La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 14 El idiota del flotador #2
49%

14 El idiota del flotador #2

Sin embargo, mi atención se desvía hacia el hombre que viene sin pareja, el único que, incluso a diez metros de distancia, sabría que pertenece a este lugar.

¿De qué demonios va vestido? Luce una camisa con un estampado floripondioso, bermudas con palmeras, gafas de sol con flamencos colgadas del cuello de su camisa y…

un flotador hinchado alrededor de la cadera.

Un. Maldito. Patito. Amarillo.

Y yo que pensaba que este bar ya había agotado mi capacidad de asombro… Podría marcarme ahora mismo un striptease integral sobre la barra y estoy convencido de que nadie me miraría a mí.

Lo mirarían solo a él.

Dejando a un lado el hecho de que está haciendo un ridículo espantoso sin que parezca quitarle el sueño, reconozco que, a simple vista, es justo la clase de hombre que suele hacerme cortocircuitar el sistema.

Pelo oscuro, ojos negros, piel bronceada —pero de verdad, no como mis potingues radiactivos— y… terriblemente atractivo. Tiene ese aire magnético de quien está de vuelta de todo y esa seguridad en sí mismo que me resulta envidiable.

No suelo fijarme en hombres con el pelo largo, aunque, con un culo como el que se intuye debajo de esas bermudas —y del patito—, podría hacer una excepción.

Pero toda mi fascinación se evapora tan pronto se acerca a la barra escoltando a Aga.

Maldigo mi mala suerte, esta broma cruel del destino.

¡No puede ser!

Es él. El Hombre Cucaracha. Fabio Vitale.

¿Cómo no me había dado cuenta antes? Debe de ser el efecto cegador del patito de goma.

Retiro de inmediato lo de que es atractivo.

La gente como él me produce una pereza monumental, de esas que te dan ganas de echarte una siesta de tres décadas, por lo menos.

No es nada personal, es una cuestión de principios: no soporto a las personas que tienen esa necesidad patológica de llamar la atención.

Todo en él es extremo. Ruidoso. Sobreactuado.

«¿Será de verdad italiano? Hasta su acento me resulta forzado. Seguro que ni siquiera es gay… Todo postureo para resultar moderno e inclusivo».

Lo que hace un segundo mi subconsciente traidor ha confundido con seguridad en sí mismo no es más que puro ego alimentado con likes.

¿Quién, en su sano juicio, puede plantarse cada día delante de una cámara y dar por hecho que al resto del mundo le interesa lo que desayuna o lo que piensa sobre la inmortalidad del cangrejo?

Hablo con conocimiento de causa. He visto su canal un par de veces desde que salió manifestándose y no puedo evitar preguntarme cómo demonios alguien puede hacerse famoso diciendo tantas tonterías. Es un talento, supongo.

Un talento irritante.

Y mejor no hablemos de sus tatuajes… Tiene un Carpe diem en la muñeca. ¡Un maldito Carpe diem! ¿Se puede ser más cliché? Solo me falta descubrir que también lleva Wanderlust tatuado en el glúteo izquierdo y un Y.O.L.O en el pecho.

Que, oye, no me importaría descubrirlo, las cosas como son… Estoy dispuesto a sacrificarme por la causa.

«¿Qué dices, Ash?», me reprendo mentalmente mientras limpio la barra con más energía de la necesaria. «Una cosa es que tengas hambre y otra muy distinta que vayas a conformarte con cualquier restaurante de comida basura».

El problema es que me encanta la comida basura, tal vez no haya elegido la mejor metáfora. Algo me dice que Fabio Vitale no es precisamente un fish and chips de cinco libras; tiene más pinta de caviar, de ostras con tabasco y lima…

«Pues eso: ¡tú odias el caviar, Ashley! Demasiado salado y pretencioso. ¿Y a quién demonios le gustan las ostras? ¡Pero si están crudas! ¡Y chiclosas!».

Por suerte, Aga interrumpe mi monólogo interno antes de que empiece a plantearme en serio pedir una cita con un psiquiatra.

La saludo y me planta tres besos impregnados de un perfume intenso. Intento que no se me vayan los ojos al moreno que está a su lado. Está muy bueno, lo admito, pero él lo sabe de sobra y no pienso darle el gusto de sentirse deseado por el humilde camarero.

—Ey, chaval —Aga llama mi atención—. Ponme una ronda de lo que quieras para mis amigos. Uno sin alcohol y el resto…, no sé, paso de mirar la carta. Algo con nombre extravagante: Laguna Azul, Tormenta Tropical… Ya sabes lo que me gusta.

—Me encanta que seas tan fácil —suelto sin pensar.

«Genial, Ashley. Profesionalidad diez de diez».

Aga me dedica media sonrisa cargada de intención.

—Quería decir que…

—Te he entendido, chico. Y sí, soy fácil. —Me guiña un ojo, traviesa—. No te disculpes por decir verdades.

Sonrío y decido ignorar su coqueteo inocente. Aga es un espíritu libre que nunca se va sola a casa; supongo que es tan abierta que resulta inevitable sentir curiosidad. Hasta yo la siento, y eso que mi brújula sexual nunca ha apuntado hacia el norte femenino.

Me acerco al Hombre Cucaracha con aspecto de guiri despistado. No sé por qué le tengo tanta manía ni por qué siento estas ganas irracionales de bajarle los humos de un soplido.

—¿Te pongo algo? —pregunto, manteniendo el tono más plano que logro.

—¿A mí? Mucho —responde con pereza.

«Menudo sobrado. ¿Cómo puede soltar una frase así con un tono tan apático?».

—¿Perdona?

—Aaah…

El Hombre Cucaracha barra guiri finge leer la carta durante uno, dos, tres minutos… ¿Va a leérsela entera? Sería el primer cliente en hacerlo.

—No sé… Mmm… ¿Sex on the Beach?

—Más quisieras —le vacilo antes de que mi cerebro pueda enviar la orden de censura.

Le guiño un ojo con insolencia y me giro a preparar los cócteles sin esperar su reacción.

No sé por qué lo he hecho. Los hombres como él me dan alergia.

Odio todo lo que representa Fabio Vitale: la sobreexposición constante, esa vida de escaparate.

La parte de él que todos admiran es justo la que a mí me genera rechazo.

Y aun así, mientras agito la coctelera, no puedo evitar lanzarle alguna que otra miradita de reojo para observar, con una punzada de decepción, que sigue sin hacerme ni puto caso. No sé si es que no soy su tipo o si su ego es tan grande que no deja espacio para ver a nadie más.

No, no es eso… Hay algo más. Diría que el gran influencer del momento no parece él mismo esta noche. Está como… apagado.

¿Dónde está el tipo extravagante y ruidoso de las redes?

Igual solo ha conseguido tres millones de likes en su último vídeo, en lugar de cuatro, y para él es el fin. Dramas del primer mundo.

¿Y por qué demonios me importa a mí?

La amiga del bikini rosa le dice algo al oído que no parece sentarle nada bien. Su sonrisa se tensa, convirtiéndose en una línea amarga. Se encoge de hombros y, sin mediar palabra, se abre paso entre la multitud con su flotador ridículo rumbo a la pista de baile.

Está sonando Let’s Get Loud, de Jennifer López. Qué apropiado.

Sus amigos hablan en la barra sin el menor pudor, ajenos a mi presencia. Supongo que, al igual que el resto de la fauna nocturna, han asumido que solo soy el mobiliario que sirve copas y que, con toda probabilidad, mis tímpanos han capitulado ante los decibelios de la música.

Que si últimamente está descontrolado.

Que si ha perdido su esencia —¿en serio les preocupa que un hombre que aparece en un bar con un patito hinchable pierda la esencia?—.

Que si está apagado…

Siento unas ganas casi físicas de intervenir.

¿De verdad estos son sus mejores amigos?

A mí me han bastado cinco segundos viendo su canal para entender que ese hombre tiene un problema de base.

No sé si es un ego del tamaño del estadio del Chelsea o algo mucho más profundo y agrietado.

Tal vez todo ese ruido solo sea una fachada con luces de neón para encubrir alguna carencia.

De un modo u otro, sospecho que Fabio está pidiendo a gritos que alguien le vea de verdad. Que le hagan caso.

Dos personas se acercan a la barra, indecisas entre si tienen sed de alcohol o de labios ajenos. El problema es que son incapaces de articular pedido alguno porque dejar de besarse mientras interactúan conmigo parece un esfuerzo que no están dispuestos a realizar.

—Cuando sepáis si queréis beber o fusionaros en un solo ser, me avisáis —les digo, paciente.

Se ríen. Siguen besándose. Yo continúo limpiando la barra con aburrimiento. Dios le da pan a quien no tiene dientes. Cuando llegue a casa, me voy a dar un homenaje manual intensivo… si es que no caigo rendido antes sobre el colchón.

Mi atención regresa al grupo de amigos de la Cucaracha. No podrían desentonar más ni aunque lo hubieran ensayado. La embarazada no para de repetir que tiene náuseas, que el olor de este garito le está revolviendo el estómago, que juraría que alguien ha mezclado piña con tequila y pecado mortal.

Los dos hombres han improvisado una especie de zona de exclusión contra la barra para evitar que la marea de gente la empuje. Me dan ganas de decirles que han elegido el peor escenario posible para un sábado noche, pero Aga se me adelanta:

—¿Y por qué no os habéis quedado en casa, tortolitos? —pregunta, mirando al tipo que se parece al actor de Criaturas Fantásticas.

¿Cómo se llamaba?

—Porque Fabs está mal —responde él, sin dudar—. Y queríamos que se animara un poco.

Por supuesto. En este ecosistema, todo orbita alrededor del excéntrico.

Fabio es el centro de gravedad emocional, el pegamento y el drama que mantiene al grupo unido.

El motivo por el cual todos giran, aunque algunos ya estén claramente mareados, como la pobre mujer a la que le quedan dos telediarios para dar a luz.

Al final, la parejita decide largarse. La verdad es que ella lleva dándome lástima toda la noche.

La del bikini rosa y su novio se quedan. «Para apoyar a la Cucaracha», dicen. Bueno, ellos lo han llamado Fabs, pero yo me entiendo…

El tipo sigue perdido en la pista mientras ellos esperan en la barra; de nuevo, ignoran la maravillosa acústica que me convierte en una especie de semidiós omnisciente. En serio, no conozco de nada a los amigos de Aga y ya he procesado más secretos de los que me gustaría.