La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 13 Amor verdadero #4
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13 Amor verdadero #4

—Te queremos, Fabio —dice ella, tomándome las manos—.

Y porque te queremos, no vamos a ser cómplices de esto.

No vamos a tolerarlo por cortesía. Ivan se ha acabado para nosotros.

Si tú decides seguir ahí, nos tendrás aquí para cuando decidas salir, pero no nos pidas que aceptemos a un hombre que te trata como si fueras basura.

Quiero decirles que están exagerando, pero ahora mismo estoy tan roto, tan confundido, que no me salen las palabras.

—Y ¿qué clase de persona se niega a salir en una maldita foto grupal? —sigue Patri—. ¡Es una foto, Fabio! No un registro de antecedentes penales.

—Un momento, ¿tendrá antecedentes penales? —sugiere Chloe.

—Se os está yendo la puta olla —intervengo.

David, que había permanecido sospechosamente callado hasta ahora, decide entrar al trapo:

—Yo creo que es infiel.

En el rostro de mis amigos veo que sus palabras han hecho click, como si todo cobrara sentido de pronto.

Pero mi cerebro se rebela. Me niego a aceptar ese disparate.

Ivan es un capullo porque me quiere con una intensidad que no sabe gestionar, no porque haya alguien más en su vida.

Nadie podría amar a dos personas con esa fuerza destructiva sin volverse loco.

—¿Qué? ¡No! —salto, defendiendo lo indefendible—. Está soltero.

—¿Seguro? ¿Y qué sabes tú de su vida fuera de tus sábanas? —replica Patri.

Acabo de entender que esto no viene de esta noche: lo han hablado en el coche, por teléfono, en un chat alternativo… ¡lo que sea! Pero sé que soy la comidilla del grupo.

—De acuerdo, cinco minutos calladita, Patri. Solo te pido eso.

—A Ivan no lo mandas callar. Y eso que no suelta más que idioteces y frases diseñadas para ningunearte en tu propia cara.

Siento cómo se me tensa la mandíbula. Esto es justo lo que quería evitar: sus verdades crudas, servidas sin guarnición, porque ahora mismo mis heridas no necesitan alcohol, sino una venda. Necesitan mentiras piadosas.

—Lo siento, mi rey. Si soy tan bruta contigo es porque te quiero y estoy harta de que…

—A veces querer significa tener la elegancia de no escupir todo lo que se te pasa por el hipotálamo, ¿sabes? Podríais probarlo.

Patri me sostiene la mirada.

—A mí no me educaron en el arte de la hipocresía, Fabio. Me gustan las relaciones honestas. Y a ti también. Así que acepta que, cuando te metes en este fango, a veces te salpica en la cara. Y lo cierto es que no aceptamos a Ivan ni lo vamos a aceptar jamás.

David le pone una mano en el muslo, un gesto discreto, casi una súplica de paz. Últimamente, el pobre hombre está siendo testigo de demasiadas de nuestras trifulcas dialécticas.

Hubo un tiempo en el que Patri y yo éramos solo dos cuerpos vibrando en la pista de baile, compartiendo frivolidades y copas baratas.

Ahora que somos compañeros del alma y compartimos las miserias del corazón, estas situaciones se han vuelto nuestra nueva normalidad.

Me niego a darle la razón por pura cabezonería, pero el nudo en mi garganta sabe que ella tiene el diagnóstico correcto.

—¿Os habéis fijado en que no aprobáis a ninguno de mis ligues? —observo, con un deje picajoso—. Sobre todo tú, Patri. Eres la aduana más difícil del mapa.

—Pregúntate por qué. El Fabio que he visto esta noche, el que llevo semanas observando… no eres tú, mi rey. Tú eres color, extravagancia, alegría desbordante. Y las últimas semanas has estado…

—¡Estoy hasta los cojones, Patri! —estallo sin filtros.

—Iba a decir gris, pero supongo que tu versión es más descriptiva.

La habitación se queda en un silencio sepulcral mientras mis amigos me diseccionan sin saber bien qué decir.

—¿Podrías desarrollar? —pide David al fin.

—Que lo desarrolle… veamos… —Cojo aire, dejando que la ironía dé paso a la confesión—: Últimamente tengo que hacerlo todo solo porque siempre tenéis cosas reales que hacer: carrera, embarazos, planes de boda…

Y lo entiendo, de verdad. La vida consiste en evolucionar, ¿no?

En pasar de pantalla. Pero siento que yo me he quedado estancado en el nivel anterior.

Que no sigo vuestro ritmo. Que estoy en una fase vital distinta y necesito… otras cosas.

Chloe rompe a llorar a lágrima viva, añadiendo dramatismo a una atmósfera que estaba ya cargadita de por sí. Deseo con todas mis fuerzas que expulse ya a los bichos y recupere el control de sus glándulas lagrimales.

—No quiero que te sientas solo, Fabs —solloza, entre hipidos.

Colin se acerca a consolarla con un abrazo y a mí con una mirada de disculpa.

—No sabía que te sentías así. Y lamento haberte dejado de lado. Es cierto que estoy agotado, que mi mundo se ha reducido al trabajo y a preparar el nido para los bebés. No he visto más allá.

—Asumo mi parte de culpa —añade David—. El trabajo me tiene absorbido, y ya sabes que yo soy más de sofá que de desfase. Pero oye, si necesitas que me ponga un tanga de lentejuelas para quemar el bar más queer de la ciudad, solo tienes que pedirlo. Lo que sea por ti.

Patri se levanta y se sienta en la moqueta, entre mis piernas, tomándome las manos con ternura.

—Yo también lamento si te has sentido poco apoyado. No tengo excusas. Pensé que te ayudaba evitando que te dieras la hostia, cuando eso precisamente va en contra de nuestro lema. Solo quiero que seas feliz, mi rey. No soporto que te hagan daño.

—Y te lo agradezco, de veras… Yo también estoy harto de darme hostias. Pero no eres mi niñera.

—No, pero soy tu mejor amiga, y siento que te estoy fallando.

Ver esa intensidad de los ojos de Patri me destroza. Ella suele ser mejor controlando sus emociones. La situación es grave.

—No quiero que te destrocen, y a Ivan lo vi venir con luces de neón desde el primer segundo. Pero… no es excusa. Te juro que no voy a interferir más. Respetaré lo que decidas, aunque me duela el estómago al verte con él. Y, cuando me necesites, estaré aquí. Para lo que sea.

—No sois mis niñeros —repito—. No hace falta que estéis pendientes de mí. Solo os pido que hagáis un esfuerzo por respetar a mi… a Ivan. Sé que no es ideal pero, si conseguimos superar lo que sea que ha pasado esta noche, me temo que vais a verle más por aquí.

Nadie dice nada. Ya me han dejado claro que no es bienvenido y nadie se retracta. Maravilloso.

Me encanta observar a mis amigos, suelen ser tan predecibles como el retraso de la línea District del metro.

Por eso me sorprende que David se salte el protocolo de cortesía extrema que ha practicado en Japón durante diez años para decir lo que realmente piensa.

Sin filtros. Sin anestesia. Está claro que Patri y yo somos una influencia pésima para él.

—Si te estamos diciendo todo esto no es por fastidiarte, Fabs. Es porque estamos preocupados. Porque te queremos —dice, mirándome a los ojos—. Y porque creemos que ese chico no es el problema…, sino la consecuencia.

Levanto la vista, sin entender por dónde van sus reflexiones.

—¿La consecuencia de qué?

—De conformarte —responde—. De aceptar menos de lo que sabes que mereces solo para no estar solo. ¡Tú mismo lo has dicho! Todos nos hemos emparejado y tú tienes tantas ganas de tener a alguien, que te estás conformando con las migajas que él te da en vez de reclamar el pastel entero.

—Estoy de acuerdo —añade Colin—. Y creo que la persona perfecta para ti está esperándote donde menos te lo esperas, Fabs. Y no va a empujarte contra una mesa cuando le pidas que salga contigo en una foto.

Me quedo callado. No quiero reconocer lo mucho que sus palabras resuenan en mi cabeza.

—No deberías sentir que no sigues el ritmo, ¿sabes?

—continúa David—. A nuestra generación nos vendieron una estafa piramidal llamada vida adulta.

Nos prometieron que si estudiábamos, nos esforzábamos y trabajábamos duro, habría una recompensa.

Casa propia, un buen trabajo, familia, estabilidad, un coche que no se caiga a trozos…

Pero todo era un decorado de cartón piedra.

—¿A qué te refieres?

—¡Míranos! Ninguno tenemos casa ni coche propio, y solo estos dos valientes van a traer niños a este caos de mundo en el que vivimos.

Podemos dar gracias por tener un sueldo estable, algo que hoy día es casi un milagro.

—David nos hace reflexionar a todos, o quizá simplemente nos deprime con su filosofía—.

Las reglas han cambiado, Fabs. No tienes por qué sentir que has fracasado por no haber cumplido todas tus metas antes de los treinta y cinco. Ya nadie lo hace.

—Sobre todo tú, con la lista de metas infinitas que tienes… —añade Patri con una pequeña sonrisa cómplice.

Miro a mis amigos, mi pequeña familia improvisada, este grupo de náufragos que hemos construido nuestro propio islote en mitad de Londres. Tal vez este sea el verdadero concepto de amor y no lo que nos vende Hollywood. Al fin y al cabo, ellos son mi puerto seguro cuando todo lo demás falla.

Porque el amor de verdad no es el que llega envuelto en celos y promesas torcidas.

El amor verdadero es aquel que se queda sentado en la moqueta contigo para decirte la verdad, incluso cuando sabe que te va a escocer.

Es aquel que conoce tu peor versión, la más patética y desesperada, y aun así no suelta tu mano.

Y mis amigos no me han soltado ni siquiera cuando les he pedido a gritos que lo hicieran. Y eso, en este mundo de usar y tirar, es lo más grande que podría encontrar.