La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 5 El deshielo siberiano
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5 El deshielo siberiano

El deshielo siberiano

Septiembre, Londres, Inglaterra

Fabio

Han pasado cinco días. Cinco días de silencio absoluto en los que, aparte de una tensión que se puede cortar con un cuchillo de mantequilla, no ha pasado nada. Nada de nada. Y yo estoy flipando.

Ni Recursos Humanos me ha citado.

Ni Karen me ha anunciado mi inminente despido.

Ni el hombre de hielo me ha vuelto a dirigir la palabra.

Lo único fuera de lo normal ha ocurrido justo ahora y es que Ivan se acaba de plantar en mi mesa y ha dejado caer una carpeta con un golpe seco, dramático e innecesario. Esa es su manera de darme a entender que espera que me guste lo que contiene porque no va a aceptar réplicas.

—Eh… ¿Qué es…?

No me habla, pero sí me mira. Me disecciona, más bien. Cuando abro la carpeta, descubro que ha seguido trabajando en la campaña de Try Dry sin mí, pero tampoco están las cosas como para quejarme mucho cuando tiene la sartén por el mango.

Y hablando de mangos…, parece que lo hace adrede. Desde que leyó en pantalla mis groserías, se pone los pantalones todavía más ajustados, como si quisiera provocar un infarto colectivo. O provocármelo a mí.

«Fabio, ¡céntrate! No es momento de pensar en sus atributos, cuando son justo lo que te tienen en esta posición», me reprende un angelito con la cara de David. ¡Manda cojones!

«Lo cierto es que esta no es la posición en la que quiero que me ponga…».

«Fabio, stop!». Esta vez es mi pequeño demonio con cara de Patri; que, para variar, se ha puesto del lado del angelito. Muy desconcertante.

—Esto es… la campaña de Try Dry —digo en voz alta, volviendo al mundo real—. La has acabado.

—¿Eres siempre tan observador? —replica cortante—. Si tienes feedback, utiliza Teams para algo productivo.

Golpe bajo. Y lo peor de todo es que me enciende.

Me enciende que sea tan borde. Está claro que tengo un problema.

O que la sequía me está empezando a pasar factura.

Llevo tiempo sin estar con nadie porque, pese a la imagen de frivolidad que vendo, ya ni el sexo esporádico me llena.

Necesito conectar. Alguien que me despierte algo más que un cosquilleo en el bajo vientre.

Después de un largo mutismo compartido, Ivan se larga a su mesa sin siquiera mirarme.

Echo un vistazo rápido al dosier sin demasiadas expectativas, pero pronto me tengo que callar la vocecilla mental que estaba lista para criticarlo. No sé de dónde ha sacado la inspiración pero esta campaña es buena. Muy buena.

Ha dado en el clavo con la audiencia, ha repartido el presupuesto en los diferentes canales justificando su elección, y, por si fuera poco, se ha atrevido a hacer un boceto de la idea que tiene en mente. Y es elegante, inteligente, divertida. Es… justo lo que el producto necesitaba.

Me trago el orgullo. Entero. Sin agua. ¡Glup!

Quiere que le dé feedback por Teams. ¡Lo lleva claro! Estoy un poco cansado de esta guerra fría.

Me levanto dispuesto a decir algo productivo, civilizado, pero Ivan detecta mis movimientos como un velociraptor oliendo carne fresca y hace mutis por el foro antes de que yo llegue a abrir la boca. Tiene un don increíble para escabullirse. Ni que fuera un ninja, el tío.

«Vale, hasta aquí hemos llegado…».

Su actitud pasivo-agresiva empieza a tocarme mucho los huevos. Porque, si de verdad vamos a trabajar juntos, tenemos que ser capaces de hacerlo como profesionales. Y también porque esta incertidumbre me tiene en un sinvivir permanente.

«¿Por qué demonios no me ha denunciado? ¿Acaso tiene planeado algo… peor?».

Esto es una tortura psicológica.

Cada vez que alguien pronuncia mi nombre en voz alta, salto.

Cada vez que Karen me llama, me pongo en lo peor.

Cada vez que me llega un email, pienso que es mi carta de despido.

No puedo seguir viviendo así o me va a dar un ataque.

Le sigo a paso rápido por la oficina. Y, cómo no, se mete otra vez en la sala de documentación.

No sé qué habrá encontrado ahí dentro, pero su última campaña es oro puro.

Y algo me dice que no es casualidad; que en esa sala abandonada a su suerte hay algo que a él le inspira, y acabo de descubrir que un Ivan inspirado… es un rival a mi altura.

Así que meto el turbo, atravieso el pasillo, abro la puerta y me cuelo dentro.

La sala está casi a oscuras, tan solo iluminada por unos focos débiles.

El resto son sombras que se pierden entre los archivadores metálicos.

No tardo en divisar a mi compañero al fondo, en el mismo lugar donde estaba el otro día, ojeando una carpeta de una famosa marca de cosméticos.

¡Mierda! Apuesto a que Karen le ha dado a él la campaña del kit de maquillaje con efecto camaleón.

Tenía muchas ganas de probarlo con el grupo.

—Ivan, tenemos que hablar.

Empiezo a acostumbrarme a esta situación en la que yo suelto esa frase y él me ignora. La vida es cíclica y yo me acabo de crear mi propio bucle infinito, pero no me pienso dar por vencido.

—¿Vas a seguir ignorándome o es parte del castigo? —añado—. Porque te aviso: tengo un límite muy bajo para la indiferencia.

Nada. Aprieto los dientes. Odio que me ignoren, es superior a mí.

—He leído tu campaña —pruebo, acariciando su ego—. Es brillante. De verdad.

—Vaya… ¿Ahora resulta que también sabes reconocer el trabajo ajeno?

Sabía que eso iba a funcionar.

—Siempre he sabido. Otra cosa es que lo diga en voz alta.

Cierra el archivador con un golpe seco.

—De todos modos, me trae sin cuidado si te gusta o no. Ya se la he entregado a Karen para que no puedas tocarla, corregirla, rehacerla o apropiarte de ella —«¡Será…!»—. Y no me mires así: he aprendido del mejor. Tenía que protegerme.

—¿Protegerte de mí? —pregunto con una risilla nerviosa—. Joder, Ivan, no soy un villano.

—No, tú eres peor. Eres Lucifer en persona.

Mira, en eso no se equivoca. Todos en el grupo tenemos un héroe o un villano asignado, y da la casualidad de que el mío es Lucifer Morningstar de DC Comics, en la versión de Netflix.

—No he recibido ninguna llamada de Recursos Humanos —digo al fin—. ¿Por qué no me has denunciado?

—¿Eso es lo que te preocupa? —Se ríe, sin humor—. ¿Tu expediente?

—Podrías hacer que me despidieran. Con la experiencia que tienes, podrías quedarte con mi puesto de trabajo. Así que… sí, me preocupa. Me apasiona mi trabajo, sé que a ti también y que en este mundillo las lealtades son de papel. Sobre todo, cuando una relación empieza con tan mal pie.

—¿Y crees que eso me habría hecho sentir mejor? Que te despidieran.

—No lo sé —confieso—. No sé mucho de ti, así que desconozco qué cosas te hacen sentir mejor.

De nuevo, me clava la vista, sin siquiera parpadear. Cuando hace eso, me intimida un poco. Es como si no fuera humano.

—¿De verdad crees que soy tan mezquino?

—Creo que estás enfadado —respondo—. Y con razón. Pero también creo que estás disfrutando con todo esto porque te encanta tener el control.

—¿Y acaso a ti no, Vitale? Te encanta jugar con fuego y luego hacerte el sorprendido cuando te quemas.

«¿De qué diablos estamos hablando ahora?».

Damos vueltas el uno alrededor del otro, como animales midiéndose las fuerzas. El silencio pesa. La tensión se pega a la piel.

—Te burlaste de mí delante de todo el mundo —añade—. ¡Me convertiste en un chiste!

—No era personal. Se me fue de las manos.

—¡Oh, vamos! Siempre ha sido personal, desde que crucé la puerta de Petrichor.

No sé si es porque soy mejor que tú, porque no sigo tus ridículos consejos, o porque te jode que tu excompañera te haya dejado tirado para irse con el pijo ese a Australia.

¡Supéralo ya! No sé la de veces que he oído esa puta historia.

—No metas a Sofía y Lucas en esto, ¿quieres?

—¿Qué es entonces? ¿A qué se debe esa actitud beligerante?

Me está poniendo nervioso. No son sus palabras, es su lenguaje corporal. La tensión de sus hombros. Esa mirada que se me clava como acero. Presiento que esta guerra de egos no va a acabar bien.

—Mira, Ivan, entiendo que estés molesto. Pero fue una broma, ¿vale? Solo eso. No quería que las cosas se pusieran raras ni…

Da un paso hacia mí. Solo uno, pero juro que noto cómo el aire cambia de densidad y me obliga a dar un paso hacia atrás.

—¿Una broma? —pregunta—. ¿Sabes lo que fue para mí?

—Vamos, tampoco dije nada tan grave… De hecho, te dejé en bastante buen lugar. Brittany y Gina estaban deseando descubrir si era cierto que tu… —Carraspeo—. Ya sabes.

—¡No paraban de mirarme! —ruge—. De arriba abajo. Como si yo no estuviera allí. Como si fuera un pedazo de carne en vez de un profesional. Fue vergonzoso. ¡Humillante!

—No era mi intención. Creo… creo que lo mejor será que nos olvidemos de esto e intentemos trabajar juntos como si nada hubiera pasado.

No responde. Solo me mira. Yo no entiendo nada, pero cada vez me incomoda más la rigidez de su cuerpo.

—Ivan, no podemos seguir con esta hostilidad. Nos está afectando al trabajo. A las pruebas me remito.

—¿Hostilidad? —Avanza otro paso—. ¿De verdad crees que es culpa mía?

No respondo, porque le veo avanzar otro paso hacia mí, con esa furia en la mirada, y empiezo a temerme lo peor.

Me he metido en pocas peleas en mi vida; alguna de adolescente para defenderme de niñatos homófobos y hace poco tuve que rescatar a Patri en Japón de un depredador sexual.

Pero, pese a la falta de experiencia, sé distinguir cuando alguien siente la ira bullendo por sus venas.

—Aquí no hay cámaras de seguridad, ¿verdad? —pregunta, mirando en todas las direcciones.

«¿A qué cojones viene eso?».

—¿Qué? Ah… no, creo que no. Pero… ¡Joder! Ivan, relax…

Me muerdo el labio, nervioso. Empiezo a lamentar el momento en el que decidí que hacer las paces con él aquí era buena idea. «¿Acaso va a…? No sería tan estúpido de hacerlo, ¿verdad?».

Ivan da otro paso hacia mí con una frialdad que me pone los pelos de punta. Empieza a desabrocharse los botones de las mangas, y el gesto me resulta tan hipnótico como aterrador. Cuando se las remanga, dejando a la vista unos antebrazos bien esculpidos, la vena de su cuello se tensa.