La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 15 El camarero del crucifijo
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15 El camarero del crucifijo

El camarero del crucifijo

Noviembre, Londres, Inglaterra

Fabio

Resulta que me equivoqué.

Me equivoqué cuando les dije a mis amigos que verían mucho a Ivan por aquí. Porque no es ni mucho, ni por aquí ni en ningún lugar donde la gente normal suele dejarse ver.

Después de casi dos meses de no-relación —ese estado en el que no eres pareja, pero tampoco soltero, ni libre, ni tranquilo, ni feliz, pero sí estás sumido en una ansiedad que ríete tú de Wall Street en el 29—, he tenido que asumir la realidad: Ivan no es muy de salir.

Al menos, no conmigo, porque salir… sale, y yo no tengo la más remota idea de en qué agujero negro se mete por las tardes o si, cuando desaparece, cruza un portal hacia una dimensión paralela donde yo no existo.

Nuestra dinámica es simple y profundamente insana: aparece cuando quiere, exige cuando está, se larga cuando algo no le cuadra y reaparece cuando decide que no puede vivir sin mí.

No me ofrece estabilidad, pero me da esos picos emocionales que luego me dejan todo el día hecho mierda.

Un día dice que me quiere y, cuando discutimos, me recuerda que no valgo nada y que nadie podrá amarme jamás como él lo hace.

Que no soy suficiente.

Ivan es como una droga. Y yo acepto migajas disfrazadas de pasión porque, a estas alturas, he caído de lleno en su telaraña y no sé cómo salir.

Debería haber cortado antes con él, pero sus palabras son un veneno que me va inyectando poco a poco en la piel y aturde mi sistema. No puedo desintoxicarme si lo tengo cada día delante. Me veo incapaz de reaccionar a sus amenazas. A su manera de quererme. Me paralizo.

Todo terminó de irse al carajo cuando The Guardian decidió que mi vida era noticia. Publicaron un artículo en la sección de celebridades —suponiendo que yo sea una— asegurando que me habían visto con mi nuevo ligue en Covent Garden.

Las fotos, si las miras con un poco de mala leche, resultaban comprometidas. Pero la realidad es muy diferente: mi supuesto gran amor no es otro que David.

David, que se ha empeñado en convertirse en mi sombra en su cruzada personal por asegurarse de que estoy bien.

David, que para mí es poco menos que familia.

Pero eso da igual. Porque Ivan le odia con una intensidad que no responde a la lógica ni a los hechos, sino a esa versión distorsionada de la realidad que se construye cuando los celos sustituyen a la razón.

Está convencido de que David es heterocurioso.

De que entre nosotros hay algo.

De que yo miento.

De que el mundo conspira para quitarle lo único que, paradójicamente, él no está cuidando.

Por más que le explico que mi atracción por él es tan inexistente como mi paciencia para estos dramas, no sirve de nada.

Hace dos días, me arrinconó contra la pared de esa sala de reuniones insonorizada que antaño solía darme tanto morbo. Y no, no fue para nada de lo que me suele gustar…

Solo había rabia en sus ojos.

Intenté calmarlo, sin poder creer que me montara ese pollo en el trabajo, justo el día que tenía una reunión clave con una marca de juguetes eróticos para cerrar el proyecto más ambicioso del año.

Irónico, ¿verdad? Yo intentando vender placer mientras mi vida se volvía un suplicio.

Tras casi veinte minutos aguantando sus reproches, creí haberlo tranquilizado. Pero poco después descubrí, de la peor manera posible, que mis palabras solo le habían dado cuerda al mecanismo de su paranoia.

No me esperó a la salida para hablar las cosas con calma, como me había prometido. Cuando salí de la reunión con el contrato bajo el brazo, Ivan ya se había largado.

Y no se fue a casa precisamente… Se fue a Canary Wharf, a la otra punta de Londres, a esperar a que David saliera de trabajar para amenazarle con partirle las piernas si volvía a acercarse a mí.

Mi amigo, poco dado a este tipo de polémicas, intentó razonar con él. Error. Solo sirvió para que el ruso se sintiera gilipollas y su ira subiera tres niveles de golpe.

El efecto dominó acabó derribando los dos pilares que mantenían mi estructura en pie.

Por un lado, mi primera bronca real con Patri que, cuando se enteró de lo ocurrido, me soltó un discurso exigiéndome que mantuviera mi mierda bajo control. Verla perder los papeles conmigo por culpa de un tercero dolió más que cualquier desplante de Ivan.

Por otro lado, David ha decidido evitarme para no causarme más problemas. Supongo que no le hace ninguna gracia que le partan la única pierna que le queda, pero, sobre todo, lo ha hecho por mí.

La tercera consecuencia fue la inevitable. Fui yo quien le buscó en el cuarto de documentos. Fui yo quien le dijo que no quería volver a verlo más allá de esas paredes. En mi cabeza sonaba a ultimátum, pero él se tomó lo de las paredes demasiado en serio, me arrinconó contra los archivadores y…

Caí.

Otra vez.

No sé qué tienen estas relaciones que resultan tan jodidamente adictivas.

Quizá es la droga de creer que estás viviendo algo épico solo porque es devastador.

Quizá es la gran estafa de pensar que, si duele, es porque importa.

Nos han educado para creer que la rutina destroza matrimonios y alabar esa pasión enfermiza que suele pagarse con salud mental.

Y eso nos trae hasta hoy. Sábado noche.

Estoy en La Playa, el club queer más insufrible del Soho, luciendo un ridículo flotador hinchable a la cadera, unas bermudas criminales y una camisa tropical. Intento fingir que me divierto con mis amigos en una noche que, siendo sinceros, nadie está disfrutando.

Hay algo patético en rodearse de neones, música a todo trapo y cuerpos libres cuando tu cabeza está secuestrada por alguien que no está y que, cuando está, te va desgarrando poco a poco.

Las cosas en el grupo están demasiado raras. Mis amigos no saben cómo lidiar conmigo en estos momentos. Estoy convencido de que han tenido una reunión secreta en la que han decidido que la mejor estrategia es la hiperpreocupación.

En realidad, fue Aga quien eligió este local de moda. Patri la llamó con la excusa de saber cómo le iba la vida, pero, en realidad, fue un grito de auxilio encubierto para que alguien externo, imparcial y con menos paciencia que ella, ayudara a traer de vuelta al antiguo Fabio.

La Playa es, como su propio nombre indica, una playa.

Hoy, concretamente, una del Pacífico. He oído que los camareros cambian el destino temático cada equis tiempo, aunque mantienen los básicos del branding: arena real en el suelo, ventiladores industriales simulando una brisa marina y una estética que te hace sentir en pleno verano incluso en medio de noviembre.

Además, solo llevan ropa de baño, mostrando que el físico es un requisito imprescindible para poner copas en este local.

Me aferro a Aga como a un clavo ardiendo. Es la única del grupo que ni me juzga ni me mira con esa compasión insoportable. Me arrastra hacia la barra en un intento nada sutil de alejarme del resto, que me siguen con los ojos como si yo fuera un cachorro al que no se puede soltar sin correa.

Por el modo en que saluda al camarero, detecto que no es la primera vez que viene. No me extrañaría descubrir que han follado antes. Aga es muy libre y no le hace ascos a nadie.

El espécimen detrás de la barra es rubio —¡rubísimo!— con el pelo rapado al uno, los ojos azules y un cuerpo de infarto decorado con tatuajes. Muchos tatuajes.

Supongo que antes de que mi vida fuera una telenovela rusa lo habría encontrado muy atractivo. Aunque, ahora que lo veo de cerca…, quizá no me habría acercado.

¿Qué edad tiene? ¿Veinticinco como mucho?

Demasiado tierno para mi gusto añejo. Y tiene un aire macarra que me echa un poco para atrás. Además, ¿es una cruz de plata eso que lleva colgado al cuello?

Me estremezco. Otro miembro de la secta que venera Patri. A riesgo de sonar como un personaje de Anne Rice, ese colgante me eriza la piel. Es superior a mis fuerzas.

—Ey, chaval —dice Aga—. Ponme una ronda de lo que quieras para mis amigos. Uno sin alcohol y el resto…, no sé, paso de mirar la carta. Algo con nombre extravagante: Laguna Azul, Tormenta Tropical… Ya sabes lo que me gusta.

—Me encanta que seas tan fácil —suelta el camarero, arrepintiéndose en el acto. Me queda claro que no ha follado con mi amiga, es demasiado inocente—. Quiero decir que…

Aga le regala una carcajada limpia.

—Te he entendido, chico. Y sí, soy fácil. No te disculpes por decir verdades.

El chico se ruboriza. Qué mono. Es de esos que todavía conservan la capacidad de sentir vergüenza. Lo que no proceso es qué hace desfilando por aquí sin camiseta si está clarísimo que este no es su hábitat natural.

El rubiales se da cuenta de que llevo un rato escaneándolo y se me acerca con una sonrisa tímida. En serio, me resulta enternecedor.

—¿Te pongo algo? —pregunta.

—¿A mí? Mucho —respondo sin pensar.

«¡Mierda! ¿Lo he dicho en voz alta?». Mi filtro cerebro-boca está oficialmente averiado.

Iba a soltar que era una broma, que Aga ya pedido por todos.

No quiero descubrir de la peor manera posible que es amigo de Ivan, que este comentario absurdo salga mañana en la portada del Daily Loquesea, o, peor aún, que Ivan me haya seguido y esté escondido detrás de una palmera de plástico vigilándome.

No sería la primera vez que juega a ser la Stasi[5].

¡Joder! No puedo seguir viviendo con este nivel de paranoia y ansiedad.

—¿Perdón? —replica el rubiales, arqueando una ceja.

—Ahhhh… —me bloqueo. Hoy no estoy fino.

Busco refugio en la carta de cócteles. Es interminable, parece escrita por alguien que odia la sobriedad y la síntesis.

—No sé… Mmm… ¿Sex on the Beach? —pido al azar. Es el único nombre que reconozco.

«¡Joder! ¿De verdad le he pedido “Sexo en la playa” en un bar que se llama… La Playa?».

El camarero me mira de arriba abajo, deteniéndose en mi ridículo flotador hinchable, y me dedica una sonrisa medio burlona, medio letal.

—Más quisieras.

Me guiña un ojo con insolencia y se da la vuelta para masacrar unas limas. Me quedo ahí, con una sonrisa torcida procesando el impacto.

«¿De verdad me acaba de vacilar este niñato?».