La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 10 La Playa #2
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10 La Playa #2

Me presenta al equipo y me explica lo básico: dónde va cada cosa, qué no tocar sin preguntar, qué clientes conviene vigilar cuando beben demasiado…

Tengo cuatro compañeros que no dudan en presentarse con una etiqueta sexual, dejando las cosas claras desde el principio. Jota es no binario, Volkan homosexual y hay una pareja pansexual que se hacen llamar Selva y Ron.

Todos son jóvenes, menores de treinta, y muy extrovertidos.

En cuanto a Volkan… Bueno, él me supone una distracción a la que no quiero enfrentarme con los exámenes a la vuelta de la esquina.

Moreno, ojos negros, rasgos marcados. Creo que ha dicho que es turco.

No sé qué me pasa con los hombres mediterráneos que me hacen perder el sentido común y, con ese nombre, sospecho que todo en él es puro fuego.

Lleva un bañador azul marino con flores tropicales rosas y el cuerpo recubierto de alguna sustancia aceitosa con reflejos dorados que hace que no pueda apartar los ojos de él.

Nos miramos un instante, el tiempo suficiente para saber que yo también he pasado su prueba a juzgar por la sonrisa traviesa que le curva los labios.

Josh aplaude para llamar nuestra atención.

—¿Estamos listos? Recordad que este fin de semana estamos en Grecia.

Las puertas de La Playa se abren y la noche entra como una ola imposible de contener. El Soho no tarda en hervir. Cuerpos sudados, música alta, lujuria, desenfreno, risas y demasiada piel a la vista para tratarse de octubre. Sobre todo, se respiran ganas de olvidarse de la semana que dejamos atrás.

Yo me coloco detrás de la barra y empiezo a servir copas.

Mojitos, negronis, margaritas, algo azul con espuma y nombre ridículo…

He servido tres cócteles al mismo cliente en los últimos cuarenta minutos y su cara parece diferente cada vez que vuelve.

La sonrisa se le ha ido torciendo poco a poco.

Lo he visto ir dos veces al lavabo y la última ha salido tambaleándose y tocándose la nariz.

Sospecho que en este bar es algo habitual.

Selva y Jota se suben a la barra al ritmo de Born this Way de Lady Gaga. No bailan bien, pero se mueven con entusiasmo, que es más de lo que puede decirse de mí.

Pero el que de verdad se come la noche es Volkan, quien lo da todo al ritmo de Lady Marmalade, con unos movimientos de pelvis tan eróticos que parece que se estuviera follando la barra. Resulta hipnótico. Lo que daría por estar debajo de su cuerpo ahora mismo…

Intento centrarme en otra cosa y que no se me note demasiado impresionado, pero fallo estrepitosamente. Alguien me chasca los dedos en dos ocasiones para que atienda. En mi defensa diré que es imposible memorizar los nombres de esas bebidas sin sufrir un cortocircuito neuronal.

Alguien derrama un cóctel, está demasiado borracho para que pagar dieciocho libras por un vaso de hielo de colores le suponga un drama.

Mientras limpio la barra por enésima vez, pienso en lo feliz que era atendiendo a los clientes de aquel bed and breakfast de la costa. Gente sencilla —surfistas en su mayoría—, salitre y café fuerte por la mañana. No necesito nada más. En cambio, esto…

—Guapo, ¿me pones otro?

Mis ojos se topan con alguien con barba poblada, pestañas infinitas, maquillaje perfecto y una camisa que parece sacada del armario de una princesa Disney.

—¿Seguro? —pregunto con una sonrisa ladeada—. Creo que ya llevas unos cuantos.

—La vida es corta, cariño.

—Eso dicen todos antes de vomitar en el baño —respondo, riendo.

También me sonríe. Es agradable, pero no es la clase de persona con la que me verían al acabar la noche.

Volkan, en cambio…

«No, idea nefasta. Exámenes. Mi tiempo libre ahora mismo está comprometido con el curso y con Simon. Ya tendré tiempo en junio de conocer gente y divertirme, si es que apruebo».

Como si lo hubiera invocado, mi compañero aparece a mi lado y me mira coqueto.

Por desgracia, él sí es mi tipo, y llevo toda la noche mirando para otro lado cada vez que me dedica esa sonrisa que eclipsa todas las luces del bar.

Se apoya a mi lado, hombro con hombro. Ese leve roce es suficiente para mandar corrientes a mi sistema.

¿Cuánto hace que no…? Mucho. Demasiado.

—Primer turno y sigues vivo —bromea, sacándome de mis pensamientos—. No está mal.

—Dame un par de horas para salir corriendo. He visto demasiadas cosas que no necesitaba ver.

—Bienvenido a La Playa. La gente cree que solo servimos las copas. Deberían convalidarnos las horas en este lugar con un máster en psicología.

Me quedo mirando su torso desnudo, que resplandece con purpurina bajo las luces del local.

—¿Puedo preguntarte qué te has echado en la piel?

—Oh, ¿esto? —Volkan se señala el pecho. Tiene un piercing en el pezón que me está incitando a morderlo—. Ven conmigo, te voy a enseñar un par de truquitos para sobrevivir en este sitio.

Su propuesta suena más tentadora de lo que posiblemente es.

Le sigo hasta el almacén. El ruido del bar queda amortiguado al cerrar la puerta. Abre un cajón y me muestra lo que solo puedo describir como el cofre del tesoro de una drag queen: maquillajes, pelucas, purpurinas, tangas con brillantes, bermudas de repuesto…

Empieza a revisar los botes de aceite corporal hasta que saca uno con una etiqueta azul.

—Este te irá bien. Tienes la piel fría, así que te pegan unos reflejos azulados o violáceos. —Nuestras miradas se encuentran en el aire—. ¿Puedo…?

Asiento, tragando saliva. Volkan se acerca despacio y empieza a untarme el pecho con el ungüento. Huele dulzón y me deja la piel algo pegajosa, con un destello azulado que atrapa la luz.

Mis pezones se erizan contra mi voluntad, al igual que otras partes de mi anatomía que también han decidido ir por libre…

Debería pararlo, lo sé, pero no quiero ser grosero.

Y tampoco quiero que pare. Sus manos parecen entenderse bien con mi piel, y hace demasiado tiempo que nadie me toca de este modo.

Sus manos se detienen en el límite que marcan mis bermudas, suficiente para estremecerme.

—¿Siempre eres tan reservado o es solo conmigo? —pregunta.

—Es una política de supervivencia en los ambientes nuevos.

—¿Y te funciona?

Me encojo de hombros.

—Supongo que sí. Me ha mantenido lejos de problemas.

—Y seguro que también te ha mantenido lejos de la diversión.

Mi corazón se salta un latido, reaccionando a su provocación. Volkan sigue diseccionándome con la mirada y yo no sé muy bien qué decir. La realidad es que soy demasiado tranquilo y responsable para los tipos como él, un muermo.

—No busco nada ahora mismo —aclaro con sinceridad—. Acabo de llegar y aún estoy habituándome al ritmo de la ciudad.

—No te he ofrecido nada, chico. Solo estaba… observándote.

—¿Y qué estás viendo?

—Pues veo… a alguien que lleva tiempo sin dejar que nadie se arrime demasiado —susurra, demasiado cerca de mis labios.

No respondo, porque ha dado en el centro de la diana, pero no puedo evitar tensarme cuando siento que está a punto de acortar las distancias.

Una parte de mí me grita que me deje llevar, sentir los labios de Volkan sobre los míos —o donde sea— es justo lo que necesito.

Otra parte me recuerda que nunca me ha ido bien con esta clase de hombres; que siempre acabo sufriendo cuando me pierdo en amores de barra de los que siempre espero más.

—No te preocupes. No muerdo si no me invitan —susurra.

—Eso no es tranquilizador.

Me dedica una sonrisa traviesa y, por un momento, siento que se está burlando de mí.

—Tranquilo, tío. En La Playa todo va muy rápido, pero… también se puede ir despacio… si quieres.

Sus palabras consiguen removerme algo. Tal vez esté empezando a recomponerme tras el último fracaso.

Volkan me guiña un ojo y se larga a la barra. Yo me quedo ahí pensando en su oferta y en todas las posibles consecuencias de aceptarla.