1 Algo nuevo y algo azul
Algo nuevo y algo azul
Agosto, Sitges, España
Fabio
—¿Tú estás seguro de que esto es una tradición española? —pregunta Lucas, mirando a David con desconfianza.
Es la primera vez que se conocen en persona y ha tenido que ser en una suite nupcial, a escasas horas de la boda del australiano, que se pasea nervioso de un lado a otro con su traje de Thor de gala y su martillo de plástico colgado en la cintura.
Algo me dice que esta boda va a ser épica.
Pese a llevar dos años con Sofía, aún no habla ni papa de español, y su brújula cultural está completamente desconfigurada. Nos mira con gesto sospechoso, como si se oliera algo pero no supiera bien por dónde le van a venir las hostias. Está claro que a Colin y a mí nos conoce demasiado bien…
Y yo, que reconozco esa sonrisa ladeada de David en cuanto la veo, sé bien que Lucas está a punto de convertirse en víctima de la vacilada del siglo.
—Te lo aseguro. —David recurre a ese tono de notario del folclore patrio que no se cree ni él.
Rellena cuatro copas de cava y las deja sobre la mesa—.
En España, cuando un hombre se casa, su séquito, es decir, sus amigos de toda la vida, tiene la obligación de ayudarle a vestirse y celebrar su futura felicidad.
—Yo creo que es un plan magnífico —intervengo, contemplando el líquido dorado burbujear en mi copa.
Lucas entrecierra los ojos.
—Vale, pero solo una copa, que son las diez de la mañana y aún no me tomé ni el café —acepta a regañadientes.
—¿Aún no has desayunado? —se extraña Colin.
—El maldito jet lag y los nervios me han cerrado el estómago.
Maravilloso, eso quiere decir que conseguiremos emborracharlo rápido y que nos siga el rollo con todas nuestras maldades. Ni hecho adrede.
Brindamos, bebemos las copas de un trago, y David no tarda en rellenarlas, ante la atónita mirada de Lucas.
—La tradición no dice nada de que tengáis que emborrachar al novio antes de llegar a la iglesia, ¿verdad?
David alza una ceja, ofendido.
—Lo siento, tío. Una tradición es una tradición. No haberte casado con una española. Las cosas por aquí funcionan así. ¡A beber!
Lucas duda, pero al ver que el resto vaciamos la copa de un sorbo, decide hacer lo mismo. David, demasiado metido en el papel, vuelve a llenarlas. El pánico se imprime en los ojos azules de Lucas.
—Vale. ¿Y ahora qué?
—Ahora viene la parte más importante —sigue David—. En España, para garantizar prosperidad, el novio debe dar tres vueltas sobre sí mismo hacia la izquierda mientras sostiene el zapato derecho en la mano.
—¿Qué? —Lucas ya empieza a notar que esto no puede acabar bien.
—Es por el equilibrio energético —añade David, imperturbable—. Si giras hacia la derecha, atraes discusiones por el mando de la tele.
Lucas nos mira, nos evalúa, busca cualquier gesto de complicidad que indique que le estamos tomando el pelo. Lo que encuentra son tres caras de póker a las que deberían dar un Óscar. Estamos hechos unos cabrones de cuidado.
Así que se resigna a dar tres vueltas sobre sí mismo, descalzo y con un zapato en alto.
Dios, necesito grabar esto para mi canal.
Y, a pesar de lo absurdo que suena, el pobre lo hace sin cuestionarlo, por el bien de su futuro conyugal, mientras protesta sobre lo raros que son los españoles con sus tradiciones nupciales.
—¿Y ya está? —pregunta, mareado.
—¡No, hombre! —continúa David en modo chamán ibérico—. Ahora tienes que brindar mirándonos a cada uno de nosotros a los ojos durante cinco segundos exactos. Si parpadeas antes, según la tradición, tendrás siete años de sequía sexual.
Lucas abre mucho los ojos.
—¿Siete?
—Siete —corrobora el tinerfeño muy serio.
Lucas nos mira uno a uno durante cinco segundos exactos. Fija la vista, cuenta mentalmente. Parece que está sellando un pacto satánico. Colin ya no puede más y empieza a toser para disimular la risa.
—Por el amor de Dios, Dave, dime que ya hemos acabado los rituales paganos —suplica el novio—. Los españoles estáis fatal.
—Tranquilo, que ya acabamos, te lo juro. Solo queda la parte final.
—¿Aún hay más?
Oh, hay más. Mucho más. Y lo complicado de verdad no son las tradiciones españolas, sino que ninguno de nosotros estalle en carcajadas antes de tiempo. Como mejores amigos dejamos bastante que desear, las cosas como son.
David, sin perder la compostura, saca de su bolsa una cajita envuelta en papel de seda, con el logo plateado de una conocida tienda de lencería masculina del Soho —lencería fina, delicada, provocadora— y se la tiende a Lucas como si estuviera entregándole una reliquia que ha pasado de generación en generación.
La habitación entera contiene la respiración.
—Ábrelo —ruega Colin, manteniendo el tipo.
Lucas nos mira uno a uno. Desconfía. Huele la trampa. Pero el pobre está en minoría y, cuando uno está a punto de casarse, pierde parte de su instinto de supervivencia.
Así que abre la caja. Silencio. De verdad que no sé cómo nosotros tres logramos mantener la coartada sin venirnos abajo. Esto sí que nos convierte en una panda de superhéroes, más allá de nuestros absurdos disfraces.
Entonces saca unos calzoncillos de encaje blanco, translúcidos, con un lacito azul en la cintura, como si hubieran sido diseñados por un hada madrina con muy mala leche.
La expresión de Lucas es un poema épico en tres actos: incredulidad, horror, traición.
—Muy graciosos, tíos.
—No es ninguna broma —suelta David, ofendido hasta el tuétano—. En España nos tomamos muy en serio lo de algo nuevo y algo azul. Y esto es una tradición antiquísima que procede de… ¿Castilla? Sí, eso es… Fernando de Aragón lució unos muy similares en su noche de bodas.
—¿Te refieres a… el rey Católico? —pregunta Lucas ojiplático perdido.
—Ya te he dicho que es una tradición muy muy antigua. Dicen las malas lenguas que fue así como consiguió tener a Isabel a sus pies.
—Esto no puede ser. —Lucas resopla—. Me estáis tomando el pelo.
—No puedes negarte a llevarlos —insiste David con autoridad—. Es fundamental que la novia encuentre esta prenda en su amado en la noche de bodas. Garantiza fertilidad, prosperidad y, según mi abuela, que es muy sabia, una vida sexual muy plena.
De verdad que a este chico le van a dar todos los premios existentes a la interpretación.
Lucas nos mira horrorizado.
—Fabs, Colin… Vosotros conocéis bien a Sofía… ¿Alguna vez ha mencionado… algo así?
Aquí es donde uno demuestra su lealtad. Pero la nuestra hoy tiene ganas de juerga. Así que asiento, muy serio. Y, para mi sorpresa, es Colin quien toma la delantera.
—Sabes que Sofía es clásica. Supersticiosa. Siempre soñó con su boda perfecta. Las tradiciones son las tradiciones, colega.
—¡Vamos a vestirnos de superhéroes! —replica el novio, desquiciado—. No me da la impresión de que mi chica sea tan tradicional. ¿Es que no lo entendéis? No me puedo poner este trozo de encaje con lacitos. ¡Parecen las bragas de una novia virginal!
—Pues le romperás el corazón a Sofi… —murmura Colin, mirando hacia la ventana. Muy teatral él.
Vale, reconozco que el Goya está reñido.
Yo le cojo las manos al novio, mirándolo a los ojos con intensidad.
—Lucas, solo vas a casarte una vez en la vida. Asegúrate de que la noche de bodas sea perfecta.
Nos mira. A Colin, a mí y a David, a quien no conoce de nada y del que ya desconfía —¡y con razón!—. Desde luego, cuando descubra el pastel, el tinerfeño va directo a su lista negra. Pero yo lo adoro. Es mi compañero ideal de fechorías. Patri no podía haberme buscado un aliado mejor.
Lucas suspira con resignación y se encierra en el baño con la lencería en la mano. Desde fuera, oímos:
—¡Lo que tengo que hacer por amor!
Cuando sale, está más blanco que la pared del hotel.
—Pica —anuncia con el orgullo herido—. Pica horrores. Me voy a pasar toda la boda rascándome los huevos.
—Tú piensa en la cara que va a poner Sofía cuando te vea esta noche.
—Mataría por ver la cara de esa pobre chica esta noche —se carcajea David camino de la iglesia, todavía orgulloso de su obra maestra.
—Tranquilo, Sofi nos lo contará con todo lujo de detalles. Esto va directo a los anales históricos del grupo —le aseguro.
—Que sepáis que esta no nos la perdona —asegura Colin, sin poder dejar de reír.
—Nos ha hecho vestirnos de superhéroes en pleno mes de agosto, a treinta y ocho grados a la sombra y con una humedad del dos mil por mil —protesto—. Si yo tengo que sudar bajo este traje negro como si estuviera fundiendo acero, él sobrevivirá al encaje. Merecía un escarmiento.
Los tres nos reímos sin control, lo que delata que ya vamos… contentillos. No son ni las doce de la mañana y ya olemos a cava y traición. Lucas va a odiarnos durante los próximos diez años.
Hay otra razón por la que Sitges me parece ahora mismo el infierno que acompaña mi traje de Lucifer: mi pelo. Bendita la hora en la que decidí dejármelo largo para cumplir el deseo número tres de mi lista con Patri. Me estoy cociendo vivo.
Así que aquí estamos, frente a la iglesia de Sant Bartomeu i Santa Tecla, en Sitges, donde Sofía y Lucas están a punto de darse el sí, quiero mientras cumplen el ochenta y ocho de su lista, Casarse de una manera original.
¿Y qué hay más original que recrear la fiesta en la que se conocieron?
Aunque eso implique arrastrar a tu grupo de amigos a embutirse de nuevo en disfraces absurdos.
A mí, personalmente, me da igual. No tengo sentido del ridículo y mi disfraz parece sacado de una pasarela de Valentino. Aga también está en su salsa vestida de Maléfica; pero Chloe y Colin —los mismos que se casaron vestidos de Arwen y Aragorn— no paran de quejarse.
A favor de Colin, diré que su versión de Clark Kent incluye americana de invierno, gafas y una camisa que empieza a pegarse de un modo preocupante a su torso. En serio, yo tampoco veo el momento de quitarme la chaqueta.
—¡No me puedo creer que Lucas y Sofía nos hayan obligado a llevar puesto esto el día de su boda! —protesta de nuevo Wonder Woman, es decir, Chloe.