La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 5 El deshielo siberiano #2
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5 El deshielo siberiano #2

Me veo obligado a dar otro paso hacia atrás, aunque la distancia que me separa de la superficie más cercana comienza a ser ridícula. Ya casi siento el frío del archivador en la piel a través de la camisa. O quizás sea miedo.

—Te crees muy libre, Vitale —suelta, atravesándome con esa mirada de acero—. Muy moderno. Muy desinhibido. El rey del Carpe diem, que vende la locura como estilo de vida. Y, sin embargo, aquí siempre sigues las reglas, ¿verdad?

Se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio personal con la fuerza de un tanque soviético.

—Tu trabajo es lo único que necesitas controlar al milímetro.

Es tu espacio sagrado, donde te permites ser organizado, correcto, esa parte de ti que rara vez le muestras a nadie fuera de estas paredes.

Y ahora mismo… —me delata con una sonrisa que no le llega a los ojos—.

Ahora mismo estás odiando no saber qué va a pasar. Has perdido el control.

Lo que odio es que sea capaz de leerme tan bien. Retrocedo de nuevo y choco con el archivador. El metal se me clava en las vértebras, recordándome que no hay escapatoria. Su cuerpo está demasiado cerca. Siento su respiración, ese olor a café amargo y colonia que me está nublando el juicio.

Va a matarme. Estoy convencido. Voy a ser el saco de boxeo con el que pague todas sus frustraciones. No era así como quería descubrir que Ivan Petrov tiene músculos hasta en las pestañas, para qué engañarnos…

La luz de los fluorescentes le corta la cara en ángulos durísimos. Mandíbula de granito. Ojos grises que pinchan. El ambiente se vuelve aún más tenso, y yo me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración.

—Eh, tranquilo, colega… —alcanzo a decir con un hilillo de voz—. No hace falta llegar a las manos…

Me callo de golpe cuando su rostro se acerca aún más.

—Me estoy preguntando quién es el verdadero Fabio Vitale —susurra; y noto su aliento en mi oreja—. ¿El payaso del canal de YouTube o el tío serio y profesional que tanto me… impone en la oficina?

«Un momento. ¿Ha dicho que le impongo? Míster Congelador Industrial acaba de admitir que le impongo, ¿verdad?».

No, no ha dicho eso… Su cuerpo está demasiado cerca. Mi mirada baja por instinto y lo siento. Contra mi cadera. Duro, presente.

A Ivan no le impongo.

A Ivan le… ¿pongo? ¿El hombre de hielo es humano?

¿Y es… de los míos?

Algo cambia en su expresión. Un parpadeo. Da un paso atrás y yo cometo el error de relajarme, ganando aire para respirar. Pobre iluso. Porque, un instante después, él avanza de golpe y todo ocurre en un borrón de adrenalina.

Me sujeta la cara con ambas manos, con una fuerza que me deja sin aire, y me empotra de nuevo contra los archivadores. El golpe del metal resuena en toda la sala como un gong de guerra. Y entonces, sin aviso ni cortesía, me besa.

No me besa, me devora.

No es un momento de película. No hay violines. Es un beso duro, exigente, una explosión de rabia contenida que lleva un año fermentando entre campañas y reuniones. Tardo medio segundo en reaccionar. Solo medio. Después, a la mierda la ética profesional y el espacio personal.

Le devuelvo el beso con la misma furia, tirándole de la nuca mientras nos chocamos de nuevo contra el acero.

Sus manos son tensas, su cuerpo es una roca y nuestras respiraciones están tan desordenadas que no sé cuál es la mía.

Estamos demasiado cerca para seguir fingiendo que esto es solo odio.

No sé qué demonios está pasando, si esto es deseo o alguna vendetta que ha preparado, pero estoy demasiado excitado para detenerme a pensarlo

El tiempo se vuelve borroso. Todo ocurre demasiado rápido. No sé exactamente en qué segundo cruzamos el punto de no retorno, solo sé que el aire se vuelve irrespirable, que mi cabeza deja de pensar y mi cuerpo toma el mando.

Hay calor.

Hay tensión.

Hay una electricidad que me atraviesa de arriba abajo y me deja temblando.

—Esto no cambia nada —susurra contra mis labios—. Sigues siendo un italiano repipi, engreído y desesperado por llamar la atención.

—Genial. Porque tú sigues siendo un ruso gilipollas. Aunque ya no tengo tan claro lo de que seas de hielo, Petrov.

Se separa lo justo para mirarme. Sus ojos grises ahora son carbón encendido. Oscuros. Hambrientos. Entonces, con un gesto rápido y dominante, coge mi mano y la guía hasta su entrepierna. Está ahí, firme, vibrante, reclamándome. Yo enloquezco.

—¿Te parece esto hielo, Vitale?

—Está igual de duro —bromeo, sintiendo que me falta el aire.

No puedo evitarlo. Aprovecho su maniobra para perderme en el interior de sus pantalones. Necesito tocarle. Necesito cumplir con las fantasías prohibidas que he estado fabricando en mi cabeza durante estos meses. Esto… esto es demasiado real. Sus gemidos son música para mis oídos pecadores.

—Estoy deseando que cumplas tu oferta —susurra contra mi cuello.

—¿Qué ofer…?

No termino la frase. Ivan baja la cremallera de mis chinos y cuela su mano en mis bóxers, listo para aliviar la erección que amenaza con reventarlos.

—Dijiste que querías que solucionáramos nuestras diferencias a pollazos, ¿no? —me espeta con una frialdad que contrasta brutalmente con el calor de su mano—. Aquí me tienes. Cumpliendo con lo que hemos discutido en la reunión. Ante todo, soy un profesional.

—¿No será esto una encerrona?

—Creo que no eres consciente de la cantidad de gilipolleces que dices al día, italiano.

Me relajo. O al menos, lo intenta mi psique, porque mi organismo está en pie de guerra, reclamando asilo político en su cuerpo.

Su frente roza la mía y nuestros gemidos se entremezclan, creando una sintonía que no aparecerá en ningún informe de resultados.

El archivador ya no está frío. O quizá soy yo el que está ardiendo y estoy fundiendo el acero a mis espaldas.

Seguimos dándonos placer el uno al otro. Todo se vuelve demasiado prohibido, demasiado real. Cada segundo es un dedo corazón levantado al sentido común, al trabajo y a las consecuencias que, mañana, me harán querer mudarme a Groenlandia.

Es una danza torpe, intensa, hecha de rabia acumulada y deseo mal contenido.

Ni en mis mejores sueños —o mis peores pesadillas— habría imaginado que esta escena acabaría con mis chinos abiertos sobre las caderas.

Y lo peor es que, aun sabiendo que esto puede ser el fin de mi reputación en Petrichor, no soy capaz de soltarle.

Ivan me muerde los labios con una brusquedad que me hace ver las estrellas. Siento un sabor metálico. Sangre. Mi propia sangre. No me molesta; estoy tan caliente que el dolor es solo un aderezo picante para su deseo agresivo.

«¡Joder! No tengo ni puta idea de cómo hemos llegado a esta situación. Tampoco sé por qué no lo hemos hecho antes».

Acelera los movimientos de su mano sobre mi cuerpo y me preparo para la traca final. Estoy a punto de explotar. Y no soy el único… Me bebo sus jadeos. Respiro su placer.

No tarda en llegar. Oigo su respiración entrecortada contra mi boca, seguida de una corriente de líquido caliente que me recorre las manos.

Ivan aumenta el ritmo de sus sacudidas en mi polla. Me muerdo el labio, como si así pudiera equilibrar el placer, hasta que no puedo contenerme más y me dejo ir.

«¡Mierda! Sigo sangrando».

Cuando todo termina, lo sé antes de que mi cerebro alcance a procesarlo. Ivan se separa, saca un pañuelo de su bolsillo, se limpia con la misma frialdad con la que revisa un presupuesto para una campaña de yogures para el estreñimiento y se sube la bragueta con un gesto mecánico.

En cuestión de segundos, el hombre que me tenía atrapado contra un archivador desaparece, dando paso al Ivan de siempre.

El ruso estirado.

El congelador con patas.

No dice nada. Ni una palabra. Ni una mirada de «¿estás bien?» o «ha sido increíble, Vitale». Nada.

Camina hacia la puerta como si no acabáramos de cruzar una línea que no tiene marcha atrás.

Y me deja aquí. Solo. Con el pulso desbocado. Con el cuerpo todavía reaccionando a algo que mi cabeza no sabe cómo interpretar.

—¿Y ahora qué…? —susurro al aire denso de la sala.

Pero la puerta ya se ha cerrado. Y sospecho que mi vida laboral acaba de entrar en una zona de turbulencias para la que no tengo paracaídas.