La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 12 La crisis vital de Fabio Vitale
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12 La crisis vital de Fabio Vitale

La crisis vital de Fabio Vitale

Octubre, Londres, Inglaterra

Fabio

La gran ironía de la vida es que pasas toda la semana esperando a que llegue el fin de semana y, cuando los planes se van a la mierda, no ves el momento de que sea lunes. Necesito una excusa para volver a ver a Ivan. Necesito… una señal, un roce, una mirada cargada de significados. ¡Lo que sea!

Tras tres horas de la más absoluta indiferencia, donde cada uno se ha atrincherado tras su pantalla y sus auriculares, a las once la agenda nos obliga a coexistir.

Reunión con un cliente de batidos proteínicos que saben a rayos.

Ya sobreviví el año pasado a sus zumos radiactivos con regusto a detergente de lavadora, pero estos batidos son…

En serio, no encuentro adjetivos para definir este atentado al paladar. Ojalá tuviera a Sofía más cerca.

Así que, cuando Ivan decide sentarse a mi lado en esta mesa de tres metros, teniendo infinidad de asientos donde posar su precioso culo, me toca hacer un esfuerzo sobrehumano para ignorar su perfume y el runrún que me martillea la cabeza.

A las doce y media damos por acabada la reunión y me escapo sin mediar palabra a un Leon cercano en busca de algo que llevarme a la boca. Necesito carbohidratos para no colapsar.

Una hora exacta después, estoy de nuevo en la sala de reuniones con Karen, Ivan, un diseñador y Orión Ferreira[4]. Es el creador de Oriove, una pequeña firma española de zapatos y complementos que viene recomendado por una de nuestras mejores clientas, la diseñadora de moda Vega Star.

Orión es parco en palabras, tímido, lo que contrasta con el derroche de energía que supone trabajar con Vega. Es de esos artistas que solo quieren crear y vivir en el anonimato. Por eso dejan la publicidad en manos de los que sabemos, aunque sabe exactamente lo que quiere. Eso siempre ayuda.

Además, es monísimo. Moreno, de ojos avellana y con ese aire a lo John Travolta en Grease que resulta irresistible. Casi espero que se ponga a chasquear los dedos y se marque un solo de baile sobre la mesa con su chaqueta de cuero.

Me levanto y comienzo a exponer la campaña que hemos preparado, además de las ideas que se me han ido ocurriendo sobre la marcha en esta reunión. Hablo de storytelling, valores de marca y posicionamiento… Y, de repente, mi portátil me avisa de que el congelador ha decidido reactivarse.

Ivan Petrov: ¿Estás enfadado? No me has dirigido la palabra en todo el día.

Bajo un instante la mirada para leerlo, pero pronto vuelvo a concentrarme en lo que estaba diciendo. Sonrío al cliente. Cambio de diapositiva. Ping. Otro mensaje.

Ivan Petrov: Te quedan de muerte esos pantalones.

A ese le siguen otros dos mensajes que no me molesto ni en previsualizar. Petrov va a necesitar algo más que masajear mi ego para que se me olvide lo del otro día.

Vuelvo a concentrarme en la pantalla del proyector, aunque percibo sus ojos clavados en mi piel como si fueran garras.

Me siento raro. Vulnerable. Un poco sucio.

Y ojo, que a mí el sexo sucio me encanta, pero con comunicación, respeto y ese concepto tan vanguardista llamado consentimiento.

Tres ingredientes que la otra noche brillaron por su ausencia en mi propia cama.

Y no voy a tolerarlo. Mi cuerpo no es un área de servicio donde repostar sin preguntar.

Tan pronto acaba la reunión, regreso a mi escritorio y me pongo los auriculares de nuevo con una de esas listas de ruido blanco que prometen concentración máxima, aunque a mí lo único que consiguen es ponerme de los nervios.

O quizá lo que me desquicia es fingir que todo va bien cuando estoy ardiendo por dentro.

Estoy jugando al mismo juego que él empezó. Y no voy a mentir: hay algo infantil y deliciosamente cruel en ver cómo es él quien empieza a cabrearse.

A las cinco en punto finjo responder una llamada para poder salir de la oficina sin forzar conversación con nadie. No quiero darle a Ivan la oportunidad de un encuentro casual en el ascensor o en la máquina de café. Si quiere que hablemos de algo, tendrá que venir de frente.

—Sí, bombón, ahora bajo —digo en voz alta, guardando el portátil en la mochila.

Me levanto, cruzo la oficina y entro en el ascensor. Tal y como me temía, Ivan se cuela justo antes de que se cierren las puertas.

Nos quedamos solos. A él le importa tres pimientos que yo tenga el iPhone pegado a la oreja.

—¿De verdad vas a seguir ignorándome?

—Pensé que hoy estábamos fingiendo profesionalidad extrema. Me adapto rápido cuando hace falta —contesto sin mirarle, con el teléfono aún en la mano.

No llego a colgar la llamada. Ivan se mueve rápido, me arrincona contra la pared metálica y me obliga a soltar el móvil de golpe.

No estaba hablando con nadie —menos mal—, pero el gesto me crispa.

Menuda falta de respeto. Porque es dominante, posesivo y controlador de una forma que me pone enfermo…

y que, por desgracia, también me pone de otras muchas maneras…

Porque saber que está herido y celoso hace que algo dentro de mí se revolucione.

—¿Estás enfadado? —insiste.

—¿Eres siempre tan observador? —parafraseo su propia bordería de la semana pasada—. Sherlock, te has superado. Te faltan la lupa y la pipa.

—¿Qué demonios te pasa, Vitale?

—Veamos… —Respiro hondo, buscando el oxígeno que me está robando su cercanía—.

Llegaste dos horas tarde a mi casa. Sin una explicación.

Sin una mísera disculpa. Entraste directo a follar conmigo como si mi culo te perteneciera.

Sin preguntarme qué quería. Sin dejarme elegir.

No eres nuevo en esto, Ivan. Sabes cómo funcionan las relaciones humanas, ¿no?

Abre la boca. La cierra. ¡Punto para Italia! Lo he dejado mudo. Y entonces, suelta la perla:

—Pensé que los dos queríamos… eso.

—Pues no pienses tanto, que se ve que no es lo tuyo.

Se pasa la mano por la nuca, y su expresión se suaviza, mirándome con esos ojitos tristes que…

«¡Ni hablar, Fabio! Ni se te ocurra caer con ese truco. No es un perro y tú no eres una protectora de animales».

—Lo siento, Fabio. Llevaba demasiado tiempo deseándote y… supongo que se me fue de las manos.

—Esa no es excusa —le corto—. Yo también te deseaba, pero no así. No de cualquier manera. Ni siquiera respondiste a mi mensaje.

—Tú no has respondido hoy a los míos, empate.

—Porque tus mensajes llegaban cuarenta y ocho horas tarde, cariño. De verdad, mejor no sigas hablando, porque está claro que no estás entendiendo nada.

El ascensor frena y se abre en el hall. Hay una secretaria hablando con un grupo con pinta de ejecutivos.

Ivan mira a su alrededor con esa actitud de espía ruso que luce siempre que necesita un momento de intimidad conmigo, me agarra de la mano y, antes de que pueda protestar, me mete en un lavabo individual y echa el pestillo.

El espacio es minúsculo. Me obliga a quedar más cerca de su cuerpo de lo que puedo resistir ahora mismo. Es un cabronazo, las cosas como son, pero también es… irresistible.

—Me vuelves loco, Fabio —susurra, enmarcando mi rostro entre sus manos—. Más de lo que puedo gestionar. Mucho más.

Dudo. Mucho. Porque una cosa es tener razón y otra muy distinta es saber qué hacer con ella cuando el hombre que te obsesiona te clava su erección. Bajo la mirada, intentando tomar una decisión rápida, pero el corazón me late tan fuerte que temo que lo confundan con una bomba.

—Dame una oportunidad —ruega—. Déjame hacer las cosas mejor.

—Ivan, yo… Creo que ya me has mostrado todo lo que necesitaba ver.

—Solo te pido un poco de paciencia —suplica, y sus ojos grises parecen volverse más cálidos al encontrarse con los míos—. No es algo de lo que suela hablar a menudo, pero… vengo de una relación que me dejó… tocado.

—Todos tenemos cicatrices, Petrov. No me vendas tu historia triste como si así pudieras justificarlo todo.

—Necesito paciencia, cariño —susurra contra mi boca.

Está tan cerca que su aliento se mezcla con el mío, y sé que estoy a punto de despeñarme por el barranco de mis propias contradicciones. Voy a caer. A esa mirada que me derrite, a las caricias de sus manos en mi mandíbula. Al roce de su boca sobre la mía.

—Por favor, Fabio, ayúdame a sanar las heridas que otro me dejó.

La duda se instala en mi pecho. Y odio lo mucho que quiero creerle. Todo en su discurso suena a cliché barato de chico malo con pasado oscuro, a manual de relaciones tóxicas. Y aun así, algo estúpido se me mueve por dentro.

Porque quiero ser ese hombre.

El que arregla lo que otro dañó.

El héroe de la película que domestica a la bestia.

Supongo que eso me haría sentir más completo, menos… prescindible. Sentir que he tenido un impacto real en la vida de alguien.

Tengo tal batiburrillo de emociones que ni siquiera me paro a pensar en lo tóxico que suena todo esto. Esta mañana tenía el discurso clarísimo frente al espejo: amor propio, límites, respeto. Ahora no recuerdo ni una maldita frase.

—Fabio… Sé que apenas nos conocemos fuera de este edificio, pero no puedo soportar la idea de perderte. Y sé que no hice bien las cosas. Fui un animal, pero… déjame compensarte. Vamos a tomar algo. Hablemos. Conozco un sitio perfecto.

Debería haberle parado cuando sus labios rozaron los míos.

Debería haber recordado mis discursos, mis líneas rojas, mis malditos principios.

Pero la crisis vital que arrastro ha terminado por dinamitar todas mis defensas. Así que acepto. No sé si por curiosidad, por debilidad o porque todavía no he aprendido a marcharme a tiempo.

Caminamos casi en silencio hasta un bar íntimo de Charing Cross que, tiempo atrás, fue un cabaret y que ahora ofrece espectáculos de burlesque y drag queens.

El sitio es precioso. Luz baja procedente de esas lamparitas de mesa con borlas, cortinas de terciopelo rojo, un techo que simula un cielo estrellado y música melódica.

A mí me traen un gin-tonic. Ivan bebe vodka a palo seco, confirmando que los rusos se lo beben como si fuera agua.