La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 4 El síndrome del impostor #3
15%

4 El síndrome del impostor #3

—No quiero ofender a nadie, ¿vale? Pero si Jesús convirtió el agua en vino, yo estoy intentando convencer al mundo de lo contrario: de que dejen el vino de Jesús y beban ginebra sin alcohol. No sé si veis por dónde va el tema…

Patri me pone esos ojitos que me lanza siempre que falto al respeto a su ídolo, y mis amigos se embarcan en un debate creativo que es justo lo que necesito.

Que mi cerebro esté reseco no implica que no pueda beneficiarme del de ellos.

Menos del de Chloe, que la pobre solo habla de cosas de bebés y está en la parra últimamente.

—¿Es que no piensas decirnos qué te ha pasado hoy? —insiste Patri, poniéndome una mano en el brazo.

—Paso. Pero podemos grabar contenido para mi canal. Necesito ideas novedosas. Estoy tan seco como esta ginebra.

—Pues yo creo que está rica. —Chloe pega otro sorbo—. Da el pego.

—Tú tienes el paladar atrofiado por las hormonas —replica Patri sin piedad.

—Nada de crear contenido para tu canal, Fabs. Estamos hartos —confiesa Colin de repente—. Queremos quedar contigo como lo hacíamos antes de que fueras una estrella. Sin cámaras. Sin stories. Sin que luego aparezcamos editados, con subtítulos y música dramática.

—Echo de menos esos tiempos en los que podías emborracharte y hacer el gilipollas sin que hubiera una cámara inmortalizándolo todo —dice Chloe, nostálgica.

David levanta su copa de ginebra como si fuera un trofeo.

—Y ahora entendéis por qué la generación Z no bebe alcohol. No son más sanos, solo más conscientes de que, hoy en día, las humillaciones son eternas.

Patri sigue mirándome sin quitarme los ojos de encima. Como la mejor amiga que es, no se le escapa nada. Nunca. Tiene ese radar emocional que detecta mis dramas antes incluso de que yo sea consciente de que existen.

—¿Cuánto más tenemos que seguir bebiendo de esta basura para que me cuentes qué ha pasado? —insiste—. Mira que soy capaz de beberme una botella entera, ¿eh?

—Tampoco es como si te fueras a emborrachar… ¿Cómo van los preparativos de la boda? —pregunto, huyendo—. ¿El salón de baile? ¿Cuántos corazones ha roto hoy Romeo?

—No me cambies de tema, mi rey, que son demasiados años de amistad.

Lo hago de todos modos. Como siempre. Aprovecho que David está hablando de CanArch para meter baza:

—Hace siglos que no veo a tu compañero Tiago. ¿Cuándo va a unirse a nosotros?

Patri me mira de refilón. Suspira. Se resigna. Me conoce lo suficiente como para saber que, cuando entro en este estado de negación, lo mejor es dejarme tranquilo. Ya hablaré cuando esté listo… O no.

—Ni lo verás —responde David—. Se está cepillando a medio Londres.

Necesitamos contratar a una secretaria y crear un departamento de Recursos Humanos con urgencia, pero os juro que solo entrevista a rubias que, o no dan el perfil, o huyen despavoridas después de las conversaciones más políticamente incorrectas de la historia.

Empiezo a sospechar que las escoge por su foto de LinkedIn y no por su experiencia laboral.

—Míralo por el lado positivo: es una suerte que no tengáis departamento de Recursos Humanos entonces —se carcajea Colin.

Las risas llenan la mesa durante unos segundos. Las agradezco. Funcionan como una cortina de humo para olvidarme de mi gran cagada.

Llego a casa y no enciendo ni la luz del salón. Me quito los zapatos a medio camino, lanzo la chaqueta en la silla y me dejo caer en el sofá.

—Ven aquí, emperador —murmuro.

Calígula aparece al instante. Ojos brillantes, cola en alto y esa actitud de divo que me chirría un poco en un gato rescatado. Se me sube encima y se hace un ovillo contra mi pecho.

Desde que fuimos a Japón y Sōta estableció que un Tamagotchi no era una mascota de verdad, adopté a este minino diabólico. Patri lo odia, y creo que el sentimiento es mutuo. Cada vez que viene a casa, Calígula se dedica a desintegrarle las medias.

Le acaricio la cabeza. Él ronronea y se estira todo lo que es de largo sobre mi regazo.

Me da miedo abrir cualquiera de mis perfiles en las redes y enfrentarme a los cientos de comentarios que me dejan cada día.

Con el tiempo, aprendes a ignorarlos y a bloquear tus emociones.

No los conozco en persona, me da igual su opinión.

Pero es inevitable que algo te acabe afectando.

Hay gente realmente cruel en el ciberespacio, protegidos por el anonimato que les concede una pantalla o un perfil falso.

Y luego está esta maldita presión que siento en el pecho. Expectativas. Necesidad de complacer, de ser siempre el mejor, el más divertido.

El más, más, más.

Me estoy creando yo solo un bloqueo que lo flipas. Y así, con la tontería, no tengo nada que subir mañana a La vida me pervierte.

Se supone que hoy he salido con mis amigos a vivir una de mis noches apoteósicas, pero no todas las noches son inolvidables. A veces solo… estamos. Hablamos de trabajo, de rutina, nos quejamos de la vida. Y eso no es necesario inmortalizarlo.

En ocasiones pienso que debería dejarlo, descansar, recuperar mi vida privada.

Otras, una vocecilla me recuerda que me debo a mi público.

A mis seguidores. A ese algoritmo caprichoso que castiga el silencio como si fuera un pecado mortal.

Un solo día sin subir contenido y ya notas la factura.

Hoy en día es fácil ser alguien si eres constante, atrevido y te la juegas.

Pero, en cuanto te despistas, te empujan fuera de la cima sin miramientos.

Abro el cajón de la mesa de café y saco el diario donde anoto las aventuras cumpliendo mis listas de deseos.

Aunque las listas las tengo en versión digital, me gusta memorizarlo a mano porque hay cosas que necesito tocar.

Sentir el papel y mancharme las manos de tinta lo vuelve todo más real y menos un juego.

La vida me pervierte va precisamente de eso: de tachar cosas de mi lista.

Cosas que la mayoría no se atreven siquiera a imaginar.

Y por eso me admiran, porque represento algo que ellos creen inalcanzable.

El glamur. El éxito. La diversión constante.

Una vida que todos envidian y que en realidad no existe.

Me río por lo bajo. A mí todavía me sorprende que la gente pierda el tiempo viéndome hacer el ridículo delante de una cámara. Es alucinante.

Lo que no ven es esto: la soledad. La maldita soledad que se me pega al pecho cuando llego a casa y no hay nadie esperándome más allá de un gato con delirios de grandeza.

Es algo a lo que nunca le había dado importancia porque los tenía a ellos, a mis amigos, pero ahora que todos están emparejados y tienen su propia vida… se me empieza a hacer cuesta arriba. Siento que me falta algo. Como si hubiera perdido una frecuencia interna y todo sonara desafinado.

Y en mis horas más bajas el síndrome del impostor me ataca sin piedad. Fabio Vitale es un fraude. Un personaje creado para entretener a la audiencia mientras huye de sus propios problemas para no tener que enfrentarlos.

Y entonces vuelve Ivan. Su cara. Su mirada imposible de leer.

Ese «vete a la mierda» que todavía me zumba en la cabeza.

No tengo ni idea de cuál es su juego, pero me queda claro que mi destino está ahora en manos de un gilipollas que encima sabe que me pone.

Y no hay cosa que odie más que no tener el control.

Calígula bosteza y apoya la cabeza bajo mi barbilla.

—Sí, lo sé… Menudo día de mierda —susurro.