La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 2 Aceite, vinagre y un ruso con malas pulgas #2
10%

2 Aceite, vinagre y un ruso con malas pulgas #2

Se disculpa con una sonrisa tensa y me mira.

Yo sigo observando la pantalla de la sala de reuniones fingiendo una atención que no he prestado en absoluto.

Como ya he dicho, he visto tantas veces los paneles de cifras de esta marca que podría salir ahí delante y dar la charla mientras pienso en qué voy a cenar esta noche. Todo está bajo control.

Karen se recoloca el pelo; nerviosa, pero natural.

—¡Qué horror! Estas actualizaciones siempre se ejecutan en el peor momento. Fabio, ¿podríamos conectar tu portátil? Creo que tienes una copia de la última versión de la presentación.

«Si ella supiera…».

Ivan me clava la mirada con inquina. ¿Podrá leer los pensamientos?

—Por supuesto, jefa.

Me conecto al proyector para compartir pantalla desde mi ordenador y todo vuelve a cobrar sentido: diapositivas, números. El mundo gira de nuevo, Karen vuelve a hablar durante otros quince minutos y yo… Yo me aburro. Como una ostra, pero es lo que toca.

Y entonces… plin, la esquina inferior derecha de mi pantalla se ilumina.

Mi querida Sofía, que a la pobre la he dejado con la palabra en la tecla.

Decido leer su mensaje y volver a perderme en el chat.

Total, por una distracción mínima no se va a dar cuenta nadie…

Están todos demasiado hipnotizados por el éxito de Petrichor.

¿He dicho ya que somos la hostia?

Sofía: A mí no me des la callada por respuesta, que nos conocemos. No es normal que estés trabajando cada noche hasta las tantas solo para rehacer a escondidas lo que hacéis juntos por el día en la oficina. Como Karen se entere…

Eso es solo el principio del mensaje, y decido que no tengo tiempo de leer el sermón que me ha escrito mi amiga. En serio, debería ser analista de riesgos, siempre se pone en lo peor. Y yo pensando que había mejorado en ese aspecto desde que estaba con Lucas.

Sofía: ¿Sigues ahí?

Fabs: Por desgracia, sí, cara mia. Aquí sigo. Solo te estaba ignorando un ratito.

Sofía: Insisto en que tenéis que encontrar la manera de trabajar juntos antes de que llegue a oídos de Karen que llevas meses aprovechándote de tu insomnio para alterar campañas. Habla con Ivan, haced lo que sea para arreglarlo.

Fabs: No tenemos que arreglar nada, nos va bien así. Tampoco tienes que hacerte amigo de tus compañeros de trabajo, ¿no?

Sofía: ¿Por qué eres tan cabezón?

Fabs: Porque soy tauro, supongo.

Sofía: ¡Déjate de rollos místicos! A ver si va a tener razón Patri al decir que tu problema con él es que te pone.

Resoplo. Miro de reojo al ruso. Está sentado al otro extremo de la mesa con la espalda recta y observándome de un modo que… ¿Qué tripa se le habrá roto ahora?

Es insultantemente guapo cuando no abre la boca. Lástima que sea…, pues eso, gilipollas.

Regreso al chat con Sofi, dejándome llevar al respecto por primera vez, pero es que el tema empieza a tocarme bastante los huevos.

Y aquí… Justo aquí es donde todo se va a la mierda.

Fabs: Te juro que estoy intentando llevarme bien con él, crear un entorno de trabajo agradable; pero es un puto borde de los cojones, y cada vez que abre la boca me daña el cerebro.

Es como si su voz desconectara mis neuronas una a una.

Al final dejo de escucharle y mi mirada se va sola a esos pantalones tan apretados que deben de estar interfiriendo en el riego sanguíneo cerebral.

Porque sí, Patri tiene razón: me pone. Me pone MUCHÍSIMO.

Porque yo no sé qué tiene en esos pantalones, pero ¡vaya paquete, Sofi!

¡VAYA PAQUETE! Ni el cacharro en formol que guardan de Rasputín…

¿Serán parientes lejanos o es que todos los rusos calzan bien?

En fin, que no me importaría nada que la próxima vez que discutiéramos lo resolviéramos a pollazos.

Lástima que sea un imbécil intratable. Un gilipollas con un polvazo criminal, las cosas como son.

Y bien, ¿podemos dejar ya el tema de Ivan por hoy?

Te juro que pensar en él me provoca úlceras cerebrales.

No, me temo que no vamos a poder dejarlo…

De hecho, se va a convertir en la comidilla del grupo los próximos… ¿cuántos años me quedan de vida? Si es que lo estoy viendo, al igual que veo que no voy a tardar demasiado en pisar el despacho de mi jefa, y no para que me ascienda precisamente…

Todo el mundo me está mirando. Y no es raro, teniendo en cuenta que en la misma pantalla donde debería aparecer una diapositiva con nuestra campaña, ahora aparece mi chat con Sofía en 4k.

Y, como guinda del pastel, el gif animado que he usado para enfatizar mi descripción sobre los generosos atributos de mi compañero de trabajo: exagerado, obsceno y nada profesional. Un PAQUETE en letras mayúsculas.

Tierra trágame. A ver cómo salgo yo de esta.

Y luego está Ivan… No es que el chico suela tener buen color, pero es que ahora parece una de esas cremas Nivea que por más que manosees nunca se extienden y te dejan el cuerpo blanco nuclear.

Y se le van a salir los ojos de las órbitas.

Si no fuera porque mi carrera está muriendo delante de mis narices a cámara lenta, sería hasta cómico.

Lo que no tiene ni puta gracia es la cara de Karen. Esta vez no me voy a salir con la mía: voy a acabar en la oficina de Recursos Humanos. Y lo más seguro es que me despidan, no encuentre trabajo y acabe muriendo solo en la más extrema pobreza, sin más compañía que la de mi gato Calígula.

—Fabio… —comienza Karen, con una voz demasiado calmada como para no sospechar—. ¿Te importaría volver a compartirnos la presentación?

Antes de que pueda reaccionar, Gina Dillan se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Déjalo, mujer. A mí esto me interesa mucho más. No sé quién es Imán, pero ahora tengo una curiosidad enorme por conocerlo… a fondo.

Ivan traga saliva. Yo me limito a volver a la presentación como si no acabara de dinamitar mi vida profesional. Karen carraspea.

—Si os parece bien, continúo yo con la campaña —ofrece—. Fabio, ¿podrías ir a la cantina, preparar una tila y… quedarte en mi despacho bebiéndotela hasta que yo vuelva?

—Claro… Ahora mismo.

Me levanto despacio, abandono mi portátil morado con todos mis peligrosos chats en él y, antes de salir, cruzo una última mirada con Ivan. En fin, no creo que jamás pueda olvidar mi último día en Petrichor.