6 Gente corriente #3
—No tientes mucho al destino. ¿No te parece suficiente desgracia haber tenido que volver al nido con tus padres?
—Eh, un respeto al ala oeste de la mansión Grey —ironizo—. Además, es temporal. Un paréntesis logístico.
—¿Y qué hay de Matthew?
—¿Matthew? —dudo un instante. Ah, ese Matthew—. No sé, hace meses que no hablamos.
—Vaya, lo siento, Ash. Parecía buen chico.
—Sí, eso pensé yo también… Está claro que mi radar de tíos normales necesita pilas nuevas.
—Oye, Ash —interviene Karl—, sabes que puedes contar con nosotros para lo que quieras.
—Lo sé, pero ahora mismo lo que necesito es un trabajo a jornada completa. ¿No tendrás uno de esos? Me está costando más de lo que pensaba encontrar algo.
Hannah duda un segundo, intercambiando una mirada cómplice con su marido.
—Bueno, hemos estado hablando y… no hace falta que me pases nada estos meses, ¿vale? Nosotros nos apañamos.
—No, ni hablar. No quiero que los demás paguéis por mis movidas.
—No estamos pagando nada, Ash —insiste ella—.
Es solo una mala racha. No seas orgulloso, ¿quieres?
Sé que estás haciendo lo que puedes, pero vas a necesitar cada libra para independizarte, comprarte ropa nueva, zapatos, un portátil…
—hace una pausa, bajando el tono—. Supongo que el casero sigue lavándose las manos con lo del incendio.
—Sospechan que lo provocó una colilla mal apagada —respondo—. Espérate que no haya denuncias de por medio.
Hannah suspira, negando con la cabeza.
—Nunca me gustó Myles. Sé que es tu amigo de la infancia, pero es un ancla, Ash.
—Lo sé, ¿vale? Pero no puedo asegurar que fuera él.
—Es un perdedor de manual.
—No seas cruel. Solo está un poco perdido en la vida.
—No es tu misión salvarle, Ash. Mientras sigas cargando con lastre ajeno, no vas a poder mover tu propio barco.
No respondo. Me levanto despacio y dejo el plato vacío en la mesa.
—Muchas gracias por todo, de verdad, pero tengo que irme. Me levanto a las tres de la mañana y estoy hecho un trapo.
—¿A las tres? —pregunta Karl—. ¿Para qué? ¿Vas a poner las calles?
—Estoy limpiando oficinas. Es temporal, hasta que encuentre algo de lo mío.
Hannah frunce el ceño, pero no dice nada. Karl se queda pensativo unos segundos.
—Mmm… Me acabo de acordar de algo. No es nada grandioso ni donde vayas a jubilarte, así que no te hagas demasiadas ilusiones, pero… ¿estarías dispuesto a mudarte a Londres por unos meses?
—Supongo. Depende de para qué y cuánto tiempo.
—Pues… conozco a alguien que puede darte trabajo. Es temporal, creo que ocho o nueve meses, pero en ese tiempo te daría margen para acabar el curso y… ¿quién sabe? Nueve meses pueden cambiarte la vida.
—No sé, Karl. Vivir en Londres es demasiado caro.
—No creo que sea un problema. ¿Quieres que hable con mi amigo?
—¿No será nada ilegal? —duda Hannah, desconfiada.
—¿Por quién me tomas, cielo? —Karl sonríe—. Tan solo es un viejo conocido que necesita alguien de confianza que le cuide la casa mientras está de viaje. Se va a un retiro espiritual en la India o algo así. Caprichos de gente con pasta.
—¿Tu amigo me va a pagar por… cuidarle la casa? —pregunto incrédulo—. ¿Dónde está el truco, Karl? ¿Hay fantasmas o el dueño es un mafioso?
—¡Para nada! Te dejará quedarte en su casa, pero el curro es en un bar algo… diferente.
—Define diferente. Viniendo de ti, puede ser desde un pub temático de maquetas de trenes hasta un club de lucha clandestino.
Él me mira un segundo, valorando algo que prefiere no soltar de golpe. Sabe que soy cuadriculado para mis cosas.
—Tranquilo, solo es un bar queer. Está buscando camareros. Ninguno suele durar demasiado en el puesto, parece que el ambiente es… intenso.
—No sé, te lo agradezco pero… no suena tan estable como para cambiar de ciudad.
—Casa gratis, Ash. Y en Londres. Eso es lo único que importa. Necesitas oxigenarte un poco.
—No necesito oxigenarme —respondo orgulloso—. Necesito pagar facturas y que Simon tenga lo que necesita. Las burbujas de oxígeno no pagan el alquiler ni el college.
—¡Por el amor de Dios! Acabas de cumplir veintiséis años. ¿No crees que ya va siendo hora de que te diviertas un poco? Yo a tu edad no llegaba ni un fin de semana sobrio a casa.
—Divertirse cuesta dinero, Karl. Y yo tengo obligaciones que tú conoces de sobra.
—¡Olvídate de eso! Por suerte, nosotros podemos cubrirte. Dale una vuelta, ¿vale? Te vendría bien un cambio de aires después de la racha que llevas. Si decides que te interesa, puedo llamarle mañana mismo.
Me quedo en silencio, escuchando el zumbido de la nevera de Hannah.
Londres.
Un bar queer.
Una casa que no es mía.
Ocho o nueve meses de tregua con la realidad.
No es un plan maestro, pero sí una alternativa por la que podría colarme antes de que mi vida termine de aplastarme.
—Llámale —digo al final—. Que no sea por no intentarlo.
—Mañana mismo le doy un toque. Verás como esto te cambia el chip.
Asiento y me pongo la chaqueta empapada, sintiendo el frío de la lluvia otra vez. Salgo a la calle preguntándome si este viaje a la capital será la tercera desgracia de mi lista… o la primera oportunidad real.