7 El ornitorrinco capitalista se come la paella #2
Pero ya es tarde. Demasiado tarde. David y yo cruzamos una mirada de complicidad absoluta. No hay marcha atrás.
Colocamos a Don Alfonso XII frente a Pedro, su cactus, como si fuera una pelea de gallos.
David aprieta el botón de Pedro para asegurarse de que el arma está cargada.
Yo carraspeo, ignorando el bufido de Patri.
Necesito contenido para completar el número cuarenta y siete de una de mis listas —no recuerdo cuál, tengo demasiadas—: Adoptar un cactus y hacerle una cuenta de Instagram.
—Atentos —anuncio, activando la cámara del móvil—. Don Alfonso XII va a inaugurar una nueva era del pensamiento occidental.
Me acerco al peluche y suelto, con una voz clara, teatral y engolada:
—El ornitorrinco capitalista se come la paella con calcetines mojados mientras reflexiona sobre la fugacidad del tiempo.
Don Alfonso XII, fiel a su naturaleza de repetidor incansable, suelta con esa voz de pito electrónica:
—«El ornitorrinco capitalista se come la paella con calcetines mojados mientras reflexiona sobre la fugacidad del tiempo».
Pedro se activa al instante, captando el sonido y agudizando aún más la frecuencia:
—«El ornitorrinco capitalista se come la paella con calcetines mojados mientras reflexiona sobre la fugacidad del tiempo».
Un segundo después, Don Alfonso XII vuelve a activarse, repitiendo la frase y uniéndose así en un bucle infinito con Pedro. Han entrado en una retroalimentación de frecuencias agudas que suena a tortura de la CIA diseñada por Los Minions.
—¡BASTA! —brama Patri—. ¡No, no, no! ¡Parad esa vaina ya!
Pero no podemos. Es un loop infinito de cactus con voz estridente repitiendo lo mismo una y otra vez. Una y otra vez. Y otra… El eterno retorno de la estupidez.
—«El ornitorrinco capitalista…».
David se dobla de la risa, Patri finge que llora de desesperación.
—Es que no entiendes el arte conceptual, reina —le suelto con todo el recochineo que me permiten mis cuerdas vocales.
—Esto no es arte, es un castigo divino —replica ella—. Os juro por la Virgen de la Candelaria que si uno de esos cactus vuelve a decir ornitorrinco…
—«El ornitorrinco capitalista…» —suelta Pedro.
David está al borde del colapso. Lo habremos hecho al menos veinte veces, pero nos sigue divirtiendo como la primera vez. Los hombres tenemos esa capacidad fascinante de encontrar la gloria en lo más simple.
—Patri —intento calmarla—, si lo escuchas con detenimiento, descubrirás que tiene mensaje.
—¡Lo que tiene es un retraso galopante! ¡Como vosotros dos!
La conversación entra en bucle infernal. Y entonces llega el punto álgido cuando decide entrar al juego Elsa, el espejo asistente personal con IA que David trajo de Japón y que nos vigila desde el salón.
—Detecto un nivel anormal de estímulos auditivos —suelta con su vocecilla sintética.
—Elsa, no te metas —advierte Patri.
—No puedo no meterme —responde el espejo—. Me estáis volviendo loca.
—Por primera vez en mi vida estoy de acuerdo con esa zorra —masculla Patri.
—Tu tono es agresivo, Patricia —replica Elsa—. Sugiero una sesión de respiración consciente. Inhala en cuatro, exhala en ocho…
Mi amiga decide ignorar al espejo y enfrentarse a nosotros con todo su carácter caribeño:
—Escuchadme bien, par de cafres: os dije que el hijueputa espejo se tenía que quedar en Osaka. Y ahora lo tengo aquí detrás, dándome lecciones de meditación mientras miro a dos idiotas jugando con cactus de peluche que parecen poseídos.
—¡Ay, Osaka! Tenía un clima ideal para mis circuitos —interviene Elsa con nostalgia binaria—. En Londres llueve demasiado. Me oxido por dentro.
—¿Puedes hacer el favor de callarte de una maldita vez, espejo inútil? —estalla Patri.
—Me siento amenazada. David, según el artículo 35 de la legislación sobre robots domésticos, deberíamos denunciar a tu novia por maltrato psicológico al hardware.
—¡DAVID! —ruge Patri—. ¡Apaga los malditos cactus, apaga a tu espejo tarado y, si puedes, apaga también a Fabio! Pon un poco de cordura o te mando de vuelta a Tenerife con tus padres mañana mismo.
David, entre espasmos de risa, consigue silenciar a Pedro. Don Alfonso XII tarda dos segundos más en rendirse, soltando un último «… calcetines mojados…» que nos deja a los dos llorando de la risa.
—Una repetición más y os lanzo a los dos con los cactus por la ventana.
Patri se apoya en la pared, derrotada, aunque la comisura de su boca la delata. Acabamos los tres tirados en el sofá, desternillándonos por una sucesión de tonterías que no sabría explicar mañana. Son esas cosas que solo tienen gracia en el momento en el que las vives.
—No tiene ninguna gracia —dice ella.
—Tiene toda la gracia del mundo —consigo articular—. El ornitorrinco capitalista…
—¡NO! —me corta en seco—. ¡Ni una palabra más!
David aprovecha el momento en que ella intenta huir, la agarra de la cintura y la arrastra de nuevo al sofá. Patri protesta medio segundo. Medio. Luego él le besa la frente con ternura y ella se derrite.
—Ven aquí, gruñona —pide David—. Admítelo: ha sido glorioso.
—Sois dos niños —resopla ella, pero ya está sonriendo—. Dos niños con juguetes idiotas.
—Ya, pero tú nos adoras.
—Eso es lo que más me preocupa.
Nos volvemos a reír. De nada. De todo. Por un instante consigo olvidarme de nuevo de Ivan. De su silencio. De lo que pasó. De lo que NO está pasando. De esa obsesión que ocupa mi cabeza en cuanto dejo de hacer ruido.
Echo de menos estos momentos con Patri. Y eso me fastidia un poco porque antes eran más frecuentes.
Más espontáneos. Y ahora… ahora se cuelan entre agendas, cansancio y esa rutina en la que mis amigos se han ido instalando sin darse cuenta.
Los adoro. Con locura. Pero a veces siento que me están arrastrando con ellos hacia un sitio para el que aún no tengo zapatos.
«¿Cuándo encontraré yo los míos? ¿Será Ivan quien, con un poco de paciencia, consiga domarme?».
Mientras ellos piensan en hipotecas, créditos y cuentan las horas para acurrucarse en el sofá con su pareja, yo busco actividades como quien busca oxígeno. No porque me apetezca tanto hacer cosas, sino porque si paro… pienso. Y si pienso, admito que me siento solo.
Y me rayo, me obsesiono, me…
—Hoy en CanArch hemos estado revisando un proyecto de rehabilitación brutal.
David cambia de tema como si nada, dando paso a uno de sus monólogos interminables sobre trabajo. Por algo es un genio de la arquitectura, le apasiona lo que hace. Y no se llega a ello de la noche a la mañana.
Cuando acaba de hablar, le pregunto a Patri por el salón. Normalmente es terreno prohibido, pero esta vez ha decidido soltar lo que lleva dentro. El estrés que está acumulando le va a pasar factura cualquier día.
—¿Por qué nadie te cuenta lo que pasa después, cuando la protagonista de una historia cumple su sueño? —explota ella—. Te lo digo yo: porque nadie quiere oír hablar de jornadas interminables, de estirar el dinero, de hacer números y rezar para que…
Se le quiebra un poco la voz. David la rodea con el brazo y la aprieta más contra él.
—Nos irá bien, mi niña. Solo debes tener un poquito de paciencia. Acabas de abrir. La gente tiene que conocerte, pero ya has conseguido mucho más de lo que soñabas.
—Trabajo demasiado, David. Y aún les debo dinero a mis padres y al banco, y a…
—Tus padres no te están exigiendo nada —recuerda él—. Te estás metiendo presión tú sola porque esperas hacerte millonaria en tres meses.
—No quiero ser millonaria, solo quiero quitarme deudas de encima.
—Tú sabes que, cuando nos compremos una casa, vamos a estar hipotecados treinta años, ¿verdad?
—¿Puedes dejar de agobiarme?
—Se me ocurre una idea —pienso en voz alta.
—¡No! —dicen los dos a la vez.
—No sé lo que es, pero tus ideas nos dan miedo —traduce David.
—Ey, tranquilitos… Solo es contenido para promocionar el salón. Algo orgánico que no parezca publicidad descarada.
—¿Algo como qué? ¿Clases de salsa? —propone David.
—Demasiado previsible. Muy 2009.
—¿Por qué no venís a los entrenamientos con pesas rusas? —propone Patri. «Si es que siempre tienen que salir los rusos por alguna parte…»—. Están de moda, la gente hoy en día está obsesionada con las proteínas y coger músculo.
—Eso atraería a la gente incorrecta. Tu salón es mucho más que clases de musculación.
Es ritmo, es movimiento, es sabor… —respondo—.
Además, tiene que ser algo que genere morbo o ridículo.
Y estoy seguro de que David y yo podríamos seguir tus clases de pesas rusas con los ojos cerrados. Sin ofender.
Ella se ríe y me levanta un dedo con arrogancia.
—Tú búrlate, machito, pero David casi me hace firmar los papeles del divorcio sin habernos casado todavía después de una de mis clases.
—Fue horrible, Fabs —corrobora él—. Estaba rodeado de todas esas marujas pensando que era pan comido, y me daban mil vueltas.
—Ya que tienes tantas ganas de hacer el ridículo, ¿qué tal una sesión de pole dance? —sugiere ella.
—¿Eso no es para tías? —pregunto. A veces soy un inconsciente.
Patri intercambia una mirada de complicidad con su chico.
—Decidido. Fabs, querido, te vas a tragar tus palabras.