13 Amor verdadero
Amor verdadero
Noviembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Hay relaciones que comienzan con fuegos artificiales. Otras lo hacen con náuseas y la seguridad de que acabarás recogiendo tus propios pedazos del suelo con una pinza de depilar.
Y aun así, compras el ticket y te montas en el vagón, esperando que la montaña rusa, en un alarde de libre albedrío, decida ignorar el raíl y te lleve a un sitio que no sea el desastre.
Ivan y yo llevamos casi siete semanas quedando. No saliendo, conociéndonos o cualquier otro eufemismo para definir nuestra relación. Nosotros simplemente quedamos.
Agradecería mucho si alguien pudiera explicarme las malditas reglas del juego, gracias.
Ni siquiera entiendo muy bien cómo hemos llegado hasta aquí.
Supongo que, volviendo a la metáfora de las atracciones de feria, cuando te subes a una montaña rusa aceptas que el viaje puede incluir curvas cerradas, loopings innecesarios y esa pausa tan odiosa en la que el vagón se queda suspendido unos segundos antes de la caída libre.
Lo de la caída libre no es un eufemismo. Porque, pese a que me esté agarrando a un clavo ardiendo, sé de sobra que esto no es más que el preludio a una hostia monumental.
Nuestra historia no es sana, ni es bonita. Es una droga difícil de resistir cuando tienes la dosis delante de las narices cada maldito día, en cada reunión, en cada proyecto.
Es pura cabezonería. Porque estoy demasiado obsesionado con encajar en la nueva realidad que me rodea.
A cualquier precio. Yo también quiero tener a alguien a quien aferrarme al llegar a casa, con quien compartir rutina, alegrías y penas.
Con quien desahogarme de mis mierdas… Aunque Ivan sea la persona menos indicada, considerando que es el responsable de la mayoría de mis dramas dentro y fuera de Petrichor.
El problema es que él nunca está. No se queda a dormir, ni me espera al final del trabajo —a pesar de que vamos en la misma dirección—, ni está en mi cama al despertarme. Ni siquiera sé dónde se mete los fines de semana, pues tenemos una regla estricta de no molestar.
Y, aunque yo no la tomo ni lo haré jamás —ya tengo suficiente droga con el café y el estrés—, la cocaína se ha convertido en esa invitada non grata que se cuela en nuestras noches de placer.
No proceso por qué necesita ese extra de fricción química para olvidar el mundo.
Me resulta insultante que mi presencia no sea suficiente.
Son matices que durante el día intento obviar pero que a solas, en la oscuridad de mi habitación, me torturan lentamente.
Como anoche.
Tuvimos una sesión de sexo que calificaría de ejecución técnica impecable, pero vacía de contenido.
Compartimos besos, confidencias, cotilleos de oficina, un tipo de intimidad que siempre parece prometer más de lo que luego cumple.
Y después… el mismo desenlace de cada maldita cita.
Ivan miró el reloj y comenzó a vestirse con prisas, dejándome medio en pelotas tirado en el colchón a la espera de una explicación que, por supuesto, nunca me da.
—Tengo que irme. Mañana entro antes a la oficina —soltó, como si no compartiéramos la misma reunión de las nueve.
En un alarde de valentía —que debió de parecerse mucho a desesperación—, le sugerí que se quedara. Que desayunáramos juntos y repasásemos los bocetos. Supongo que aún me aferro a la idea de que, al igual que con Sofía, podamos llegar a ser un gran equipo.
Pero su respuesta fue un «tengo cosas que hacer» cortante. Y después, se largó.
No insistí. Mi orgullo no me permite arrastrarme dos veces.
Supongo que mi salud mental agradecería el silencio, pero mi Pepito Grillo particular tiene ahora dos cabezas: Patri y Chloe.
Esa simbiosis de sabiduría y crueldad me recuerda a diario que no se fían de Ivan, enumerando todas sus banderas rojas, mientras yo me dedico a decir que el rojo es mi color favorito para que no se preocupen por mí.
No sé en qué momento de mi terapia telefónica a las cinco de la mañana —benditas sean mis amigas que no me han bloqueado todavía— accedí a presentárselo, con la condición de que se tragaran sus opiniones y le ofrecieran su mejor sonrisa.
Así que aquí estoy, de camino a la máquina de snacks, observando a mi ligue y pensando en lo ridículo que es estar tan nervioso por proponerle que conozca a mis amigos.
No sé si me da más miedo que rechace el plan o, por el contrario, que lo acepte y la cena sea un auténtico desastre.
Ivan ni se inmuta cuando aparezco. Sigue mirando el cristal de la máquina con una indecisión que me saca de quicio. Me cuelo en su campo visual y selecciono una chocolatina, dejando que mis dedos rocen su mano al pagar.
—¿Tienes planes esta noche? —pregunto casual.
Él baja la mirada a mis labios. Es un segundo, un instante que nadie más caza, pero que a mí me dispara el pulso.
—Los tengo, pero nada que no pueda cancelar si tu oferta es lo suficientemente tentadora, piccolo.
Sonrío. Disfruto el flirteo, aunque sé que el buenrollismo se va a desmoronar en cuanto suelte la bomba.
—Mis amigos han organizado una cena y me estaba preguntando si te apetecería venir.
Y ahí está ese ceño fruncido que conozco tan bien… De repente, elegir una bolsa de patatas fritas parece requerir la concentración de un neurocirujano. Recoge el paquete que escupe la máquina y me mira de reojo.
—Lo cierto es que no me apetece demasiado.
—¿No te apetece conocer a la gente que forma parte de mi vida? Es un paso lógico en cualquier relación humana: evaluar el entorno, ver de dónde vengo…
—Será lógico para ti. A mí me incomodan esas cosas.
—¿Qué cosas, exactamente?
Ivan echa un vistazo a su alrededor temiendo que alguien sea testigo de nuestro romance. Lo que él no sabe es que la mitad de la oficina no sabe ni cómo se llama, y apostaría mi mejor par de zapatos a que nadie sospecha que juega en mi equipo. Yo fui el primer sorprendido.
—Las cenas. Los grupos. Esa obligación de tener que caerle bien a tu tribu. ¿No podemos quedarnos solos en tu piso, como siempre?
—Ivan —sonrío, pero es una sonrisa de las que muerden—, esto es importante para mí.
—Necesito tiempo para algo así, Fabio. Tú no lo entiendes.
—¿Tiempo? —Bajo el tono porque la de Finanzas nos está lanzando una mirada que huele a auditoría—. Te quiero presentar a mis amigos, no llevarte a la comunión de mi prima en Milán. ¿Cuánto tiempo necesitas para eso?
—Vamos a distintos ritmos, Fabio. Prometiste tener paciencia.
—Y la estoy teniendo, créeme. Pero necesito un horizonte. Una fecha. ¿Cuándo crees que estarás listo para mí? Porque yo ya te estoy compartiendo mi personalidad premium y siento que tú sigues en modo de prueba.
Esta vez sí me mira, con una seriedad que me hiela. «¿Cómo puede ser tan frío, joder?».
—¿Qué te hace pensar que esta no es mi personalidad, Fabio? Que este no es mi verdadero yo. Igual ese es tu problema, que me has idealizado y esperas de mí algo que no soy.
—Supongo que me niego a creer que seas tan capullo.
Si hubiera sabido que el insulto era la llave maestra para que cediera, lo habría usado semanas antes.
Y si hubiera sabido cómo iba a terminar esa cena… bueno, me habría tragado la invitación y me habría ido a casa a ver una serie deprimente.
Cuando llegamos a la casa de los tortolitos, David y Patri ya están instalados. Dejo el tiramisú de pistacho en el frigorífico y comienzo la ronda de presentaciones:
—Chicos, este es Ivan. Ivan, ellos son… mi familia. Os dejo a vosotros que os presentéis.
Mis amigos me miran con distintas expresiones que van desde la sorpresa hasta la incomodidad.
Vale, admito que ha sonado un poco a presentación de un nuevo socio en un bufete de abogados y no al hombre con el que juego a la ruleta rusa cada noche, pero creo que es mejor que sean ellos mismos quienes hagan el ritual de darle la bienvenida al grupo.
Quien más me preocupa es mi mejor amiga, que está haciendo un esfuerzo titánico por ser cordial y no acuchillarlo con la mirada. Conociendo a Patri, a ver lo que dura la tregua…
Ivan, por su parte, acepta la cerveza de Colin con su habitual expresión de bulldog. Empezamos de cojones…
Colin, en un intento conmovedor por impresionar al novio —o lo que sea— de su amigo, ha preparado su legendario Sunday roast a pesar de que hoy es martes. El olor a patatas asadas y Yorkshire pudding flota en el aire, intentando camuflar, sin éxito, la tensión que reina en el ambiente.
Chloe no tarda en monopolizar la cena hablando sobre lo harta que está de su embarazo, que los alienígenas apenas la permiten moverse… En serio, cualquiera que la escuche pensaría que es una heroína de ciencia ficción a punto de parir una nueva especie que dominará la Tierra.
—No sabéis lo que es esto. —Chloe vuelve a su monotema, llevándose la mano a la espalda—.
Me duele todo. ¡Todo! Y encima el mundo cree tener derecho a opinar sobre mi cuerpo.
Que si estoy más guapa, que si he engordado demasiado, que si tengo mala cara o un glow repentino… Pero ¿qué demonios les importa a ellos?
—Perdonad el caos —añade Colin, mirando el desorden que nos rodea con una sonrisa cansada—. Chloe apenas puede moverse y yo llevo todo el día trabajando.
—¡Como si yo no trabajara! —refunfuña ella—. Crear vida es un empleo a jornada completa. ¡Y sin descansos ni sindicatos que me defiendan!
David decide cambiar de tema para darle un poco de tregua a Colin:
—Hoy he discutido con Tiago. Esto es insostenible.
—¿Seguís sin encontrar a nadie? —pregunta Colin, luchando con el trinchador.
—¿¡Cómo vamos a encontrar a alguien válido si solo entrevista a clones de Victoria’s Secret!
? He filtrado a dos candidatos brillantes y los ha fulminado en diez minutos.
A uno le preguntó si hablaba francés, algo totalmente irrelevante para el puesto.
Pues bien, el chico, que era un genio, dijo que sí.
¿Y sabéis qué hizo Tiago? Le soltó que no era acento bretón y que no nos servía. ¡Bretón! Es un psicópata, os lo juro.