La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 11 Grietas en el techo
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11 Grietas en el techo

Grietas en el techo

Octubre, Londres, Inglaterra

Fabio

Setenta y dos horas después de nuestro fogoso encontronazo en la oficina —sí, las he contado—, por fin llega el viernes.

No quiero que Ivan se dé cuenta de que estoy histérico, pero no he parado de cagarla en el trabajo.

Primero he enviado una propuesta definitiva a un cliente sin el archivo adjunto, y después, he llamado Bliss en una reunión a una marca que compite directamente con ellos y nadie me ha corregido.

En este país son tan educados que han preferido seguir como si nada mientras Karen me asesinaba con la mirada e Ivan se partía de risa en silencio.

Hablamos poco y siempre a escondidas. Ayer, por ejemplo, coincidimos en los lavabos.

Fue un magreo rápido tras una reunión con el departamento de Diseño que nos dejó a todos con ganas de cometer un crimen.

De nuevo, nos quedamos a medias cuando alguien entró a mear y tuvimos que fingir que discutíamos los resultados de una campaña.

Terminé complaciéndome a puerta cerrada, imaginando que era él quien me aliviaba, y volví a casa con un dolor de huevos considerable.

Pero hoy es viernes, y los viernes molan; sobre todo, si tienes una cita con un empotrador ruso de metro noventa.

Mi piso está recogido, he preparado aperitivos y me he puesto mis mejores galas, el conjunto que nunca me ha fallado con hombres de los que ahora mismo no recuerdo ni el apellido: camisa negra remangada y pantalones beis. Su éxito ha sido testado en los bares más exigentes del Soho.

Lo único que no encaja en esta fantasía que me he montado en mi cabeza es Ivan. Hoy está más frío de lo habitual, que ya es decir… No es que me moleste; este juego de indiferencia me da hasta morbo, pero a veces agradecería un poquito más de efusividad por su parte.

A las cinco en punto salgo disparado y le espero a la salida, pero él me mira como si no me conociera. «¿Qué cojones…?».

—¿Todo bien, Fabio?

—Eh, sí… claro. Sigue en pie lo de esta tarde…, ¿verdad?

Mira a ambos lados y me hace un gesto para que baje la voz.

—Aquí no. Mándame tu dirección por Teams e iré cuando pueda.

Frunzo el ceño, intentando no dar fuerza a mi lado más paranoico.

—¿No puedo escribirte por WhatsApp, como la gente normal que no tiene miedo de que el MI6 le pinche la línea?

—Sí, sí… Claro. Como quieras. Te veo luego.

Me doy la vuelta y camino hacia el metro, aún rayándome con la escena.

Odio darle la razón a mi amiga, pero algo no me encaja.

Le mando un wasap con mi dirección. El relojito de marras sigue ahí, retándome a hacerme preguntas que no quiero cuestionarme.

Porque como me las haga… mando a tomar por culo la cita.

«No estáis juntos», me recuerda mi subconsciente. «Ivan no te debe explicaciones y tú no vas a pedírselas».

Joder, ¿de verdad voy a pasarlo por alto así, sin más?

¡Ni de coña! Comerme la cabeza no es solo un rasgo de mi personalidad, es mi deporte favorito.

Me sirvo una copa de vino para intentar que mis niveles de cortisol no perforen el techo mientras espero a que el congelador ruso se digne a dar señales de vida. La copa, como era de esperar, se convierte en dos, y el bloque de hielo sigue sin aparecer.

Me acerco a la ventana y escaneo la calle con impaciencia. Miro el móvil. Ni un puto mensaje.

Es fascinante cómo puedes tener mil cosas pendientes por hacer que, como estés esperando algo importante, prefieres perder el tiempo regodeándote en tus miserias que hacer ninguna de ellas.

Ojeo la pantalla del móvil. Nada.

Otra vez. De nuevo nada.

Pongo un capítulo de Cortar por la línea de puntos.

Va de un italiano que no calla ni debajo del agua mientras repasa sus traumas, acompañado por un armadillo imaginario que le suelta verdades como puños.

Ansiedad, autoanálisis y humor negro. Podría ser la biografía de mi vida si el protagonista fuera gay, vistiera mejor y el armadillo tuviera la cara de Patri.

De pronto, el teléfono suena.

Pego un bote creyendo que es Ivan con una maravillosa excusa, como que se ha quedado atrapado en un ascensor —aunque viva en un bajo—.

O tal vez me llame desde Urgencias para decirme que le ha arrollado un autobús de dos plantas y que sus últimas palabras han sido mi número de telefóno.

Tal vez haya salvado a un orfanato de gatitos de un incendio.

Alguna razón heroica para llegar dos puñeteras horas tarde debe de tener, ¿no?

Pero no. Es Patri. Y dudo un instante antes de responder porque no me apetece otra charlita sobre relaciones tóxicas y red flags.

—Sé que tienes una cita —dice nada más descolgar—, pero quería disculparme y desearte suerte.

—¿Es cosa de David? —Su dulzura repentina huele a chamusquina.

—No, mi rey. Es cosa mía. Odio discutir contigo.

—Pero…

—No hay peros. Sigo pensando que ese tipo te va a hacer daño, pero te apoyaré en lo que decidas. Y le aceptaré… hasta que te estampes. Entonces estaré allí con la escoba y el pegamento para recoger los trocitos de Fabio.

Pongo los ojos en blanco y hago ese gesto dramático que siempre consigue sacarle una sonrisa.

—Cada vez te disculpas peor, Patricia.

—Eso dice David… ¿No deberías estar ahora mismo con tu ligue en lugar de hablando conmigo?

Lo medito antes de soltar la bomba. Es mi mejor amiga y no pienso ocultarle cosas.

—Llega tarde. O no llega… O yo qué sé.

Sé de sobra que se está mordiendo la lengua para no decir lo que piensa. Noto cómo se le hincha la cabeza al otro lado de la línea, como a la Reina de Corazones de Tim Burton cuando está a punto de ordenar una decapitación.

—¡Que le den, Fabs! —«¿Qué decía yo?»—. Nadie merece más de quince minutos de cortesía sin una buena razón.

—Tiene una buena razón, lo presiento.

—Sí, que es gilipollas. Es una razón maravillosa. —Pausa estratégica en la que no digo absolutamente nada—. ¿Quieres venir a casa? Vamos a pedir pizza y ver un tostón de peli. Una de esas de dibujitos para niños que tanto le obsesionan a David.

—¡Es Studio Ghibli! —ruge él desde el fondo del salón—. ¿Cómo puedes hablar así de El viaje de Chihiro? ¡Es un clásico!

—Es un muermo —replica Patri, fingiendo un bostezo—. No veo dibujitos desde que tenía cuatro años.

—Y por eso tenemos que solucionarlo ahora, mi niña —insiste él—. Además, no son dibujitos, ¡es animación para adultos! Tiene un significado profundo. Un mensaje. Como… leer El Principito.

—Sabes que no me van las historias de príncipes y princesas.

Sé que le está provocando. Patri se ha leído El Principito por recomendación de Sofía, aunque no logró empatizar con un niño que vive en un asteroide.

—Fabio, rescátame. Me tiene frita con las películas Disney. Podría ordenarte las princesas por orden alfabético o tipo de animal que las ayuda. Debería meter esto como cláusula de divorcio. Es tortura psicológica.

No puedo evitar reírme. David y Patri son tan opuestos que a veces me pregunto cómo demonios no se lanzan cuchillos a diario. Pero lo cierto es que están locamente enamorados.

Y justo en ese momento suena el timbre.

—Tengo que colgar —anuncio, mirando la puerta con resignación.

—Suerte —desea Patri—. Y recuerda lo mucho que vales. No te rebajes por un par de pectorales y un buen rabo.

Cuelgo. Me quedo plantado en mitad del salón, a un paso de mandar a la mierda las velas de vainilla y los aperitivos que están más secos que la mojama.

Estoy cabreado, muerto de hambre y decepcionado. Y esas dos copas de vino con el estómago cerrado han sido letales.

Abro la puerta, me cruzo de brazos en busca de una explicación, la disculpa que merezco, no sé… ¡algo! Pero en cuanto lo veo ahí plantado, todo el discurso ensayado en mi cabeza se evapora al instante.

Ivan no espera a que le invite a pasar. Me enmarca el rostro con las manos y me empuja hacia el interior con agresividad.

Parece que hoy tampoco vamos a hablar de lo nuestro, y diría que la cena va a quedarse tan gélida como sus modales, pero ¿a quién demonios le importa cuando te besan así?

Adiós dignidad.

Adiós coherencia.

Adiós plan de hacerme el difícil.

Hola erección.

Al menos, aún me acuerdo de mi nombre. Algo es algo.

Confieso que soy de esos tipos que prefieren el ritual previo al acto en sí. Me encanta esa coreografía de botones y cremalleras en la que dos amantes se desnudan el uno al otro, deseando tocarse, amarse, fundirse en un solo ser.

Pero Ivan ha decidido que hoy no tenemos tiempo para cortejarnos. Se quita la ropa con prisas y yo imito sus gestos con miedo de quedarme atrás. Pero me sabe a poco. Necesito…, no sé, otra cosa. Hubiera agradecido un par de besos y unas caricias antes de pasar a la acción.

El pensamiento se esfuma tan pronto veo el cuerpazo que tiene.

Hay algo obsceno y casi violento en la manera en la que nos buscamos, ese tipo de pasión que resulta intoxicante, adictiva.

Una sensación que no termina de convencerme y que he decidido no cuestionar para no quedarme sin el polvo que tanto necesito, pero que empieza a rondarme la mente.

«Aléjate de él».

Lo ignoro de nuevo y me centro en disfrutar, pero me cuesta entregarme al placer cuando todo resulta tan dominante y agresivo. La línea entre el deseo y el peligro es demasiado fina y sospecho que hace rato que la hemos cruzado.

Con todos mis amantes siempre ha habido una conversación previa sobre roles y límites. Hay cosas que vas intuyendo desde la primera mirada, pero siempre está bien dejar claro quién adopta qué postura en la cama y hasta dónde estás dispuesto a llegar.

Pero con Ivan no hay nada de eso. Él se ha autodenominado el macho alfa y ha marcado el ritmo sin consultarme. Y, aunque el morbo me esté nublando el sentido común, aún me queda el suficiente para sentir que todo va demasiado rápido, demasiado intenso, demasiado… sin mi permiso.