La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 8 Un juego peligroso
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8 Un juego peligroso

Un juego peligroso

Septiembre, Londres, Inglaterra

Fabio

Tras cinco días de guerra fría, Ivan decide romper el silencio.

Cinco días que, en impaciencia fabiana, equivalen más o menos a una eternidad y media.

Ivan Petrov: Ven a la sala de reuniones.

El mensaje llega por Teams. Frío. Aséptico.

Ni un saludo o un emoji que me permita fingir que esto es una interacción humana y no una notificación del sistema.

No sé qué tripa se le ha roto, pero decido seguirle el juego mientras noto cómo los nervios empiezan a instalarse bajo mi piel.

Esta vez los muy cabritos se han traído maletas y todo, dispuestos a quedarse para siempre.

Anoche soñé que volvíamos a enrollarnos.

Culpé al vino, aunque lo cierto es que solo me tomé una copa.

Y esa copa fue suficiente para que mi cerebro montara una película romántico-erótica sin censura.

Me desperté acalorado, confundido y con la necesidad urgente de meter las manos dentro del pijama para solucionar un problema que, objetivamente, no tendría ni por qué existir.

Estoy empezando a cansarme de esta atracción insana en horario de oficina. Ojalá no hubiéramos complicado así las cosas…

Porque ahora necesito más.

No me conformo con un recuerdo oxidado al que dar vueltas como una camiseta olvidada en una lavadora.

Me obsesiona la idea de sentirle piel con piel, sin las limitaciones ridículas que nos imponen estas paredes.

Necesito verle sin reuniones ni excusas.

Darle rienda suelta a lo nuestro —sea lo que sea lo nuestro—. ¿Acaso pido tanto?

No debería pensar en ello y, sin embargo, no pienso en otra cosa.

Hace unos años igual me hubiera sentido mejor después de una noche con las chicas en la que me hubieran hecho ver las cosas desde otro ángulo. Chloe con su romanticismo extremo, Patri con su escepticismo y Sofía con esa actitud precavida de analista de riesgos.

Pero ahora es diferente.

La pobre Chloe no ve más allá de su barriga y Sofía está demasiado lejos para aburrirla con mis historias. En cuanto a Patri… Es mi mejor amiga, me conoce demasiado bien, y sé que lo que me diría ahora mismo no es lo que quiero escuchar porque esta vez está equivocada.

Tiene que estarlo.

Mi mejor amiga piensa que soy un adicto emocional.

Que, de forma inconsciente, busco emociones intensas y negativas, como el miedo o la incertidumbre, porque me generan picos de adrenalina, similar a la adicción de sustancias.

Cree que no me enamoro de las personas, sino que me engancho a las relaciones que sé de antemano que van a fracasar.

Que solo me gustan los hombres tóxicos, aquellos que necesitan apagar mi luz para sentir que ellos brillan más. Hombres complejos, atormentados, infieles. Hombres que me estimulen dramáticamente para vivir de forma constante en una montaña rusa, porque bajar de ella es lo que me daría vértigo.

Su visión empeoró cuando empecé a salir con Gerardo, el hombre perfecto en apariencia —buen trabajo, pasional, fiel—, pero en la práctica se avergonzaba de sí mismo por sentir atracción por otros hombres.

Y por su culpa, que fue el último de una larga lista en romperme, ahora Patri analiza mis ligues como si fueran escenas del crimen: busca patrones, señales, banderas rojas que ondean con violencia en el viento. Cualquier indicio de toxicidad que yo me niego a ver.

Y lo peor es que no se equivoca.

Es cierto que hay un denominador común en casi todos los hombres que me han interesado en el pasado.

Es verdad que doy demasiado, que me entrego rápido, que me adapto con una sonrisa y luego me sorprendo cuando me quedo sin espacio para mí.

Que me pongo en segundo plano esperando que alguien lo note y lo agradezca.

Pero eso se ha acabado. Lo juro.

Ivan es distinto. Aunque aún no nos conocemos mucho, me demuestra cada día que es estable, equilibrado y responsable. Tiene un buen trabajo. Es inteligente, estructurado. El tipo de hombre que parece tener su vida ordenada en carpetas etiquetadas.

Y quiero pensar que esta vez podría salir bien.

Que podríamos funcionar una vez resolvamos lo que sea que hay entre nosotros…

si es que consigo que el muy idiota me dedique más de tres palabras seguidas que no estén relacionadas con marketing.

Extraer cualquier tipo de subtexto emocional de una conversación con él es agotador.

Como intentar exprimir una piedra y pretender que dé zumo.

Aun así, camino hacia la sala de reuniones con el pulso acelerado, el cuerpo traicionándome, a sabiendas de que, si Ivan me mira como lo hizo el otro día, mis principios se disolverán en cuestión de segundos.

Hago una breve parada en el baño para refrescarme un poco. Pastillas de menta, desodorante. Tampoco quiero que parezca que me he esforzado demasiado. El equilibrio exacto entre no he pensado en esto y llevo cinco días comiéndome la cabeza como un adolescente.

Entro en la sala, y me bastan treinta segundos exactos para darme cuenta de que no había segundas interpretaciones en su mensaje: Ivan solo quiere hablar de trabajo.

Treinta segundos que incluyen un saludo neutro, una silla estratégicamente colocada al otro lado de la mesa y el giro preciso de la pantalla de su portátil hacia mí. El coste por adquisición del último anuncio que hemos colgado en YouTube para refrescos Bliss aparece en primer plano.

—El CPA se ha disparado —dice—. Sobre todo en desktop.

Un tema de conversación muy erótico, sí señor. Esto promete…

No me siento a su lado. Ni siquiera me acerco.

Me quedo de pie, cruzado de brazos y le observo mientras toda clase de preguntas y posibles desenlaces de esta reunión se ejecutan en mi cabeza.

Mis pensamientos comienzan a rozar el acoso.

Por mi propia salud mental, necesito aclarar esto cuanto antes.

Total, ¿qué es lo peor que podría pasar? ¿Que me rechace? ¿Qué acabemos enfrentándonos las caras en el departamento de Recursos Humanos cuando les cuente a todos que me tiré encima de él como un maldito pervertido?

Está bien, si eso es todo, asumo las consecuencias. De perdidos al río.

—Tenemos que ajustar el targeting —insiste al ver que no digo nada—. Aquí. —Señala—. Si reducimos la audiencia, el coste baja.

Ivan hace clic. La gráfica cambia.

—Hablando de audiencia…, ¿no te da morbo este sitio?

Levanta la mirada con ese gesto profesional e imperturbable que a veces me pone y otras me saca un poco de quicio.

—Fabio, estamos en una sala de reuniones.

—Me he dado cuenta.

Sonrío con los labios apretados. Entonces cierro la tapa de su portátil y me siento sobre la mesa, frente a él.

—Estamos… Estamos rodeados de cristales —titubea.

—Tintados —le recuerdo—. Tú puedes ver lo que pasa fuera, pero ellos no pueden vernos a nosotros. Bendita tecnología.

—¿De verdad… no pueden vernos? —Frunce el ceño de un modo muy sexy.

—Eso creo, pero no podría asegurarlo. —Dejo que mis zapatos caigan al suelo y comienzo a buscarle, recorriendo su pernera desde los tobillos, subiendo poco a poco, hasta la rodilla—. Y justo esa incertidumbre hace las cosas más interesantes. ¿No crees?

Ivan respira de forma ruidosa, intentando mantener la compostura y no caer en mi trampa, pero intuyo en la tensión de sus hombros que se lo está pensando.

—Lo que creo es que tenemos que ajustar esta campaña para que dé mejores resultados —responde, apartándome con suavidad.

—¿De veras no te pone ni un poco sentirte observado sin estarlo? Sería como hacerlo en medio de la oficina.

Soy un provocador nato, y sé que estoy echando abajo sus defensas. Minipunto para Fabio.

—No voy a hablar de esto aquí —concluye.

—Pues dime cuándo. —Me inclino un poco más hacia su rostro, buscándole—. Porque esperar nunca ha sido lo mío. Y tú lo sabes.

—¿Qué pretendes que…?

—No pretendo nada, solo que hablemos de lo que pasó el otro día. Te largaste sin mediar palabra y ahora me pides que me ponga a optimizar una campaña, pero…

Se levanta de la silla y, con esa actitud beligerante que siempre nos obliga a terminar todas las reuniones en drama, pone una mano a cada lado de la mesa que yo he hecho mía, situándose entre mis muslos.

Un escalofrío me recorre la piel y esta vez no es precisamente de miedo.

Ivan me levanta el mentón de forma brusca, obligándome a mirar ese rostro que está a escasos centímetros de mi boca.

¿Y si…?

Me tenso por la anticipación. Mi polla empieza a pedir a gritos que la deje tomar el resto de las decisiones por hoy.

Siento su mirada en mis labios, tan solo un instante. Lo demás ocurre demasiado rápido: Ivan me agarra del pelo y tira de él hacia atrás, acercando aún más sus labios.

Y entonces caigo en la tentación de sus besos urgentes.

No hay una pizca de cariño en el gesto, es furia contenida y control rompiéndose por las costuras.

Me invade, me encierra, me acalora. Su mano se desliza por mi mandíbula, firme, exigiendo que le mire mientras me besa.

Que sea consciente de quién me está dominando.

Los botones de mi camisa ceden ante él, rindiéndose a sus caricias. Me pregunto si desde fuera de esta sala podrán intuir el vaho que empieza a cubrir los cristales, los gemidos que salen de nuestras bocas.

Y juro que no puedo más. La situación. El lugar. Este hombre… Mis manos van derechas a su bragueta, ansiando liberar a la bestia que encierra. Él no me detiene, permitiéndome deslizar mi mano por toda su envergadura, dispuesto a aliviar su erección.

Ivan gime contra mi boca. Sus manos descienden. Se detienen. Dudan. Comienzan en mi pecho y recorren mi cuerpo desde lo alto de los muslos hasta las rodillas, firmes, posesivas. Regresan con seguridad a mis ingles, acariciándome por encima de la ropa. Voy a perder la puta cabeza.

—Ivan… —gimoteo, con ganas de jugar—, todo esto que tenemos entre manos me encanta, pero aún estoy esperando a resolver lo nuestro… ya sabes cómo.

—Me muero de ganas, pero no creo que este sea el mejor lugar ni momento para resolver nada… ya sabes cómo —asegura, elevando mi mentón hacia él y obligándome a mirarlo de nuevo.

Encuentro un placer indescriptible en la brusquedad de sus gestos, una sumisión voluntaria que, lejos de molestarme, acrecienta mi deseo. No sé qué tienen los hombres dominantes que me encienden tanto.

—Vale… dime cuándo —ruego en un susurro.

Y en ese preciso instante, deja de tocarme y su boca abandona la mía para deslizarse hasta mi oreja. Me veo obligado a dejar de tocarle yo a él. No sé qué pretende, pero me dejo hacer.

Soy suyo.

Cierro los ojos con fuerza cuando me lame el lóbulo con una lentitud calculada, cruel, sabiendo bien lo que hace.

Y va bajando, y bajando…

Me muerde los hombros por encima de la ropa, los pezones, el ombligo… Se detiene entre mis piernas, y me mira como si estuviera pidiendo permiso.

¡Qué demonios!

Estamos en la oficina. No va a hacerlo. Estoy seguro… Bueno, no es que nada de lo que está pasando ahora mismo sea muy profesional, pero esto sería llegar demasiado lejos…, ¿no?

Pues sí, parece que va a… ¡Joder!

Sus dedos buscan el cierre de mi pantalón. El gesto es obsceno, demasiado para alguien que asegura no perder nunca el control.

Su boca roza mi piel a través de la ropa, lo justo para recordarme que aquí estamos jugando con sus reglas.

—Ivan… —Mi voz se rompe antes de que pueda evitarlo.

—Si no quieres quemarte —murmura—, no provoques incendios.

Me baja los bóxers y se llena la boca de mí. Y yo… yo…

¡¡JODER!!

Siento su respiración caliente contra mi piel, la cercanía insoportable de su boca llevándome a la locura.

Lo siento a él en todas partes, como si hubiera decidido ocupar cada centímetro de mi espacio vital.

Me aferro a su pelo sin pensar, porque yo ya no pienso, pensar dejó de ser una opción hace rato.

—No pares.

Su lengua sigue torturándome mientras le follo la boca.

No puedo más. Creo que acabo de morir y estoy en el cielo.

«No, eso sería imposible… Esto tiene que ser el infierno».

Se detiene justo cuando todo está a punto de desbordarse. Cuando yo estoy a punto de rendirme ante él. No entiendo nada.

—¿Está… todo bien? —dudo.

—Lo siento, pero no voy a conformarme con lo del otro día —responde pasándose la mano por la boca para limpiarse—. Quiero todo el pack, Vitale.

—Y, por si no ha quedado claro, estaba dispuesto a dártelo. ¡Yo también quiero lo mismo, Petrov!

—Aquí no. Y, desde luego, no de este modo.

El silencio se estira entre nosotros, cargado de cosas no dichas, de dudas, de incertidumbre.

—Entonces, ¿dónde?

—No sé… ¿En tu casa?

—¿En mi casa? —Arqueo una ceja. Tengo toda la sangre acumulada en cierta parte de mi cuerpo y no puedo pensar con claridad—. Vale, en mi casa. Buena idea. ¿Hoy?

—No. Hoy no. Tengo cosas que hacer. Cosas… importantes. —Sus ojos no se apartan de los míos—. El viernes.

Me muerdo la lengua para no sonreír demasiado rápido.

El viernes, perfecto. Así me da tiempo a recoger el piso y encasquetarle a Calígula a alguien.

No quiero que se líe a arañazos con él, y sospecho que no se llevarían demasiado bien.

Una cosa es que yo tenga gustos bastante cuestionables y otra que no sepa apreciar que Ivan es un puto borde y que emite una energía chunga, las cosas como son.

Espera, no… ¿El viernes? Eso es en tres días. Tres larguísimos días más perdiendo la maldita cabeza por él.

—El viernes, claro —repito al fin, porque soy gilipollas.

Ivan asiente. Y, como si no hubiera pasado nada, se sube la bragueta, se recoloca la camisa con un gesto pulcro, bebe un trago largo de su botellín de agua y vuelve a la presentación.

—¿Te parece bien si cambiamos la audiencia?

Analiza los resultados de Bliss con la misma serenidad con la que hace diez minutos analizaba mis límites. Habla de conversiones, de coste por click, de rendimiento…, como si no acabara de pasar un huracán de testosterona y feromonas por esta oficina.

Qué facilidad la suya para fingir normalidad.

Qué talento para volver al orden.

Yo sigo sentado sobre la mesa, tratando de recomponerme mientras le escucho hablar de porcentajes. Hay personas capaces de provocarte un incendio y, acto seguido, señalar con calma dónde está el extintor.

No entiendo nada, no me ha rechazado, pero tampoco…

Sospecho que de algún modo retorcido le gusto.

O le gusta jugar conmigo, tener el control, y ya ha descubierto que la única manera de someterme es el sexo.

Lo único que tengo claro es que esta ambigüedad es tan solo el principio de ese juego peligrosísimo en el que siempre caigo.