La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1 9 Carpe… masoquismo #3
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9 Carpe… masoquismo #3

—Muy profesional no veo yo al muchacho si te ha hecho una inspección de bajos en la sala de reuniones. —Ya sabía yo que no se podía estar calladita—. Esto me huele a chamusquina, rey. Hay algo en él que no está bien.

—Pues me chifla lo que sea que no esté bien en él.

Patri sigue negando con la cabeza. Al final, va a acabar con una contractura en el cuello de tanto desaprobar mis ligues.

—¿Te has fijado en que te escribe con temporizador para que desaparezcan los mensajes? —insiste.

—Igual lo ha activado sin querer.

—¿Un tío acostumbrado a manejar herramientas digitales? —duda ella, con esa mueca que tanto odio—. Y luego tiene la frialdad de actuar como si nada, y puede esperar tres días para retomar el contacto. Huele a bandera roja desde aquí hasta Sebastopol.

—Mira, no todo el mundo está tan nauseabundamente enamorado como vosotros, que parecéis un anuncio de seguros de hogar —respondo, intentando recuperar mi cinismo defensivo.

—Mi rey —empieza, y ya sé que voy a sufrir—, cuando uno inicia una relación, tiene ganas de ver y escribir a la otra persona las veinticuatro horas al día. Por más que lo intentes, no puedes pensar en otra cosa. Si él dosifica, es porque tiene el control. O porque oculta algo. O ambas cosas.

—Es ruso, sabes que gestionan las emociones de otra manera.

—No quiero que te vuelvan a hacer daño.

—Ivan no es Gerardo, Patri. Supéralo.

—Ya. Pero Gerardo tampoco era Edgar, ni Arthur, ni Serkan… Y al final, todos eran exactamente iguales.

Pongo los ojos en blanco. Patri ha entrado en modo inventario histórico y cuando saca el archivo de mis fracasos no hay quien la pare. Es como una Wikipedia del desamor, pero con más mala leche.

—Hablo desde la experiencia. Lo malo de haber conocido a tantos perdedores es que te enseñan a reconocer los síntomas antes de que aparezca la fiebre. Tienen algo en la mirada, en esa forma de caminar…

—Eso estaría muy bien si conocieras a Ivan, cosa que no haces —reprocho.

—No, pero te conozco a ti. Y sé que tienes una tendencia patológica a fijarte en hombres que prometen drama desde la primera mirada —continúa ella—. Tipos que te rompen un poquito para que sientas mucho. Esa es tu droga, Fabio. Eres adicto a las emociones fuertes.

—¿Y qué si es así? Carpe diem, ¿te suena? Es nuestro lema.

—No, cariño. Esto no es Carpe diem, es masoquismo. Es buscar incendios solo para sentir un poco de calor.

—Sabía que no tenía que haberos contado nada —resoplo, dejando los palillos sobre la mesa—. Me estás arruinando la historia antes de empezarla. Y como resulte ser el gran amor de mi vida, te vas a tragar tus palabras.

—Correré el riesgo —asegura ella, imperturbable—. ¿El amor de tu vida? Estoy convencida de que el amor de tu vida podría estar meándote en los zapatos y tú no le verías porque sería un chico demasiado corriente para interesarte.

—Si alguien me mea los zapatos, se va a llevar una hostia…

—Necesitas a alguien que se preocupe por ti, que haga sacrificios, para quien tú seas el sol. No esta ristra de egos con patas que arrastras desde hace años. Tienes un prototipo que no funciona, Fabs, y hasta que no salgas de ahí…

—¡Ah, claro! Porque tú conoces a UN puñetero hombre decente, solo a uno, y ya te crees que eres la gurú de las relaciones sanas.

David nos mira con la paciencia de un santo, pero no interviene.

Ya ha aprendido que, cuando Patri y yo entramos en erupción, lo más sensato es quedarse al margen y esperar a que pase la lava.

Sabe que nos diremos esas verdades que escuecen, de las que nadie más se atreve a soltar; que nos enfadaremos cuarenta y ocho horas y que luego volveremos a ser uña y carne.

A veces la odio. Casi siempre es mi persona favorita.

Pero en este momento, le tiraría el té helado por encima de su vestido.

—Acabo de decidir que no voy a contarte ni un solo detalle de nuestra cita del viernes —sentencio, levantándome.

—Perfecto —responde ella, igual de terca—. Me aseguraré de tener el kit de primeros auxilios listo para recoger los escombros cuando te rompa. Porque va a romperte, Fabio. Puedo sentir el terremoto antes de que ocurra el primer temblor.

Me río, con un deje amargo, obligándome a recordar que es mi mejor amiga y que no puedo desearle que se quede muda de repente. Pido la cuenta. Necesito aire, necesito salir de este restaurante que de pronto se me ha quedado pequeño, y de su sobreprotección que a veces me asfixia.

—Fabs —dice David conciliador—, yo sí estoy deseando que nos cuentes todos los detalles de lo del viernes. Seguro que esta vez sale bien.

Patri lo fulmina con la mirada. Espero que el pobre no acabe durmiendo en el sofá por intentar ser Suiza. David es la pieza que equilibra nuestro engranaje, la sensatez frente a nuestro exceso dramático.

—Gracias, Dave.

Salgo a la calle y el frío de Londres me golpea la cara. Una parte de mí sabe que mi amiga tiene razón. Que el temporizador de los mensajes es una señal de que no quiere dejar huellas.

Y aun así… también sé que voy a ir hasta el final.