La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 4 El síndrome del impostor #2
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4 El síndrome del impostor #2

La sala de documentación es el archivo sagrado de Petrichor.

El lugar donde descansan nuestras glorias pasadas y nuestros errores más caros.

Campañas impresas de cuando todavía confiábamos en el papel.

Banners descoloridos. Panfletos que en su día fueron un exitazo y hoy provocan vergüenza ajena.

Briefs con ideas gloriosas y otras que deberían haberse quedado en el brainstorming.

Es un lugar sagrado en esta empresa y, la verdad, no es el mejor sitio para enfrentarme a él.

Respiro hondo. Me armo de valor. Cojo aire y abro la puerta.

No tardo ni dos segundos en detectar su cuerpo fornido apoyado contra uno de los archivadores de metal que van de arriba abajo de la sala, en la penumbra, bajo una luz demasiado blanca.

Me acerco con prudencia y sonrío para dentro al comprobar que está revisando antiguas campañas de marcas alcohólicas, imagino que en busca de inspiración para Try Dry. Está claro que Karen aún no le ha dicho que no vamos a trabajar juntos.

Hay algo hipnótico en su forma de moverse.

En cómo frunce el ceño al leer. En cómo hace un esfuerzo sobrehumano por ignorarme, a pesar de que sé que me ha visto entrar.

Espero que lo que ha leído en el chat no le haya calado tanto como la charlita de esta mañana, pues está claro que está buscando algo que refresque sus ideas.

No, mejor que no se refresque más… Este hombre necesita justo lo contrario. Calorcito que le quite el amargor ese que lleva siempre encima.

Y hablando de calor, aquí el único que se está calentando soy yo. ¡Madre del amor hermoso! Sé que estoy fatal de la cabeza, pero algo en su mirada de acero y su actitud borde me provoca.

Me pone. Me despierta. Me reta.

No sé explicarlo sin quedar como un idiota, así que no lo intento. Son demasiados meses tensando la cuerda —y otras cosas— y llevándonos al límite como para que su presencia me resulte indiferente.

Igual Patri tiene razón y mi único problema con él es que me jode que no me ría las gracias y no me haga ni puto caso.

Y que posiblemente sea hetero. No tengo nada en contra de los heteros, que conste, excepto cuando me obsesiono con ellos y se convierten en algo inalcanzable. Ahí sí que me caen mal…

—¿Podemos hablar un momento? —ruego, rompiendo el hielo.

¡Joder! Si es que todas las metáforas que me salen acerca de este hombre tienen que ver con el frío siberiano.

Y él… ni siquiera levanta la mirada de la carpeta que sostiene en las manos. Esto va de mal en peor.

—Ivan… —pruebo de nuevo.

—¿Tú qué crees?

Otras tres palabras. Vamos avanzando.

Me acerco un paso más, ignorando la advertencia que me lanza su cuerpo en tensión. Yo funciono mejor en las distancias cortas, qué le vamos a hacer.

—Ivan…, solo quiero disculparme.

Entonces sí, levanta la vista y me observa con esos ojos grises, fríos, duros. Y joder, es cierto que yo soy más de rubios, pero qué guapo es el desgraciado. Abre los labios, me mira, parece que va a decir algo…

—Fabio…

—¿Sí?

—Vete a la mierda.

Pues sí, sí que iba a decir algo. Sin florituras.

Pero no me da tiempo a mucho más. Ivan cierra el archivador de golpe y pasa a mi lado sin tocarme, pero asegurándose de que note su enfado. La puerta se cierra detrás de él con un ruido seco.

Y yo me quedo aquí, con el corazón latiéndome a mil por hora y la incómoda sensación de que esta vez la he cagado a lo grande.

Llego a The Fox y David, que le está dando a la kombucha porque tiene muy mal beber.

—Un momento… —Patri arruga la nariz, me señala con el dedo y se inclina para oler mi copa—. ¡Serás tramposo! Ya decía yo que aquí apestaba a alcohol. ¿Qué diablos estás bebiendo tú?

—Vodka doble. Es lo que necesito ahora mismo —respondo. «Mierda, otra vez me he vuelto a acordar del ruso»—. No tenéis ni idea de la que he liado hoy.

—No, pero apostaría el dinero para la universidad de mis hijos a que no tardarás en contárnoslo —asegura Colin.

—O lo veremos en su canal —añade Chloe, con una sonrisa torcida.

—Creo que esta vez os vais a quedar con las ganas —zanjo—. Volvamos a vuestras bebidas, ¿qué os sugieren? ¿Qué percibís? Tengo que entregar algo antes del martes que viene y estoy en blanco.

—¿No deberías estar trabajando en esto con Ivan en vez de con nosotros? —quiere saber David. Decido ignorarlo para ahorrarme los detalles escabrosos. No quiero que sean cómplices si alguno de los dos desaparece en extrañas circunstancias.

—En serio, no sé cómo enfocar la campaña. No empatizo con el producto. ¿Quién pediría una ginebra sin alcohol? ¡Bébete una tónica y listo!

—Es para seguir el ritmo sin la borrachera —dice David, siempre tan razonable—. Yo lo veo bien. Aumenta las opciones para no beber siempre lo mismo. Y queda… sofisticado.

—Me parece una soberana idiotez.

—Tienes todo el sabor del cóctel, pero sin las consecuencias. Yo creo que es una idea fantástica —insiste.

—O para las embarazadas —añade Chloe, acariciándose otra vez la barriga, que vibra como si dentro tuviera dos alienígenas haciendo zumba.

—O para los solidarios —apunta Colin, levantando su copa.

Chloe lo fulmina con la mirada.

—¿Llamas a esto un gran gesto de solidaridad? No eres tú al que van a rajar para sacar a dos bestias pateadoras de tus entrañas.

—Chicos, centrémonos —ruego—. Ideas. Brainstorming. No me estáis ayudando mucho.

Patri toma la palabra:

—A mí me cuesta creer que empatizases con esos zapatos de ballet con ruedas retráctiles o con el cuchillo de mantequilla con calentador integrado y no empatices con esto. Una vez que te acostumbras al sabor, es hasta agradable.

—O con los polvos que se echaban en la taza del váter de tu ligue después de un apretón… —recuerda Colin.

Oh, sí. Ya me acuerdo de esos polvitos rosas con olor tropical… Qué producto tan magnífico.

—La verdad es que sí tengo una idea en mente para la campaña, pero tengo miedo a que sea demasiado.

—¿Miedo tú? —se extraña David—. ¿Qué te lo impide?

—La Biblia, por ejemplo.

—¿La Biblia? —repite Patri.