11 Grietas en el techo #3
—¡Pues claro, Fabs! Con David, cada día… Bueno, cada día no, porque la energía no da para tanto. ¡Qué más quisiera! Pero… ya me entiendes.
—No, boba. Me refiero a… ¿Alguna vez un tío te ha presionado para hacerlo sin nada?
Tal vez no debería haber soltado esa bomba en una cafetería de brunch tan cuqui, rodeado de gente que cree que su mayor problema hoy es que el aguacate esté un poco pasado.
No sé cómo descifrar su mirada. Ignoro si se ha perdido en sus propios recuerdos, en los fantasmas de lo que le hizo Diego, o si es solo esa preocupación por mí lo que le tiñe el rostro de un gris plomizo.
—Por ahí sí que no, mi rey. No me digas que… —Patri niega con la cabeza y baja la voz—. No, Fabio. Por ahí no. No voy a consentirlo.
—Está bien. A ver…, yo quería, ¿vale? Estaba caliente y… se nos fue de las manos. Ya sabes, la química…
—Ni se te ocurra justificarlo. No es aceptable y lo sabes —me espeta, clavándome los ojos—. ¿Y si te ha pegado algo? ¿En qué estabas pensando?
—Los dos tomamos PrEP, Patri. Tranquila.
—¿Qué demonios es eso?
—Es como la píldora, pero para protegerte del VIH.
—¿Y la clamidia? ¿La gonorrea? ¿Y todo el abecedario de enfermedades que hay por ahí? —Ella se inclina sobre la mesa, ignorando el osito de bizcocho—. Por no mencionar que acabas de admitir que te ha presionado. Eso tiene un nombre, Fabio. Y no es química.
—Ya está, seguro que no es nada… Hablaré con él, le explicaré lo mucho que me incomodó y… seguro que todo ha sido un malentendido.
—¡Pues claro que vas a hablar con él, mi rey! Y aquí no hay malentendidos que valgan. Vas a llamarlo ahora mismo y vas a decirle que no vas a volver a verlo y que…
—Tú recuerdas que trabajamos juntos, ¿verdad? No quiero escribirle, ahora mismo no me sale decirle nada bueno y solo estropearía aún más las cosas. Ya hablaremos el lunes en la oficina…
—¿El lunes? ¿Por qué el lunes?
Resoplo y asumo que no me voy a librar de su discursito. Todo lo que va a decirme ya me lo ha gritado mi armadillo interior durante la noche.
—Porque le mandé un mensaje anoche y no me ha contestado. A pesar de que el muy imbécil se ha conectado como cuarenta veces.
—Y eso lo sabes porque tú no estabas pendiente de él, ¿verdad?
Tocado y hundido.
—No sé cuándo hablaremos, ¿vale? Hacerlo en la oficina es como intentar entrar en el Kremlin y fuera del trabajo… bueno, ya has visto el resultado.
—A ver si lo he entendido bien, mi rey —resume ella con una crueldad que busca abrirme los ojos, pero a veces soy un cabezota de manual—: anoche tenéis una cita.
El tipo llega dos horas tarde. No se justifica.
No pide perdón. Te fuerza a hacer algo con lo que tú no estabas cómodo.
Termina, se viste y se pira. Le escribes un mensaje y te hace el vacío.
¿Es ese el resumen de tu noche romántica o me estoy dejando algo?
Asiento. Oído de sus labios suena aún más patético. Suena a algo que, si le ocurriera a cualquier otro, yo sería el primero en gritar que saliera corriendo.
—Igual se quedó sin batería o… ¡yo qué sé, Patri! No todo el mundo vive pegado al móvil como nosotros.
—¿Te estás escuchando, Fabs? La primera vez que te lías con alguien estás deseando pasar cada instante con esa persona, te pasas el día colgado al móvil y…
—Se detiene al ver mi cara. Me conoce demasiado bien para saber que este no es el final—.
¡Uy, no! Esa cara no. Me da miedo esa cara. Quita esa mirada ahora mismo.
—Ya está, Patri. Dejemos el tema.
—¡No! No vamos a dejarlo. ¿Qué pasa por esa cabecita tuya?
Lo medito. Sé que va a pensar que estoy para que me encierren, pero soy adulto y puedo tomar mis propias decisiones.
—¿Y si resulta que sí quiero volver a verlo? —suelto, desafiante—. ¿Y si me gusta tanto como para darle la oportunidad de explicarse? Igual somos dos paranoicos que siempre nos ponemos en lo peor.
Mi amiga suspira, cansada de verme repetir los mismos errores una y otra vez. Su mirada fija no me gusta nada.
—No me lo puedo creer. En serio, tienes un radar para los tipos maniáticos y obsesivos. ¿Es que no puedes fijarte en hombres normales?
—No todos tenemos la suerte de encontrar a alguien como David. Tu novio está en peligro de extinción.
—¡No se trata de eso, Fabs! Lo que ha hecho Ivan es abuso. La indiferencia que mostró después de que os acalorarais en la oficina, esa frialdad, esa tensión psicológica constante… ¿Es que no ves que te está manipulando?
—Yo controlo, ¿vale? Sé perfectamente lo que hago.
—Eso es justo lo que dice un yonqui antes de una sobredosis. Y tú eres adicto a la dopamina. Y a que te traten mal.
—Yo no… —Levanto las manos y me rindo. No puedo ganar esta batalla porque ella tiene los hechos y yo solo tengo este vacío en el estómago—. Dejemos el tema, anda. Vamos a desayunar, que el oso te está poniendo ojitos.
Patri me mira un segundo más, como si quisiera decir algo que decide guardarse. Yo aparto la vista y muerdo el osito de bizcocho con desgana. A pesar del azúcar, del glaseado y de la miel picante que tanto me gusta, hoy todo me sabe a ceniza.