15 El camarero del crucifijo #2
Aga me observa de reojo, disfrutando del espectáculo de mi desconcierto.
—Mira a ver si sigues teniendo pulso.
—¿Qué dices, loca? No es mi tipo.
Aga suelta una carcajada.
—No mientas, Fabs. Ash es el tipo de cualquiera. Deberían declarar ese cuerpazo patrimonio de la humanidad.
—¿También te has tirado a este pobre chico?
—Por desgracia, no. —Suspira—. Y te aseguro que no ha sido por falta de intentos. El chico es inaccesible, reservado y, por lo que se rumorea, solo juega en tu liga. Aunque no sé si tendrá algo con el otro camarero… Tienen un tonteo raro que no sé si es real o parte del papel.
El papel.
La palabra se me queda enganchada en un pliegue del cerebro como un jingle publicitario que odias pero no dejas de tararear.
El papel. El rol. El personaje…
Quizá todos seamos solo versiones más o menos convincentes de nosotros mismos, ensayando para no morir de realidad en el día a día. Me pregunto quién demonios está escribiendo el guion de mi vida últimamente, porque está claro que me odia.
No han llegado ni los cócteles cuando Patri aterriza a mi lado.
—¿Has fichado ya a alguien? —pregunta, mirando hacia la barra.
—No. Te recuerdo que, aunque no cuente con tu bendición, tengo pareja. No necesito fichar a nadie.
Patri se queda callada. ¡Un milagro! Veo cómo respira hondo, armándose de una paciencia que le dura lo mismo que tarda en parpadear.
Tres… Dos… Uno… ¡Fuego!
—¿Pareja? —Ahí está la explosión—. ¿En serio tienes la osadía de llamar pareja a alguien que desaparece por sistema, que te amarga la existencia, que te empuja y que amenaza con desmembrar a tus amigos?
—Patri, no empieces…
—¡No me digas que no empiece! —Me corta en seco—. No uses ese tono conmigo. Porque lo que tienes no es una relación.
—Tú sigue sin apoyarme, mejor amiga de los cojones. De verdad, qué gran soporte emocional eres.
—Es que ahora mismo eres inapoyable, cariño. Estás defendiendo lo indefendible.
—No tienes ni la más remota idea de lo que siento por él, ¿vale? Es… intenso.
—¡Se llama dependencia, Fabio! Malos tratos. Abuso. Toxicidad… Elige la palabra que más te impacte, pero eres una víctima de manual.
—¿Qué demonios dices?
—Ya me has oído. Tú no sientes nada por él, estás atrapado en su veneno.
—Deja de patrianalizarme, ¿quieres?
—¿Desde cuándo dejas que un tío te ningunee de ese modo?
—Te estás pasando de la raya —le advierto, sintiendo que el calor de la rabia me sube por el cuello.
—Lo sé. Pero tú me diste permiso para esto, ¿recuerdas?
Lo recuerdo. ¡Vaya si lo recuerdo! Hace un millón de lunas, en algún bar de mala muerte, juramos decirnos a la cara lo que nadie más se atrevía a pronunciar, sobre todo cuando estuviéramos demasiado ciegos para ver nuestra propia autodestrucción.
Bendita la hora en que firmé ese pacto de saliva bendecido con ron.
—¿Dónde demonios se ha metido Aga? —pregunto, buscando una vía de escape, aunque mi amiga está demasiado ocupada con el camarero del crucifijo.
Patri sigue con su discurso. Intento pulsar el botón de mute en mi cerebro, pero el sistema no responde.
—¿Quieres dejarme en paz? ¡He salido a divertirme! —le grito por encima del ruido del local.
—¡Precisamente eso es lo que quiero que hagas! —insiste—. Que te diviertas. Que conozcas a un tío cualquiera, que te dejes llevar… Te conozco, Fabs. Sé cuándo estás enamorado y cuándo estás intentando rellenar un hueco con alguien que no cabe ahí ni a presión.
Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duele el cráneo.
—No todo el mundo tiene que querer como tú, Patri. No todo es blanco o negro.
—Esto no es gris, Fabio. Esto es rojo.
—Me encanta el rojo Valentino. Es muy favorecedor.
—Esto es rojo bandera. Rojo alarma. Rojo sangre. Rojo «sal corriendo antes de que sea tarde».
—¡Basta!
—No, ¡basta tú! Basta de romantizar el control.
Te estás apagando y tú lo sabes. ¿De verdad quieres seguir así?
El otro día fue David, ¿qué va a ser lo próximo?
—Resoplo. No quiero oírlo. Me va a explotar la cabeza—.
¿Te crees que no me he dado cuenta de que lleva toda la noche bombardeándote a mensajes que prefieres ignorar?
Siento un nudo en el pecho. La música sube de decibelios, el bajo me vibra en los huesos y algo me aprieta las costillas.
—No quiero hablar más de esto.
—Pues yo sí —sentencia ella—. Porque te quiero. Porque no pienso quedarme sentada mirando cómo te desintegras mientras finges que todo es de color de rosa.
Eso es lo que me empuja a marcharme.
¿Tiene razón? Sí.
¿Es lo que necesito oír mientras llevo una camisa tropical y arena en los zapatos? Ni por asomo.
Así que decido apagar mi voz, algo a lo que empiezo a acostumbrarme demasiado, me giro y voy a la pista de baile, dejándola atrás con su verborrea interrumpida.
Esta noche me importa todo una mierda. Me dejo llevar por la música, me pierdo entre el gentío.
Baila el Fabio que no sabe qué hacer con su vida.
El Fabio que quiere desaparecer por un agujero de gusano.
El Fabio que está harto de que le digan qué merece cuando lo único que siente es lo que le duele.
Estoy desatado.
Cuerpos desconocidos orbitan a mi alrededor; sonrisas anónimas, manos que rozan sin llegar a tocar.
Lo mejor de estos sitios es que nadie sabe quién eres bajo las luces de neón.
Aquí da igual si eres el influencer más extravagante del momento o el rey de Inglaterra; lo único que importa es la música atravesándote el pecho y la sensación compartida de estar, por unas horas, a salvo del mundo exterior.
Pero, a pesar de que todo en mí grita «libérate», algo me ata al suelo con la fuerza de un ancla.
Es un miedo tonto, pegajoso y persistente.
El miedo de que alguien me vea y se lo cuente a Ivan.
El miedo de meter a alguien más en este fango.
Como a David. Como a cualquiera que tenga la mala suerte de sonreírme tres segundos más de la cuenta.
El miedo tiene un ritmo propio y el mío se acentúa con una nueva vibración en la muñeca. Mi smartwatch me escupe otra ración de bilis:
Ruso sexy: ¿Dónde cojones estás?
No es el primer mensaje y, conociendo el percal, no será el último. Desde que me escribió a mediodía para interrogarme sobre mis planes, decidí que si él jugaba al oscurantismo sobre su paradero, yo no iba a soltar ni una coordenada. Muy maduro y saludable todo.
La muñeca vuelve a vibrar. Tres palabras:
Ruso sexy: Eres una zorra.
La música cambia y suena Rush, de Troye Silvan, con ese pulso obscenamente físico y esa letra que habla de deseo, de urgencia, de cuerpos que necesitan sentir algo real aunque sea demasiado. Bailo. Me desinhibo. Intento olvidarme del mundo mientras dure la canción.
No dejo que nadie se acerque. Para eso llevo este absurdo flotador de patito: una frontera de plástico, ridícula pero efectiva.
En circunstancias normales, a estas horas ya estaría bailando pegado a cualquiera.
Es solo música. Solo pieles moviéndose en sincronía.
No tiene por qué significar nada más que pura dopamina compartida.
Pero Ivan ha cambiado el significado de todo. Ahora, perderme en la música me hace sentir como una furcia barata. Me siento perdido, pero esta vez no tengo intención de renacer de mis cenizas cuando este amor termine de consumirme. Tan solo he decidido dejar de arder.
No quiero que nadie más me quiera, gracias.
«¡Qué asco de noche!».
Patri y David se acercan. Ella me toca el brazo con precaución, sabiendo que últimamente salto a la mínima chispa.
David, por su parte, se mantiene a una distancia de seguridad de metro y medio.
No se ha acercado en toda la noche y sospecho que no piensa hacerlo.
No sé si está molesto o si prefiere no causarme problemas.
Así es nuestra relación ahora, orbitando con cuidado por si Ivan decidiera cumplir sus amenazas.
¿En qué momento me metí en esta mierda de historia?
¿Cuándo voy a salir?