La noche que Fénix me enseñó a volar. Parte 1
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Prólogo El comienzo del mito
Prólogo
El comienzo del mito
Marzo, Londres, Inglaterra
Fabio
Me hundo en el sofá y pido una pizza mientras la idea del libro empieza a cobrar forma en mi cabeza. No sé escribir, pero anoté en una de mis muchas listas que algún día contaría la historia de mi vida.
Tampoco sé si es lo suficientemente interesante para atraerle a nadie, aunque, a veces, la clave no está en lo que cuentas, sino en cómo lo haces. Y yo soy el mejor vendiendo humo.
Además, sería el broche de oro para cerrar la etapa del canal, mi salida por la puerta grande. Un libro casi autobiográfico que me dé el dinero suficiente para retirarme de este circo digital.
De fondo empieza a sonar Dysfunctional You de Shinedown.
La canción disecciona a la perfección cómo me he sentido estos meses.
Roto por dentro; una versión pulida y digerible para el consumo ajeno por fuera.
Habla de mandar a la mierda la imagen que muestras para agradar.
De aprender a convivir con las sombras, con los pensamientos que no confiesas y con esa convicción constante de que eres demasiado complicado como para que alguien decida quedarse a tu lado.
«Life’s too short to play someone else», ruge Brent Smith, y el golpe me llega directo al pecho. Porque llevo toda la vida interpretando personajes para no hundirme.
El hijo que no da problemas.
El amante original y divertido.
El tipo que mantiene la sonrisa mientras, por dentro, es un edificio en llamas.
Y quizá por eso la letra me escuece tanto; porque parece gritarme que no necesito dejar de ser un desastre para merecer que me quieran. Que mis escombros también pueden ser un hogar. Y de eso saben mucho mis amigos… ¡Vaya meses les he dado a los pobres!
Mis dedos empiezan a moverse por el teclado casi por instinto, como si mis manos supieran mejor que mi cabeza hacia dónde tiene que ir este lío.
¿Cómo empezó todo?
¿Cuál fue el primer ladrillo de este muro de cinismo que me he construido?
Me quedo un rato suspendido en el aire, navegando entre mis propios recuerdos, hasta que doy con el momento exacto que lo cambió todo.
Fue en 1995, en Milán, en un funeral.
Me había olvidado por completo de aquella señora, de sus ojos ambarinos cargados de una sabiduría que yo entonces no alcanzaba a comprender.
«¿Qué habrá sido de ella? ¿Seguirá repartiendo verdades como puños?».
Sí, ahí es justo donde debería empezar esta historia…
Porque, con la perspectiva que te dan las cicatrices, me doy cuenta de que esa fue la lección más valiosa que alguien me ha dado nunca. Y, después de todo el terremoto emocional que he vivido en los últimos meses, necesito más que nunca tatuarme sus palabras en la mente.
No voy a permitir que nadie, absolutamente nadie, me corte las alas.
Ni que me amen a medias.
Y no pienso conformarme con menos que todo.
»1995 – Milán, Italia.
Yo no debería haber estado ahí.
Eso lo sabía incluso con cinco años, aunque no tuviera todavía las palabras para explicarlo. Hay lugares que huelen a despedida y ese era uno de ellos: la iglesia del pueblo de mi madre, un punto perdido en el mapa cerca de Milán donde todo el mundo se conoce y la privacidad es un pecado capital.
Recuerdo que las mujeres eran una marea de luto.
Todas. Se habían puesto de acuerdo para borrar cualquier rastro de color del mundo.
Sus abrigos negros barrían el suelo de piedra, sus bolsos colgaban de los antebrazos y sus rostros exhibían ese gesto solemne que se adopta cuando la muerte no duele, pero se respeta. Y punto.
Yo apenas les llegaba a la altura de las caderas.
Mi madre me apretaba la mano con fuerza.
Demasiada. Como si temiera que me escapara.
En Milán no había nadie con quien dejarme, así que tuvo que llevarme con ella.
Y ahí estaba, aprendiendo antes de tiempo a guardar silencio y rendir honores a la muerte, aunque no supiera quién estaba detrás del féretro.
Pero era tradición. Era religión. Y, en la Italia de los noventa, lo que dijera el párroco del pueblo se seguía a rajatabla, no fuera a ser que te convirtieras en la comidilla de la plaza el domingo por la mañana.
A los Vitale no nos gustaban los escándalos; preferíamos la asfixia de lo correcto al aire libre de la verdad.
En el centro del corro descansaba un ataúd cerrado. Dentro yacía la muerta en cuestión, una vieja del pueblo. No creo que la conociera… O quizá sí, pero no la recuerdo. Cuando eres niño, las viejas siempre han sido viejas desde que uno nace.
Eso también lo aprendí aquel día, cuando mi abuelo obligó a mi madre a llorarle a alguien de quien, en la intimidad de nuestra cocina, solo se oían pestes.
Su alma era gris y rancia. Mis padres decían que esa mujer era el fruto de un romance prohibido entre Hitler y Mussolini. Yo no sabía qué significaba aquello, pero intuía que no era un cumplido.
A unos metros, varios niños nos mirábamos con la misma cara de aburrimiento. Todos cogidos de la mano de nuestras madres. Todos mudos, como si intuyéramos que en ese lugar la risa era delito.
Entonces el murmullo respetuoso empezó a agrietarse:
—Si te soy honesta, no derramaré ni una lágrima por ella —soltó una mujer, ladeando la cabeza hacia el féretro—. La vieja tenía complejo de dictador.
Mi madre se sobresaltó y, en un acto reflejo, me tapó los oídos con sus palmas calientes. Debía de pensar que sus manos eran muros, pero las palabras me atravesaron la piel.
—¡Por Dios, calla! ¿Cómo se te ocurre decir eso con el niño delante?
—¿Y qué? —replicó la otra, sin inmutarse—. Mejor que aprenda pronto que el mundo se divide en gente buena y gente mala. Y Assunta era vieja y mala como el mismísimo diablo.
La frase cayó como una losa sobre el granito. Todas se giraron hacia ella. Era la mujer de la que siempre cuchicheaban. La descarada. La que fumaba en la plaza. La que nunca bajaba la mirada ni llevaba el luto más de lo necesario.
Se llamaba Betta, aunque la apodaban La Fresca del pueblo.
Yo me preguntaba si sería porque siempre tenía frío, aunque tampoco me extrañaba que lo tuviera… Su vestido era el más corto de toda la iglesia. De toda Italia, posiblemente.
—¡Jesús bendito! ¿Es que nada detiene esa lengua tuya? —preguntó otra de las mujeres, persignándose con violencia—. ¡Estamos en la casa del Señor! Y Assunta está de cuerpo presente.
—¿Y qué? —contraatacó La Fresca», encogiéndose de hombros frente al ataúd—. ¿Acaso se va a levantar de ahí para echarme una de sus regañinas? —Le hizo una peineta a la difunta y le espetó con saña—: Puedes meterte tus juicios de valor por donde te quepan, vieja decrépita. Ya nadie podrá oírlos.
Se escucharon algunas risas. Risas cortas, secas, cargadas de esa culpa que solo se siente en una iglesia.
—Deberíamos aprender algo de todo esto —continuó Betta, barriendo con la mirada el corro de luto.
—¿Una lección? ¿De Assunta? —Mi madre se mostró escéptica.
—La vida es un suspiro. Ayer Assunta tenía nuestra edad y correteaba detrás de sus hijos por la plaza… y hoy tan solo es silencio ahí dentro. Nosotras somos las siguientes en la fila.
Una de las mujeres arrugó el entrecejo, persignándose de nuevo por si la muerte fuera contagiosa.
—No seas agorera, Betta. ¡Por Dios!
—No lo soy —respondió ella con calma—. Solo digo que el reloj no se para.
Los abuelos se mueren, nosotras sumamos inviernos…
Cuando os queráis dar cuenta, vuestros hijos estarán aquí con vuestros nietos, y nosotras seremos las que ocupemos el centro del pasillo mientras otros más jóvenes nos entierran.
Nadie respondió. El silencio se volvió demasiado incómodo.
—Es ley de vida —sentenció mi madre, tratando de reconducir la conversación—. No se puede luchar contra la naturaleza.
—¡Precisamente por eso! El momento de vivir es hoy. —Betta parecía hablar para sí misma—. Viajar. Sentir. Amar hasta que nos duela el pecho. Eso es lo que tenemos que hacer, señoras.
—¡Ya amamos a nuestros maridos! —exclamó otra, a la defensiva.
Betta sonrió. Era una sonrisa triste y sarcástica, aunque hermosa.
—¿De verdad amáis a esos borrachos que se funden el sueldo en la tasca después del trabajo? —preguntó con un mohín de burla—. Yo hablo de amar de verdad. De sentir la brisa del viento erizándoos la piel. De una caricia que os haga temblar los huesos. De…
Suspiró. Las demás la miraron como si hubiera soltado una blasfemia, como si estuviera loca o, peor aún, como si fuera la desviada que siempre sospecharon que era.
Entonces rompió el círculo y se acercó a mí. Mi madre dio un paso atrás, un instinto primario de protegerme de algo que consideraba infeccioso: la libertad.
La mujer se agachó hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos. Olía a limón y a tabaco. Su mirada era de un marrón claro, veteada de verde, hipnótica.
—Escúchame bien, chico. —Su voz sonó como una sentencia—.
Nunca dejes que nadie te corte las alas.
No entregues tu corazón a quien no esté dispuesto a amarte con locura.
Ríe. Disfruta. Atrévete a probar todo lo que el mundo te ofrezca.
No te conformes con menos que TODO. Vive intensamente, pequeño, porque todo esto pasa en un abrir y cerrar de ojos.
Me quedé petrificado. La observé sin parpadear, sin atreverme a respirar. No tenía la capacidad de entender lo que decía, pero su intensidad sí llegó a atravesarme.
—Al final, en la tumba, nadie se arrepiente de lo poco que trabajó —continuó, acariciándome la mejilla con dos dedos tibios—.
Se arrepienten de lo que no amaron, de lo que callaron, de lo que dejaron para un «luego» que nunca llegó.
Nunca pienses que tienes tiempo, Fabio. El presente es un regalo…
y sabe Dios si mañana habrá un futuro. Como decían nuestros antepasados: Carpe diem.
—Carpe diem —repetí hipnotizado por el fuego de sus ojos dorados.
No entendía el latín. No comprendía lo que significaban esas dos palabras. Pero algo hizo clic en mi cabeza. Algo se quedó conmigo.
Como una promesa.
Como una manera de estar en el mundo.
Carpe diem.
Y desde ese día, necesito beberme la vida de un trago.
Demasiado rápido.
Siempre al límite.
Siempre ahora.
Porque Betta me enseñó que el rosa es más valiente que el negro, y que el mañana es una mentira que nos contamos para no tener que ser felices hoy.