La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 14 El idiota del flotador
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14 El idiota del flotador

El idiota del flotador

Noviembre, Londres, Inglaterra

Ashley

Si la gente fuera consciente de que los camareros acumulamos más secretos que el CSI, nos obligarían a firmar un acuerdo de confidencialidad antes de entregarnos el abridor.

Llega alguien, se apoya en la barra, pide una copa y, mientras espera el primer trago, decide que es el momento perfecto para confesar sus miserias por teléfono, a su compañero de taburete o, en el peor de los casos, directamente a ti.

Confían a ciegas en que la música ensordecedora es un muro de sonido impenetrable y en que nosotros estamos demasiado absortos poniendo copas y puliendo cristalería.

Pero la acústica al otro lado de la barra es maravillosa. No sé si es la inclinación de las neveras, un capricho de la física o que el universo insiste en dotarnos de este superpoder de espionaje involuntario que nunca sabes cuándo vas a necesitar.

Porque sí, en este mundo en el que vivimos la información es la única moneda que no se devalúa.

Así fue como me enteré de que Alex Rivers —el actor de moda y abanderado queer de todas las alfombras rojas— lleva dos años fingiendo una relación abierta que es más cerrada que una caja fuerte, más que nada porque su novio se vuelve loco si alguien respira demasiado cerca de él.

También sé que vive aterrorizado porque su próxima película no incluya suficientes escenas sin camiseta; teme —y con razón— que su carrera dependa de sus abdominales, dado que su talento interpretativo brilla por su ausencia.

El chico tiene motivos para estar preocupado.

Lo confirmé viendo sus películas después de que Volkan y Jota compartieran conmigo el chismorreo.

Ah, y también sé que odia a su representante, pero eso me trae sin cuidado. Además, yo también creo que es gilipollas, pero deja buenas propinas.

Este sábado la playa que representamos es Malibú, la misma donde se rodó Los Vigilantes de la Playa, y por eso nos hemos puesto estos trajes de baño rojos con mucho autobronceador. Tengo la piel más naranja que David Charvet.

Estoy en pleno proceso de alquimia, preparando la última ronda de cócteles con nombres ridículos para una despedida de soltero conjunta. Uno de los novios va demasiado bebido, pero ambos irradian esa clase de felicidad que no pasa desapercibida ni bajo las luces estroboscópicas.

Ojalá encuentre yo algo así algún día. Estoy empezando a cansarme de ser el espectador que se muere de envidia detrás de la barra mientras el resto del mundo se devora la boca.

—¿Qué se toma en este bar? —pregunta alguien, apoyándose en la barra.

—Depende —respondo sin dejar de agitar la coctelera—. ¿Quieres recordar la noche o borrarla de tu memoria por completo?

Le doy un par de sugerencias, señalando la carta. El chico me mira con fascinación. No es guapo de manual, pero tiene una sonrisa con hoyuelos que resulta atrayente.

—En serio, ¿cómo te aprendes todos estos nombres?

—¿Te cuento un secreto? —Me inclino un poco, bajando la voz para darle ese toque de confidencia que tanto gusta—: La gente nunca lee más allá del décimo cóctel.

El chico suelta una carcajada limpia.

—Me has pillado. Iba a pedirte una ronda del número siete porque me he aburrido de leer ingredientes como angostura y humo líquido. ¿Aquí no tenéis cosas normales? ¿Un negroni o un whiskey sour de toda la vida?

—Pídete un veintidós —le sugiero—. Confía en mí.

Preparo las bebidas, le cobro, le deseo una noche memorable y, tras varios viajes llevando copas de un lado a otro, lo veo desaparecer entre la marea de cuerpos.

Cuando levanto la vista, Volkan está apoyado al otro extremo de la barra observándome. Me guiña un ojo y sonríe ante la pillada. Tenemos un rollo raro de esos que no deberían alimentarse y que, aun así, me dejan con hambre.

Josh no mentía al decir que podría acabar la noche con la agenda echando humo si quería.

No hay nada como ser el camarero de un local de moda y estar medio en pelotas para que la gente pierda la inhibición.

Hombres, mujeres, no binarios… podría irme con diez personas distintas cada noche si quisiera.

Pero no es mi estilo. No me van las cosas rápidas, ni las conexiones superficiales que se evaporan con la resaca del día siguiente.

Mi mayor problema es que mi algodón de azúcar interior busca algo que el envoltorio de macarra no suele atraer a primera vista.

Para mí, el sexo es una forma de conectar a un nivel más profundo.

No soy de los que comparten su energía —ni sus fluidos— con cualquiera.

Pero hace mucho que no… Bueno, que no nada.

Y empiezo a notarlo. Últimamente, todo me tienta.

Es difícil mantener la cordura cuando pasas horas encerrado en este antro de pecado, rodeado de cuerpos que supuran feromonas, risas fáciles y promesas que se rompen antes de que salga el sol.

¿Tan terrible sería caer en la tentación? Solo por una noche…

Alguien pide Desire, de Years y a mí me pagan para dárselo.

Hay algo adictivo en el rugido de la gente. Cada vez que escucho un silbido o un piropo dirigido a mí, me siento un poco menos el pato mareado que creo ser y un poco más alguien… deseable. Sexy.

Entonces ocurre… Volkan se coloca a mi espalda, reduciendo la distancia entre nosotros.

Está demasiado cerca para que yo pueda ignorar la cadencia de sus movimientos contra mi cuerpo cuando empieza a descender de esa forma tan descaradamente sexual.

No necesito verlo; siento cada centímetro de su anatomía presionando contra la mía y, de repente, estallo en llamas.

Ahora yo soy el volcán.

El público enloquece. La mayoría de los clientes hace tiempo que mandaron las camisetas al olvido.Aquí no importa nada más que el ritmo y divertirse.

Volkan sigue restregándose y, en un arranque de lucidez —«las propinas, Ashley, piensa en las propinas»—, decido girarme y seguirle el juego. Solo un poco. Lo justo para caldear el ambiente y provocar al personal, sobre todo a mi compañero, que me sonríe satisfecho.

Benditas sean mis bermudas de tela gruesa que están disimulando lo mucho que me está gustando el bailecito.

Las suyas, en cambio, de un PVC rojo y ajustadas como una segunda piel, no dejan nada a la imaginación.

Y mi imaginación… ¡Uf! Hace horas que dejó de ser inocente para convertirse en una película de calificación X.

No puedo evitar fantasear con trasladar esta coreografía a la intimidad. Sentirle desnudo, moviéndose sobre mí.

Cierro los ojos. Me dejo llevar por el bajo que retumba en mi pecho. Me sujeto a sus caderas mientras él acaricia mi pecho desnudo; desciende hasta mi ombligo, y un poquito más… hasta detener su provocación unos centímetros al sur de mi cintura.

Voy a perder la puta cabeza.

Lo ha notado. Por eso me sonríe de ese modo. Ni siquiera la redecilla protectora consigue ya camuflar la situación de mis bermudas. Volkan me está llevando al límite delante de doscientas personas, y lo peor es que me está gustando demasiado. Necesito echar un polvo como el oxígeno para respirar.

Cuando la canción termina, la conexión se rompe al instante. O más bien, Volkan la rompe volviendo a su rol de camarero aplicado como si no acabara de levantarme una tienda de campaña.

Admiro a la gente que tiene esa capacidad de recomponerse al instante; a mí, en cambio, se me queda el cuerpo aturdido, sensible y vibrando durante varios minutos.

Está claro que para él esto es solo un juego, una herramienta para inflar el bote de las propinas y, quizás, si tengo suerte, el preludio de un orgasmo al acabar el día.

Pero, por mucho que me excite la idea, sigo teniendo esa molesta voz interna que me susurra que yo busco algo más. Que no me vale con esto. Desde que volví de Nueva Zelanda, siento esta necesidad de conectar solo cuando es real.

Decido que lo mejor para mi salud mental —y para la integridad de mis bermudas— es regresar a mi barra y ponerme a servir copas como si nada hubiera pasado. De vez en cuando alguien me tira los tejos sin el menor disimulo. Nada nuevo bajo el sol.

Después de varias semanas aquí, ya conozco a casi todos los habituales.

Como la mujer que acaba de acodarse en la barra.

Dice odiar las etiquetas, pero ella misma se encargó de definirse el día que nos conocimos como bi y poliamorosa.

Lo de bi, según me aclaró, iba con doble sentido: es bisexual y, por lo visto, muy viciosa.

Creo que se llama Aga y que es polaca. Tiene el pelo rubio platino, corto, y unos preciosos ojos azul intenso. Calculo que pasará los cuarenta y cinco, pero posee el cuerpo de alguien que se niega a aceptar el paso del tiempo.

Hoy no viene con uno de sus ligues habituales, sino con un grupito tan variopinto que se nota a la legua que han aterrizado en el planeta equivocado. Les concedo el mérito de no haber dudado a la hora de mimetizarse con la temática de la noche, aunque el resultado sea… cuestionable.

Porque lo que llevan puesto son disfraces, no nos engañemos.

Me pregunto si alguien les explicó que esto es un chiringuito queer y no una fiesta de carnaval en una guardería.

Hay dos parejas claramente hetero y un hombre que viene solo. La primera pareja está compuesta por una mujer embarazada con un vestido de flores y un hombre con bermudas, camisa y sombrero de paja, que me recuerda más a Luffy de One Piece que a un bañista de Malibú.

La otra pareja parece algo más integrada en el ambiente. Ella lleva un diminuto conjunto de top y falda de PVC rosa chicle, con sandalias de tiras hasta medio muslo; y él un conjunto de pantalón y camisa bastante tropical.