2 Aceite, vinagre y un ruso con malas pulgas
Aceite, vinagre y un ruso con malas pulgas
Septiembre, Londres, Inglaterra
Fabio
Tan pronto le veo caminar hacia mí por la oficina, con paso decidido y cara de funeral, sé que a Ivan le pasa algo. Bueno, más de lo habitual.
Ivan Petrov, el tipo con mirada de mafioso ruso y el carisma de un congelador industrial. El hombre de hielo. El fichaje estrella que Karen contrató convencida de que me hacía un favor y que lleva desde que Sofía se fue a Australia haciéndome la vida imposible.
Es moreno, piel blanca, ojos grises, de esos que no sabes si te están juzgando o calculando cómo deshacerse de tu cuerpo sin dejar pruebas. Frívolo. Inquietante. Muy idiota.
Calculo que es algo mayor que yo, unos… ¿cuarenta?, ¿cuarenta y cinco? No sé qué edad tiene, lo único que sé de seguro es que tiene un polvazo y que, cuanto más idiota me parece, más ganas tengo de llevármelo a la cama. Soy masoca, qué le vamos a hacer.
Sofía está convencida de que haríamos buena pareja. Yo tan caliente y él tan… bloque de puto hielo. En serio, es para verlo. No lo he visto sonreír ni una sola vez.
Un día, con toda mi buena fe, le conté que a Sofía y a mí nos gustaba probar los productos para meternos en la piel del consumidor. Creo que desde entonces me odia aún más. Dice que soy excéntrico. No sé de dónde habrá sacado tal idea…
Si no fuera por cómo se le marcan los pantalones al caminar, pensaría que es solo un gilipollas integral. Bueno, a ver, que lo pienso de todos modos; pero al menos me recreo la vista, al igual que todas las mujeres de la oficina —solteras y casadas— que sueñan con meterlo en sus bragas.
El susodicho llega a mi mesa, me lanza una carpeta, como si quisiera comprobar si sé esquivar objetos, y se cruza de brazos.
«Empezamos bien el día».
—Siento comunicarte que sigo sin tener el poder de leer la mente, compañero —digo, sonriendo—. Así que tendrás que ayudarme un poquito acompañando esos gestos tan amables con algunas palabras.
—¿Qué es esto?
Tres palabras. Algo es algo.
Abro la carpeta, a ver si su contenido me da alguna pista.
Ah, ya… Vale, entiendo su enfado. Me ha pillado.
Puede que haya hecho algunos arreglillos de última hora a la campaña de Ladies’Secret sin consultarle.
Pero es que Gina Dillan no se conforma con cualquier cosa, y llegar a un acuerdo con Míster Congelador es más complicado que negociar la paz mundial con su compatriota.
Un año viendo su careto de hielo cada día avala mi experiencia.
Un. Maldito. Año.
Aceite y vinagre. Solo que los dos queremos quedar siempre por encima. Es agotador.
¿Mi solución habitual? Le digo que sí a todo y luego hago lo que me da la gana. Por lo general, funciona. Otras veces… bueno, aquí estamos.
—¿Me vas a explicar por qué no está la campaña que hicimos juntos?
—Porque…
«Piensa rápido. Muy rápido. ¡Mierda!». No se me ocurre ninguna excusa decente, así que opto por la verdad, que es mi arma secreta:
—Mira, Ivan, no te ofendas, pero llevo dos años trabajando con esta cuenta y sé perfectamente lo que…
—Yo no necesito dos años para saber lo que necesita un cliente. Soy observador, tengo experiencia y mis ideas funcionan, además de estar alineadas con el briefing. Esto, en cambio…
—Esto es transgresor —le interrumpo—. A veces hay que saltarse un poco las reglas si quieres ser diferente.
—Eso no lo decides tú.
—Cariño, lo decido yo, los clientes y las tasas de conversión. ¿Por qué crees que mis campañas son siempre un éxito?
—Tienes un ego que no te cabe en el cuerpo.
—Tal vez, pero tú ahora mismo solo tienes una carpeta con unas diapositivas que desconoces y muy mala actitud, así que ya me dirás qué hacemos con la reunión.
Se acerca un paso más con esa pose dominante que a veces consigue ponerme los pelos de punta. También me pone como una moto, para qué negarlo. Los hombres dominantes son mi perdición… y la razón por la que siempre acabo perdido.
—Eres un jodido arrogante, Fabio Vitale.
—Y tú me aburres, Ivan Petrov. Empate técnico.
Discutimos. Mucho. De trabajo, en teoría; de egos, en realidad. Él insiste en que presentemos su propuesta, yo le explico que no va a funcionar. Que Gina quiere emoción, no lógica soviética.
Antes de que alguno de los dos diga algo irreparable, Karen aparece como una exhalación.
—La clienta ya ha llegado. Os espero en la sala de reuniones. No tardéis.
Fantástico.
Ivan me mira. Yo le miro. La tensión corta el aire.
—¿Has decidido ya qué vamos a hacer? —pregunto.
—Presentemos tu puta idea, pero me debes una.
—Por supuesto.
Esta vez me he salido con la mía, pero sé que el ruso va a vigilar cada uno de mis movimientos a partir de ahora.
He asistido a tantas de estas reuniones que podría dirigirlas con los ojos cerrados y una copa de vino en la mano. El ritual es siempre el mismo. Primero, la ronda de presentaciones, esa coreografía social en la que todos fingimos que no nos conocemos desde hace al menos seis campañas.
Gina Dillan es la directora de la revista de moda Ladies’Secret, además de una de nuestras mejores clientas. La mujer en sí es un espectáculo que nunca decepciona, pues tan pronto se olvida de tu nombre como te suelta lo primero que piensa sin pasar por el filtro de la diplomacia.
Antes venía siempre con Elena, pero desde que esta se mudó a Nueva York, es Brittany quien la acompaña. Más correcta. Más pulida. Menos divertida. Soportable, supongo.
La primera parte de la reunión corre a cargo de Karen: resultados, gráficas, cifras que suben y se mantienen sólidas… Un desfile de porcentajes que confirman lo que ya sabemos: Petrichor es la apuesta segura. Y no es por decirlo yo —que también—, es que somos la hostia.
Provocativos. Originales. Rebeldes.
El proyector escupe números que ya he visto mil veces: encuestas de usuarios en redes sociales, impacto, engagement, reconocimiento de marca… Ideas que nacieron cuando Sofía todavía estaba aquí.
Otra a la que echo de menos. Todo el mundo se va de Londres y me abandona.
Me da por mirar el reloj. Las nueve de la mañana. En Brisbane deben de ser… una hora maravillosa para hablar con mi amiga. No debería tener contactos personales en el Teams de la empresa, pero con la diferencia horaria es la única forma que tengo de hablar con Sofi sin robarnos horas de sueño.
Fabs: Gina sigue teniendo cara de que podría arruinarte la vida con solo levantar una ceja.
No tarda ni un minuto en responder:
Sofía: ¿Ya se ha aprendido el nombre de su empleada o sigue llamándola Britney?
Me río. Bajo la cabeza, disimulando. Empezamos a ponernos al día mientras Karen sigue hablando de KPIs[2] como si no existiera nada más importante en el mundo.
Que si lo que hemos hecho el fin de semana, que si aún me guarda rencor por llevar a su hermana al lado oscuro —como si yo le hubiera puesto una pistola en el cuello para follar conmigo y el australiano—, que si todo lo que tacharon de su lista de deseos durante la luna de miel…
Sofía: ¿Te has dado cuenta de lo rápido que está cambiando todo? Aún no me creo que Patri se vaya a casar con un tipo al que solo he visto una vez en mi vida y que, para colmo, convenció a mi marido para que usara lencería en nuestra noche de bodas.
Fabs: Reconoce que eso te gustó, pillina.
Sofía: A mí sí, no podía parar de reír; pero Luke os la tiene jurada a los tres. Sobre todo a David. Parece que el chaval se ha integrado muy bien en el grupo, ¿no?
Fabs: Patri está en buenas manos. David la adora, y todos lo adoramos a él. Bueno…, todos menos tu marido.
Sofía: Fabs, ¿puedo confesarte algo?
Fabs: ¿No estarás pensando en divorciarte? Mira que convenzo a Lucas de que se haga gay en un santiamén. Ya sabes lo mucho que me pirran los rubios…
Sofía: No es eso, idiota. Es que… estoy harta de vivir en Australia.
Fabs: ¿Qué? Pero ¿tú no decías que eras feliz entre koalas y canguros?
Sofía: Y lo soy, pero… me estoy perdiendo demasiadas cosas. Y… ya lo discutiremos con calma, que me pongo ñoña. Hablando de perder, ¿cuándo vas a perder de vista ese melenón, Fabs? Ya lo has tachado de tu lista.
Fabs: ¿Qué problema tienes con mi pelo?
Sofía: Que pareces John Lennon, no te favorece.
Fabs: Cállate. Todo esto lo empezasteis Lucas y tú la noche que Thor te cambió los planes.
Sofía: No, cariño, lo tuyo venía de serie. Y no era una lista de deseos: era una biblia completa de chaladuras. Nosotros solo te dimos la excusa para llevarla a la práctica.
Karen me interrumpe:
—Fabio, ¿puedes explicar los últimos ajustes en los anuncios de Google?
Levanto la vista, dejo el chat y entro en modo profesional sin pestañear. Empiezo a hablar de segmentación, de audiencias, de optimización de conversiones.
Fiu, fiu. He salido airoso después de media hora sin hacerle ni puñetero caso. Otra vez. Esto es un don, lo juro.
Noto la mirada de Ivan clavada en mí. Ni ha parpadeado el tío. Tiene pinta de querer asesinarme lentamente y sin dejar huellas. Sospecho que la travesura me va a salir cara.
Termino de explicar y Karen vuelve a tomar la palabra, con lo que yo regreso a mi chat con Sofi.
Fabs: Perdona, tenía que responder a Karen y sobrevivir a las miradas homicidas del ruso insípido.
Sofía: Hablas mucho de ese tipo y a la vez nunca dices nada. En mi boda me dio la impresión de que… Mmm, no sé, no sé, Fabs.
Fabs: No vayas por ahí. Es gilipollas.
Sofía: Pues el gilipollas y tú tenéis que encontrar la manera de trabajar juntos, no podéis seguir así después de tantos meses.
«Sí, sí podemos».
Levanto la vista justo a tiempo para que mi mirada se cruce con la del susodicho. Mandíbula tensa. Ojos grises como el acero. No sé por qué, pero siento ese cosquilleo incómodo que aparece cuando alguien te desafía sin decir una sola palabra.
Karen empieza a maldecir en voz baja delante del ordenador mientras este decide que es un momento precioso para ponerse a instalar no sé qué mierdas.
—No puede ser… ¡Ahora no, por Dios! —murmura mientras la barrita de actualización avanza a la velocidad de una tortuga deprimida.