La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 14 El idiota del flotador #4
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14 El idiota del flotador #4

En los bares de Inglaterra existen códigos sutiles para rescatar a alguien de una cita desastrosa sin montar un escándalo, palabras clave que prefiero omitir por si este depredador de menores se sabe el diccionario de memoria. Así que opto por la improvisación:

—Oye, tú. Perdona. Sí, tú —intervengo, señalando al chico con una autoridad que mis tatuajes suelen reforzar bastante bien—. Tu tarjeta ha sido denegada.

—Yo no he pedido nada —balbucea confundido.

—¿Seguro? —insisto—. ¿Te importaría venir conmigo a la caja para que revisemos el ticket juntos?

Su acompañante frunce el ceño, molesto por la interrupción, pero se aparta lo justo para que el chico recupere el oxígeno y me siga hasta la barra.

—De verdad que yo no… —continúa, atropellándose con las palabras en cuanto nos alejamos—. Debe de ser un malentendido. Te juro que no he tomado nada. O sea, sí, pero pagó él…

—¿Lo conoces? —le corto, bajando el tono.

—¿Qué?

—A ese tipo, ¿lo conoces? Siento meterme, pero me ha dado la impresión de que necesitabas que alguien te sacara de ahí como fuera.

El chaval suspira y se seca el sudor de la frente. No tiene buen aspecto.

—¿Estás bien? —insisto.

—Eh, sí… No es lo que parece. Yo no… Es igual.

No entiendo qué demonios está pasando en su cabeza, pero sospecho que no voy a sacar nada en claro. Mi prioridad no es conseguir los detalles, sino asegurarme de que salga de aquí con todos los huesos en su sitio y sin nada de lo que arrepentirse mañana.

—¿Qué edad tienes, chico? —Clavo mis ojos en los suyos—. Eres demasiado joven para estar aquí, y yo soy demasiado viejo para que me engañes, así que ni lo intentes.

Silencio. Uno de esos silencios que pesan.

—No voy a denunciarte —aclaro—. Solo necesito saber a qué me enfrento.

—Diecisiete —suelta al fin, casi en un susurro.

Respiro hondo, dejando que el aire llene mis pulmones despacio para no soltarle un sermón que no me corresponde.

—Diecisiete. Fantástico. La entrada está prohibida a menores de veintiuno. ¿Cómo demonios has pasado el control?

—Blake conocía al portero.

—Blake conocía al portero —repito. Por supuesto—. ¿Cómo te llamas?

—Eddie.

—Muy bien, Eddie. ¿Hay alguien con dos dedos de frente que pueda venir a buscarte? —Silencio—. No voy a dejar que vuelvas solo a casa. No me fío de ese tipo, lo he visto merodear por aquí antes y no busca precisamente conversación.

—Phil. Es mi hermano mayor —dice, tendiéndome el móvil con su número en la pantalla—. Les dije a mis padres que hoy me quedaba en casa de un amigo. No los llames, por favor.

No quiero saber cómo ha llegado a esta situación, solo quiero ayudarle a salir de ella con la mayor discreción posible.

Gestiono el asunto sin hacer un drama innecesario.

Dejo al chico en la trastienda con un botellín de agua y unos frutos secos, a la espera de que aparezca su hermano.

El abusón ha dado vueltas de un lado al otro del bar, e incluso ha preguntado a mis compañeros por él, pero aquí ninguno sabemos nada. Es el protocolo.

Para cuando quiere llegar su hermano, el chico ya ha recuperado el color. Le entrego otra botella de agua y le recuerdo que él no ha hecho nada malo, que no dude en pedir ayuda cuando la necesite, algo que refuerza su hermano. Al parecer, su cita a ciegas no resultó ser quien parecía. Un clásico.

A la hora del cierre, cuando La Playa empieza a despedir a sus últimos clientes, se me acerca un habitual. Moreno, de mirada oscura e inquietante y una piel canela libre de cualquier rastro de tinta. Mide algo menos que yo, pero lo compensa con un cuerpo y una sonrisa de infarto.

Me estudia sin el más mínimo pudor. Yo, por mi parte, sigo limpiando un vaso que ya brilla.

—Eres hetero, ¿verdad? —suelta de pronto, con un tono juguetón—. O eres hetero o tienes pareja. Estás demasiado bueno para estar soltero, tiene que haber truco.

Esbozo una sonrisa ante su descaro y levanto el brazo con parsimonia para que vea uno de mis muchos tatuajes: un superhéroe con una capa multicolor que no deja lugar a dudas sobre mis preferencias. Mi orgullo no es algo que esconda.

—En ese caso… ¿me pones una copa mientras echas el cierre? —insiste, apoyándose en la barra—. He tenido una semana complicada y estoy a ver si mi suerte mejora y consigo ligarme al camarero más guapo del local.

Mi respuesta automática, la que tengo programada por defecto, es un no educado. No estoy para juegos, ni para complicarme la existencia más de lo necesario.

Pero entonces me vienen a la cabeza las palabras de Karl.

Pienso en que solo tengo veintiséis años.

En que la vida está pasando por delante de mis narices mientras yo me dedico a ser responsable.

En que debería estar desfasando, divirtiéndome como hacen otros hombres de mi edad.

En que nunca me lo he permitido. Siempre he tenido que ser adulto antes de tiempo, bien por la situación económica de mi casa o bien… por todo lo que vino después.

Quizás, por una noche, pueda dejar mi lado responsable para ser un simple veinteañero que se permite disfrutar del presente.

Lo que pase en La Playa, se queda en La Playa.

—Salgo en media hora —le digo al final.

El moreno me guiña un ojo. Yo sonrío, nervioso, sabiendo que, por primera vez en mucho tiempo, la noche no va a terminar como había planeado.