9 Carpe… masoquismo
Carpe… masoquismo
Septiembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Llego a La Sirenita Bailonga y, por un momento, el ruido de mis pensamientos se diluye.
A este lugar le costó meses de trabajo, miedo y valentía salir adelante, y todavía me resulta difícil reconciliar a la empresaria segura de sí misma que tengo delante con la adolescente rota que conocí hace años, la que parecía no saber por dónde empezar a recomponerse.
El estudio de baile es un reflejo perfecto de la personalidad de Patri, pero también tiene mucho de David. Hay salas de inspiración japonesa y otras que estallan en color, ritmo y energía, tan colombianas como la eterna sonrisa de mi amiga.
Y hablando de ella, hay cosas que ni el amor de tu vida pueden cambiar, como su afición por llevar esas prendas que serían completamente inapropiadas en otra persona, pero que ella luce como nadie.
Su vestido de baile es tan corto, tan ajustado y transparente en ciertas zonas, que no sé ni dónde mirar sin que resulte un delito. Si no la quisiera como a una hermana, creo que se me habría olvidado que soy homosexual de repente.
David entra justo detrás de mí y sufre un microinfarto mientras la disecciona en silencio.
—¿Eso es lo que vas a ponerte para grabar el vídeo?
—¿Algún problema, arquitecto? —le desafía ella.
—Que no sé si voy a poder concentrarme, ¿te parece poco? Te estoy viendo las bragas y se me están ocurriendo… cosas. Cosas malas.
Ella sonríe maliciosa y, sin pestañear, suelta:
—Eso tiene fácil arreglo…
Antes de que yo pueda procesar su coqueteo, Patri se las quita con un gesto tan estudiado que no enseña nada de nada… y se las lanza a su novio la cara.
Genial, definitivamente yo no debería estar presenciando esto.
Entiendo que están en plena efervescencia romántica preboda, pero podrían pensar un poco en los que atravesamos una sequía emocional severa. Aunque espero que no dure demasiado tiempo… Solo quedan tres días para el viernes.
Tres. Malditos. Días.
—Fabs —susurra David, en tono juguetón—, vete a tomar un café y déjanos diez minutos a solas, que tengo que hablar de algo muy serio con mi novia.
—¿Diez minutos? —replica Patri—. Para diez minutos ni me bajo las bragas, chaval.
—Me temo que ya lo has hecho, Sirenita.
—¿Os podríais cortar un poco delante de los pobres? —Carraspeo, intentando borrar la tensión sexual del ambiente. Sin éxito.
Patri se sube el vestido y… no quiero mirar. He visto mujeres desnudas antes, incluso me he acostado con ellas por diferentes razones que ahora no vienen al caso, pero Patri es familia. No puedo ver ciertas partes de su anatomía sin que me resulte violento.
Pronto, David y yo descubrimos que el dramatismo es puro teatro cuando ella rompe a reír por el apuro que tenemos los dos.
—Es un vestido de baile, idiotas —informa, señalando el culote integrado bajo la falda—. Puedo moverme con libertad y sin enseñar nada. Solo quería ver cómo reaccionabais.
—A mí me has dejado muerto en el acto —reconoce su prometido.
—Y a mí me habéis hecho sentir que sobro. ¿Podemos empezar la clase antes de que os pongáis a magrearos como animales? —ruego.
—Venid, anda. Vamos a la sala latina.
Nos guía hasta una estancia bañada en luces cálidas y espejos infinitos.
Mientras David ayuda a colocar las barras de pole dance yo ajusto los focos y monto el trípode con estabilizador.
Me niego a crear contenido poniendo el móvil en cualquier parte; con el tiempo y la experiencia, me estoy volviendo un profesional.
—Vale —comienza Patri mirándonos de arriba abajo—. Lo primero: fuera ropa. Os quedáis en calzoncillos, y no es discutible.
David y yo nos miramos con cara de póker. Soy yo quien rompe el silencio:
—¿Y nadie pensó en mencionarlo antes? Porque yo he venido mentalizado para sudar, no para regalarles un striptease a mis seguidores.
—Ni que fuera la primera vez… —se burla ella—. Tenéis que quitaros la ropa, lo siento, es cuestión de física básica. Por eso yo me he puesto este desvestido.
—Claro, la famosa física en ropa interior… —murmura David, sin tenerlo claro.
Patri suspira, paciente.
—Para bailar pole la fricción es clave. Cuanto más contacto tengáis con la barra, más control.
La piel se adhiere mejor que la tela, con lo que, si lleváis ropa, os resbaláis.
Si os resbaláis, os caéis. Y si os caéis, yo me río, me río mucho, pero no aprendéis nada y hacéis el ridículo en el canal de Fabs. ¿Os he convencido?
David y yo asumimos que nos va a tocar bailar medio en pelotas. Ahora entiendo el modelito que se ha puesto mi amiga…
Mientras nos despelotamos delante de la cámara —ya veré luego qué hago con este material—, se hace un silencio incómodo.
La razón por la que no quiero salir en calzoncillos no es el pudor, no sería la primera vez que mis amigos me ven en pelotas, sino que toda mi ropa interior es del mismo color y algún idiota extendió el rumor de que Fabio Vitale no se cambiaba los gayumbos.
Lo hago, lo juro. Varias veces al día, incluso. Pero tengo un fetiche con la ropa interior negra. Me hace sentir sexy y poderoso. Todos tenemos taras inconfesables y esta es la mía.
No puedo contener la risa cuando veo los bóxers de David a medio camino entre la provocación y el ridículo, pero sé que esta pequeña broma privada llenará el canal de comentarios.
Mientras haya interacción, me da igual quién sea la razón para ello, mi ego no es tan grande como la gente cree.
Son azules y en la bragueta hay un rascacielos dibujado con una frase que me obliga a parpadear dos veces.
—Yo soy el arquitecto, pero estas son las torres que construye mi novia —leo en voz alta—. No puedo competir con eso.
—Y mucho menos si llevas los mismos calzoncillos de siempre. —Patri confirma mis temores.
—En mi defensa diré que son nuevos.
—Tal vez, pero son idénticos a todos los que hay en tu cajón, excepto por la marca que se lee en el elástico. Los colores no dan alergia, ¿sabes? Deberías probarlos.
—Pero los colores no son tan seductores como el negro.
Les lanza una rápida mirada a los calzoncillos de su novio y sonríe maliciosa.
—Mira que discrepo…
—¿Podríais dejar las bromitas sexuales para cuando no esté delante? Empezáis a darme grima —reconozco—. Bueno, ¿qué? ¿Estamos listos para empezar?
Patri coge aire, se coloca bien las tetas dentro del diminuto vestido, el cabello y sonríe a cámara como toda una profesional.
Le hago una señal con la mano para indicar que empezamos, más simbólica que otra cosa, pues hace rato que estoy grabándolo todo.
Nunca sabes cuándo puede ocurrir una buena toma falsa.
—Bienvenidos a La vida me pervierte. Soy Patricia Allende, propietaria del salón La Sirenita Bailonga, en Covent Garden.
Y estoy aquí con el arquitecto David B. Schulz y con el influencer Fabio Vitale, que muy amablemente me ha invitado a su canal para tachar algo más de su lista de deseos. ¿Queréis saber de qué se trata?
Se gira hacia mí, teatral, y David y yo saludamos con la mano, ambos muy estirados y dignos en nuestros respectivos gayumbos.
—Fabio tenía muchas ganas de aprender pole dance y está convencido de que con ese cuerpazo que tiene —me señala de arriba abajo— es suficiente para sobrevivir a una coreografía de nivel medio. El pobre no sabe lo que le espera.
—Confirmo que me veo capacitado. Hoy tengo la autoestima por las nubes.
—Así que le he retado —continúa Patri— a que sobreviva a una jornada intensiva. ¿Venís conmigo?
—Te voy a contratar de secretaria —bromeo.
Ella se ríe y, sin más preámbulos, se sube a la barra.
Lo que hace después parece sencillo. Gira, se eleva, se sostiene con una facilidad insultante.
Intento averiguar el secreto y llego a la conclusión de que detrás de su coreografía hay una combinación de fuerza, técnica y control.
Mucho control. Son años de experiencia dedicándose a lo que le apasiona.
Después de dejarnos a David y a mí mirándola como si fuera una diosa, baja al suelo con un gesto armonioso y sensual.
—Y esto es lo que vamos a trabajar hoy. Dejad en comentarios quién de los dos bailarines lo hace mejor y haremos un recuento de puntos. El ganador os deleitará con una coreografía exclusiva en el canal la semana que viene.
—Nadie había mencionado eso tampoco —suelto con ironía.
Menos mal que hace tiempo que perdí el sentido del ridículo, porque preveo que la hostia de hoy va a ser épica.
—Y recordad: no intentéis hacer esto en casa ni sin supervisión de un experto —ruega ella.
David y yo adoptamos una actitud chulesca automática. Error de novatos. Los dos estamos en forma, somos fuertes, musculosos, acostumbrados a trabajar nuestro cuerpo en jornadas interminables de pesas y cardio. Pero el pole no va de eso.
A los cinco minutos de clase, Patri se desternilla de risa.
A los diez, yo beso el suelo y me quejo de las múltiples quemaduras que la barra me ha hecho en el cuerpo.
A los quince, David sigue intentándolo… con demasiada soltura.
Le miro entre jadeos, consciente de que se me escapa algo. Idiota de mí, no sé por qué pensé que estábamos en igualdad de condiciones. Incluso pensé que él podría estar en cierta desventaja debido a las secuelas que le dejó su accidente, pero no: el tío lo está bordando.
—Confiesa: no es tu primera vez.
David me dedica esa sonrisa culpable que tan bien queda en su rostro.
—Lo confieso: no lo es.
—¡Aquí hay tongo! —exclamo, acusándole con el dedo y mirando a cámara—. Si alguien ha votado por él en comentarios, ya estáis empezando a rectificar. Yo creo que deberíamos restarle puntos por tramposo, ¿cómo lo veis?
—Hay que ver qué mal perder tienes —se carcajea él—. Reconozco que ya había tenido algunas clasecitas privadas antes con la profe.
—Y apuesto a que no quiero saber qué hacéis en estas barras cuando el salón cierra.
—No, no quieres saberlo…
Pongo los ojos en blanco. De verdad que los adoro, pero empiezan a agotarme.