7 El ornitorrinco capitalista se come la paella
El ornitorrinco capitalista se come la paella con calcetines
Septiembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Han pasado cuatro días desde que Ivan y yo tuvimos… eso. Cuatro días en los que no hemos cruzado una maldita palabra que no esté estrictamente relacionada con nuestro trabajo.
A veces me pregunto si no lo habré imaginado todo.
Si el choque de cuerpos contra el acero, el sabor metálico de mi propio labio y el rastro de su clímax en mis manos no fueron más que una alucinación psicotrópica generada por el estrés, la falta de sueño y mi talento innato para meterme en jardines de los que luego no sé salir.
Necesito que hable, aunque sea para mandarme a la mierda. No soporto esta indiferencia glacial, esta… nada. Es mil veces peor que nuestra guerra abierta; al menos cuando nos odiábamos, sabía a qué atenerme
Bueno, mentiría si dijera que no hemos tenido contacto.
Hemos intercambiado palabras, frases cortas, emails y comentarios técnicos.
Nos hemos reunido con clientes y compañeros.
Apasionante. Somos dos adultos funcionales, asépticos y aburridísimos compartiendo proyectos como si jamás hubiéramos profanado la sala de archivos.
¿Un beso que casi nos funde los plomos? Nop. Eso nunca ocurrió.
¿Mi mano dentro de sus pantalones? Tampoco.
«Pues nada, Petrov. Yo también sé jugar a este juego».
Tengo mejores cosas que hacer que darle vueltas a un hombre que ha decidido reencarnarse en una nevera con patas.
Por ejemplo, manifestarme contra la subida del alquiler vestido de cucaracha.
Porque, si el sistema nos trata como una plaga, qué menos que ir acorde al mensaje.
Además, era el número cuarenta y cuatro de mi lista de deseos de Osaka.
Me enfundo el traje en el baño de casa —lo de enfundar no es una metáfora, es una lucha física contra el poliéster— y me coloco el caparazón y las antenas.
Me miro en el espejo y me doy el aprobado.
He llevado cosas peores en esta vida. Además, necesito contenido para el canal.
Y empiezo a cansarme de hacer tanto el gilipollas por amor al arte.
Al menos, que esta vez sea por una buena causa.
Tardo veinte minutos de metro en plantarme en Parliament Square con mi pancarta. Mis amigos me han abandonado: Patri está atrapada en sus clases de baile, David tiene que acabar unos planos y los tortolitos están felizmente acomodados en su nueva rutina doméstica de vómitos e insomnio.
El ambiente es el esperable: pancartas con mensajes revolucionarios, consignas gritadas a medio pulmón, gente defendiendo sus derechos con pasión y otra que solo ha venido por puro postureo.
Hay familias, estudiantes, un chico vestido de billete de veinte libras con alas. Algunos vienen de vacío y otros lucen carteles hechos con rotulador que dicen cosas como «No somos Airbnb» o «Mi sueldo no sube, tu alquiler sí».
Y luego estoy yo. La cucaracha más divina de Westminster.
—¡Las cucarachas también tenemos derecho a un techo digno! —grito por el megáfono, dándole todo el drama que la situación merece—. ¡Si sobrevivimos a un apocalipsis nuclear, también merecemos un hogar!
Alguien se ríe. Una chica me reconoce y empieza a retransmitir en directo. Como siempre, los ciudadanos entendemos la realidad mejor que los políticos que nos miran desde sus ventanas de madera noble.
—¡No a los alquileres abusivos! —ruge la multitud.
En menos de un minuto se me une un Pikachu muy comprometido con la causa, con un cartel que dice: «Me quedé sin piso, pero sigo evolucionando». Nos chocamos los cinco. No nos conocemos de nada pero ya somos un equipo.
A los pocos pasos aparece Mickey Mouse, levantando con sus guantes blancos una pancarta que sentencia: «No es magia, es especulación». El contraste es tan ridículo que, por puro surrealismo, funciona.
La gente se engancha, se suma al delirio. Y cuando creo que el cuadro no puede ser más dantesco, la Estatua de la Libertad se abre paso entre la multitud con la corona torcida, sosteniendo un cartón enorme donde se lee: «Dame tu libertad, tus sueños y tu salario».
Nos basta un intercambio de miradas para entender que la unión hace la fuerza.
Así que ahí vamos: una cucaracha, un ratón, un bicho extraño japonés y el símbolo de la democracia occidental avanzando por el corazón de Londres, reclamando una vivienda digna como si esto fuera el carnaval más bizarro del mundo.
Sin una pizca de sentido del ridículo, me subo a un banco, alzo la pancarta y empiezo a soltar frases teatrales y excesivas.
Estoy convirtiendo mi protesta en puro espectáculo porque hace tiempo que entendí que es la mejor manera de ser visto.
Mi canal les sirve a muchos de entretenimiento, pero los personajes públicos también tenemos el poder de alzar la voz por las causas sociales.
Grabo un plano rápido. Otro. Giro sobre mí mismo. Inmortalizo las alas de cucaracha vibrando, a Pikachu saltando, a Mickey levantando el puño, a la Estatua de la Libertad perdiendo un poco el equilibrio…
La multitud estalla. Fotos, vídeos, stories… el algoritmo ronronea de placer. Creo que incluso hemos atraído a la prensa.
Es todo muy absurdo, ridículo; lo sé. Pero, por un momento, me olvido de Ivan, de esa crisis existencial que comienza a coger forma y vuelvo a ser de nuevo el Fabio de siempre: políticamente incorrecto, estrambótico y soñador.
Porque, aunque a veces me canse de hacer el payaso, hay días en los que solo a los payasos se nos escucha en este circo.
Con la adrenalina corriéndome por las venas como si me hubiera inyectado tres cafés, sé que no puedo encerrarme en casa a darle conversación a Calígula. Mi gato es un gran oyente, pero sus respuestas se limitan a media docena de maullidos que me aburren.
Me cambio de ropa y termino la noche en casa de David y Patri. Viven en uno de esos edificios que tienen alma: techos altísimos, vigas de madera a la vista y ventanas de guillotina. David le ha dado su toque personal con detalles de influencia japonesa que lo hacen más acogedor y zen. Excepto hoy.
Hoy lo zen ha muerto y ha sido enterrado bajo tres capas de purpurina.
Cruzo el umbral y me golpea un muro de espumillón, luces de colores que parpadean con una frecuencia que induce al ataque epiléptico y un portal de Belén en pleno recibidor que parece una maqueta de Interestelar.
Hace casi una década que conozco a Patri y sigo sin procesar el entusiasmo psicótico con el que empieza a decorar la casa de Navidad en cuanto cae la primera hoja.
Es un atentado directo contra el calendario gregoriano.
Estamos a mediados de octubre y yo, que soy un Grinch con carnet de socio, debería haber imaginado que este piso ya sería un museo de los horrores.
De fondo suena Desde septiembre se siente que viene diciembre, una cumbia colombiana que explica este excesivo sentimiento navideño que invade a mi amiga cada año en cuanto el termómetro baja de los veinte grados.
—Eh…, cara mia, tú sabes que apenas ha comenzado el otoño, ¿verdad? —le pregunto, esquivando una guirnalda que amenaza con dejarme ciego.
—Son cosas de Colombia, ya sabes —responde David con una sonrisa resignada, mientras ella sigue cantando a pleno pulmón en la cocina.
Patri lleva un rato trajinando entre fogones, así que David y yo nos hundimos en el sofá para hablar de esas estupideces profundas que solo compartes con alguien con quien tienes demasiada confianza.
—Te noto raro —me suelta sin rodeos—. Más callado de lo habitual.
Me niego a abrirme en canal cuando ni yo mismo he encontrado palabras para definir mi crisis.
—Yo qué sé, será que me estoy haciendo adulto.
—Pues no te pega nada.
—Gracias por el voto de confianza.
Se ríe y me ofrece una copa de tinto. Va a ser verdad que los millennials intentamos ahogar cualquier amago de crisis existencial en alcohol, pero ¿qué demonios? Me la he ganado.
En ese momento aparece Patri con las manos en las caderas y mirada inquisitiva.
—Ahí te dejé el arrocito en la coca pa’ cuando camelles. Está en la nevera. No me lo vayas a dejar olvidado como la vez pasada, pues.
No sé si es exactamente eso lo que ha dicho, pero es lo que ha entendido mi cerebro cansado.
Me quedo en blanco. Como decía, hace años que la conozco y a veces todavía me bloqueo con su jerga.
Miro a David y, por su cara de póker, sospecho que él tampoco tiene ni la más remota idea de lo que acaba de decir su futura esposa.
Yo solo sé que oír coca y camellar en la misma frase, me activa todas las luces de alarma y las ganas de provocar.
—Si necesitáis dinero para la boda, yo puedo… Estamos en familia, no necesitáis camellar con coca.
David suspira, hundiéndose más en el cojín.
—Te juro que a veces no sé si hablamos el mismo idioma. ¿Qué diantres has dicho, mi niña? Somos pobres, pero para pagar la boda, nos llega sin hacer nada… ilegal.
—¡Tan bobos pues! —Patri pone los brazos en jarras y comienza a hablarnos despacio, forzando el vocabulario español peninsular para que los dos la entendamos—: Mi ciela, te he dejado arroz en el tapercito para que te lleves la comida al trabajo.
No vayas a olvidártelo en el frigo como la otra vez. ¿Mejor?
—¿Ves qué fácil? —se ilumina David, soltando el aire—. Muchas gracias, Sirenita.
—Sois asquerosamente adorables —declaro, poniendo los ojos en blanco—. Me vais a provocar caries emocionales.
—Envidioso, que también te puedo preparar un tapercito a ti —ofrece Patri.
Sonrío malicioso, me encanta cuando los demás me preparan la comida. Odio tener que cocinar para mí solo.
Para romper el ambiente meloso, saco a Don Alfonso XII de la mochila. Es el cactus de peluche que compramos en la boda de Sofía y Lucas; el mismo con el que protagonizamos una escena tan bochornosa durante la misa que estoy convencido de que el cura todavía tiene pesadillas con nosotros.
Patri se lleva la mano a la frente.
—¡No, no, no! Yo no he sobrevivido a una mudanza internacional, a mi familia y a una pandemia para aguantar esta vaina otra vez.