4 El síndrome del impostor
El síndrome del impostor
Septiembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Estoy sentado en el despacho de Karen con las manos entrelazadas, un capuchino de máquina y la pierna derecha botando como si tuviera un motor oculto.
He repasado todas las posibilidades al milímetro: despido fulminante, expediente disciplinario, charlita sobre lo decepcionada que está conmigo…
Sé que de esta no me libra ni ese dios en el que no creo.
Si salgo vivo, igual empiezo a replantearme la fe.
—Te dije que te tomaras una tila —me acusa mi jefa al entrar, dejando nuestros portátiles sobre la mesa—. ¿De verdad crees que necesitas más cafeína? Hoy te veo… desatado. Y con la lengua suelta. O la tecla, más bien.
Resoplo. Karen está a una exhalación de perder los nervios, y nunca la he visto hacerlo antes por muy mal que salieran las cosas. Es un tiburón que se come a cualquier hombre de negocios con patatas y aún pide postre.
—No estoy desatado —me defiendo—. Estoy desmotivado.
—Estás descontrolado, Fabio.
Se sienta frente a mí y me clava la mirada. Intento leer algo en ella. O mucho me equivoco, o no está pensando en echarme, aunque apuesto que la situación se le queda un poco grande, así que le echo un cable:
—Vale, sí, me he pasado, pero…
—¿Que te has pasado? —me corta—. Fabio, ¿me quieres decir qué demonios hago yo ahora?
Como Ivan hable con Recursos Humanos, y razones no le faltan, tú vas directamente a la calle.
Lo que has hecho es una falta de respeto terrible hacia un compañero.
Es acoso sexual —continúa—. Por no mencionar que, según he entendido en tu chat con Sofía, ¡y ya hablaremos más tarde de eso!
, llevas meses modificando las campañas a escondidas.
¡Meses! ¿Cómo es que Ivan no ha dicho nada?
Me dejo caer en la silla giratoria y comienzo a dar vueltas. Me estoy mareando… por partida doble.
—No soy ningún acosador, ¿vale? Tú me conoces.
Se me ha ido la fuerza por la boca, pero yo jamás le…
—Resoplo, agobiado—. Te juro que no le he puesto la mano encima.
Nunca he intentado nada con él, si ni siquiera sé si tiene pareja, cuál es su orientación sexual…
Solo ha sido una broma inocente entre Sofi y yo, lo juro.
—Deberías intentar pasar desapercibido unos días.
—¿Pasar desapercibido?
—Sí, Fabio, pasar desapercibido. ¿Sabes cómo se hace eso? Todo el mundo sigue tu canal, pero no a todos les gusta lo que haces.
—¡Pues que no miren!
—No se trata de eso… Eres una celebridad, te va bien… Y la envidia es muy mala, Fabio. Algunos aprovecharán el mínimo desliz para hundirte.
—Vamos a tranquilizarnos un poco —ruego—.
En esa sala solo estábamos Gina, Ivan, Britt, tú y yo.
Ivan no habla con nadie en la oficina, es el tío más antisocial del planeta, así que dudo que se vaya de la lengua.
Lo único que tenemos que hacer es evitar que ponga una queja.
Hablaré con él, sé que puedo convencerle. Llevamos un año trabajando juntos.
—¡Oh, genial! Ahora estoy mucho más tranquila sabiendo que vuestro año de trabajo juntos ha dado unos frutos tan estupendos.
En circunstancias normales, hablamos el mismo idioma, pero ahora mismo odio que sea tan cáustica. No es lo que necesito en estos momentos.
—Me disculparé. Voy a arreglarlo, Karen. Déjamelo a mí.
—No te quiero ver a menos de tres metros de Ivan hasta que se aclare esto, ¿me oyes?
—¿¡Estás de coña!? ¡Que no soy un depredador sexual!
—¡Acabas de confesar, delante de una de nuestras mejores clientas, que te gustaría que…! ¡Que tiene un…! —Genial, no sabe cómo seguir la frase—. ¡Dios! No me atrevo ni a decirlo en voz alta.
Mira para otro lado, ruborizada. Yo no sé cómo defenderme de mis gloriosas declaraciones. ¿Por qué narices habré hablado con Sofía en inglés y no en español, como suelo hacer?
—Era una broma, Karen. Ivan y yo acabábamos de discutir, nos hemos calentado y…
—Sí, ya veo que estabas calentito… —dice de malas formas—. ¡Dios! ¿Desde cuándo estáis así?
—Desde… el primer día, más o menos.
—¿Y por qué no me habéis dicho nada? Os habría cambiado de equipo, habría…
—¡Yo qué sé! Quería llevar esto de forma profesional.
Karen me mira con esa expresión dañina y puedo leer sus pensamientos antes de que los pronuncie en voz alta.
—Lo que has hecho ahí dentro es de todo menos profesional. Da gracias a que era Gina quien estaba presente y a esa mujer le importa un pito todo.
—¿Cómo se lo ha tomado?
Karen suspira y se masajea el puente de la nariz.
—Ya sabes cómo es. No ha dejado de mirarle… el paquete, como tú lo llamas, y, de rebote… —Hincha los carrillos de aire, aturullada—. Puede que yo también haya acabado mirándole de manera inconsciente.
«Fabio, este no es momento para descojonarte. Sé profesional por primera vez en todo el día».
—Vaya —digo al fin.
—El pobre Ivan no sabía ni cómo sentarse. Para más inri, Gina le ha cambiado de nombre como seis veces: Ivon, Imán, Joan… ¡Bochornoso! Esa mujer necesita terapia, te lo digo en serio.
No puedo evitar sonreír. Conozco bien a Gina y nunca defrauda. La cara de mi jefa se va tiñendo de desconsuelo, y sé que esta vez la he liado pero bien.
—¡No puedo creer que me hayas hecho esto, Fabio! Eres mi mejor publicista, mi apoyo en esta locura de oficina.
—Lo sé, lo siento. No volverá a pasar.
—¡Ya lo creo que no! O seré yo misma quien te ponga de patitas en la calle —amenaza—.
Anda, ve a disculparte a ver si consigues minimizar los daños antes de que lo cite en mi despacho.
Y mientras observamos cómo se desarrollan los hechos, creo que sería prudente que trabajéis en distintas campañas.
Tú puedes seguir con Try Dry, y que él se ponga con los calcetines que convierten el sudor en energía, o los auriculares para plantas.
Lo que sea… Pero no podéis trabajar juntos.
Mi yo interior llora a mares. Los auriculares para plantas. Menuda pérdida dárselos a él, que ni siquiera va a probarlos. A mi cactus seguro que le encantarían, aunque sea un peluche de Ale-Hop. Igual debería plantearme comprarme uno de verdad para que haga compañía a Alfonso XII… Lo estudiaré.
—Gracias, Karen.
—No me lo agradezcas aún —dice—. Ve y, por favor, piensa antes de actuar. Ya hablaremos tú y yo más adelante de eso de escribirte con Sofía durante las reuniones, que no creas que se me va a olvidar así como así…
Salgo del despacho con el corazón en la garganta y merodeo por la oficina como un león enjaulado. No veo a Ivan por ninguna parte. Necesito arreglar esto antes de que se convierta en un incendio imposible de apagar. Pero el hombre de hielo no da señales de vida y empiezo a desesperarme.
No está en su silla. No está en la cantina. Ni en el despacho de Recursos Humanos. Abro el congelador de la cocina y… no, tampoco está ahí.
«¿Dónde cojones se ha metido?».
Como una broma cruel del destino, me cruzo en el pasillo con un compañero de dicho departamento. Justo la persona a la que más me apetecía ver ahora mismo.
«Fantástico».
¿Se habrá enterado ya de mi cagada histórica o todavía voy con unos minutos de ventaja antes del gran apocalipsis?
Se llama John Smith, como el de Pocahontas, y es igual de rubio.
Alto, sonrisa fácil, traje que le queda de miedo.
También tiene un polvazo considerable, no voy a mentir; pero es muy hetero y, ahora mismo, no está el horno para bollos.
Mejor me guardo el flirteo inocente para otro momento, no sea que me cuelguen la medallita de depravado oficial de Petrichor.
—Fabs —me saluda, deteniéndose frente a mí—. Llevo desde anoche pensando en ti.
Mi corazón da un pequeño salto mortal. Si empezó a pensar en mí anoche, no puede tener nada que ver con mi desfase de hoy, ¿verdad?
—Me ha encantado tu último vídeo. ¿De verdad fuiste a una entrevista de trabajo con peluca morada y gafas de corazón?
«Fiu, fiu».
—Culpable.
—Hubiera matado por ver su cara. Mi mujer y yo no podíamos parar de reír. No sé de dónde sacas la imaginación.
—Esto fue cosa de Lucas, un colega. Lo mejor es que era para ser contable —confieso— y yo no tenía ni idea del tema. Me preparé la entrevista con IA y solté todas las burradas que se me pasaron por la cabeza. El hombre no daba crédito y no sé cómo mantuve el tipo sin partirme de risa.
—Buenísimo. Cada día te superas más. ¿Qué será lo próximo?
—Pues… sorpresa. —Le guiño un ojo.
Mentira. La sorpresa me la voy a llevar yo como siga manteniendo las cifras que he tenido hasta ahora. Se me están acabando las ideas locas y, peor aún, se me están acabando las ganas de hacer el idiota. Que uno ya tiene una edad…
Lo del canal empezó como un reto, un «yo también puedo hacerme viral». Un testimonio gráfico de cómo cumplía cada cosa de mi lista de deseos con mis amigos. Lo disfrutaba muchísimo, y el mundo se transformó en mi particular parque de atracciones donde cualquier cosa era posible.
Pero de un tiempo para acá, más que una pasión es una condena.
Vivo pendiente de los likes, los comentarios, las estadísticas de visibilidad.
Siempre al día en las últimas tendencias o cambios en el algoritmo para mantenerme en la cima.
Y es exasperante. Estoy haciendo las cosas sin ganas, todo me aburre.
Necesito emociones nuevas. O… algo que me haga sentir, en general.
Estoy emocionalmente estéril, como mi cactus de peluche.
Pero las crisis de una en una. Ahora necesito encontrar a ese ruso con malas pulgas y arreglar las cosas antes de que me toque mendigar en el metro.
—Oye, John —añado antes de que se me escape—, ¿no habrás visto a Ivan por ahí?
—¿A quién? —Frunce el ceño.
Lo sabía. Nadie conoce su nombre. Este chico es un perla.
—A Ivan, mi compañero de departamento —aclaro. John me mira como si le hablara en arameo—. Metro noventa, moreno, ojos grises, más pálido que Robert Pattinson en Crepúsculo…
—¡Ah! ¿El chico ese que nunca saluda? —pregunta. «¡Bingo!»—. Creo que lo vi entrar en la sala de documentación.
—Gracias —me despido alejándome rumbo a dicha sala.