6 Gente corriente
Gente corriente
Septiembre, Coventry, Inglaterra
Ashley
Volver a casa de tus padres siempre deja un sabor enorme a derrota.
He oído que en otros países es habitual que te acojan hasta que encuentras tu camino, ya sea a los veinte o a los cincuenta, pero en Inglaterra existe un estigma silencioso con esto.
Cuando tienes edad de valerte por ti mismo, esperan que seas lo bastante adulto como para buscarte la vida.
Así de simple. Y si, además, tus padres apenas llegan para vivir con lo justo, el estigma se convierte en pura necesidad.
Me fui de casa a los diecisiete tras una crisis personal que se agravó cuando corté con mi exnovia.
No acabamos bien y no la culpo. Tampoco me culpo a mí.
Hicimos lo que pudimos con lo que nos tocó vivir.
Las circunstancias nos obligaron a estar juntos más tiempo del que ninguno de los dos quiso.
Y éramos unos putos críos que ni se querían bien ni entendían qué demonios era la vida.
Por entonces, mi padre acababa de perder el trabajo y cada día que pasaba yo sentía que era una carga más. Nunca me lo dijeron. Nunca me faltó amor ni un plato sobre la mesa, mis padres trabajaron duro para ello. Pero un hogar humilde no siempre tiene suficiente oxígeno para tres personas.
Alguien me habló de un lugar en la costa donde ofrecían alojamiento y comida a cambio de ayudar en un restaurante.
Era una academia de surf, muy frecuentada en verano, pero prácticamente muerta en invierno.
No podían pagar un sueldo fijo por la inestabilidad del negocio.
A mí me servía. Quid pro quo que lo llaman.
Así que dejé los estudios y me mudé a un pueblecito de Cornualles, donde me dejé el lomo puliendo tablas de surf, sirviendo desayunos y comidas, y limpiando neoprenos que, a menudo, apestaban a orín.
Pese a lo mal que suena, fueron tiempos increíbles. Tiempos de descubrimiento. Conocí a gente maravillosa, experimenté el placer más allá de lo que jamás me permití en Coventry y descubrí lo mucho que me apasionaba ese deporte.
Unos meses después, un surfista que estaba de paso me habló de su empresa en Raglan, Nueva Zelanda. Me ofrecía algo parecido, pero con un salario decente y un cambio de escenario. Un lugar donde no se te congelaban los dedos al tocar el agua.
Y yo necesitaba ese cambio.
Tenía dieciocho años y demasiadas responsabilidades a mis espaldas como para quedarme quieto en el mismo sitio. Necesitaba el dinero y algo de espacio.
Pese al cambio tan radical que supuso esa decisión, todos me apoyaron. Incluso mi exnovia. Sospecho que ella también tenía ganas de perderme de vista un tiempo, necesitaba ese espacio para encontrarse a sí misma. Y yo todavía estaba aprendiendo a vivir.
Así funcionan las vidas en los barrios bajos. No son idílicas. Nadie sueña con ellas y, a veces, se cometen errores por falta de recursos. Pero, al final, todos estamos haciendo lo mismo: intentando encontrar nuestro lugar en el mundo.
Regresé a Coventry dos años después. Lo hubiera hecho antes pero las cosas no salieron exactamente como esperaba.
Además, echaba de menos a mi familia, sobre todo a ese granuja que crecía a pasos agigantados. Y yo me lo estaba perdiendo. Retomé el contacto con mi ex y decidimos que teníamos que aprender a llevarnos bien. Nos unía algo de por vida que no iba a desaparecer solo porque ya no fuéramos pareja.
Desde entonces he trabajado en todo lo que me ha ido saliendo: bares de copas, restaurantes, clases de surf en verano, revisor de billetes en la estación de tren…
Mi último trabajo es el que más me ha gustado: teléfono, emails, administración y papeleo.
De nueve a cinco… o algo parecido. Las injusticias que veía cada día y los continuos despidos injustificados —a las pruebas me remito—, sumado a una creciente necesidad por mejorar mi situación laboral, fueron lo que me animaron a estudiar de nuevo.
Me apunté a un curso de Recursos Humanos en el college. Dos años a tiempo parcial, con clases los jueves en horario nocturno. Perfecto para combinarlo con el trabajo, si el cabrón de mi jefe no me hubiera despedido por necesidades del negocio.
Y aquí estoy ahora. Tras casi diez años buscándome la vida lo mejor que sé, de vuelta en casa de mis padres.
Desayunando muesli con leche fría, con un pijama que alguien me regaló hace mil navidades y mirando un televisor apagado mientras me replanteo qué demonios voy a hacer con mi vida.
Dicen que lo bueno de los finales es que siempre traen nuevos comienzos, pero jode un huevo hasta que encuentras la dirección correcta.
No son ni las cuatro de la mañana. No debería ponerme tan filosófico, pero es que ha pasado más de una semana desde el incendio y me estoy empezando a agobiar. Normalmente solo duermo en casa de mis padres cuando me toca quedarme con Simon.
Los adoro, que conste, siempre me han apoyado en todo. Pero soy un animal libre, salvaje, necesito mi propio espacio… y sé que seguir viviendo en esta casa sería la forma más rápida de estropear nuestra relación.
Si hay algo más que tengo que agradecerle a mi madre, es que me haya conseguido curro en la empresa de limpieza donde trabaja.
No están las cosas como para andar rechazando nada.
No es un sueño, pero me permite ayudarles con los gastos mientras esté aquí, pagar el college y ahorrar algo de dinero para empezar de nuevo.
Termino de desayunar y me dirijo a la primera oficina. El edificio está en silencio. Me gusta recorrer los pasillos desiertos y la amplia sala diáfana, imaginando que algún día consigo un puesto en un lugar así. Todo llegará, supongo.
Paso la fregona con movimientos automáticos. Limpio los baños. Repaso los espejos. Paso un trapo húmedo por la máquina expendedora. En la cantina, me agencio una chocolatina para reponer fuerzas. Nadie la echará de menos.
Cuando las primeras luces empiezan a encenderse y el silencio se rompe con el traqueteo de zapatos y conversaciones previsibles sobre el clima —bienvenidos a Inglaterra—, termino de recoger y me voy al siguiente turno: la casa de Betty, una anciana que hace tiempo que dejó de valerse por sí misma.
El contraste es brutal. Del acero y el cristal al olor a sopa recalentada, paredes de papel pintado y muebles antiguos.
Me recibe con una sonrisa cansada y una bata demasiado grande para su cuerpo.
Habla despacio. Me da las gracias demasiadas veces.
Creo que le trae sin cuidado si limpio o no, ella solo busca compañía, alguien a quien contarle sus batallitas de juventud.
Me pone un té con unas galletas que llevan demasiado tiempo abiertas. La gente de su generación nunca tira nada hasta que es realmente inservible. Lo cierto es que la vieja me gusta, me inspira demasiada ternura.
Mientras barro el pasillo pienso que nadie escribe nunca historias sobre gente corriente, sobre la vida insulsa y carente de emoción que llevamos millones de personas. Y eso que somos el motor que mueve el mundo.
El otoño ha llegado a Coventry como un vendaval furioso.
La lluvia es interminable, fina y persistente, de esas que lo vuelven todo aún más gris.
O tal vez soy yo, que estoy comenzando a perder mi propio colorido.
Llevo quince días en casa de mis padres y estoy a un paso de que me brote musgo en las ideas.
Cuando termino de limpiar y atender a la señora Betty, me pongo un chándal y salgo a correr. Necesito aire. Necesito que el cuerpo haga algo antes de que la cabeza empiece a pensar demasiado.
Elijo el parque War Memorial, música indie en mis auriculares marcando el trote. El frío me despeja los pulmones. El suelo está húmedo y el césped huele a tierra recién removida. Me gusta esa sensación de avanzar sin un rumbo concreto, de dejar que las piernas decidan por mí.
Corro hasta que el pecho deja de apretarme y los pensamientos se colocan, aunque sea de forma provisional. Hasta que la vida parece manejable durante unos minutos.
Después de la carrera, el ritual de siempre: ducha rápida, asalto a la nevera para comer cualquier cosa que no requiera más de dos minutos de preparación y directo a clase.
Me siento como un puto estudiante otra vez.
Es como viajar al pasado, a cuando tenía quince años y mi vida era una mochila mal organizada y un exceso de expectativas que nunca llegaban a cumplirse.
Lo demás es rutina, rutina y más rutina.
Tres horas de Legislación Laboral, Derechos del Trabajador y Gestión de Nóminas.
Ese eterno intento de mi profesión por poner orden en el único sitio donde nunca lo hay: las personas.
Tomo apuntes, subrayo, esperando que esto me sirva pronto para algo y temiendo que no sea así.
Miro el reloj y veo las llamadas perdidas de Hannah acumulándose como reproches silenciosos. Ya son las ocho. Simon estará dormido o a punto de hacerlo, y su madre me va a matar. Pero las clases se alargan y no puedo permitirme el lujo de perder el hilo; me juego demasiado en cada crédito.
En cuanto termina la última clase, cojo el autobús bajo una lluvia infernal y corro hasta su casa, empapado como un perro callejero. Jamás entenderé por qué la mitad de las marquesinas de este país no tienen techo. Es ridículo.
Cuando llamo al timbre, Hannah me recibe con los brazos en jarras.
—Son casi las nueve de la noche, Ash. Los niños ya están en la cama. Te he llamado un millón de veces.
—Lo sé, Hannah. No te enfades. Tenía clase y no podía contestarte. Y, cuando he salido, me he quedado sin batería.
—¿Otra vez? ¿Cuándo vas a comprarte un móvil nuevo?
La miro con apatía, porque no es el mejor momento para pensar en caprichos y ella lo entiende al instante:
—Anda, pasa. Voy a buscar a los niños. Estaban impacientes por verte. Cantaremos el Cumpleaños Feliz y después se irán a la cama, ¿vale? Mañana tienen cole.
—Gracias, Hannah.