La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 9 Carpe… masoquismo #2
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9 Carpe… masoquismo #2

Vuelvo a levantarme, decidido a conquistar la barra sin morir en el intento. Patri continúa con la lección sin perder la sonrisa, hablándole a la cámara como si no tuviera delante a dos hombres medio desnudos dejándose la piel.

—Recordad: espalda activa, abdomen fuerte y mente en blanco. Si pensáis demasiado, os caéis.

—Fantástico —murmuro con sarcasmo—. Justo lo que mejor se me da a mí: poner la mente en blanco. Creo que he encontrado mi deporte.

El resto de la tarde es un bucle infinito: lo intento, resbalo, me caigo, vuelvo a intentarlo… Patri se ha declarado mi animadora oficial tras descalificar a su novio.

Contra todo pronóstico, consigo elevarme en la barra después de doscientos intentos. Nada espectacular ni de lo que pueda fardar demasiado, pero el tiempo suficiente como para que mis pies abandonen el suelo y mi orgullo no se resienta aún más.

—¡Sí! —exclamo, soltando la barra y aterrizando en el suelo con torpeza—. Estoy a puntito de tachar algo más de mi lista.

Patri me mira con una ceja arqueada.

—Ni de coña.

—¿Cómo que ni de coña?

—No estás ni cerca del aprobado. Te falta fuerza, control y, sobre todo, dejar de celebrar como si hubieras ganado Eurovisión, mi rey. Solo has durado cinco segundos en la barra. Aquí se trabaja duro, así que mueve el culo y vuelve a subirte hasta que consigas hacer un par de figuras completas.

Bendita la hora en que pensé que mi amiga mostraría un mínimo de compasión conmigo.

—Esto no es baile, esto es tortura medieval con barra cromada. ¿Tú sabes la cantidad de ampollas que me van a salir mañana?

—Te doy diez segundos para volver a esa barra. Diez, nueve, ocho…

—Lo de poner en tu LinkedIn que eres instructora de zumba es porque estás zumbada, ¿verdad? —resoplo.

—Cariño, si esto fuera una de mis clases de zumba, tú ya estarías muerto.

No pienso volver a una de las clases de baile de Patri ni aunque me pague la suscripción de por vida al gimnasio. Mañana me van a doler hasta las pestañas, y presiento que mis agujetas van a tener sus propias agujetas.

Al menos, la recompensa mitiga el drama: montañas de dumplings, pollo kung pao y té con hielo en un tugurio minúsculo de Chinatown que huele a gloria bendita.

Mientras David examina la carta en busca de algo más que llevarse a la boca —este tío tiene un agujero negro en el estómago—, Patri revisa los vídeos en mi móvil y se ríe con saña de mi ridículo.

—Mira tu cara aquí, mi rey. Parece que estás haciendo esfuerzos sobrehumanos por no mearte encima —suelta señalando la pantalla.

—Es mi cara de concentración. No te burles.

—¿Esa es la cara que pones cuando trabajas? Con razón nunca ligas en la oficina, Fabs. Asustas al personal.

Sé que me está tirando de la lengua, pero hoy no pico el anzuelo.

—La razón por la que no ligo en la oficina, mi reina, es porque soy fiel al dicho de que donde tienes la olla…

—Será el único lugar donde no la metes —interviene David sin levantar la mirada del menú.

—En esta pose pareces un flamenco herido, todo digno sobre una patita —continúa Patri, partiéndose de risa—. ¿En serio vas a subir esto a tu canal?

Me inclino para mirar la pantalla, horrorizado.

—Cierto. Ese ángulo me hace un flaco favor.

—Si el problema fuera solo el ángulo… En fin, supongo que será todo un éxito. Internet ama la honestidad y el sufrimiento ajeno.

—Hoy estás que te sales, ¿eh? —protesto, tirándole una corteza de gamba.

—Mañana os dolerá todo —anuncia maliciosa—. Pero lo vais a volver a hacer.

—Habla por ti, bruja. Yo mañana solo voy a mover los dedos para crear contenido.

—Tenemos que grabar la coreografía del ganador —insiste ella.

—Y, por suerte, ese no seré yo. No tengo nada que hacer contra tu prometido y su ritmo canario.

—Pues yo creo que a la gente le va a encantar verte hacer el ridículo con tanto salero —sigue mi amiga, imparable—. Además, ha quedado claro que David es un tramposo, así que todos van a votarte por pena. El voto de la lástima siempre es el más fiel.

—No lo estás arreglando, Patri. De verdad.

—Deberías meterle un filtrito de esos con brillantitos a tus bóxers en el montaje, que así queda más glamuroso. Un poco de purpurina en la entrepierna y voilà, magia.

Estoy a punto de replicarle que no soy un maldito árbol de Navidad de Harrods para que me aderece con luces, cuando Patri tuerce el gesto. Es apenas un microsegundo, lo suficiente para percibir el cambio en su expresión.

—¿Qué pasa ahora?

—Te acaba de llegar un mensaje. Te juro que no quería leerlo, pero ha salido la previsualización en la pantalla y… —Sé por experiencia que las pausas dramáticas de mi amiga son el preludio de un interrogatorio de la Gestapo—. Creo que usted tiene algo que contarme, caballero.

Me enseña el móvil con una actitud tan acusadora que casi espero que saque unas esposas.

Al ver el remitente, siento que el aire se espesa entre el olor a jengibre y soja.

Mis músculos se tensan recordando las escenas tan poco corporativas que han ocurrido con el dueño de ese mensaje.

Siento un brillo delatador en los ojos que, por supuesto, no escapa al escáner de Patri.

—¿Puedo? —pregunta ella, aunque ya tiene el pulgar sobre la pantalla.

—No —respondo tarde, con la voz un octavo más aguda de lo normal.

Sé que lo va a leer igual. Patri odia a Ivan; no lo conoce, pero en su cabeza ya le ha dibujado un traje de villano de James Bond con planes nefastos para mi corazón. Pero esta vez es diferente.

Ivan es diferente a los otros.

—«Estoy contando las horas para el viernes. Lo de hoy va a parecer un juego de niños. Aún tengo tu sabor en mi lengua y… me gusta demasiado» —lee en voz alta.

Patri levanta la ceja de juzgar y David deja de pensar en comida para dedicarme toda su atención.

A ver, no es que yo sea la encarnación del pudor, pero no creo que un restaurante de la zona más turística del planeta sea el escenario ideal para relatar cómo Ivan terminó con las rodillas en la moqueta de la sala de reuniones.

—¿Me lo explicas —continúa ella— o prefieres que se lo pregunte a él, mi rey? Porque te aviso de que puedo responderle algo muy ingenioso. Nunca he hecho sexting con un gay, y ya sabes que me encanta probar cositas nuevas.

—¡Ni se te ocurra! —Le quito el teléfono de las manos—. Está bien, hay algo que… Puede que haya pasado algo.

—¿No me digas? Dispara.

—La cosa es que estábamos preparando una campaña para la revista, y ya sabéis que nos llevamos a matar…

—Lo sabemos. ¿Te lo has tirado? —quiere saber David.

—¡Pues claro que se lo ha tirado! —sentencia Patri sin esperar mi confirmación—. Conozco demasiado bien esa expresión. El verdadero problema viene cuando conozcamos la cara B del disco. La que todavía no se atreve a pinchar.

—No os he contado ni la cara B ni la A porque no me estáis dejando pasar del prólogo.

—Perdón, sigue. Sáltate la parte pornográfica y ve directamente a la cara B, que es donde está lo que no nos va a gustar —pide ella.

—No hay cara B.

—Contigo siempre hay cara B, mi rey. Te encanta coleccionar baladas trágicas que nadie más quiere escuchar.

—Si no quieres escucharlas, no te las canto y nos comemos el arroz en silencio —suelto, torciendo el morro con el orgullo herido.

—El problema no es que no quiera oírla, es que no me gusta la letra.

—¿Podríais dejaros de metáforas discográficas e ir al grano? —pide David, exasperado—. Nos hemos quedado en que Fabio se ha tirado al ruso.

—A ver… ¡no! Yo no he dicho eso. ¡Si es que no me dejáis hablar! —me defiendo—. Solo nos hemos… No pudimos concluir en la oficina por razones logísticas obvias.

—¿Lo hicisteis en… la oficina? —David sonríe—. Como os pille Karen…

—Es que me pone muchísimo. Es superior a mis fuerzas.

Patri pone los ojos en blanco, buscando ayuda en el techo del restaurante.

—Ya era hora de que reconocieras que el odio era puro preámbulo erótico.

Cojo aire de nuevo, esta vez más hondo, y se lo cuento todo. David escucha en silencio, atento, sin interrumpir. Patri… Patri no puede tener el pico cerrado.

Intento convencerles de que Ivan es fascinante.

De que tenían razón al decirme que mi problema con él era una pura guerra de egos.

Que desde el primer día le puse la cruz porque le hice pagar de forma injusta por el vacío que dejó Sofía.

Me sentí amenazado porque, aunque su cabeza sea un bloque de hielo siberiano y la mía un carnaval en Río, somos igual de buenos.

Igual de competitivos. Y me descoloca encontrar a alguien que puede ser incluso mejor que yo.

—Estoy viviendo mi propio enemies to lovers de oficina —concluyo, intentando darle un aire romántico—. Nos enrollamos, la electricidad nos quemó las pestañas, y entonces… Puf. Desapareció. Si te he visto, no me acuerdo.

David ladea la cabeza, siempre prudente.

—Igual solo intenta ser profesional.

Patri no dice nada. Mastica un dumpling. Bebe agua. Me observa. Ese silencio suyo no augura nada bueno.