La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 1 Algo nuevo y algo azul #3
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1 Algo nuevo y algo azul #3

Las chicas y yo, por el contrario, quemamos la pista. Sofía ya ha perdido los zapatos y el velo; Patri gira como si la hubieran enchufado a la corriente; Chloe hace unos movimientos más cercanos al ataque epiléptico que a ningún baile que se haya registrado jamás; y yo…

Yo brillo de felicidad.

No querría estar en ningún otro lugar ahora mismo que con ellos, mi familia de Londres, la que yo he escogido. Ahora solo tengo que pensar en cómo convencer a Lucas y Sofía para que regresen y…

Mi reloj inteligente vibra otra vez. Es la tercera vez hoy que ignoro sus llamadas, la quinta, si contamos las dos de ayer.

Pongo los ojos en blanco. Fui bastante claro al pedirle a Ivan que no me molestara salvo emergencia nuclear, y dudo mucho que Petrichor esté ardiendo un sábado por la noche.

Pero este chico tiene una habilidad innata de llamarme con cualquier pretexto solo para hacerme perder el tiempo.

«Pues lo siento, nene, pero hoy no tengo tiempo para tus chorradas».

—¿No vas a cogerlo? —pregunta Sofía, jadeante de tanto brincar.

Niego con la cabeza.

—Es sábado. Estoy de vacaciones. Y fui muy claro con él: nada de trabajo en mi tiempo libre.

Patri me lanza una mirada felina.

—Mira que yo dudo de que el muchacho quiera hablar de trabajo…

Sofía arquea una ceja y pide que alguien sacie su curiosidad en cuanto al ruso. En mi próxima vida me voy a buscar amigas menos chismosas.

Patri saca el móvil de su minibolso y le enseña una foto nuestra en una de sus clases de capoeira.

Yo me apunté por el canal, tenía que tacharlo de mi lista y, de paso, generaba interés hacia el salón.

Él… todavía no tengo muy claro qué estaba haciendo Ivan allí.

Supongo que vio que la primera clase era gratuita en uno de los muchos panfletos que repartí por la oficina.

—¡Ostras! ¿Este es el tal Ivan? —Sofía no disimula su sonrisa. Ni el empujoncito suave para provocarme.

—Lo sé, frío como el hielo.

—Pues a mí no me importaría derretirlo —suelta Chloe.

—¡Amén, hermana! —corea Sofía.

—Acabas de casarte —le recuerdo con tonito—. Y hablando de eso, ¿no estás nerviosa por la noche de bodas?

Sofía me mira como si fuera idiota.

—Fabs, sabes que no soy virgen, ¿verdad?

«Lo sé, y algo me dice que esta noche vas a echar el polvo más inolvidable de tu vida».

Patri, que me conoce más de lo que me conviene, me atraviesa con los ojos.

—¿Qué estás tramando, italiano lunático?

Sonrío, inocente como un político en campaña.

—A mí no me mires. Pregúntale a tu novio. Solo te digo que te va a encantar cuando lo descubras.

—Eso voy a hacer —dice, frunciendo el ceño—. Hablar con mi novio. No me fío un pelo de vosotros dos juntos.

Mi amiga desaparece entre la multitud, lista para rescatar a su novio de la más que posible apasionante conversación sobre videojuegos y programación. En fin, esos chicos son monotemáticos. No podríamos ser más diferentes ni aunque lo hubiéramos hecho a posta.

Yo saco a Sofía a bailar Suavemente de Elvis Crespo. La agarro de la cintura, la hago girar. Está radiante con ese mono blanco y los ojos brillantes de felicidad.

Y, mientras la muevo al ritmo de la música, se me instala una punzada en el pecho. ¡Joder! Cuánto la echo de menos. Echo de menos lo que éramos cuando todo era más simple, cuando nuestra mayor preocupación era qué restaurante nuevo probar y que nadie nos rompiera el corazón.

Pero no voy a decírselo hoy. Hoy es su día. No voy a ser yo el que convierta a Catwoman en María Magdalena.

El siguiente baile se lo dedico a Sonia, la hermana de la novia, que, decidida a desestabilizar la cordura de su padre, está más desatada que de costumbre, y a ojos de todos. Me encanta que esté empezando a reivindicar lo que quiere, ya sea en la vida o en la cama.

Y es justo aquí, en este momento, cuando nuestras vidas toman un rumbo nuevo. No por el anillo ni por el sermón apocalíptico del cura. Ni siquiera por los calzoncillos de encaje de Lucas.

Es porque, mientras yo discuto con Sonia la posibilidad de repetir la experiencia del trío con un australiano buenorro que lleva toda la noche haciéndome ojitos, no muy lejos de nosotros, Patri está hincando la rodilla frente a David.

«¡La madre que la parió! ¿Por qué no me había informado de esto?».

Y mientras la pista estalla en vítores y David se come a su prometida a besos, Colin y Chloe deciden que es el momento perfecto para soltar la otra gran bomba: están esperando gemelos. No podían tener un hijo, como la gente normal, no. Ellos, ¡a lo grande!

El silencio dura tres segundos exactos. Tres segundos en los que todos nos replanteamos qué va a significar esto. Porque un anillo no tiene por qué cambiar nada, pero sabemos que la llegada de esos dos monstruitos va a rediseñar nuestro futuro como grupo. Es un paso gigantesco hacia la vida adulta.

Y después, gritos. Saltos. Copas chocando. Lágrimas. Héroes y villanos abrazándose como si acabaran de salvar el mundo.

Pero yo no puedo dejar de pensar que, pese a lo mucho que me alegro por todos ellos, todo está a punto de cambiar.

El grupo está cambiando. Está creciendo, madurando, avanzando.

Y yo…

Yo me estoy quedando atrás.