6 Gente corriente #2
Me quedo con Karl en el salón. No es grande ni lujoso, pero es suyo. Su espacio. El hogar que han construido con esfuerzo y amor. Hay juguetes esparcidos en un rincón, una manta doblada en el sofá y fotos familiares que no presumen de nada, pero lo dicen todo.
Karl es algo mayor que nosotros. Treinta y cinco, quizá. Un tipo tranquilo y centrado. Hannah no podría haber encontrado mejor marido, ni Simon una figura paterna más sólida para el día a día.
—¿Una birra? —me ofrece—. No creo que maride muy bien con la tarta de limón, pero tienes cara de necesitarla.
—¡Buf! Si yo te contara… Necesito un whisky doble, en realidad.
—Oído, cocina.
—¡Ey, que era broma! —digo, pero Karl ya está sirviendo el licor sobre unas piedras enfriadoras. Supongo que mi cara de agobio era demasiado evidente.
De pronto, oigo el estruendo. Aparecen Simon y Craig corriendo escaleras abajo con sus pijamas de La Patrulla Canina. Simon se me lanza en plancha, casi derribándome, y Craig se une al placaje de inmediato.
Los abrazo con una fuerza que me deja sin aire.
Simon es mi razón de existir, el motivo por el que ningún sacrificio me parece demasiado grande.
Y Craig… ese renacuajo me ha robado el corazón a traición.
También es un poco mío, aunque no nos una la sangre.
A veces me lo llevo con Simon al parque o a jugar al fútbol cuando Hannah y Karl necesitan un día para ellos.
Pese a ser hermanos, son muy diferentes.
Craig es Hannah pura: pelo castaño, ojos marrones y una energía arrolladora.
Simon, en cambio, es más tranquilo. Rubio, con unas gafas demasiado grandes para su cara estrecha; y tiene esos ojos azules limpios que todavía no saben mentir.
Es desgarbado, todo brazos y piernas, como si aún no hubiera terminado de decidir qué hacer con su cuerpo.
Para mí es el mejor. El más guapo del planeta.
—¡Feliz cumpleaños! —gritan los dos al unísono.
—Mamá ha hecho tarta de limón. Tu favorita —me informa Simon.
—Qué honor. Soy un enchufado. —Le guiño un ojo a Hannah.
—¿Whisky doble? —observa ella, arqueando una ceja hacia Karl—. Empezamos fuertecito.
—Yo solo me estoy solidarizando con él —bromea su marido, dejando el vaso sobre la mesa.
Nos colocamos alrededor de la tarta. Hannah apaga la lámpara del techo y deja una tenue luz ambiente al fondo, que ilumina el salón con las velas del pastel. Y entonces comienzan a cantar Happy Birthday a destiempo.
Veintiséis años. Soplo las velas y, como cada año, pido el deseo que guardo bajo llave. El mismo que nunca se cumple, pero en el que sigo creyendo como un idiota: yo también quiero encontrar a ese alguien que valga la pena.
—Anda —le urge Hannah a Simon—. Dadle el regalo. Corred.
Simon sale disparado y vuelve con una cajita rectangular.
—Es para ti. ¡Ábrelo, ábrelo, ábrelo!
—Ya voy, ya voy…
La abro con prisas. Es un móvil nuevo. Un modelo básico, de gama media, pero comparado con mi reliquia de hace seis años —que tiene la pantalla más resquebrajada que mi cuenta corriente—, esto es tecnología de la NASA.
Para lo que yo lo uso, que es básicamente recibir broncas de Hannah y mandar wasaps, me sobra.
Levanto la vista y miro a la feliz pareja. Sé de sobra que Simon y Craig no han pagado esto rompiendo la hucha del cerdito.
—No hacía falta —digo, sintiendo ese nudo de gratitud incómoda en la garganta—. De verdad. Con la tarta ya iba servido. Esto es… es demasiado, no puedo aceptarlo, chicos.
—En realidad el regalo es para mí —bromea Karl—. A ver si con un aparato del siglo veintiuno empiezas a responder a los mensajes y me ahorras que Hannah descargue su mala leche conmigo cuando no te localiza.
Suelto una carcajada y Hannah le calza un codazo en las costillas.
—Menudo par de idiotas. —Se gira hacia mí, suavizando el tono—. Mira, Ash…, puede que en el pasado hayamos tenido nuestras diferencias, y Dios sabe que nos hemos hecho la vida imposible, pero somos amigos, familia en cierto modo. Y la familia está en las buenas y en las malas.
No puedo describir lo que siento en el pecho. Supongo que es cierto, hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero ahora somos… familia. Una familia disfuncional, caótica, pero que funciona bien.
—¿Te gusta? —interrumpe Craig con nerviosismo.
—Me encanta, granujas —respondo, atrapándolos para hacerles cosquillas—. Muchas gracias. Es justo lo que necesitaba para dejar de vivir en la Edad de Piedra.
—¡Feliz cumpleaños! —grita Simon otra vez.
—¡Feliz cumpleaños, Ash! —le imita Craig.
Hannah carraspea.
—Siento cargarme este momento tan tierno, pero son casi las diez y hace horas que estos jovencitos deberían estar durmiendo.
—Oye —añado antes de que se escapen—, este fin de semana juega el Coventry City contra el Birmingham. ¿Qué me decís?
—¡SÍÍÍÍ! —aúllan los dos, dándome un último abrazo de oso que casi me deja sin aire.
Poco después, los veo desaparecer escaleras arriba, ante la mirada de advertencia de su madre.
Nos quedamos los tres adultos alrededor de los restos de la tarta de limón. Soy adicto al dulce, y valoro el tiempo que Hannah ha pasado en la cocina. Son estos detalles los que mantienen en pie este extraño equilibrio que tenemos.
Me quedo mirando de reojo el televisor al fondo del salón. Imágenes de Londres. Otra manifestación. El pan nuestro de cada día.
—¿Y ahora qué toca? —pregunto con un suspiro—. ¿Irán? ¿Venezuela? ¿Palestina?
—Qué va, esta vez la bronca es interna —informa Karl, señalando la pantalla—. Protestas por la subida de los alquileres y la tasa de desempleo. El país se va a la mierda a pasos agigantados.
En primera plana aparece un tipo rarísimo con un caparazón de plástico negro, gritando cosas por un altavoz, mientras la Estatua de la Libertad y Pikachu le hacen la ola detrás.
—¿No es ese el mismo colgado que la semana pasada se bañó en la fuente de Girl with a Dolphin con un bañador de unicornios y un gorro de ducha? —pregunta Hannah, arrugando la nariz.
—El mismo —confirma Karl—. Fabio Vitale. El influencer que lo está petando ahora mismo.
—Malditos influencers —suspiro, dejando que la palabra me amargue un poco el whisky—. Todavía no me explico cómo la gente pierde la vida viendo esas payasadas. ¿De qué lo conoces tú, Karl?
—Porque saltó la alarma en el grupo de WhatsApp del cole. Al parecer, los compañeros de Simon están enganchados a sus vídeos. El tipo tiene gracia, no te lo voy a negar, pero su contenido es… bueno, digamos que no es para que lo vea un niño de ocho años. A mí me escandaliza la mitad de lo que dice.
—Pero ¿de qué va vestido? —pregunta Hannah, acercándose a la pantalla para intentar descifrar el atuendo del tipejo.
—Creo que va de… ¿cucaracha? —arriesgo, intentando procesar aquel caparazón negro brillante—. Igual es un therian de esos.
Hannah apaga la tele, dando por finalizada la jornada informativa. Al menos, la del mundo. Sospecho que ahora me toca dar el parte a mí.
—Dejemos que el país se caiga a cachos si quiere. A mí me preocupas más tú, Ash. —«¿Qué decía yo?»—. No voy a preguntarte qué tal estás, porque no me gusta que me mientan.
Me estiro en el sofá con desgana. En efecto, no vale la pena mentirle, pero tampoco voy a aburrirla con detalles deprimentes en el día de mi cumpleaños. No estoy en mi mejor momento, las cosas como son.
—He roto la regla —respondo, tratando de sonar optimista.
—¿De qué hablas?
—La Regla del Tres. Aún no me ha ocurrido la tercera desgracia.