La noche que encendimos Nueva York 75
99%

75

Alexander

No volvemos a salir al salón. Resulta que no lo necesitamos. Tampoco lo hacemos de la cama. Tenerla debajo de mí es una de mis sensaciones favoritas en el mundo y que yo esté encima de ella es de las suyas, así que decidimos no perder el tiempo.

Pero no es solo eso. Con ella nunca es solo eso. Porque nos morimos de risa más veces de las que puedo contar, la hago rabiar otras muchas y hacemos algo que también me encanta: hablar de todo y de nada a la vez.

Nos lo pasamos tan bien que al día siguiente bajamos cuatro horas tarde a la playa.

—Mirad quiénes han decido honrarnos con su presencia —bromea Mellow desde su tumbona y sus enormes gafas de sol a lo Audrey Hepburn.

—Cállate —le digo mientras llevo a Eden de la mano hasta nuestros sitios.

—¿Ya habéis dejado embarazada la villa? —pregunta Ted.

Eden rompe a reír; a mí me cuesta muchísimo no hacerlo, pero aguanto el tipo.

—Cállate —lo amenazo a él también.

—¿Tienes el pelo mojado? —le pregunta extrañada Val a Eden.

Ella sonríe nerviosa, una sonrisa de criminal pillada con las manos en la masa en todo regla.

—Es que nos hemos duchado —responde como si fuera lo más normal.

—¿Antes de venir a la playa? —replica Mellow y los tres ya están riéndose.

—Claro que sí, joder —sentencia Ted justo antes de darle un trago a su Peroni con el pie vendado sobre una toalla.

Yo la miro y una sonrisa va estirándose en mis labios.

La de ella ya está allí y hago lo único que quiero, lo que llevo queriendo hacer desde que llegamos a Amalfi, tres meses antes, un año antes.

Siendo sinceros, lo que llevo queriendo hacer demasiado tiempo y la beso sin importarme absolutamente nada más.

***

Pasamos el día en la playa y la última noche en la villa todos juntos cenando, primero, y bebiendo después mientras echamos una partida con un Trivial italiano del 92 que encontramos en la casa.

Sobra decir que lo convertimos en un caos absoluto, que nos morimos de risa y que incluso en semejantes circunstancias consigo hacer trampas y que Ted sea el único acusado.

Apenas dormimos, pero no desperdiciamos nuestra última noche en nuestra cama de Amalfi. Ninguno de los dos quiere.

***

A las doce y media estamos cruzando la pista del aeropuerto internacional de Capodichino y montándonos de vuelta en el jet para regresar a Nueva York.

—Estoy muerto de sueño —se queja Ted— y os recuerdo que sigo herido, tenéis que mimarme muchísimo durante el vuelo.

Mellow, que está acomodándole el cojín bajo el tobillo vendado, se lo arranca de golpe y le da en la cara con él.

—¿Así va bien de compasión o necesitas un poco más? —plantea ella ladeando la cabeza.

Eden, delante de mí, rompe a reír.

—No te entienden, Teddy —le dice a Luis XVI.

—No lo animes —la riñe su hermana divertida.

—No deberíamos volver a irnos de vacaciones juntos —comenta melodramático Ted—, o repetirlo el mes que viene —añade tras un resoplido—. Todavía lo estoy pensado.

—Una elección complicada —sentencio.

Nos preparamos para el despegue. Eden, a mi lado, me quita sitio, comida, se bebé la mitad de mi café y acaba con el lápiz en la mano, apoyada de espaldas contra mi costado, después de haberme levantado el brazo para que le haga sitio. Siempre dibujando.

Yo me pongo a trabajar. En Nueva York todavía es demasiado temprano, pero tengo varios asuntos pendientes y necesito controlarlos.

Todo se sume en un agradable silencio muy pronto. Mellow, leyendo tranquilamente; Val y Ted, dormidos; Eden, metida en su cuaderno, y yo, delante del portátil.

De pronto, Mellow sonríe y baja la revista, sí, la misma que todos en algún momento hemos ojeado durante este viaje, buscándonos con la mirada.

—¿Qué? —pregunto.

—¿Sabéis que la llave que te compró Eden significa algo más?

Esas palabras, por supuesto, activan toda su curiosidad.

—¿El qué? —pregunta.

—Resulta que simboliza un cambio importante vital, una svolta —dice haciendo girar la mano en el aire, marcando el acento italiano de Nueva Jersey, que, obviamente, Ted nos ha pegado a todos—, y lo mejor de todo es que es un símbolo del Imperio romano que sobrevivió en el sur de Italia y significa «la llave de tu propio corazón».

Qué jodidamente apropiado. Sin darme cuenta, bajo la mano y la acaricio en el bolsillo de mis pantalones por encima de la tela.

Eden sonríe encantada.

—Así que ya sabéis —nos informa Mellow levantando de nuevo su revista y volviendo a centrar su mirada en ella—: Nerón ya os había condenado antes siquiera de que lo supierais.

Sonrío. Imposible explicarlo mejor.

***

Las horas avanzan perezosas. Sorprendentemente el avión sigue tranquilo y la luz va cambiando de tonos de dorados mientras avanzamos.

—Ey, Vandervilt —me llama Eden.

Llevo mi mirada hasta ella. Está recostada en su sillón, girada hacia mí, con la mejilla apoyada sobre la suave tela color crema.

La comisura de mis labios se levanta, solo un poco; me giro hacia ella, apoyo el codo contra el respaldo y la mejilla en mi palma. Estamos casi casi frente a frente, casi, casi muy cerca.

—¿Qué pasa, Lockhart?

—Nada —responde haciéndose la inocente, pero conozco demasiado bien esa expresión, es la que siempre me mete en líos.

«Alex, solo saldremos un momento», «Solo quiero verlo un poco más de cerca»...

y yo acabo hasta la madrugada en un karaoke oyendo cantar a Ted Bohemian Rhapsody haciendo todas las voces, o pagando a la fundación de Central Park diez mil dólares para que olviden que intentó «liberar» a un pato—.

Solo quería que supieras que eres mi persona favorita.

El corazón me tropieza en el pecho y me humedezco el labio inferior conteniendo una sonrisa; puede que fracase miserablemente.

—¿Sabes que es lo mismo que me dijiste cuando te me declaraste con diez años? Alex —empiezo imitando la voz de una niña pequeña—, eres mi persona favorita y tienes que ser mi novio porque estoy enamorada de ti.

—¿Lo recuerdas? —plantea divertida.

Frunzo el ceño como si fuera obvio.

—Era la primera vez que una Lockhart se le declaraba a un Vandervilt. Seguramente mi padre mandó que lo escribieran con sangre en el libro familiar.

Los dos reímos suavemente.

—Sí —responde Eden alzando la cabeza muy digna— y tú contestaste «Piérdete, mocosa» —añade agravando la voz.

—Qué duro.

—Muchísimo.

Vuelvo a atrapar su mirada. Un segundo después volvemos a sonreír.

Nos recolocamos sin darnos cuenta y de pronto estamos un poco más cerca. Eden juega con los botones de mi camisa, siguiendo con la mirada sus propios dedos.

—Es curioso —caigo en la cuenta—. Nunca volviste a decírmelo.

Se me declaró aquella vez en la pista del instituto, pero nunca más volvió a insistir.

—Porque ya había soltado el mensaje —responde completamente convencida—. Solo tenía que dejar que calara. Era una cuestión de tiempo.

Yo me muevo un poco hacia ella. Ni siquiera sé por qué. Es automático. Natural.

—Un plan cuestionable —comento socarrón inclinándome levemente sobre ella, bajando la voz.

—Dicen que lo bueno se hace esperar —contesta, acomodándose un poco más cerca, levantando la cabeza, dejándome ver esos preciosos ojos castaños.

—Humm —pronuncio justo antes de besarla.

No podría tener más razón.

***

Por la diferencia horaria, cuando aterrizamos en Nueva York ya ha anochecido. Bajamos las escalerillas del avión, algunos visiblemente cansados, otros bostezando directamente.

Los coches nos esperan a unos metros.

—¿Nos vemos mañana para desayunar? —me pregunta Eden plantándose delante de mí.

Acabo de dejarla frente a su edificio y me he bajado con ella para acompañarla hasta la puerta.

Asiento.

—Tortitas del IHOP de la 14 Oeste —propongo y su expresión se ilumina.

—Trato hecho —acepta.

Me inclino sobre ella, cojo su cara entre mis manos y la beso. Eden se estrecha contra mí y ya estoy perdido. Alargo el beso mucho más de lo estrictamente necesario, pero nos importa menos que nada.

—Hasta mañana, Alex —se despide cuando nos separamos.

Le doy un último beso.

—Hasta mañana, nena.

Eden echa a andar hacia la entrada del edificio.

Yo la veo alejarse y entonces tengo una especie de revelación, qué coño, es que sé exactamente lo quiero hacer.

Doy un paso tras ella, la agarro de la muñeca y la obligo a volver hasta mí girando un par de veces contra mi brazo como si estuviéramos en una clase de bailes de salón.

Ella rompe a reír y yo sé que ya ha merecido la pena.

—¿Qué pasa?

—Donde quieras —prácticamente la interrumpo, soltándola frente a mí.

Eden frunce el ceño.

—Donde quiera, ¿qué?

—Vivir —contesto sin preámbulos.

—En tu apartamento —digo señalando el edificio con la barbilla— o en el mío o por temporadas en uno u otro sitio, como quieras, pero no quiero no estar contigo.

Tan pronto como empiezo a pronunciar las últimas palabras, ella empieza a sonreír. Un gesto dulce, auténtico, feliz.

—¿Y levantarnos juntos? —plantea.

—Todos los días.

—¿Y que haya cosas mías repartidas por tu salón?

—Creo que es un poco tarde para esa pregunta, nena.

Mi salón, mi casa, se convirtió en su territorio básicamente doce horas después de que me mudara.

—¿Y acostarnos juntos? —su tono cambia, lo justo para que sienta ese tirón en cada puto músculo.

—Puedo asegurártelo —sentencio asintiendo suavemente, incluso mi voz se vuelve un poco más ronca.

Su sonrisa se ensancha por mi reacción y da un paso hacia mí.

—Pues creo que elijo —ladea la cabeza pensativa y pierde la vista al frente al tiempo que coloca sus manos en mi pecho, justo antes de devolverme toda su atención— el Village.

Una media sonrisa se cuela en mis labios.

—Hecho. Me encantan los cuadros torcidos.

—¡No está torci...!

Pero acallo su protesta con un beso. Ella sonríe por la sorpresa, por el gesto, porque somos nosotros, y ahí está, mi recompensa. La levanto del suelo sin dejar de besarla, ella rodea mi cuello con sus brazos.

—Te quiero —me dice.

Yo disfruto de oírselo decir. Mi corazón se hincha contento, satisfecho, orgulloso, feliz.

—Te quiero —respondo.

Y con ella en mis brazos, en mitad de nuestra ciudad, sé que el viaje por fin ha terminado. He llegado a casa.

Y todo comenzó en la parte de atrás de un taxi la noche que encendimos Nueva York.