12 La crisis vital de Fabio Vitale #2
Se disculpa. Una, diez…, cien veces. Dice que estaba nervioso, que llevaba semanas imaginándome, que conmigo se le descolocan hasta las neuronas. Que soy su droga.
—No estoy dispuesto a repetir lo de la otra noche —le advierto.
—Lo sé. Y yo no quiero hacerte daño. Solo… —Suspira, pasándose una mano por el pelo—. Me siento roto, Fabio. Y tú me haces sentir menos roto.
Ahí está, la maldita frase que suena profunda y que, en realidad, es una trampa.
—¿Debería sentirme halagado? Porque a mí me suena a una responsabilidad que no he pedido.
Ivan se queda callado un instante, jugueteando con el dedo en el borde del vaso.
—Es mi maldición. Cuando alguien me importa demasiado, me vuelvo… egoísta, torpe, posesivo. Tengo tanto miedo de que se me escape que al final… —Me mira con algo que parece tan sincero que logra convencerme—. No quiero ser el malo de tu historia, Fabio.
Me refugio en mi copa para que no note que ha echado mis defensas abajo con su discurso. Reconozco que tenía cierta predisposición a perdonarle.
—La vida no va de buenos y malos, Ivan, sino de gente intentando no hacerse demasiado daño mientras aprende a vivir. Y yo solo intento disfrutarla mientras pueda.
Sonríe, pero no es una sonrisa bonita. Tiene algo oscuro en ella.
—Me alegra que para ti la vida sea eso. A mí nunca me dieron la opción de disfrutar, Fabio —confiesa, obligándome a levantar la vista—. Mi madre murió cuando era pequeño. Mi padre… Militar. De valores. De esos que, al parecer, los maricones no tenemos.
Yo… no sé qué decir. Lo cierto es que he tenido la suerte de nacer en una familia a la que le traía sin cuidado a quién escogiera mi corazón con tal de que fuera feliz. No me imagino cómo hubiera sido mi vida sin su apoyo constante.
Mi mirada le invita a seguir hablando. Ivan se toma su tiempo, apurando el vodka.
—La primera vez que me pegó fue cuando me descubrió usando los tacones de mi madre.
No sé si lo hice por curiosidad o si solo quería sentirla cerca —confiesa.
Yo trago saliva con dificultad—. La segunda…
no recuerdo la excusa. De hecho, llegó un punto en que dejé de contarlas.
Eran demasiado frecuentes y cada vez peores.
Me invade una sensación extraña, una mezcla de compasión y deseos de consolarlo. Y me siento tan mal por haberme enfadado con él, tan culpable…
—Joder. Lo siento, Ivan. Siento que hayas pasado por todo eso.
—Lo peor es que no me fui yo. Fue él quien me echó de casa. Por desviado, dijo.
Apoyo la mano sobre la suya sin pensarlo demasiado. Supongo que solo quiero sentirlo cerca, trasmitirle mi apoyo. Yo qué sé.
—Lo siento, Ivan… ¡Joder! Yo no sabía…
Si me dieran un euro por cada vez que digo joder, tendría una villa con viñedos en La Toscana, en serio…
—Tenía dieciséis años —prosigue—. Cogí su furgoneta. Ni siquiera tenía carnet. Conduje sin rumbo y la dejé abandonada en un descampado. Yo mismo llamé a la policía. Luego cogí un tren y desaparecí.
—¿Y nadie…? ¿Tu padre no…?
—Si intentó encontrarme, no soy consciente de ello. Sobreviví de un lugar a otro, ofreciendo lo poco que tenía a cambio de un plato de comida y un techo donde dormir.
Aprieto los labios sintiendo que la rabia me encoge el pecho «¿Está insinuando lo que creo que está insinuando?».
—Y supongo que ese es el origen de todo. Aprendí rápido que no hacía falta que me quisieran. Con que no me pegaran, me bastaba. —Se recompone—. Por eso no sé hacerlo bien, Fabio. Lo de querer.
—Eso explica muchas cosas. Pero no las justifica.
—Lo sé. Y no pretendo que tú me salves. Solo… no sé, que tengas algo de paciencia. Que no me descartes al primer descuido.
Sus manos se entrelazan con las mías y yo sé que no tengo escapatoria: voy a hacer lo que me pida por hacerle feliz. Cualquier puta cosa.
—No quiero perderte antes siquiera de saber si podría hacerlo mejor, Fabio.
Lo que me está pidiendo es demasiado para alguien que aún no ha vivido la etapa de las mariposas con su pareja.
Me está pidiendo que empecemos por el final, por el apoyo y los momentos duros.
Es una responsabilidad enorme amar a alguien con un corazón hecho trizas, un riesgo de acabar absorbido por su mundo antes de saber siquiera cómo sacar a la otra persona de él.
«Ivan es una víctima. Un hombre que ha pasado por cosas horribles para estar aquí hoy», pienso. «Es normal que esté tan dañado, tan atormentado. Y como su proyecto de pareja, debería aprender a tener más paciencia. A ser fuerte por él, a ser lo que necesita en cada momento».
¿De verdad me gusta tanto como para aceptar lo que me ofrece?
¿Seré tan fuerte como para sobrevivir al amor que da?
Y sé que voy a intentarlo porque soy un soñador romántico que ve un cartel de Peligro de muerte y se queda embobado pensando que la tipografía Helvética le sienta de maravilla al mensaje.
El escenario cambia e interrumpe mis pensamientos.
Una drag queen con un look sesentero sube al escenario con una peluca rubia, un amplio jersey de lana y unas botas de cuero marrón.
Con una voz dulce y melodiosa que no esperaba con su aspecto, comienza a entonar el Bang Bang (My Baby Shot Me Down) de Nancy Sinatra.
Ivan me interroga con la mirada en busca de una respuesta que aún no he podido darle.
No me gusta ser de esos tipos que ceden ante una historia trágica.
De los que convierten el sexo en un salvavidas emocional o en una limosna disfrazada de deseo.
Me prometí hace tiempo no hacerlo, no caer en ese intercambio tramposo de cuerpos por consuelo.
Y aun así, cedo.
Cedo ante las promesas que esta vez sí ha pronunciado. Ante su voz triste y desesperada. Ante esa manera suya de mirarme como si yo fuera el consuelo a todos sus tormentos.
Y sin saber cómo ha pasado, estoy de nuevo en mi apartamento, con la cara contra la pared del salón.
Pero no es como la otra vez. Esta vez sí hay consentimiento, aunque esta no sea la forma en la que me gustaría hacer las cosas.
Dejo que me toque como él necesita, que alivie el dolor de su corazón usando mi cuerpo como vendaje improvisado mientras me tira del pelo con pasión.
Debería cortármelo. Odio que me tiren del pelo, duele, y no entiendo cómo a alguien le puede dar morbo que se lo hagan.
Mientras me penetra con furia, me pregunto cómo será amar a un hombre con tantas cicatrices si lo nuestro prospera. Si sabré distinguir entre desear y aguantar. Entre quererlo a él y perderme yo.
Después del sexo, a diferencia del otro día, Ivan no se viste y se larga a su casa. Nos quedamos desnudos en el sofá, compartiendo un puñado de besos que no terminan de llenarme. Supongo que estoy demasiado vulnerable por la intensidad y el dramatismo de todo lo que ha pasado entre nosotros.
Mi cabeza reposa sobre su pecho y él me acaricia el pelo. Me incorporo despacio, dispuesto a romper el momento de intimidad porque me siento incómodo. No sé lo que es, pero noto algo en el pecho, en la boca del estómago, que me obliga a respirar con dificultad.
—¿Quieres algo de beber? Agua, vino, cerveza, un descafeinado…
—Cerveza estaría bien —responde, sin pensar.
Voy a la cocina y abro la nevera. Me quedo unos segundos con la puerta abierta, dejando que el frío me despeje la cabeza. Las cosas han ido mejor que el otro día, sí, pero sigo sin sentirme bien. Sigo sin querer… esto. No sabría explicarlo.
Decido dejar de darle tantas vueltas a todo y disfrutar de lo que me ofrece con sus reglas… por ahora. Pero cuando regreso al salón, la escena ha cambiado: Ivan está inclinado sobre la mesa de café, alineando perfectamente un polvillo blanco con su carné de conducir.
Mentiría si dijera que no lo he probado en alguna de esas fiestas que empiezan como una broma y acaban con un Uber a las seis de la mañana rumbo a ninguna parte. Pero es algo que me juré no repetir.
No sé. Supongo que el cuerpo ya no me pide lo mismo que a los veinte.
—¿Por qué necesitas esto ahora? —pregunto, dejando la cerveza sobre la mesa sin acercarme demasiado.
—Me ayuda a no pensar. A no sentir tanto.
—Pues a mí me hace sentir de más. Y no es algo que me guste.
Me hace un gesto con la mano para que me siente a su lado en el sofá, y lo hago, aún negando con la cabeza. En ese momento, me besa el cuello con suavidad, como si quisiera convencerme sin palabras.
—Solo un poco —susurra—. Venga, Fabio. No seas aburrido. Podemos alargar la noche hasta donde queramos. Me muero por volver a estar dentro de ti.
Niego con la cabeza, retraído. Aún no he consumido y ya siento que mi cabeza se aleja de mi cuerpo. Esto no es sano. Lo que Ivan me hace sentir es…
Una parte de mí sabe que debería pedirle que se fuera de mi piso y volver a mi vida ordenada y sin drogas.
La otra parte —la que siempre gana— me recuerda que solo se vive una vez. Que el riesgo también excita. Que no siempre quiero ser el adulto responsable que lo controla todo.
Y yo siempre he sido pésimo eligiendo cuál de las dos voces escuchar.