La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 14 El idiota del flotador #3
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14 El idiota del flotador #3

Por ejemplo, sé que la del bikini rosa se llama Patri, y su chico es David.

Y sé que ella está al borde del coma inducido por lo mucho que él habla de trabajo.

Lo corroboro al instante: el tipo lleva un buen rato quejándose de su socio.

Al parecer, o contratan a alguien pronto, o acabará envenenándole el café.

Espero que esto último sea una broma… El tipo parece bastante normal.

Por cierto, ¿contratar a alguien para qué? Agudizo el oído. Esto podría interesarme…

—Hemos recibido más de cuatrocientos currículums en LinkedIn y todos suenan exactamente igual —se queja él—. He perdido la cuenta de las veces que he leído conceptos como proactivo, resiliente y pasión por los retos. ¡Es un infierno!

—Antes llorabas porque no teníais candidatos y ahora tienes cientos de ellos. No sé dónde está el problema… —replica ella con tedio.

—El problema es que necesito contratar a alguien para ayer porque no tengo tiempo ni de respirar. No puedo leerme toda esa montaña de paja para detectar quién es válido y quién me está tomando el pelo.

—Tendrás que arriesgarte.

Pobre chica. Apuesto a que quería salir a bailar y divertirse y no a estar pendiente de los dramas de estos dos hombres.

—¿Cómo voy a arriesgarme? ¿Y si descarto a alguien válido porque no logro verlo entre tanto ruido?

La chica se rebela y le pone las manos en los hombros con una firmeza que casi me hace enderezarme a mí también.

—David, cariño, respira. Deja de darle tantas vueltas. Coge un puñado de currículum al azar. Mientras no sean todas rubias y con una copa D, todo irá bien. Prometido.

—Yo lo único que quiero es que alguien se presente en CanArch, currículum en mano, a la antigua usanza, con ganas de trabajar en una startup. No pido más, lo juro.

—¿Por qué no desconectas un ratito, cielo? Hoy hemos venido aquí por Fabio.

—Tienes razón —concede él—. Estoy preocupado por él.

—Yo también.

—Deberías hacer un esfuerzo por ser un poco más comprensiva, Sirenita. Está pasando un mal momento.

Ella le mira. Suspira, y en ese aire que suelta parece liberarse parte de su frustración.

—¿Más comprensiva? Dave, lo que ha hecho ese imbécil…

—Lo sé, te recuerdo que era yo quien estaba allí, ¿vale?

Y te aseguro que todo esto me jode más que a ti, pero Fabs no necesita que le digamos lo que ya sabe.

Lo que necesita ahora mismo es que sus amigos respetemos sus decisiones, que tengamos paciencia y le demos espacio. ¿Crees que podrás hacerlo?

El chico la mira con una dulzura que podría derretir el hielo de los cócteles.

No sé quién es esta gente ni qué relación tienen con la Cucaracha pero me caen bien al instante. Y eso me molesta sobremanera, porque uno puede deducir muchas cosas de los amigos de otros, y lo que estoy entendiendo es que Fabio Vitale sabe rodearse de la gente correcta.

«Vale, quizá sea un idiota con suerte. Esto no cambia nada».

—Lo intentaré —asegura ella—. Pero no puedo hacer promesas. Sabes que soy impulsiva y que no soporto a ese gilipollas.

El chico la agarra de la cintura, besa sus labios con ternura, le coge la mano y se pierden entre el gentío.

Yo me quedo un segundo quieto, con el trapo en la mano y una ceja ligeramente arqueada. Espero, de verdad, que con ese imbécil y ese gilipollas no se refieran a su amigo, o los he juzgado mejor de lo que merecen.

Así, con la tontería, Aga se ha gastado la friolera de noventa libras en una ronda de bebidas que se ha quedado casi entera sobre la madera, derritiéndose como agua de deshielo. Ver para creer. ¿A esta gente le sobra la pasta o qué?

Vuelvo a mis quehaceres: poner copas, bailar en la barra cuando toca, resistir a las continuas provocaciones de Volkan… Pero hay algo que se ha instalado en mi cerebro y no deja de dar vueltas.

David busca a alguien. Alguien que se presente en su oficina con un currículum y ganas de trabajar.

¿Ha dicho que la empresa era Canár? ¿Can-Arch? Necesito investigarlo en cuanto llegue a casa.

Quizás esa sea la señal que estaba esperando para abandonar esta barra y dejar de ser un objeto de deseo con purpurina.

Hago una pausa para ir al lavabo —sí, los camareros también tenemos necesidades fisiológicas, aunque los clientes nos miren a veces como a robots que sirven alcohol en bañador—, y es en ese momento cuando veo una de esas escenitas que siempre me obligan a tomar cartas en el asunto.

Un joven de facciones nórdicas intenta zafarse de un hombre que, calculo a ojo, le dobla la edad y le triplica las malas intenciones.

El chico está rígido; su sonrisa, forzada; y sus ojos saltan de un lado a otro buscando una salida de emergencia. No hace falta ser un genio para entender la dinámica. Además, el chaval tiene una cara de crío que no encaja ni con calzador en este ambiente.

¿Cómo ha conseguido entrar aquí?