Prólogo 2 Voy a saltar
Voy a saltar
Enero, Valle de Rongbuk, R.A. del Tíbet, China
Fabio
Ojalá alguien nos contara cómo van a acabar las cosas antes de empezar a vivirlas.
No me refiero a que nos den un spoiler completo, no soy tan cobarde. Solo una nota al pie de página, no sé, una pequeña advertencia en letra cursiva que dijera «cuidado, aquí vas a romperte» o «territorio seguro, aquí puedes quedarte un poquito más».
Nos ahorraríamos muchos mensajes ridículos escritos a medianoche con el orgullo en coma inducido. Muchas humillaciones innecesarias. Muchos corazones partidos en dos mitades que luego pretendemos recomponer a base de parches, clavos y mil y una metáforas.
Aunque, si soy honesto —y a estas alturas de mi vida intento serlo aunque me escueza—, quizá no habría aprendido esas lecciones que me han sido tan necesarias. Quizá no habría entendido qué partes de mí eran auténticas y cuáles simples disfraces para sobrevivir.
En el Valle de Rongbuk, frente a la silueta imposible del Everest recortándose contra un cielo tan limpio que hipnotiza, me pregunto en qué momento el nombre de Ashley se convirtió en una palabra habitual en mi boca.
En qué momento nuestras identidades se redujeron a un único concepto que no podía existir por separado.
Fabio y Ashley.
Fabs y Ash.
Fabsh.
Como si nuestros nombres necesitaran pronunciarse juntos para tener sentido.
Me gusta cómo suena, no voy a negarlo. Pero hubo un tiempo en que la idea me producía pánico, una presión en el pecho contra la que no supe cómo luchar.
Y yo, que siempre he sido el último en llegar a todas las fiestas, empecé a formularme —tarde— preguntas que debería haberme hecho semanas atrás.
¿Fue lo nuestro una decisión enteramente mía? ¿O me había dejado arrastrar por lo que los demás querían para mí?
¿Era Ashley un refugio al que corrí cuando todo lo demás se había venido abajo? ¿O me había enamorado de él sin buscarlo?
¿Era… real? ¿Lo bastante real como para renunciar a otras voces, a otras pieles, a otras posibilidades?
¿Era él mi para siempre jamás?
Supongo que estaba demasiado roto para reconocer algo bueno cuando lo tuve delante de las narices, atrapado en el recuerdo de un pasado que me había dejado el alma estéril.
Patri me dijo una vez que los finales felices a menudo son aquellos en los que todo termina.
No hablaba de Ashley, por supuesto. Lo decía por Ivan. Y ahí sí que tenía razón… Porque si alguien ha conseguido reducirme a nada en tiempo récord, ese fue él.
Nueve semanas.
Solo nueve semanas le bastaron para desmantelar una autoestima que yo creía blindada. Y mira que he tenido relaciones tóxicas en mi historial… Pero Ivan fue distinto. Ivan llegó en el momento exacto.
Cuando todo a mi alrededor estaba cambiando demasiado deprisa y yo tenía la sensación de estar quedándome atrás.
Cuando el éxito de mi canal empezaba a pesar más de lo que brillaba.
Cuando el personaje público comenzaba a devorar al verdadero Fabio.
Cuando mi lista de deseos era más larga que mis ganas reales de vivir al máximo.
Ivan descubrió esa grieta y se coló con maestría.
Y yo se lo permití. Se lo permití y le otorgué la enorme responsabilidad de llenar un vacío que solo yo podía solventar.
Pero confié, acepté sus migajas y me fui construyendo un castillo de nada, donde las paredes se tambaleaban y el suelo temblaba bajo mis pies.
Siendo justos, Ivan no me rompió. Solo encontró una versión ya rota de mí y se aprovechó de ello.
Ashley, en cambio…
Pero vayamos atrás, mucho más atrás… Mi gran crisis existencial empezó en la boda de Sofía y Lucas.
Bueno, en realidad, fue allí donde me llegó el momento de iluminación, porque los cambios en el grupo llevaban meses gestándose, como esas tormentas cuya electricidad se siente en la piel mucho antes de que caiga el primer rayo.
No fue un giro dramático de guion. Fue algo más sutil. Más traicionero. Una transformación silenciosa que nos fue alejando sin que nadie tuviera el valor de señalarlo.
Las bodas son peligrosas. No por el alcohol —aunque ayuda—, sino porque concentran en un mismo espacio todas las versiones posibles del futuro.
Mientras brindábamos bajo luces cálidas y discursos sentimentales, me di cuenta de que ellos ya habían construido una nueva realidad donde nuestros planes improvisados, nuestras cenas absurdamente caras en restaurantes estrambóticos y las resacas de tres días eran incompatibles.
Ellos ahora tenían hipotecas, bodas que planear, préstamos, negocios e incluso nuevas vidas que traer a este mundo.
¿Y qué tenía yo?
Yo seguía acumulando experiencias, corriendo sin un rumbo claro para no detenerme a pensar en lo que quería. En lo que me faltaba.
Pero vayamos incluso más atrás, varios meses antes de esa boda…
El primer terremoto real llegó cuando Sofía anunció que se mudaba con Lucas a Brisbane, en Australia. Nos alegramos por ellos, jamás habíamos visto a Sofía tan feliz e ilusionada, pero la verdad es que su ausencia dejó un hueco que nadie pudo llenar.
Para todos fue un golpe duro.
Para mí fue devastador.
Sofía no era solo una de mis mejores amigas; era mi compañera de guerra en Petrichor.
Nos veíamos cada día. Compartíamos proyectos, reuniones de última hora, estrés, probábamos los productos juntos antes de cada campaña.
Éramos el equipo de publicistas más potente de Londres.
La dupla que convertía briefs mediocres en campañas memorables que invadían estaciones de metro e interrumpían vídeos en YouTube.
Y cuando se fue, Karen decidió que contratar a Ivan Petrov para sustituirla sería una idea maravillosa.
Un tipo frío cual estatua soviética y con una capacidad impresionante para joderlo todo.
Yo, que adoraba mi trabajo, que veía en él mi refugio…
y en el último año solo he logrado verlo como la prisión que paga mi cada vez menos extravagante ritmo de vida.
Pero esa es otra historia que ya contaré más adelante…
Como decía, Sofía y Lucas prosperaron como pareja y como empresarios. La cadena de restaurantes Saffron es todo un éxito que ha comenzado a expandirse en enclaves estratégicos de Estados Unidos, Asia y Europa.
Y aquí viene un buen chismorreo: el restaurante de Barcelona ahora lo lleva Sonia, la nueva socia de Lucas.
La decisión nos sorprendió a todos, sobre todo, al patriarca Carrascal, que siempre soñó con que su hija mayor heredara su trono del mejor abogado de Cataluña.
Y Sonia lo intentó… ¡Vaya si lo intentó!
Durante años, se dedicó a divorciar parejas y sacarle los cuartos a la parte contraria, hasta que tuvo que protagonizar su propio divorcio y su trabajo dejó de hacerle tanta gracia.
Entonces Sonia sufrió la mayor crisis de su vida. Se dio cuenta de que vivía una vida que alguien más —su padre— había fabricado para ella, y que era su momento de encontrarse a sí misma.
El problema es que el camino al autodescubrimiento rara vez es fácil, y Sonia ha seguido uno lleno de curvas que, por fin, parece haber llegado a buen puerto. Me tengo que morder la lengua porque nadie más lo sabe. No veo el momento de que su gran secreto salga a la luz.
Volviendo a Sofía y Lucas —que me disperso—, se casaron, fueron felices y comieron perdices metafóricas durante una temporada, hasta que, en la boda de Patri y David, anunciaron que regresaban a Londres.
Ese giro sí me gustó más, no voy a mentir. Volvíamos a ser una gran familia. Nuestra familia elegida, más allá de los lazos que impone la sangre.
En cuanto a Patri —mi cómplice de vida, mi soporte emocional con uñas de gel y opiniones afiladas—, también ha sufrido una inesperada metamorfosis en estos dos últimos años.
Desde que abrió su salón de baile, La Sirenita Bailonga, vive atrapada en un ritmo frenético de clases de salsa, bachata, pole y fitness con la finalidad de recaudar lo antes posible el dinero que les tomó prestado a sus padres y al banco.
Que conste que sus padres no le han pedido ni un centavo, pero así de orgullosa es la niña.
En cuanto al banco, calculo que la tendrá atada a Londres de pies y manos durante, aproximadamente… las siguientes tres vidas. Vamos, que si el apocalipsis llegara mañana, mi amiga seguiría pagando intereses desde el más allá.
El otro gran terremoto de su vida fue David, ese canario risueño que regresó a su vida tras ocho años de ausencia injustificada.
Bueno, injustificada para ella, porque el chico tenía sus razones…
Solo que el destino decidió revelar sus cartas en Japón, cuando David se abrió en canal con una vulnerabilidad que dejó a la pobre sin saber qué decir.
Sus hilos rojos están bien hilados desde entonces y ni un huracán podría separarlos.
David se mudó de Osaka a Londres, y ahora comparten rutina y alquiler en un pequeño piso de Clapham Junction.
En poco tiempo, se convirtió en ese hermano que nunca supe que necesitaba, el punto de calma para Patri y yo, que somos dos cabras locas emocionales.
Fue mi muro de contención después de lo Ivan, aunque se declaró Suiza cuando Ashley y yo rompimos.
En fin, si es que solo se me ocurrió a mí liarme con el chaval sabiendo la relación que los une…
Y luego están Colin y Chloe, los responsables del cambio más dramático del grupo: los gemelos.
Dos pequeños elfos —ya explicaré esto más adelante— que han colonizado su agenda, su presupuesto y su energía vital.
Ahora nuestras cenas se planifican con semanas de antelación y requieren logística, niñera y aprobación presupuestaria.
En resumidas cuentas, todos estaban felizmente emparejados y tenían mil proyectos vitales por delante.
Pero ¿dónde me dejaba a mí todo eso?
La respuesta tiene cuatro letras: solo. Más solo que la una. O que la luna, como dice una amiga mía, aunque yo siempre he creído que la luna no está sola porque tiene a las estrellas, aunque tiene que ser muy triste vivir ese amor prohibido con el sol.
Asumí que el rol de Fabio Vitale era ser el vivalavida. El eterno solterón. El chico Carpe diem. El inconformista. El Hombre Cucaracha, como me llamaba Ashley —sí, prometo explicar también esto más adelante…—.
Porque mientras todos construían rutinas y los cimientos de sus vidas adultas, yo seguía fabricando momentos efímeros y sensaciones extremas. Y los momentos, por brillantes que sean, no siempre sostienen el invierno.
Quizá la verdadera crisis no fue perder a nadie.
Quizá fue el proceso en sí de encontrarme.
Darme cuenta de que todos estaban avanzando hacia algo… y yo seguía huyendo de mí mismo.
Estaba descubriendo qué ocurre cuando te quedas atrás.
Cuando todo gira en una dirección y tú decides —o te ves obligado— a ir a contracorriente.
Cuando el mundo acelera y tú sigues dejándote llevar.
Supongo que me sentí desplazado. Sin un proyecto real que me definiera. Sin un plan que me motivara más allá del siguiente pico de dopamina. Cansado de hacer el ridículo. De exprimir la vida como si fuera una naranja ya seca, esperando que aún quedara jugo.
¿Dónde estaba el límite?
Cuando vives tan rápido, al final te caes.
Y yo me caí.
Me hostié, en realidad.
Todas mis decisiones vitales me estaban conduciendo hacia la mayor caída emocional de mi historia sin que yo supiera cómo pisar el freno.
Y ahí es donde entró él: Ivan Petrov.
Si no me hubiera sentido así, jamás habría permitido lo que pasó después. No habría consentido tanto. No hubiera dejado que me rompiera un poco más, pero supongo que tenía una lección que aprender.
Es increíble lo fácil que incluso las mentes más fuertes pueden caer en una trampa tóxica cuando lo único que necesitan es ser vistas. Y no hablo de los millones que me seguían en La vida me pervierte. Hablo de ser visto de verdad. A Fabs. Al hombre sin filtros, postproducción ni narrativa.
Así que primero vino Ivan.
Después Ashley.
Y ahora…
Ahora estoy aquí, en el Tíbet, creando un contenido distinto para mi canal, más honesto, más humano. Y disfrutando del día a día. Decidiendo los siguientes pasos de esa nueva vida que comenzaré cuando regrese a Londres.
Mientras jugueteo con el amuleto Allende en las manos —ese que siempre me acompaña allá donde voy— pienso que hay algo que sí he tenido claro todo este tiempo mientras recorría el mundo.
Estoy listo. Quiero hacerlo.
Voy a saltar al vacío y sin red.
Carpe diem, decían mis ancestros. Y esta vez, no pienso huir a ningún lado.