13 Amor verdadero #2
—Vas a tener que empezar a programar las entrevistas cuando él no esté —sugiere Chloe.
—Ya lo he intentado, pero el tío se presentó en la oficina sin avisar. Es como que huele la traición.
Yo desconecto, estoy demasiado al día de las movidas de Tiago y David en la empresa como para querer oírlas otra vez.
Colin contiene un bostezo, demasiado exhausto para mantener ningún tipo de conversación coherente, y Chloe… Chloe tiene el cerebro en modo horno de bebés. Es inútil tener una conversación coherente con ella.
—¿Y tú, Ivan? ¿A qué te dedicas exactamente?
Es Chloe quien cambia de tema, esforzándose por conocer a mi chico, que, de nuevo, cree que cuatro palabras cortantes son suficientes para considerarlo una respuesta válida:
—Pensé que era obvio.
—Ya, claro, trabajas con Fabs —recuerda ella—. ¿Y cómo os conocisteis?
—¿En la oficina? —suelta él con sarcasmo.
—Eso ya lo sabemos —interviene Patri con ese tono pasivo-agresivo que siempre le he visto usar con los capullos—. Pero eso no es una historia de amor, es una ubicación geográfica. Eres publicista, ¿no? —le provoca—. Seguro que puedes hacer un esfuerzo para vendernos vuestra gran historia de amor.
¡Qué solo me voy a quedar cuando mate a mi mejor amiga! Pero es que se lo está ganando a pulso…
Ivan la mira con la mandíbula tan tensa que temo que se le salte un diente. No sé si ha detectado la hostilidad de Patri, pero es obvio que el desprecio es mutuo y han sintonizado la misma frecuencia. El ambiente está tan viciado que el experimento ya huele a fracaso.
—No creo que tenga que desglosar mi biografía ante un grupo de extraños, la verdad.
El silencio cae sobre la mesa justo cuando Colin deposita la bandeja de carne asada. Por un segundo, rezo para que el aroma del gravy nos salve, pero David, con su fe inquebrantable en la bondad humana, decide lanzarse al rescate del naufragio:
—Solo queremos conocerte un poco mejor, hombre.
—Ya nos conocemos —lo corta Ivan. Bajo el mantel, siento su mano posarse sobre mi muslo, posesiva—. Nos conocemos lo suficiente. No veo la necesidad de explicar nada más.
David asiente en silencio, Patri bufa, Chloe carraspea y Colin se refugia en el ritual de servir la comida para no tener que sostenerle la vista a nadie. Yo guardo silencio, lo que no implica que nada de esto me esté gustando.
Siento los ojos de Patri clavados en mí.
Es muy expresiva y tiene muchos tipos de miradas, pero con los años he aprendido a diferenciarlas.
Y esta es distinta. No me está juzgando, me está compadeciendo.
Hay una preocupación genuina en ella, y lo que más me aterra es que ella pueda tener razones para sentirla.
¿Las tiene?
Sonrío con los labios apretados como respuesta, pero sé que se me transparentan las emociones bajo la piel.
Y ella sabe leerme mejor de lo que yo me entiendo a mí mismo. Todos lo hacen, en realidad, y hace tiempo que sospechan que esta nueva etapa de listas infinitas y planes descontrolados no es sino un grito de auxilio.
El resto de la cena es… un absoluto desastre.
Cada intento de conversación empeora el ambiente un poquito más.
Si alguien me pregunta algo, Ivan intercepta la pregunta y contesta por mí, como si yo fuera un accesorio sin voz.
Cuando Colin suelta una de sus bromas absurdas y yo cometo el error de reír, Ivan se tensa a mi lado.
Cuando alguien alaba el trabajo que hice con el vídeo bailando pole, mi chico suelta una bordería sobre que, de los presentes, él es quien mejor conoce mi faceta de publicista.
Cuando David busca mi complicidad, Ivan aprieta de nuevo mi muslo, marcando territorio.
Colin calla. Patri frunce el ceño. Chloe se remueve incómoda sobre su almohada de embarazada. David bebe vino como si necesitara anestesia, y todos sabemos que David no debería beber… Hasta él lo sabe.
Solo quiero que el reloj avance, que la noche muera y que cada uno se vaya a su casa a fingir normalidad por separado.
Chloe propone una foto grupal. Me sorprende, teniendo en cuenta la que le montó a la pobre Sofi el día de su boda por posar con Maikel, un ligue cubano al que trajo solo para dar celos a Lucas.
Uno debería pensar muy bien a quién coloca en las fotos con sus amigos.
Son como pequeñas cápsulas del tiempo diseñadas para inmortalizar momentos que, en algunos casos, desearías no recordar con tanta nitidez.
Como esta cena.
Ante la falta de entusiasmo de mis amigos, es Colin quien se une a su mujer para movilizarnos a todos:
—Venga, así algún día se la enseñaremos a los críos como su primera foto oficial —suelta, señalando la barriga de su mujer.
—¿Cuándo pensáis soltar prenda con los nombres? —pregunto.
—¡Es una sorpresa, impacientes! —exclama Chloe—. Venga, poneos en el sofá, estilo Los Simpson.
—¿No podríamos ser algo más sofisticado? ¿Friends, quizás? —protesta Patri, arrastrando a su novio al encuadre.
Por un instante, parece que la magia de la amistad funciona. Hay risas, ruido de sillas, gente moviéndose de un lado a otro con desorden… David ya tiene el móvil listo, todos estamos en posición… todos menos Ivan, que se ha quedado anclado a su silla.
—Venga, solo una. No tenemos ni una sola foto juntos —ruego, tirando de su brazo en actitud juguetona.
Es un gesto inocente, normal entre dos personas que se gustan, pero su reacción me hace entender de golpe que no hay nada normal en nuestra historia. Que estoy caminando en una cuerda floja de la que pronto tendré que decidir si salto o me quedo.
Su manera de reaccionar es brusca, un empujón para que me aparte tan cargado de violencia que acabo cayendo contra la mesilla del café.
Me llevo por delante las velas de canela encendidas y el popurrí de flores de Chloe.
Por unos instantes, el tiempo se detiene mientras las velas, las flores y yo caemos sobre la moqueta.
Mis amigos miran la escena con auténtico terror, y yo no sé si es porque temen que salgamos de aquí ardiendo o porque saben que yo ya me he abrasado vivo.
Por suerte, no hay llamas, solo el desastre de una moqueta arruinada con cera caliente y mi dignidad esparcida por el suelo.
El silencio que sigue es más profundo que cualquier herida.
Ivan ha cruzado una línea roja y ya no hay marcha atrás.
Y, aunque todos sigamos allí parados, fingiendo que solo ha sido un tropiezo, sé que ellos pueden oír el ruido de mi corazón al partirse en mil pedazos.
Mis ganas de salir corriendo y gritar, gritar, gritar.
Grito en mi fuero interno, implorando que alguien acabe con este silencio de hormigón; que suelten algún chascarrillo o, tal vez, que el propio Ivan nos regale una disculpa inservible.
Pero no, nadie dice ni mu. Así que opto por sonreír.
La sonrisa es el maquillaje más infalible para las almas rotas.
—Bueno, ¿qué? ¿Hacemos la foto o no? —suelto al fin, con una voz que no reconozco.
Me levanto y me uno al grupo. David me pasa un brazo por los hombros que significa mucho más de lo que parece a simple vista. Es su manera de mostrar que está ahí, pase lo que pase.
Colin hace una broma absurda. Y, por unos segundos, todo vuelve a ser como antes del empujón. Como antes de que Ivan llegara a mi vida para destrozarla.
Flash.
Momento de mierda inmortalizado. Y todos volvemos a la mesa a comer como seres civilizados.
Sé que cuando veamos esta foto en unos años, recordaremos el motivo de nuestras sonrisas forzadas y mi mirada ausente.
Lo que quizá no recordemos con tanta nitidez será el sabor horrible del asado de Colin —que se ha quemado en el horno— o la mirada que Ivan me está lanzando en estos momentos, una de esas que no deberían existir entre dos personas que, en teoría, se están enamorando.
No entiendo nada. No proceso en qué momento nuestra historia se convirtió en esto, ni entiendo por qué tengo la sensación de estar pidiendo perdón por un pecado que no recuerdo haber cometido.
—¿Podemos dejar de fingir que estamos disfrutando de esta mierda de asado y pasar al postre? —irrumpe Colin, chistoso, y la sala rompe en risas y comentarios jocosos.
—¡Por fin alguien lo ha dicho en voz alta! —se ríe Patri.
—Te agradecemos que lo hayas intentado —añade David.
—Lo siento, chicos —se disculpa Colin—. Lucas me dio algunos trucos, pero está claro que la cocina no es lo mío.
—¡Me pido ración triple de tiramisú! —grita Chloe—. Necesito combustible para mantener el horno de bebés encendido.
—¿Estás haciendo los ejercicios de premamá que te enseñé? —interviene Patri. Chloe pone los ojos en blanco con aburrimiento.
—Que sí, pesada. Ahora déjame comer. Fabs, queremos postre.
Me levanto con desgana para ir a la cocina. Patri me sigue con la mirada y activamos uno de nuestros intercambios telepáticos de banda ancha:
«¿Estás bien?», pregunta su ceño fruncido.
Respuesta automática: «No».
Respuesta enviada: una sonrisa y un «No te preocupes, todo bajo control» que ella, por supuesto, no se traga.
Ivan me sigue a la cocina con esa actitud beligerante que, en otros contextos, me pondría a mil.
Pero esto no es un flirteo de oficina… Esto es imperdonable.
Tengo tantas cosas dentro ahora mismo que no sé ni por dónde empezar a explicarlas. Supongo que la palabra que resuena con más fuerza es decepción. No sé si por él o por mí mismo, pero es cómo me siento.
Ivan cierra la puerta tras él. Me observa en silencio mientras quito el film transparente de la bandeja de cristal con lentitud.
En realidad, le estoy dando espacio. Le estoy regalando el tiempo necesario para que articule una disculpa, una explicación, algo que no sea silencio…
Pero está claro que sigo siendo un optimista patológico, un gilipollas integral.
Y reconozco que lo que suelta por esa boca no me lo veía venir:
—No me gusta cómo te mira David. Es enfermizo.
«¿¡David!? Pero ¿qué coj…?».
Parpadeo, incrédulo, y tardo un segundo de más en procesarlo. Mi cerebro necesita un reinicio de sistema ante semejante disparate.