11 Grietas en el techo #2
No sé en qué momento llegamos a la habitación, pero aquí estamos, completamente desnudos, enrollándonos con una furia que ya no sé si me excita o me inquieta.
Sus manos recorren mi piel y pasan por encima de las quemaduras que me hice bailando en la barra; pero él ni las ve.
Es como si no estuviera aquí conmigo, sino en algún lugar oscuro dentro de su propia cabeza.
Cuando me coloca contra el cabecero y asume, sin preguntar, que será él quien lleve las riendas, no lo cuestiono. Me dejo llevar por su energía dominante, embriagado de esa química que me hace ignorar todas las señales de alerta. Acepto un papel que no he elegido. Le dejo hacer.
Durante un rato, el placer físico borra cualquier otra cosa. Mi cuerpo va por delante de mi cabeza y, cuando quiero darme cuenta, ya es tarde para entender qué demonios está pasando.
Algo dentro de mí se tensa.
Porque por mucho que me guste jugar con fuego, yo también tengo mis líneas rojas. Me excita la urgencia, me pone el silencio cargado de testosterona, pero no estoy dispuesto a cruzar ciertas fronteras con alguien que se comporta como si yo fuera un objeto inanimado diseñado para darle placer.
—Ivan. —Mi voz es apenas un susurro—. Espera. Un segundo… Para.
Ni una respuesta. En mi habitación solo se escuchan sus gemidos, su respiración desacompasada golpeándome en el cuello. La mía es un desastre; mi mente perdida en un mar de confusión.
Quiero pedirle que pare y, a la vez, temo hacerlo.
Temo que se enfade, que se ponga la camisa y se largue sin siquiera hablarlo.
Temo que se quede y las cosas tomen un camino que yo no he aprobado.
Temo su agresiva forma de amarme casi tanto como temo estar solo.
Y no sé qué opción escoger. Qué decir. Qué hacer. Qué… ser.
Todo me parece incorrecto, inadecuado, insuficiente.
Pero no me escucha. Está demasiado encendido, demasiado cerca, y vuelve a buscar mi boca con esa urgencia que ya no me parece pasión. No sé qué es pero siento que me falta el aire.
—He dicho que esperes —insisto, logrando apartar su rostro de mi cara—. Voy a buscar un condón.
—No hace falta. Tomo PrEP.
—Yo también, pero…
No me deja finalizar. Su boca choca con la mía y todo se vuelve brusco, invasivo. No sé en qué punto exacto dejo de reaccionar y empiezo a ceder. Solo sé que va en contra de todo lo que soy, de todo lo que siempre he defendido. Y, aun así, me quedo quieto y callado. «Cobarde».
Nos mecemos en un vaivén violento que me aletarga, hasta que Ivan termina.
Sale de mí berreando como un semental salvaje.
Bien por él. A mí, en cambio, se me apaga todo por dentro.
Ni siquiera estoy seguro de haber estado realmente encendido mientras ocurría.
El cuerpo hace cosas raras cuando la cabeza está en otra parte.
Tampoco sé si yo la tenía dura mientras me penetraba. No recuerdo haber sentido sus manos dándome placer a mí. Ni yo me lo he dado. He experimentado una disociación que nunca antes había sentido con ningún otro hombre. Y la conclusión es demoledora: no me ha gustado. Nada.
Lo he odiado.
Siempre he creído que el sexo empieza antes y acaba después del intercambio de fluidos. El tonteo, las insinuaciones, las caricias, las confesiones poscoitales donde ya no quedan máscaras…
Pero con Ivan no hay de eso.
No pregunta si estoy bien.
No pregunta si necesito algo, si lo he disfrutado o si puede hacer cualquier cosa para que yo también llegue a la meta.
No pregunta absolutamente nada.
Me planta un beso breve y frío en los labios, y se sienta a mi lado en la cama que ni siquiera nos hemos molestado en desarmar.
Yo miro al techo, contando las grietas que debería haber reportado a mi casero hace semanas. No me gustaría descubrir que hay una gotera cuando se me caiga el techo encima mientras duermo.
Tengo la piel de gallina. No sé si quiero seguir con lo que empezamos. Tampoco parece importar… Él ya ha conquistado el territorio, ha plantado su bandera en la cima y yo sigo aquí, dándole vueltas a todo y a nada.
Qué sensación de vacío más absoluto cuando debería sentirme tan pleno.
—Joder —Ivan decide romper el silencio—. Ha sido increíble, Fabio. Tenemos que repetirlo.
«Increíble, sí. Apoteósico», pienso. De esos recuerdos que se te clavan… pero no donde deberían.
Ivan comienza a ponerse los calzoncillos, luego los calcetines, la camisa…
—¿Adónde vas? —pregunto, sintiéndome de repente muy desnudo e idiota.
—Mañana madrugo.
—Es sábado.
—Lo sé. Manejo bien el calendario. —Se inclina y me da un beso rápido que me hace sentir como una prostituta—. Nos vemos en la oficina.
Y así, sin más, se marca un Julio César: Veni, vidi, vici. Llegó, me vio… y me pasó por encima. O yo me dejé arrollar, que es casi peor. Estoy tan aturullado que no sé ni qué cojones estoy diciendo.
La puerta se cierra poco después y yo sigo sin moverme, todavía mirando las grietas del techo como una metáfora de cómo me siento.
Ivan se ha largado. Sin despedidas cursis, sin comentar la jugada —mejor—, ni promesas de una nueva cita.
Y yo, que en el fondo soy un romántico empedernido, había comprado fresas y tortitas para el desayuno.
Soy gilipollas con todas las letras del alfabeto, y Patri está oficialmente a un paso de graduarse cum laude como pitonisa.
A las siete de la mañana, sentado en la moqueta de mi salón con una botella de tinto vacía entre las piernas, me siento como una versión queer e italiana de Bridget Jones, pero sin ningún Colin Firth a la vista que venga a salvarme.
He pasado por los primeros álbumes de Laura Pausini —…
Se fue, se fue, el perfume de sus cabellos…
— antes de aceptar la cruda realidad: lo de anoche estuvo mal. No confuso. No raro.
Mal.
Tenemos que hablarlo. Pero no puedo esperar al lunes mientras este nudo me aprieta el pecho y amenaza con estrangularme.
Media hora después, me trago el orgullo y llamo a Patri.
Sé que está despierta, es una madrugadora nata.
Y también sé que, aunque todo podría reducirse a un «te lo dije» que jamás pronunciará para no hacerme daño, necesito oír su voz.
Necesito que alguien me diga que esto no me convierte en un idiota, que a veces la atracción nos desordena tanto que acabamos haciendo cosas que en circunstancias normales desaprobaríamos.
Quedamos para desayunar en una cafetería de Covent Garden que no hemos elegido al azar. Son patrocinadores de mi canal y llevo semanas posponiendo crear contenido. No hay nada mejor para apagar el runrún que ponerme a currar.
Echaba de menos estos momentos a solas con ella. Adoro a David, pero últimamente siento que él y Colin están en todas partes.
Hablamos de cosas triviales. Nosotros somos así, de dar rodeos innecesarios para evitar meter los pies en el fango.
Saco el móvil y empiezo a grabar platos absurdos: pancakes japoneses con capas innecesarias de ingredientes, tostadas con flores comestibles, un osito de bizcocho que me mira con ternura y, por supuesto, el ingrediente estrella que está colonizando los restaurantes de Londres en platos dulces y salados: la miel picante.
—No sabía que seríamos tantos para desayunar —suelta Patri con ese tonito que huele a reproche.
—¿De qué hablas?
—Hablo de todos tus amigos virtuales que comparten mesa con nosotros —responde, señalando mi teléfono con desprecio.
—Perdón, subo un reel y soy todo tuyo, cara mia. Me han pagado por crear contenido. —Pone mala cara y la corto al instante—: No empieces. Acabamos de ahorrarnos veinticinco libras cada uno.
—¿Y no te parece un robo que un desayuno cueste ese dineral?
—No estamos en Colombia ni en Italia…
—Preferiría pagar a cambio de tener una cita contigo sin tu celular —me reprende—. Además, me gustaría comer algo que sepa a algo identificable y sin tantos adornos. Mira este osito tan mono con crema de pistacho… ¿Cómo voy a comérmelo?
—Porque es harina y azúcar, Patri. No es un ser vivo. De hecho, tiene… ochenta gramos de azúcar por cada cien de crema. ¿Y a esto lo llaman desayuno saludable?
—Ahora entiendo por qué el osito era tan dulce…
Respiro hondo. Cambio de carril sin intermitente.
—Oye, ¿alguna vez has tenido sexo sin protección?
Se ríe por lo absurdo de la pregunta.