vez en toda la noche—. ¡Si acabamos de cenar!

—Eso fue hace al menos dos horas. Ya lo tengo en los pies, tío.

—¿McFlurry con patatas con mis chicos favoritos? A mí me suena a planazo. —Patri se engancha a mi brazo y salimos del garito en busca de comida que me reconforte el alma.

De lo otro… ya me encargaré el lunes.