La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 13 Amor verdadero #3
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13 Amor verdadero #3

—¿Me lo dices en serio? ¿Estamos hablando de… David? ¿El novio de mi mejor amiga? ¿Ese David?

—No te hagas el idiota —escupe—. Estoy convencido de que disfrutas sintiéndote deseado. He visto cómo lo miras. Esa complicidad, ese mamoneo, ese rollo que os traéis… Es patético.

La frase queda suspendida entre nosotros, absurda y deforme, como un objeto lanzado con la única intención de hacer daño. Me parece tan ridículo que no sé ni qué responder.

—Ivan, David es hetero. Muy hetero. De los que se emocionan con el fútbol y no saben combinar calcetines.

Mentira. David odia el fútbol y es todo arte y poesía, pero eso me lo guardo para mí. No quiero echar leña al fuego.

—Te sorprendería la cantidad de heteros con los que he follado.

Lo dice como quien presume de haber probado vinos caros. Yo, en cambio, empiezo a notar ese cosquilleo en la boca del estómago que anuncia que la conversación va a ponerse fea.

—Estás siendo ridículo. Patri es como mi hermana, lo que convierte a David en algo así como mi cuñado. Lo adoro, pero no tenemos esa clase de relación que estás insinuando.

Ivan da un paso atrás. Veo la tensión en sus hombros, los puños apretados, esa energía estancada que parece buscar un destino: la pared de la cocina, la vajilla de Chloe o, por qué no, mi propia cara. Por un segundo, me pregunto si sería capaz de pegarme por un ataque de celos.

Debería sentirme halagado según los cánones del romanticismo tóxico, pero lo único que siento es un asco profundo.

Su actitud no ha hecho más que complicar una historia que ya estaba llena de tachaduras.

Sabía que era frío, sí; que oculta mil secretos y que tiene problemas para gestionar sus emociones, algo que no es raro con el pasado tan traumático que ha tenido. Pero esto…

Esto es pasarse de la raya. Ya le he consentido mucho.

En ese momento, baja la mirada hacia el suelo y niega con la cabeza, como si el ofendido fuera él.

—Me voy.

—¿Perdona? ¿Cómo que te vas?

—Tengo cosas que hacer. Y sospecho que les he caído tan mal a tus amigos como ellos a mí.

Maravilloso. El invitado del año acaba de dictar sentencia.

—Bueno, no es que hayas hecho méritos para que te monten un club de fans, Ivan. Has estado encantador, de verdad. Casi no se notaba que odiabas estar aquí.

—No, si encima la culpa será mía… ¿Qué se supone que debía hacer, Fabio? ¿Quedarme callado mientras ese cabrón te devoraba con los ojos? No me culpes por estar tenso. Tenía que defender lo que es mío.

Suelto una carcajada amarga, una de esas que nacen en el estómago y mueren en la garganta. Me cuesta digerir tanta barbarie por segundo.

—No soy tuyo, Ivan. No soy una propiedad privada, ni un contrato en exclusividad. Soy mío. Solo mío.

—¿Eso es lo único con lo que te has quedado de todo lo que he dicho?

—No pienso defender a David porque tu acusación es un insulto. Es heterosexual, adora a Patri y, dado el poco tiempo que lleva en Londres, soy su único punto de apoyo. No hay nada enfermizo en nuestra amistad. Si te hubieras molestado en conocerlo, sabrías que es un tipo increíble.

—Ya… —Ivan suelta un bufido cargado de veneno—. Igual el problema no es David. Igual el problema eres tú y esa necesidad patológica que tienes de flirtear con todo lo que respira.

—¿Que yo qué? —Me carcajeo, esta vez con pura incredulidad—. ¿Crees que flirteo con todo el mundo?

—¿Acaso no has visto tu canal? Debería llamarse Zorra en apuros. Estás hecho una puta.

Suficiente. Se acabó la diplomacia.

—Okey, esto ha superado mi cuota de tolerancia para los próximos diez años. Será mejor que te largues antes de que la cena termine en comisaría. Hablaremos cuando estés más tranquilo, si es que alguna vez vuelves a estarlo.

—Eso, será mejor que hablemos en otro momento en el que TÚ razones más, porque hoy estás imposible.

—¡Esto es flipante! —Suspiro, cruzándome de brazos en un intento inútil de contener el temblor de la rabia—. Llevamos juntos menos de dos meses, ¡maldita sea! No es así como debería ser nuestra relación.

Él se ríe, y sé que está pensando una barbaridad que prefiere callar. Y yo se lo agradezco porque no quiero montar una escena en la cocina de Chloe y Colin. Apuesto a que mis amigos están manteniendo la respiración, intentando atisbar retazos de nuestra conversación a través de la puerta.

—Lo dicho: me voy. Ya hablaremos cuando se te pase el berrinche. Tú… quédate con tu familia. Yo estoy siendo el ridículo aquí.

Ivan sale de la cocina, recoge su abrigo y se marcha sin despedirse de nadie. Y yo no muevo un dedo para impedirlo.

Me quedo unos segundos mirando el vacío, apoyado en la encimera como si ese gesto pudiera mantenerme en tierra firme. Y lo peor es esta sensación de impotencia al no comprender nada de lo que acaba de pasar. Yo solo quería invitarle a mi mundo, y él ha decidido declarar la guerra.

¿De verdad ha sido culpa mía? ¿Es mi actitud la que ha provocado este desastre?

Cuando vuelvo al salón —a riesgo de que irrumpan los GEO si no doy señales de vida— mis amigos están congelados en distintas versiones de «no sabemos qué hacer ahora».

Cruzan miradas, carraspean, se interesan de repente por la textura del papel pintado…

Es peor de lo que temía. Esta gente no sabe estar en silencio más de tres segundos y llevamos…

¿cuánto? ¿Un minuto, desafiándonos con la mirada?

En sus rostros leo toda clase de incógnitas que, ahora que no está Ivan, no tardarán en formular.

Dejo el tiramisú en la mesa, sabiendo que va a ser imposible evitar la conversación. Por mucho que hayamos firmado una tregua, sería estúpido no comentar que acaba de pasar un tornado por el salón.

Además, necesito oírlo. Necesito que me digan que no estoy loco. Que ellos también lo han visto, y que no soy ninguna zorra, como él me ha definido usando un concepto tan rancio y heteropatriarcal.

Decido romper el hielo yo mismo, aunque sospecho que voy a acabar nadando en aguas polares:

—Cuando os dije que el tiramisú era espectacular era por esto precisamente… porque incluía espectáculo. —Mis amigos me miran con una mezcla de lástima y horror que no me gusta nada—. No sé si quiero saber qué os ha parecido, pero os agradecería que dijerais algo. Sin filtros. ¡A lo loco!

No sé por qué lo pregunto. Bueno, sí lo sé… Porque una parte de mí sigue creyendo que alguien va a decir algo tranquilizador, algo como «no es para tanto» o «estás exagerando». Algo que me permita volver a dormir tranquilo, porque sé que esta noche no voy a pegar ojo.

Patri es la primera en levantar la mano.

—¿Puedo?

Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.

—Denegado, amore. A ti te guardo para el final, que eres la más honesta y me vas a destruir. ¿Alguien más? ¿Colin? ¿David? ¿Chloe?

Colin abre la boca, la cierra y suspira. Mala señal. Cuando un británico suspira así, es que el Brexit fue una anécdota comparado con lo que viene.

—No sé, Fabs, Yo creo que…

—¡Por Dios, dilo ya! —Chloe, como siempre, no tiene paciencia para los titubeos—. Fabio, esta vez te has superado. Y no es un cumplido. De nada.

Me lo temía. Me dejo caer en la silla, rindiéndome al aluvión.

—Perdona las hormonas de mi mujer, ya sabes que está algo… alterada —añade Colin, al fin.

—¡Yo no estoy alterada! Lo que he estado es mordiéndome la lengua toda la noche cada vez que veía algo que no me gustaba. Y he visto demasiadas cosas…

—Si os parece, voy a hablar por todo el grupo —pide Colin con educación—. Lo que ha pasado esta noche cruza todas las líneas rojas, Fabs. Ese empujón… esa forma de anularte…

Chloe le interrumpe, sin paciencia para titubeos:

—Esta no es la típica charla de «no nos gusta tu novio». Es una intervención. Ivan es un maltratador de manual. Y, lo siento Fabs, pero en esta casa, en nuestro grupo, no tiene cabida. No será bienvenido. Jamás.

Me quedo mudo, hundiéndome en la silla. Esperaba críticas, pero no un veto absoluto. Si ella está siendo así de brutal, no quiero imaginarme el ensayo que tiene preparado Patri.

—¿Es mi turno ya? —pregunta ella, leyéndome el pensamiento. Le hago un gesto para que comience su tesis doctoral sobre las relaciones tóxicas—. ¿Seguro que estás listo?

—No, no lo estoy, pero prefiero que lo sueltes antes de que te estalle la vena del cuello.

—Es un hijo de puta.

—Sin florituras, me encanta —resoplo.

—No he acabado. —«Por supuesto»—. Es tóxico, celoso, posesivo y controlador. ¿Has visto cómo te hablaba? ¿Cómo te anulaba cada vez que abrías la boca?

Bueno, no puedo decir que esté en desacuerdo con ella, pero… ¡Ay, cómo duele cuando lo dicen otros!

—Lo peor ha sido el empujón —añade Chloe, bajando el tono.

—Fue… fue un momento de tensión —intento justificar, aunque la voz me tiembla.

—¡No me vengas con esas! —estalla Patri—. ¿Cómo actuarías tú si un hombre nos pusiera la mano encima a Chloe o a mí?

—Os llevaría derechas a comisaría a denunciarle, pero esto es distinto.

—¿Por qué es distinto? ¿Por qué sois dos hombres?

—¡No! Porque Ivan no me ha… Solo me ha empujado, ¿vale? ¡No es tan grave!

—¿¡Qué no es tan grave!? —vocifera Chloe. Acabo de darme cuenta de que se ha zampado ella sola medio tiramisú con la ansiedad.

—Chicos, calmémonos un momento. Entiendo que os hayáis asustado, pero es mi decisión y…

—No, Fabio —me interrumpe Colin, con una seriedad que rara vez le he visto—.

Siempre hemos respetado tus decisiones, tus locuras y tus ligues de una noche.

Pero esto no es una decisión cualquiera, es una agresión.

Y como amigos, no podemos sentarnos a cenar con alguien que te trata de ese modo.

Ivan no va a volver a entrar en nuestro círculo.

Si quieres estar con él, es tu vida, pero ya sabes lo que pensamos.

Miro a Patri, buscando un resquicio de duda, pero solo encuentro una determinación feroz.