La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 3 La Regla del Tres
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3 La Regla del Tres

La regla del Tres

Septiembre, Coventry, Inglaterra

Ashley

—Joder, Ash. ¡Despierta, capullo! ¡Ashley! ¡Me cago en todo!

Me despierta un terremoto.

No, no es un terremoto… Estamos en Coventry, no en Hawái. Aquí lo más parecido a un fenómeno natural extremo es la lluvia horizontal, una cosa muy bizarra.

Me quito los auriculares y descubro que es Myles, mi compañero de piso y amigo del barrio, quien está gritando y aporreando la puerta. Abro un ojo a medias y miro el móvil. La luz me atraviesa la córnea como una traición.

Las tres de la mañana. De puta madre.

Bendita la hora en la que accedí a vivir con él y sus colegas; sobre todo, en la peor habitación de la casa: la de la planta baja, junto a la cocina.

Cuando no llega borracho, está colocado o irascible porque ha tenido un día de mierda en el curro.

La cuestión es que siempre acaba despertándome.

He ahí la razón por la que necesito los auriculares para dormir, las ondas gamma me ayudan a aislar a mis ruidosos compañeros para poder estudiar o dormir tranquilo.

Pero estoy harto. Muy harto. Cualquier día…

—¡Ash, joder! ¡Abre la maldita puerta!

—Déjame dormir, cabr… —empiezo a gritar.

No termino la frase. Me ahogo. Toso. Me incorporo de golpe. El aire está denso. Pesado. Sabe mal. Huele a…

¿Qué cojones…?

Con la poca luz que entra desde la calle distingo algo que no debería estar aquí: humo. Mucho humo. Cantidades ingentes de humo.

Espera…, ¿humo?

«¿Por qué demonios hay humo en mi habitación? ¿Y por qué no está sonando la alarma de incendios?».

—Joder. Joder… ¡Joder!

El pomo de la puerta me abrasa la piel. La abro de un tirón, todavía en calzoncillos, y me encuentro a Myles gritando como un poseso en el pasillo.

Si no hubiera tantísimo caos a mi alrededor, tal vez me habría llamado más la atención el fuerte olor a porro que desprende.

Cuando me ve, se lanza sobre mí y me abraza.

—Tío, pensaba que la palmabas ahí dentro.

—Pero ¿qué…?

—Incendio.

—Ya, eso ya lo veo, ¿pero…?

—Tenemos que irnos.

—Espera, voy a coger el móvil, ponerme algo y…

—¡Ni hablar! No hay tiempo. Ya hemos llamado a los bomberos. El fuego va rápido. Hay que salir. ¡Ya!

—¡Que estoy en calzoncillos!

—¿Prefieres estar en calzoncillos y contarlo o perder el tiempo poniéndote guapo y que te encuentren carbonizado?

Una lengua de fuego se acerca hacia nosotros. Corremos hacia la puerta y abandonamos la casa victoriana entre gritos, carreras y un olor que no voy a olvidar jamás. Afuera están todos mis compañeros, los seis al completo, ahora que Myles y yo nos hemos unido.

Mariah está desquiciada, hablando por teléfono con su novio, y Jules abraza a Rebecca, que llora desconsolada.

—¡Mi ropa! ¡Mis bolsos de marca! ¡Mis zapatos! —repite en bucle mientras él intenta calmarla.

Yo miro la casa sin dar crédito, tratando de asimilar que lo más parecido a un hogar que he tenido en mucho tiempo pronto quedará reducido a cenizas.

Mi habitación.

Mis cosas.

Mis recuerdos tangibles.

Mis apuntes del college.

Mi calma precaria.

Todo se ha ido a la mierda en un abrir y cerrar de ojos. O… al revés, más bien.

—¿Qué demonios ha pasado? —insisto.

—No lo sé —responde Myles—. Estaba con Jones y Jules fumando unos pitis en el jardín y, de repente, vimos fuego en la habitación de Jules. En minutos, la planta de arriba estaba en llamas. Apenas me dio tiempo a coger el móvil y ponerme las deportivas.

—¡Qué suerte! No sabes lo que daría yo ahora mismo por no estar descalzo y en gayumbos en medio de la calle.

—¿Cómo cojones no te has enterado de que la casa se nos venía abajo, tío? ¿Cómo no has oído los gritos!

—¡Porque te recuerdo que duermo con cascos por tu culpa, Myles! Hacéis tanto ruido cuando os colocáis que no consigo concentrarme. Además, la alarma de incendios debería haber sonado. El técnico vino a revisarla hace menos de dos meses y…

Myles aparta la mirada.

—No. No. ¡Joder, no! —Niego con la cabeza—. No me digas que la habéis vuelto a tapar con un calcetín para poder fumar dentro. ¡Está prohibido!

—¿Cómo íbamos a pensar que se iba a quemar la casa?

—¿No se te ha ocurrido que, si está prohibido fumar, es por algo?

—¡Pues claro que es por algo! Porque hay gente muy tiquismiquis, como tú.

—¿Tiquismiquis? ¡La madre que os parió a los tres!

—¿Puedes bajar la voz? Vamos a despertar a todo el vecindario —ruega Myles.

—¡Claro, porque el incendio de por sí no impacta lo suficiente!

Empiezo a caminar en círculos, descalzo, helado, perdiendo los papeles mientras veo cómo toda mi vida se deshace ante mis ojos. Esto no puede acabar bien. Como se entere el casero de que ha sido provocado por uno de estos cafres…

—Por el amor de Dios, ¿qué ha pasado?

La voz viene de una señora de unos sesenta años bastante entrada en carnes. No sé su nombre, solo sé que vive en la casa de al lado y en verano me espía desde el piso de arriba cuando hago deporte en el jardín.

—No tenemos ni idea —dice Myles—. Puede haber sido un móvil de esos que explotan.

—Sí, eso ha sido… —corrobora Jules, no demasiado convencido—. Putos móviles chinos. No te puedes fiar de nada ni de nadie hoy en día.

Justo lo que yo estaba pensando… ¡Quién me mandaría a mí juntarme con esta panda de idiotas!

¿Y qué hago yo ahora? ¿Cómo recupero mis cosas?

Los bomberos llegan poco después. Yo sigo en calzoncillos, muerto de frío, observando cómo mi vida pasa ante mis ojos envuelta en llamas.

«Respira, Ash. Has salido de peores», me repito. Soy como el ave fénix y, una vez más, resurgiré de mis cenizas, cueste lo que cueste. Esta vez, de manera literal.

El último en llegar al escenario del crimen es el casero. Como era de esperar, nos cose a preguntas. Quiere respuestas, culpables, soluciones. Resulta que no tiene seguro. ¡Sorpresa! Alguien va a tener que pagar por esto.

Me cruzo de brazos, tiritando, mirando una casa que ya no es una casa. Sospecho que va a ser una noche muy larga.

Leí en algún sitio que las desgracias nunca llegan solas. Que van en ciclos. De tres en tres, concretamente. Es una regla universal, al parecer.

La primera vez que escuché esta teoría fue de los labios de mi primera y única novia. Acababan de atropellar a su perro cuando, de la noche a la mañana, su hermano decidió largarse de casa sin previo aviso.

La tercera desgracia llegó en forma de embarazo adolescente, pillando a todo el mundo por sorpresa. Bueno, a mí no tanto… Aunque sí me pareció una putada, para qué negarlo. Es lo que suele pasar cuando te coges el pedo de tu vida en la graduación del instituto y decides que el condón es opcional.

Años después, alguien más me repitió la misma lección tras perder a un familiar, el trabajo y el coche en la misma semana. Una tragedia completa. De manual. Y fue inevitable por culpa de la Regla del Tres.

Y supongo que estoy a punto de comprobar la teoría por mí mismo… Solo me falta una más para cantar línea.

Esta mañana llegué a la oficina sin dormir. Con unos pantalones, una camisa y unos zapatos prestados por un vecino que usaba más o menos la misma talla, y oliendo a una mezcla intoxicante de humo, sudor, derrota y uno de esos sprays corporales tan concentrados que llegan a marear un poco.

Me hubiera gustado ducharme en el gimnasio, pero sin tarjeta de socio, sin batería en el móvil y sin identificación, no era nadie.

Me incorporé en mi mesa de trabajo intentando pasar desapercibido.

Error de principiante. Olga no tardó en acercarse, con sus largas piernas enfundadas en una estrecha falda de tubo, batiendo las pestañas en uno de sus inútiles intentos por conquistarme.

Es guapísima, persistente. Lleva meses bebiendo los vientos por mí y yo llevo los mismos meses dándole calabazas con educación.

Sigo sin saber cuándo se dará cuenta de que no tiene nada que hacer conmigo.

Como siempre, le sonreí lo justo y le seguí el rollo sin comprometer nada.

—Madre mía, Ash —dijo inclinándose sobre mi mesa más de lo necesario—. ¿Qué te ha pasado? Pareces un personaje salido de una peli posapocalíptica. Muy sexy, por cierto.

Miré mi propio reflejo en la pantalla del ordenador. La verdad es que tenía un aspecto horrible: unas manchas moráceas bajo los ojos azules delataban que no había dormido, y mi pelo rubio se había convertido en un mar de restos de ceniza.

—He tenido una noche… movidita —respondí sin levantar demasiado la vista.

—Si quieres, puedo ayudar a que te relajes. Conozco formas muy efectivas.

—No dudo de tus conocimientos —contesté apático—, pero hoy estoy más en modo respirar y no matar a nadie.

Ella rio ante mi comentario, que no era ni de lejos lo que pretendía, y se acercó aún más. Tras un silencio incómodo, dijo algo que me hizo entender que había captado el mensaje. «Chica lista».

—Bueno, si cambias de opinión…

—Lo tendré en cuenta.

Se alejó, dejando tras de sí un perfume demasiado dulce para alguien que no entiende el concepto de no.

Mi momento de paz duró poco. Mi jefe se presentó con esa sonrisa que ya había aprendido a temer. La esbozaba cuando quería que rehiciera unos documentos que ya había modificado mil veces antes o cuando me tocaba hacer horas extras que nunca me pagaba.

—Ash, ¿podemos hablar un momento? No te robaré mucho tiempo.

En eso no mintió, el muy canalla. Tardó exactamente siete minutos en ponerme de patitas en la calle.

¿Por qué? Necesidades del negocio, lo llamó, buscando mi comprensión.

Mi empatía. Resulta que la vida está cara, la inflación aprieta y han decidido prescindir de mi puesto como secretario para mover el departamento a un país más barato.

¿India? ¿Bangladesh? ¿Algún lugar donde mi salario equivalga a un café con leche? Pues eso.

—No es nada personal —aclaró—. Son decisiones estratégicas.

Claro, pobrecitos. Supongo que con los cien millones de dólares que se habían embolsado este último año era difícil mantener mi mísero sueldo.

¿Lo mejor? En Inglaterra no te corresponde finiquito si llevas menos de dos años en la empresa. Y yo llevaba menos, mucho menos; más que nada, porque ni la propia empresa había cumplido los dos años todavía.

Si ya me lo decía mi padre: «No te vayas a una empresa emergente». Pero es que me lo vendieron tan bien… Que si oportunidades de crecimiento, que si me harían un hueco en el departamento de Recursos Humanos cuando acabara mis estudios…

En fin, que soy gilipollas.

Un gilipollas de manual que, ahora mismo, no tiene dónde caerse muerto, porque en este país en el que nunca falta el trabajo, hay una crisis gordísima y no hay ayuda al desempleo.

Tan solo noventa míseras libras a la semana con las que pretenden que cubra una habitación de cerca de mil al mes y el caro hábito de comer todos los días.

Recogí mis escasas pertenencias: una botella metálica de agua, la ropa del gimnasio que guardaba en la taquilla, una taza con el logo de la empresa y cuatro chucherías más que no recuerdo quién me regaló en algún amigo invisible.

No me gusta coleccionar trastos, pero parece que esto es todo cuanto poseo ahora mismo, a excepción de un par de cajas de recuerdos de mi adolescencia y algo de ropa vieja que todavía tengo en casa de mis padres.

Cogí de la cantina una bolsa de patatas fritas, un sándwich y varios plátanos y lo metí todo en una mochila promocional de la empresa, lo más parecido a una indemnización a lo que podía aspirar.

Menudo. Día. De. Mierda.

Salí del edificio sin mirar atrás y caminé sin rumbo por la ciudad hasta que las piernas decidieron por mí y me dejé caer en un banco de Broadgate. Recto como una vela, con la mochila entre los pies, como si estuviera esperando un tren que no sé a dónde va ni cuándo pasa.

Y yo pensando que este iba a ser mi año… Visto lo visto, me conformo con sobrevivir.

No todos estamos destinados a vidas extraordinarias.

No todos tenemos listas de deseos, propósitos de año nuevo ni chorradas por el estilo.

Algunas personas nos conformamos con llegar a fin de mes sin que nos falte el aire. Y está bien. Supongo que eso nos hace… normales. Del montón. Reales.

¿Es eso tan malo?

A mis casi veintiséis años no he logrado nada que merezca ser nombrado.

No tengo grandes ambiciones ni sueños que requieran fuegos artificiales, más allá de acabar mis estudios y encontrar un buen trabajo.

Me conformo con un sueldo que me permita vivir sin ahogos y con poder invertir el tiempo libre en lo que de verdad me calma.

Nunca he sido el tipo que protagonizaría una comedia romántica.

Tampoco aspiro a ello. No me apasiona leer ni pasarme horas delante de la tele.

No persigo historias ajenas porque ya me cuesta bastante entender la mía.

Yo soy más de naturaleza. De viento en la cara.

De mar abierto. De dormir bajo las estrellas y sentir la tierra húmeda bajo los pies.

Miro a mi alrededor, el paisaje urbano, gris, lleno de ruido y movimiento.

Broadgate no es grandioso. Coventry, en general, tampoco lo es.

No tiene la belleza arrogante de otras ciudades ni pretende impresionarte.

Nadie viene buscando magia ni postales. Es práctica, algo gris, a veces incluso ingrata.

Pero es mi sitio. Es donde me crie y a donde siempre acabo volviendo.

A veces la odio un poco, la responsabilizo por la vida que he llevado, aunque la ciudad no tenga culpa de nada.

O sí. El lugar donde nacemos también nos condiciona.

Hay quien tiene la suerte de elegir dónde moverse, otros estamos atados.

Porque hay una razón muy valiosa que me mantiene fijo en este lugar. La más importante de todas: él.

No hace frío, pero yo lo siento. El tipo de frío que se cuela por la ropa prestada y te recuerda que no tienes nada.

Levanto la vista. Gente que pasa deprisa. Gente que necesita llegar a algún sitio. Gente con planes. Con llaves. Que sabe lo que hará mañana.

Yo me quedo aquí, quieto, esperando a que llegue la tercera desgracia del día. Una señal. Algo. ¡Yo qué sé!

Porque si la teoría es cierta —y hoy todo apunta a que sí—, esto aún no ha terminado.